PÁJARO DE CHINA

jueves, 30 de abril de 2009

UPPERCUT DE FIRPO

Sobre Los Abandonados, de Luis Mey.

Por fin un sujeto de la "nueva narrativa joven" me impide que abandone su libro y me impone que me lo lleve hasta al baño. Por fin alguien escribe corto, claro y al pie, sin perder densidad ni rigor y sin expulsar al lector del mundo de la lectura, sino sumergiéndolo en ella de cabeza. Por fin alguien que no se entrega a insoportables masturbaciones literarias y busca conectar. Y conecta.

Como la derecha de Firpo contra Dempsey, en 1923, en el Polo Ground de Nueva York. La escritura de Luis está sucia y transpira. Sabe de qué esta hablando. Pareciera que si no hablara, se moriría. Que el acto de escribir le resultara una necesidad biológica y que si se cortara, se cortaría su respiración. La de Luis.

Para Firpo, fueron 17 segundos de gloria, con Dempsey arrojado del ring por un puño convertido en catapulta. Los Abandonados tiene el efecto de ese uppercut y su lectura, la tensión insoportable e incandescente de esos 17 segundos.


George Bellows, Dempsey and Firpo, 1924


miércoles, 29 de abril de 2009

LA EFICACIA DE LA BELLEZA

Angel Cappa declaró hace unos días que los jugadores de fútbol deben defender una idea y que esa idea no es, precisamente, ganar el partido, sino desplegar sus destrezas en la cancha y experimentar el placer de hacerlo. Dijo, al respecto, que el concepto de "belleza" es eficaz en el fútbol, lo que equivale a decir que el fútbol deberían ser once tipos movidos por el deseo de jugar bellamente.

Uno supone que ese principio conducirá necesariamente a meter la pelota en el arco contrario. Pero el resultado es, inevitablemente, un dato incierto. Lo importante sería entonces la belleza del recorrido, independientemente del resultado.

No se trata de la seductora y consabida estética del loser. Se trata de no jugar (o sea, de no vivir) para el marcador. De no actuar en función de la tabla y no pensar, al actuar, en el cierre del ejercicio financiero. De reemplazar la rentabilidad por la pasión y la caja por la concentración en la construcción artesanal del instante.

Esto nunca lo entenderán los patronos de la gestión y el gerenciamiento, que asocian la eficacia de la política a la consecución de un resultado.

Qué tristes y desangeladas lucen sus vidas, aunque lleven vidas de punteros.

RECORRIENDO A ONETTI

Hubo una vez Yoknapatawpha y, una vez, Macondo. Hubo una vez una Dublín imaginada para Leopoldo Bloom. Y hubo, también, una Santa María, porque también Onetti era capaz de inventar un mundo paralelo para indagar el que se ve y se toca.

La Librería Crack-Up organiza un Encuentro Onettiano, durante cinco viernes a partir del próximo 29 de mayo, a las 20:30 hs., con vacantes limitadas. Entre exploraciones y debates, se proyectará el film "Juan Carlos Onetti: un escritor".

Informes e inscripción en Librería Crack-Up, Costa Rica 4767, 4831-3502 (http://www.crackup.com.ar/).

Hay viajes que no exigen pasaporte ni costosos pasajes. Suelen ser los mejores.

PARÍS DESDE LA MEMORIA














(Otoño de 2002 / Verano de 2007)
Mínima guía personal en pocas páginas, doblada en los bolsillos de jeans de amigos nómades.


“No debemos dejar de hablar de la gente y de las cosas que ya no están. Si las amamos, debemos seguir viviendo con ellas. Me niego a olvidar” - François Truffaut.


¿Qué es una ciudad? No es sólo un espacio geográfico definido en el que estuvimos físicamente alguna vez. Es también, y sobre todo, la representación mental de ese espacio antes de conocerlo, el gesto de completar sus piezas ausentes (como un rompecabezas) una vez que estamos allí y el mapa de su recuerdo, azaroso y fragmentario, configurándose una y otra vez en nuestra cabeza. Por eso amamos ciertas ciudades antes pisarlas, las pisamos reconstruyéndolas desde nuestra propia historia y volvemos a pisarlas viéndolas girar, a la distancia, como los cristales de un caleidoscopio. Existen tantas ciudades como gente que pasó por ellas. Toda ciudad es una experiencia personal e intransferible, un cuerpo singular que se anuda y se desanuda, se anda y se desanda, una y otra vez. La casa de una ciudad es nuestra memoria, el único país que rescata a la gente y las cosas que amamos del olvido, es decir, de la desaparición.

1. Las Islas

París es una mujer cortada en dos. Tiene un tajo de agua recorriéndola de punta a punta, dividiéndola en dos ciudades que quizá, quién sabe, hagan una sola. Las calles laberínticas y melancólicas de la “rive gauche”, el centro de la vieja bohemia; la cartografía impecable y simétrica de la “rive droite”, surcada por los obsesivos boulevares del Barón Haussmann, nacidos de la restauración monárquica de Napoleón III: había que abrir esos inmensos canales de asfalto para impedir el avance de las barricadas revolucionarias de mediados del S. XIX. Los boulevares parisinos no son inocentes. Fueron diseñados para facilitar la represión obrera. Recordemos a Walter Benjamin: “todo documento de civilización es, simultáneamente, un documento de barbarie”.

París es una mujer dividida por el Sena y una mujer con dos islas.

Ile de la Cité: Donde los celtas fundaron París, se alzan las agujas de Notre Dame. Es gótico en estado puro (una vez, Europa se cubrió con el blanco manto de las catedrales …). Impulso vertical, rosetones y vitrales que permiten el paso de la luz divina, gárgolas amenazantes y funcionales (en sentido material y simbólico) que devoran tanto el agua de lluvia como a los pecadores irredentos, arbotantes y contrafuertes estratégicos que sostienen el peso desde el exterior y desmaterialización de la piedra al cruzar el umbral. Pedagogía medieval: el cuerpo es la pesada estructura de piedra al aire libre; el alma, el espacio interior luminoso y etéreo. Interferencia con la pedagogía: los revolucionarios del S. XVIII arrancaron las esculturas sacras del exterior, confundiéndolas con representaciones monárquicas. Las cabezas fueron encontradas mucho tiempo después en las alcantarillas de la ciudad. Saquearon Notre Dame, convirtiéndola en un templo consagrado a la razón. La razón iluminista, la razón de los grandes relatos históricos (libertad, igualdad, fraternidad) que, según las voces posmodernas, hoy están muertos. Desconfiemos, si es posible, de las voces posmodernas.

Place Dauphine: Una de las plazas, en miniatura y de bolsillo, más hermosas de París. Sustraída del tiempo y el espacio circundante, del rumor de las guillotinas invisibles en la Conciergerie, del peso de las sentencias en el vecino Palais de Justice; para sentarse en un banquito, cerrar los ojos y respirar profundo.

Pont Neuf: Acá, en el puente más viejo de París, filmó Leo Carax Les amants du Pont Neuf, con una Juliette Binoche en harapos, con el pelo revuelo y un parche en el ojo y un Dennis Lavand entrañable y freak (son términos sinónimos).

Ile-Saint-Louis: Donde uno viviría, si le tocara vivir en París. Solamente una calle (Rue St-Louis-en-l’Ile) flanqueada por tiendas preciosas de juguetes y objetos de colores, helados de Berthillon (que merecen su fama) y bares pensados para ir a desayunar. En esta isla eligió vivir el director de cine Robert Bresson. El que filmó las películas que uno se llevaría a la isla desierta, el que inspiró a Favio para Crónica de un niño solo, el que se rehusó a contratar actores de conservatorio, redujo al mínimo el uso de la palabra y contó historias en blanco y negro -desde la mirada de un cura, de un asno, de una niña suicida, de un carterista y de un condenado a muerte que logra escapar de la prisión, con la máxima economía gestual. En el extremo de la isla, girando a la izquierda, sobre el Quai d’Anjou, está el Hôtel de Lauzun, donde Baudelaire escribió Las Flores del Mal. El mismo Baudelaire que parió desde la escritura la modernidad, haciendo que la aureola del artista resbalara al fango y que los ojos de los pobres se fijaran al cristal de una pastelería prohibida. Desacralizando lo sublime y señalando la fractura. Si París es el emblema de la ciudad moderna del S. XIX, París es sobre todo un texto de Baudelaire.
2. Marais

Desde Ile-Saint-Louis puede cruzarse el tráfico de Place de la Bastille (al pie de la Colonne de Juillet, con su ángel victorioso que guarda las cenizas de los revolucionarios del S. XIX, y de la metálica y desangelada Opéra de Bastille, vaciada del barroquismo –también desangelado, muy a su pesar y para qué negarlo- de la Opéra Garnier) para llegar al exquisito refinamiento de Marais, la sede aristocrática del S. XVII arrasada por la furia revolucionaria del S. XVIII, con su corazón exasperantemente armónico en la Place des Vosges: 9 construcciones a cada uno de los cuatro lados. Ayer, justas y torneos y bodas monárquicas; hoy, elegantes cafés y parisinos que organizan picnics exasperantemente prolijos sobre el césped. Marais es para caminar con la luz de la mañana y para volver con la luz nocturna. Bastille es agitación y Marais, silencio.

Museo Picasso: Este hombre podía hacerlo todo. Este hombre desmesurado, inabarcable y egoísta, que fascinó e hizo llorar a todas sus mujeres, y las pintó llorando, que amó los toros y las esculturas clásicas y las máscaras negras de Oceanía, que quebró la historia del arte haciendo estallar la realidad en múltiples planos (tal como estaba estallando en su siglo) y descomponiéndola, tras los pasos de Cézanne, en múltiples puntos de vista. No vemos las cosas de una sola vez y para siempre; en un único instante, las vemos desde un montón de lugares distintos, las vamos armando, como un puzzle: es decir, las creamos con nuestra mirada. Las cosas no están ahí para ser vistas; somos nosotros quienes decidimos qué se ve. La experiencia es brutal, convulsa, tortuosa; no tiene nada que ver con las plácidas y serenas figuras y colores de Matisse (el eterno rival). Dicen, sin embargo, que Picasso sostuvo, alguna vez y cerca del final, “Al final, todo es Mattise”. Que así sea.

Hôtel de Ville: Sede de la alcaldía de París, reconstruida en el S. XIX luego de un incendio que consumió el edificio original del S. VII (o sea, estamos observando una “remake”, una copia del original, aunque a esta altura de la historia -Duchamp mediante- quizá la copia sea tanto o más interesante que el original y tenga un estatuto estético propio). Mirando el Hôtel de Ville, lo dudo: el valor de la copia duchampiana es el efecto de shock de la réplica intervenida - o sea, la Gioconda con bigotes. Ni rastros de ironía en este revival del viejo palacio municipal. Dato interesante frente a la belleza congelada de la copia: la plaza que la enfrenta funcionó como sede aleccionadora de ejecuciones públicas. Aquí mismo, por ejemplo, al asesino de Enrique IV lo descuartizaron en vivo y en directo cuatro caballos. Otra vez, Walter Benjamin. Otra vez la necesidad de recordar lo que sucedió para completar, con justicia, la imagen en tiempo presente.

3. Beaubourg - Les Halles

Centro Pompidou: El vientre del museo está a la vista, Richard Rogers y Renzo Piano mediante. El código de color de los tubos indica las funciones (ventilación, electricidad, suministro de agua) del organismo. Gran parte de la colección de arte moderno puede estar guardada. No importa. Aunque haya poco en exhibición vale la pena. Vale la pena el café, la tienda, los sillones con mantas para hacer la siesta, la librería. Y Rothko. Y Malevich. Y Otto Dix.

Café Beaubourg: En diagonal al Pompidou, marcó tendencia en su momento. La elección, como todas, es personal, pero para mí es uno de los más relajados de París, para llevarse el diario, o un libro, y quedarse un rato.

Place Igor Stravinsky: Para quedarse a vivir. Cuando estoy triste, pienso en la fuente con las esculturas móviles y coloridas de Niki de Saint Phalle, frente al gótico adusto y solemne de St-Merry. Giran con el viento, sobre el agua, como si la infancia fuera un territorio que nunca se acaba; de hecho, no se acabará nunca mientras las esculturas de Niki sigan girando en nuestra cabeza. En un café en diagonal a la plaza Eric Rohmer filmó uno de los encuentros de Les rencontres de Paris.

Forum Des Halles: Los parisinos resistieron duramente su construcción (se entiende). Sin embargo, París siempre se las arregla para compensar, con creces: sentarse en un banco frente a la iglesia de St-Eustache y ver como los chicos se trepan al gigantesco rostro de L’Ecoute, la escultura de Henri de Miller, apropiándose del gesto de piedra y sentándose en la mano que permite escuchar, a la distancia, mensajes que solo los chicos pueden descifrar.

La Samaritaine: Volver frente al Sena, a este templo de acero y vidrio del Art Déco (cerrado por refacciones e inminente derrumbe), hermanito de Carson, Pirie & Scott, en Chicago. Pensar por qué tendremos que vivir en la época de los impersonales shopping centers y alegrarse porque París todavía descree de los shopping centers y apuntalará (confiemos) La Samaritaine.

4. Tuileries

Desde la pirámide de Pei que da acceso al Louvre, en la Cour Napoleón, confirmar cómo París apuesta a la línea recta: el Arco del Carrousel, las Tuileries, el obelisco de Luxor de Place de la Concorde (donde rodaron las cabezas de María Antonieta, Danton y Robespierre), el Arco de Triunfo en el extremo de Champs-Elysées y, a la distancia, el arco “posmoderno”, minimalista y seco, de La Defénse. Caminar desde la Cour Napoleón hasta el Arco de Triunfo, confirmando la vocación por el orden y la estabilidad. Estamos en la “rive droite”, a no olvidarlo.

Musée du Louvre: En las primeras dos visitas, nunca pude pasar de la galería de pintura italiana, en el Ala Denon. Sentarse frente a La Muerte de la Virgen de Caravaggio. La modelo elegida para la Virgen fue una prostituta rescatada de las aguas del Tíber. Los pies hinchados, la muerte irrevocable (sin ángeles ni nubes celestiales en el plano superior), la desolación terrena y, por supuesto, el rechazo in limine de la jerarquía eclesiástica. Caravaggio es mucho más que el claroscuro del barroco, las fuentes de iluminación teatral y la elección de modelos marginales y callejeros para las representaciones sacras; es la confirmación de que lo sublime puede surgir de la mano de un hombre, y no de un dios, que opta por las desventuras y los milagros profanos, sin ceder a la creencia en una compensación divina. Sentarse frente a los azules de Guido Renni (pienso en ellos cuando hay que “soltar los pensamientos”). Mucho más interesante que La Gioconda es lo que está enfrente: Las Bodas de Caná, del lúdico y cinematográfico Paolo Veronese (un tipo que sí sabía cómo pintar festivales y encontrar, a pesar de los Papas, festivales hasta en La Biblia). En la inmensidad del Louvre, islas privilegiadas: la sala de De la Tour (barroco francés; ternura pura, sin la violencia sensual de Caravaggio), la sala consagrada al gigantismo monárquico de los “neoclásicos” (sobre todo, los cuadros de David, en convivencia con la balsa de la Medusa de Géricault y los atlas visuales románticos de Delacroix) y las salas de los flamencos (interiores domésticos, amor por la miniatura y ascetismo calvinista).

Tuileries: Los jardines neoclásicos de André Le Nôtre, al servicio de Luis XIV. Ojalá, cada octubre, sigan las reposeras inmaculadas alrededor de las fuentes y, en la fuentes, los inmaculados barquitos de colores. Para quedarse a pasar la tarde y comer un crêpe en alguno de los barcitos escondidos entre los árboles.

Musée de l’Orangerie: Un templo en el que flotan los ocho paneles de nenúfares pintados, de memoria, por Claude Monet. Monet cultivó durante décadas sus nenúfares en su jardín de Giverny, bajo un puente japonés. Los vio crecer, desplazarse, mutar con las luces del día. Durante años. Después, casi ciego, se encerró a pintarlos. Es decir, rescató los nenúfares de su memoria, donde, en verdad, siempre habían estado. Los pintó sin verlos, pero recordándolos. Es ese gesto de Monet, para mí, lo que le da una dimensión conmovedora a sus nenúfares: siguen flotando en los salones ovales de l’Orangerie, para decirnos que estarán allí mientras alguien, ejercitando el gesto de Monet, sea capaz de recordarlos. Y siguen mutando con el paso de las horas y la luz que se filtra desde los cristales. Hay que quedarse ahí sentado, perdido en los nenúfares, para asistir a esa mutación; entrecerrar los ojos, para advertir su movimiento. En los remolinos de agua pintados por Monet se disuelve la mente.

Galerie Nationale du Jeu de Paume: El otro museo de las Tuileries, con exhibiciones temporarias (en esa época, fotografìas de Friedlander y Meyerowitz). Acá se jugaba, en un tiempo anterior al tenis, a la “pallacorda”. Después trajeron a los impresionistas, antes de mudarlos a Orsay.

Place Vêndome: Elegancia burguesa del S. XVIII, capturada por las marcas que todo quieren capturarlo. Experiencia recomendable: internarse en el Ritz y recordar que acá dilapidaban sus dineros el viejo Hemingway, en el bar que hoy lleva su nombre, y el dandy Scott Fitzgerald, el mismo de The Great Gatsby. De ellos, ya no queda nada. Sin enterarse, le cedieron el paso a los ricos que, en todas partes, son iguales.

5. St-Germain-des-Prés

Caminar y caminar por Saint Germain, pasar por los míticos cafés donde iban la Beauvoir y el viejo Sartre con su constelación “existencialista” y se rodaban escenas de films de la “nouvelle vague” (Les Deux Magots y el Café de Flore), pasar por la hoy sofisticada Brasserie Lipp y el viejísimo Le Procope, donde paraba Voltaire.

Musée Eugène Delacroix: Fue la casa y el atelier de Delacroix. Es precioso el jardín y, frente al museo, la Place Fürstenberg. ¿Cómo no besarse bajo esos faroles?.

Musée d’Orsay: Vieja estación ferroviaria de principios del S. XX, es el museo preferido de Hernán. Buscar, sobre todo, las pinturas de Courbet (realismo crítico), las perspectivas inestables de Cézanne (abriéndole las puertas al cubismo) y los colores incendiados de Van Gogh. Cenar en la vecina “La Frégate” (1, rue du Bac).

6. Quartier Latin

Recorrer los puestos de los “bouquinistes” frente al río, buscando viejos mapas, ediciones antiguas y afiches de otras épocas. Cruzar al Boulevard St-Michel y recordar las piedras y las pintadas del Mayo Francés. Es el barrio de La Sorbonne, el Collège de France (donde se dictan conferencias gratuitas), los restos medievales del Musée de Cluny, la maravillosa “Calle del Gato que Pesca” (“Rue du Chat qui Pêche”) y, a pasos de La Sorbonne, la inoxidable brasserie “Balzar” (49, Rue des Ecoles).

7. Jardin des Plantes

En esta zona está lo poco de la antigua Paris (Lutetia) que recuerda a Roma: hay que perderse en la estrecha y empinada Rue Mouffetard que ligaba Roma a París, detenerse en la Place de la Contrescarpe y llegar hasta las “Arenas de Lutecia”, las ruinas de un viejo anfiteatro romano donde ayer combatían gladiadores y hoy los chicos juegan a la pelota.

8. Luxembourg

Pasear toda una mañana por los jardines de Luxemburgo, el pulmón verde de la “rive gauche”, en los alrededores del palacio que hoy es sede del Senado francés y ayer aposento de María de Médicis, prisión durante la revolución y cuartel general de los alemanes durante la Segunda Guerra. Buscar la frescura “italiana” de la Fontaine de Médicis (supo tener la escultura de un perfil boca arriba anclada en el agua).

Iglesia de St-Sulpice: Simple y austera, tan alejada de la locura monárquica de “La Madeleine” en la zona de la Opéra, consagrada al ego napoleónico, tiene en una de las naves laterales, a la derecha, unas frescos preciosos de Delacroix. En la Place St-Sulpice hay puestos de libros antiguos.
9. Montparnasse

Contemplar París desde las alturas de la Tour Montparnasse, tomar un café en la atmósfera art-déco de “La Coupole” (con sus columnas decoradas por Brancusi), pasar por “La Closerie des Lilas” (parada obligada de los nómades Hemingway y Fitzgerald, no sorprende) y dejarle unos cigarrillos en su tumba a Serge Gainsbourg y besos invisibles a Baudelaire y al dadaísta Tristan Tzara en el cementerio de Montparnasse. Ahí está Cortázar junto a Carol Dunlop, Simone junto a Sartre y la entrañable escultura “El Beso”, de Brancusi. También acá duermen (sospechamos, pero nunca estaremos seguros) Man Ray y su última chica. El epitafio dice: “Unconcerned, but not indifferent”. El recorrido por la ciudad de los que nunca se fueron del todo puede incluir, fuera del centro, el cementerio de Père Lachaise. Ahí esta Oscar Wilde, con su lápida poblada de huellas de rouge púrpura, Proust, la Piaf, Jim Morrison y mi adorada María Callas. En realidad son ciudades paralelas, que dan mucha paz. En un banco en la calle frente a Père Lachaise me olvidé, hace unos años, un sombrero de terciopelo. Volví a buscarlo casi una hora después, tomándome el subte hasta el mismo lugar. Increíblemente, a pesar del viento y de la gente que pasaba por la calle, estaba ahí. Protegido por Wilde y por Callas, ciertamente; por toda esa gente que no permite que perdamos nuestras cosas queridas.

10. Montmartre

Contemplar París desde las alturas de la “Butte”, a los pies de la iglesia de Sacre-Coeur. Huir del turismo que invade la Place du Tertre. No acercarse al “Espace Dalí”. Caminar la Avenue Junot y la Rue Lepic. Ver (aunque reconstruidos - recordando la regla Duchamp) el Moulin de la Galette que inspiró a Renoir y el estudio del Bateau Lavoir, donde un Picasso pobre pintó Les Demoiselles d’Avignon y fundó el cubismo. No perderse la entrada original art-nouveau del metro en Place des Abbesses, diseñada por Guimard.

Coda 1: Pasar por el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris. Allí está el mural con las inmensas y gráciles bailarinas de Matisse y unas instalaciones imperdibles de Christian Boltanski y el contiguo y muy “cool” (¿qué querrá decir esto?) Palais de Tokio, en la zona de Chaillot. Ahí nomás, a pasos de Champs-Elysées, está la sofisticadísima Avenue Montaigne, la catedral asfáltica de las grandes casas de diseño. Fuera de las tentaciones del consumo, pasar por Le Grand Palais y Le Petit Palais, con sus galerías y cúpulas de acero y cristal diseñadas para las exposiciones internacionales del S. XX, el siglo de la creencia en el progreso y de las grandes guerras.

En la zona de la Opéra Garnier, ir a la Galerie Vivienne: uno de los “pasajes” que pesquisó Walter Benjamin para contar, en base a citas y fragmentos, el nacimiento de la modernidad en la París del S. XIX. Un espacio sobreviviente de esa modernidad, con sus mosaicos y su sala de té.

Coda 2: En The Catcher in the Rye, de Salinger, Holden Caulfield sostiene que ciertos momentos deberían quedar detenidos y atrapados en cajas de cristal. Holden nunca se equivocaba. Hacer, en honor a Holden y a ustedes mismos, que los días en París duren muchos días. Tantos como los que permitieron a Monet pintar sus nenúfares de memoria y sentir que lo que vivimos no sólo vale por el hecho de haber estado ahí (viendo París, viendo los nenúfares), sino por la posibilidad de poder regresar a ese lugar aunque no lo veamos, sin necesidad de salir de casa.


Fotografías: Robert Doisneau, Jacques Henri Lartigue, Henri Cartier-Bresson y George Brassaï.

martes, 28 de abril de 2009

JENNY AGITA MOODY'S

Música: (I Can't Get No) Satisfaction - Cat Power (The Cover Records - 2000)

HUNDIRÍA MIS TACOS EN LA ARENA















(Sobre los zapatos de Marlene en Morocco - Josef von Sternberg, 1930)

Dicen que las chicas malas somos así. Hacemos girar el mapa-mundi y nos trepamos a un barco, habiéndonos trepado primero a un buen par de tacos. El capitán nos bautiza pasajeras suicidas, porque no compramos tickets de regreso. Frente a nosotras se dibuja la línea sinuosa de una costa exótica: el calor nocturno del desierto, las palmeras inmóviles, los asnos obstinados, las calles laberínticas donde extrañas criaturas vestidas de blanco se consagran a Alá. No creo que Alá, si existe, me abra las puertas moriscas de su cielo: en mi maleta desvencijada llevo dos muñecas (una negra, otra japonesa) y he llegado hasta aquí a montar mis números de cabaret.

No necesito un hombre, les aclaro. Y mucho menos para más de una noche. Arrojé al mar, en pedacitos, la tarjeta personal del aristócrata que seduje en cubierta. Y a todos los que quisieran desnudarme, olerme y mordisquearme como la gata en celo que no soy, no hace falta darles muchas explicaciones. Fumo cigarros y en mi sangre va mezclado el humo, me calzo un frac y elijo, con soberana autarquía, zapatos de varón. ¿Qué puede haber más sexy en este mundo que unos pies de alabastro enfundados en el cuero brillante de un calzado ambiguo? ¿Te quedan dudas? Con mi sexo travestido voy a comerle la boca esta noche, en la mesita del fondo, a una inocente (pero no tanto) señorita. En el camarín (todas las chicas malas, por cierto, tenemos uno) dejé por un rato, junto a las muñecas, los tacones del barco. Soy esa que se trepa a ellos, se los dije; pero también ésta que oculta sus delicados tobillos femeninos en sólidas e inexpugnables suelas de temple militar. De pie, hundo una de mis manos en el bolsillo izquierdo de mi pantalón; con la otra, empujo hasta el fondo de mi garganta el champagne ardiente de mi copa. Las claves del misterio cabrían en las palmas de esas manos: hacer girar el mapa, dejarse ir hasta el fondo y cambiar, en el momento exacto, de zapatos.

Ya me has visto vestida de varón. Ahora me toca rescatar del camarín los tacones del barco y dejar que te bebas con los ojos, mientras ofrezco manzanas al mejor postor, la superficie adictiva de mis piernas. Por supuesto, soy el pecado. No por casualidad me llamé, al principio, María Magdalena. Por supuesto, no te alcanza el dinero para entrar en mi paraíso. Y, por supuesto, eres demasiado orgulloso para entrar gratis. Ese es mi chico, mi pobre legionario sin pasado, sin gloria y sin un franco. Pero a mí no me importa. Yo también pertenezco a una legión extranjera, sin más medalla ni bandera que los espléndidos tacones de aguja que elegí esta noche. Desde la altura embriagadora que me otorgan, desde el coraje ciego y certero que me infunden, acepto tu modesto billete para el que te endeudaste y deslizo entre tus manos las llaves del reino, es decir, de mi cuarto.

Dicen que las chicas malas somos así, malas hasta que tocan las campanas de la rendición, que no pueden sino tener la forma de tu rostro. Vendrás a visitarme, temeroso. Te provocaré. No hay soldado, criatura, que avance como yo. Hasta que llegue tu turno de rendirte, te despacharé del cuarto vestida de negro de pies a cabeza, con el cigarro anclado entre los labios. Desde el temblor que arranca en el origen inefable de mis tacos de aguja, pero que la exquisita alquimia de esos tacos transforma en calma imperturbable de vestal, sé que estoy empezando a quererte.

Ahora sí, tacones de mi alma, estoy perdida. Salgo a buscarte al peligro de la noche, perseguida por el repiqueteo de mis sandalias. Cúpulas, torres y el presagio del desierto del otro de lado de la línea. Siempre hay otro lado de la línea a partir del cual comienza el desierto. Vagabundeo en zonas peligrosas, te encuentro en la penumbra, me devuelves a casa. Pero en casa (es decir, en ese camarín del que te hablaba), el aristócrata rival ha dejado una pulsera de brillantes. No sé si quiero casarme con él. Tampoco sé si quiero irme contigo. Ay, también la histeria fluye de la sutil arquitectura de un tacón de aguja. También tu convicción de que me otorga la estatura de una divinidad prohibida, de la que un pobre legionario debe despedirse (con un mensaje escrito en rouge sobre el espejo, porque el legionario será pobre e indigno, pero algo sabe de glamour).

Envuelta en gasas blancas, con primorosa sombrilla y bouquet en la cintura, guantes hasta el codo y sombrerito de ala levantada, te veo partir con tu legión. Siento que mis tacos se deshacen, se derriten, se derrumban. Tu partida, querido, me deja hecha una ruina. Bebo como una condenada, fumo como una chimenea, olvido mis números de cabaret. Sólo me calma (un poco) abrazar la infancia detenida de mis muñecas. Eso sí, todo esto empinada en mis tacones. Que una mujer podrá caerse, pero nunca del todo mientras esas minúsculas y estoicas torres la sostengan.

¿Vas a volver? ¿Te herirán en combate? ¿Dónde estás? El tiempo pasa y, bueno, a la pulsera de diamantes el magnate ha sumado un collar de perlas. Fuegos de artificio a los que somos tan proclives las chicas malas, que es como decir las chicas débiles. Frágiles muñecas que la vamos de esfinges, acorazadas y blindadas tras nuestros gráciles tacones. Estás tardando mucho, querido, y la mesa está lista para mi compromiso matrimonial. De repente una música (¿angelical?, ¿envenenada?) se deja oír cada vez más cerca. Es el regreso de tu legión. Salgo a buscarte y estalla, en la fuga, el collar de perlas. El prometido-aristócrata (que algo sabe de masoquismo, como tú de glamour) ordena a la servidumbre recoger las perlas y llevarlas al cuarto.

Pero a ese cuarto, a ese lado de la línea, yo ya no volveré. Te busco entre los que regresan; los heridos, los inconscientes, los exiliados de sí mismos. Otra vez el ruido de mis pasos en la calle, la angustia del tacón sobre las piedras. Con impermeable blanco y pañuelo de seda en la cabeza, llego hasta las camas de los hospitales de campaña. Lo sé, mi atuendo no es muy consistente con la geografía circundante. Pero así somos las chicas malas, cuando nos convertimos en chicas únicas. No eres un héroe, obviamente. No estás mutilado, sino tomándote unos tragos en el café de la esquina, con una soberbia marroquí sobre tus piernas. Contengo la furia, la humillación, el rictus (las chicas únicas podemos contenerlo, y liberarlo, todo). Pero qué difícil sería hacerlo sin estos espléndidos zapatos, que me ponen a kilómetros de distancia de tu marroquí. “Voy a casarme”, te digo. Te levantas y te vas (y es curioso, pero en todo este tiempo ni yo ni nadie hemos reparado en tus zapatos; el plano que te va es el plano medio, sin duda, no por nada solías hacer de cowboy en Montana).

Esto es todo, parece. Acaricio la mesa que por última vez rozaron tus dedos. Descubro, conmovida, que no fue sólo un roce. Fue una talla, una incisión, una deliberada profanación de la madera. Grabaste mi nombre en ella, como quien graba un sello. Otra vez, a correr. ¡A volar, zapatos míos!. El aristócrata entrenado en Masoch (o en las artes de los gentilhombres, quizá no exista diferencia) me conduce hasta la puerta que da al desierto. Esa es la forma, lo sé, del futuro. Un inconmensurable país de arena, del otro lado de la puerta, del otro lado de la línea. Dicen que la retaguardia de la legión está compuesta de vulgares mujeres campesinas, que siguen infatigables, con sus hatos de pobres posesiones y sus estoicos cabritos, a los hombres que aman. Tengo que seguirte, tengo que pisar el desierto. Los mismos tacos con los que crucé el mar y pisé el escenario, los mismos con los que tracé en la calles de una ciudad extranjera el inexorable itinerario hasta tu cuerpo, comienzan a hundirse en la arena. Los tacos-instrumentos de conquista, los tacos-estandarte del deseo, los tacos que me han hecho más alta y mejor de lo que soy.

No me permiten avanzar. Ha llegado el momento de liberarme de ellos. Me quito primero unos de mis encantadores zapatos de raso blanco, luego el otro. Uno queda tendido boca arriba, bajo el cielo impiadoso del desierto; el otro, enterrado y asomado a quién sabe qué abismos.

Antes de aferrarme a un cabrito y unirme a la retaguardia de las desclasadas, quisiera asegurarles que un zapato no sólo transforma a una mujer cuando abriga sus pies, sino también cuando los abandona. A las patrias irreversibles de nuestras vidas, y de nuestras muertes, solemos entrar y salir descalzos.

Así me pasó a mí, que nací María Magdalena en Berlín, me volví en el desierto Amy Jolly y me morí en París como Marlene, tal cual suponen. Como de cada uno de nosotros, de esta chica mala, frágil e insondable nunca sabrán casi nada. Me perdí en Marruecos tras Tom Ford, al que muchos creyeron Gary Cooper. Les dejo, a modo de talismán y despedida, ese par de zapatos hundidos en la arena. Llevan escrito todo lo que fui, para quien sepa o quiera descifrarlo.

BUDAPEST


(Primavera de 1999)

Pest es vibrante, polvorienta, antigua. Buda es antigua, reposada, lenta. Pest sería una amante perfecta cuando uno necesita descubrir el misterio a la vuelta de la esquina; Buda, una amante perfecta cuando uno necesita abandonarse por completo al misterio. Conjugadas, hacen de sí mismas entrelazadas una ciudad llamada Budapest.

En Pest hay un barrio judío, una iglesia ortodoxa rusa, un museo de bellas artes con señoras de tobillos gruesos que, adormiladas en diminutos banquitos de madera, custodian los rostros angulosos de los santos de El Greco. Hay una Plaza de los Héroes que habla de un país sitiado, liberado y apropiado una y otra vez. Una escultura de la emperatriz Sissí, sentada, que decía amar a todos los húngaros pero que, se sospecha, en realidad estuvo perdida y brevemente enamorada de uno solo, sin que lo supiera (¿o sí?) el emperador Francisco José. Galerías comerciales del siglo pasado, a metros de una peatonal cuyas paredes lamieron las bombas. Un Parlamento gótico a orillas del río, como los restos de un imponente buque naufragado. En ciertos bares en penumbras de la peatonal, un par de adolescentes semidesnudas bailan como gatas en celo en la vidriera, pasada la medianoche. Hay un único edificio Art Nouveau, donde una chica ciega y adorable enseña inglés a los niños húngaros.

Cruzando los puentes, está Buda. Trepada a lo alto de sus colinas, extendida a los pies de las agujas góticas de la Catedral de San Matías. A un paso de la catedral, hay una pastelería donde me pasé una tarde asistiendo a la celebración del cumpleaños de una habitué octogenaria y desconocida (pero esa tarde no tanto), entregada a una mousse de chocolate casera e inolvidable. Paseando bajo las estrellas del barrio del Palacio, se presiente la seda nocturna del Danubio. Se sabe que del otro lado está Pest, como desde Pest se sabe que del otro lado está Buda. Buda con su hotel legendario de vitrales modernistas y baños termales donde lánguidas japonesas flotan como nenúfares, con su mínima iglesia enclavada en el vientre de una gruta, con su cruz en lo alto de la colina Géllert. La vida pasa en Buda en cámara lenta y se acelera en Pest, para desacelerarse en Buda.

En un instante determinado de la noche de Budapest, sentada sobre el césped que acaricia el Danubio desde Pest, vi encenderse Buda. Alguien (nunca sabré quién) sencillamente enchufa la ciudad y la pone a brillar. El Puente de las Cadenas, el Puente Elizabeth, el Hotel Géllert, la cruz en la colina y los alrededores del Palacio. Todo se ilumina simultáneamente, como por arte de magia. No quise saber qué hora era, porque no tenía importancia. No me interesó el origen ni la técnica del sistema de encendido, porque también era irrelevante. El acontecimiento milagroso era esa súbita luz derramándose sobre los contornos de una ciudad en miniatura, adentrándose iluminada en el espacio de la noche.

Cuando vi encenderse Buda, sentí que Buda me lo dedicaba. Sentí que en cierta forma yo también la estaba encendiendo (junto a ese tipo que nunca sabré quién es), porque si mis ojos no hubieran estado ahí, nunca la hubieran visto de esa forma. Buda me pedía que la mirara, para que su acto de encenderse tuviera sentido.

Ojalá el tipo que enciende Buda a una hora exacta de la noche fuera el mismo tipo responsable de iluminarnos la vida. Pero no. Claro que no es así. Nunca podría ser él. Es otro, quizá parecido a él, quizá de la misma familia, pero trabaja de otra forma. La vida no se ilumina como Buda, uno, dos tres, cerrá los ojos, uno, dos, tres, podés abrirlos, mirá. No se enciende con un único y sencillo gesto, con un delicado movimiento de mano profesional.

Pero hay algo, algo inexplicable, que hermana el procedimiento de iluminación de Buda y el acto de que se nos encienda la existencia: Buda se enciende para el que la mira, Buda necesita a Pest. Buda va a encenderse si vos te quedás ahí, sentado sobre el césped de Pest a la orilla del río, esperando el acto de prestidigitación nocturna.

Si Pest no existiera, no existiría Buda. No existiría Budapest, ese nudo de dos ciudades que se alimentan como amantes, confundidas en una sola. Tan distintas y tan complementarias. Tan independientes como para haberse separado por un río que fluye todo el tiempo, tan dependientes como para haberse buscado construyendo puentes a lo largo de ese mismo río.

Buscamos en el otro lo que no tenemos y quizá el otro nos busque para que le demos lo que le hace falta. Como Buda busca a Pest. Y viceversa. Buda no es Pest, ni es Buda. Es la combinación inexpresable de esos dos mapas, esos dos cuerpos, esos dos sistemas. No vale la pena que una se encienda, si la otra no está para mirarla, exactamente enfrente, del otro lado del río y de los puentes, para asistir, como ojo que contempla y ojo que alumbra, a esa iluminación.

Uno tiende a creer que hay alguien que da la orden y alguien que conecta el circuito. Pero en realidad lo hace uno y nada más que uno mismo.
Depende de uno necesitar ver, desear ver, caminar para ver y finalmente ver la inasible y fugaz eternidad de Budapest iluminada.

Fotografía: André Kertész, El Circo, Budapest, 1920.

GOOD CHARLOTTE

Su padre fue un feo irresistible y su madre es, a cara lavada y cubierta con ropa de una simplicidad rotunda, una hermosura incontrovertible. El equipaje genético era prometedor. Pero las ciencias (duras y blandas) ya demostraron que con eso no alcanza. Charlotte puede repetir con legítimo derecho el mantra que condena a los niños a la cárcel de la propiedad privada: "esto es mío, mío, mío". Pero en ella, lo suyo es una liberación. De los juegos linguísticos de papá Serge (el hijo de judíos rusos y pianista de cabaret que no dudó en cantar con ella Lemon Incest para horror de las buenas familias) y de la exquisita temeridad de mamá Jane (que no trepidó en cantar deliciosos orgasmos para enfurecer al previsible Vaticano). Charlotte Gainsbourg no hace malabares exactos con las palabras ni aparece y te deja sin aliento. No. Todo en ella es menudo y delicado, como si hubiera abandonado en la ruta el equipaje y pudiera posarse en tu ventana. Como todos, no pudo elegir a sus padres pero sí a sus compañeros de aventura. Entonces llamó a Jarvis Cocker y a los etéreos chicos de Air y grabó un tema así, llamado 5:55 y dedicado a ese momento límbico en el que los insomnes no sabemos si acabar o empezar y nada se mueve y es como si estuviéramos solos a bordo de un avión, en piloto automático y sin destino conocido.


LA SONRISA DE PATTY HEWES

La aparición en una lata de dulce de batata de la supuestamente "enigmática" sonrisa de La Gioconda me frustró una tarde infantil. ¿Eso era todo? La sonrisa de Patty Hewes, en la serie televisiva Damages, me agita. Me incomoda. Lo mejor que pudo pasarle al escorzo facial del Louvre fue que Duchamp le pintara un bigote. Lo peor que podría pasarle al signo de interrogación cristalizado en la cara de Patty sería que alguien osara, con imperdonable mal gusto, transformar su contorno siquiera unos milímetros. Aunque pretendan simplificarla con el tranquilizador calificativo de "villana", la maldad es, en esa sonrisa, solo una de múltiples variables. Esa sonrisa es prima de la de la Marquesa de Merteuil en Las Relaciones Peligrosas y de la de Alex Forrester (sí, la que se puchereó un conejo pero solo quería llevar a una niñita a un parque de diversiones) en Atracción Fatal. Prima, o sea, signo de idéntico linaje pero única y perturbadora fisonomía. A Patty Hewes te dan ganas de partirle la boca, de un sopapo o de un beso bien colocado. Por maldita y por abandonada. Por solitaria y por arpía. La ves y no
sabés si esconde un tremendo dolor reprimido a fuerza de ensayar la mueca o una dosis de veneno letal que saldrá disparada si esos labios de esfinge se abren, apenas, un poquito. Yo, por las dudas, no me muevo. Detrás de esa sonrisa puede haber un revólver o un guante de seda. O ambas cosas. Un revólver envuelto en un guante de seda. Un guante de seda perforado por las balas desquiciadas de un revólver. Patty Hewes no se inmuta, aunque le estén pasando por encima. Posiblemente termina siendo la que te pasa por encima por efecto directo de su inmutabilidad. Te paraliza como una encantadora de serpientes. La serpiente sos vos. Ella es un encanto. Vos no sabés dónde enroscarte para protegerte de su expresión glacial (que nunca se quiebra ni se rompe, o por ahí lo hace, pero cuando te fuiste - como el Perito Moreno) y ella tiene perfectamente claro que
le basta con jugar a las estatuas. Convengamos que la ayuda ese mentón de Connecticut, esa piel endiabladamente tersa y esos ojos como lagos tranquilos. Pero todo lo que la ayuda es lo que constituye, precisamente, la condición de posibilidad de su sonrisa, que sería directamente imposible en otra cara. Patty Hewes no es una abogada malísima ni una pobre mujer. No vas a enterarte de quién es ni aun cuando termine la sexta temporada de Damages o la lleven al cine. Esa operación magistral de inoculación de la duda a través del gesto, Patty Hewes se la lleva a la tumba. Nadie se ha calzado de esa forma un candado entreabierto y estos candados nacen para morir así, persiguiéndote.


domingo, 26 de abril de 2009

CONSUETUDINARIA COMPAÑÍA

Intento avanzar con una novela. Se me escapa, la persigo, me siento a sentirla. En el balcón empujan y se abren las azaleas bajo el cielo nocturno y los perros se entregan a los sueños de su mundo inasible. Liliana, mientras tanto, pasa por todos los registros emocionales posibles, incendiando el piano.


DICHAS Y DESDICHAS DEL AGUA

No importa el tema, porque los temas son pocos y son lo menos importante. Estaban todos en las tragedias griegas. La irrupción del "otro" que dinamita la estructura familiar disfuncional ya la había filmado, entre otros, Pasolini en Teorema. Lo que importa es el cómo.
Cuando Lala se corta el pelo en El Niño Pez, los mechones perdidos son una ofrenda y una transición formidable a golpe de tijeras: de princesa a asesina, por amor.
Cuando en plena huida recoge y carga su perro malherido, acariciándolo para que sobreviva, es una criminal que ejecuta un acto de inmensa ternura.
Si El Niño Pez es capaz de destilar esta potencia del deseo en la fuga, ¿por qué no me la da cuando le toca al goce, que se supone debería ser deseo desatado y atado a la alegría del tacto?
La escena de las dos mujeres en la bañera prohibida es ominosa y sombría. ¿Por qué no juegan, por qué no se ríen, por qué no se exploran a las carcajadas? Y las escenas del lago, que es el agua que les pertenece y donde todo les está permitido, me alejan con su estética sobrecargada y su photoshop cinematográfico gratuito. Y esa paloma, esa palomita blanca que uno pide por Dios que no aparezca volando ... Ay, ¿por qué tuvo que aparecer? No hacía falta tanta respuesta. Bastaba con una afirmación como la del final: "de ahora en más siguen solas" (y que uno se imagine cómo, que uno se imagine a solas esa otra película entera fuera de campo).

sábado, 25 de abril de 2009

FALLING IN LOVE

P. J. declaró que se enamoró de Nick durante los casi cuatro minutos de este video de exquisitos roces y miradas como estiletes, en el que cantaron a dúo Henry Lee. Me gusta ver el video sin audio, como una película muda. P. J. agregó que la relación fue tan intensa que no pudieron sostenerla. El video original, en colores, desapareció de la web. No quiero detalles sobre su paradero. Prefiero imaginar que entró en delicada e inevitable combustión.


ANTES DE QUE AMANEZCA EN BUENOS AIRES

Todo es silencio. Y Liliana hace vibrar el aire de la noche. Grabado en el Teatro Empire el 17 de junio de 2007. Lugar y fecha, irrelevantes. Liliana toma posesión de esta noche en tiempo presente. Lo suyo es un huracán. Y un himno.


jueves, 23 de abril de 2009

SE JUEGA COMO SE VIVE


El equipo completo de fútbol del Club Atlético Huracán visitó junto a su director técnico, Angel Cappa, el Archivo Nacional de la Memoria, en la ex ESMA. El plantel presenció la proyección de un video institucional sobre el Espacio para la Memoria y realizó una visita guiada por el ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio que funcionó durante la dictadura en el Casino de Oficiales de la ESMA.

Después volvieron a entrenar sobre el césped.

miércoles, 22 de abril de 2009

martes, 21 de abril de 2009

IRRESISTIBLES

Los Leningrad Cowboys y su versión personal de Those were the Days. La PBS (Perseverante Banda Surrealista), agradecida.

FIN DE FIESTA (PROVISORIO)

Con este video intentamos cerrar la presentación de Andrómeda, la noche del 17 de abril. No hubo caso. Los amigos siguieron llegando hasta la madrugada. Seguía sonando Leonard Cohen. No te separes de mí, esto es The Future.


PLEGARIA PERSONAL

Este es el título del poema que abre Andrómeda. Una vez leídas, todas sus páginas deberían consumirse en este incendio, en el que la Pasión según San Mateo, de Bach, cede y se repliega frente a la primera línea de Gloria y las últimas de Gung-Ho, cantadas por Patti Smith.


ESPECIES LUMPENES

El Intendente Díaz (a) ArielSebástian sugirió imágenes de financistas y banqueros para la lectura de Especies Lúmpenes. Ahora Manuel me pregunta qué relación existe entre las flores ignoradas que crecen en los baldíos, los operadores bursátiles y la paz de los cementerios. Quizá Red Right Hand, cantada por Nick Cave & The Bad Seeds, le de una pista.

EL GUERNICA SEGUN DORA MAAR

Durante la lectura de este poema, proyectamos imágenes de Dora. Marina tocó en vivo una de las Gnosiennes de Erik Satie. Como las ejecuciones en vivo no pueden repetirse (¿cuántas Gnosiennes existirán entonces? ¿tantas como ejecuciones haya?), elegí acunar a Dora con el Etude Op. 8/12 de Alexander Scriabin, tocado por Vladimir Horowitz en Moscú, el 20 de abril de 1986.

lunes, 20 de abril de 2009

JUAN

A Juan Cabandié lo filmamos en el patio de la Legislatura de la ciudad. Me dijo que la mejor música que se le ocurría para su lectura era el silencio. Porque el silencio también es música. Sentí la necesidad de escribir este poema y también sentí que Juan tenía derecho a leerlo. ¿Por qué lo escribí? ¿Para qué sirve haberlo escrito?


En este texto de John Berger encontré una pista:


“Yo no puedo decirte en qué influye el arte ni mucho menos cómo influye, pero sí sé que a menudo el arte ha servido para juzgar a los jueces, para vengar a los inocentes y para mostrar al futuro lo que fue un pasado de sufrimiento, algo que no puede ser olvidado. Sé también que el poder teme al arte cualquiera sea la forma en que se manifieste; al ocurrir eso, y cuando una manifestación artística, la que sea, corre como un rumor entre la gente, acaba convirtiéndose en leyenda porque ofrece un sentimiento, una conciencia de que una vida llena de brutalidades no debe consentirse, lo que se convierte en un sentimiento que nos une; un sentimiento, al fin y al cabo, inseparable de la justicia” (John Berger, “Mineros”, 1989).


La imagen que precede la filmación es la foto de una instalación de Christian Boltanski.



LAS METODOLOGÍAS DEL TERROR

Martina adora las películas de terror y de eso habla este poema. Sospecho que Martina se entrega a esas películas porque, en el fondo, no les teme. Empiezan perturbándola, como 1999 por Robert Fripp, pero terminan resultándole encantadoras, como las Pieces Enfantines de Erik Satie. A lo que sí teme Martina es a lo impronunciable o vislumbrado en zonas inestables e imprevistas como, por ejemplo, las instalaciones montadas por Annette Messager. Proteger a otro es la mejor manera de protegerse a sí mismo, aun entre barrotes; de eso habla, supongo, el fotograma de Pickpocket, de Robert Bresson, al final de este video (y en la cabecera de este blog-bitácora).


ISA

Así imaginé a Isa mientras la escribía, con fondo de Manon, por Serge Gainsbourg. Pero sé que hay tantas Isas como ojos que se asomen a los suyos. Isa jamás supo que Gainsbourg acompañaría sus gestos.


B-SIDE & RARITIES

Escenario tentativo para noches de naufragio mental. Fotografías de Cindy Sherman y música de Diamanda Galás (Lonely Woman) y Siouxsie Sioux (About to Happen). En el poema B-Side & Rarities, tu cabeza es tu prisión.

ANDROMEDA TOUR

Antes de presentarse en Buenos Aires, Andrómeda recorrió Nueva York y Chicago (bajo una bandera personal pintada por Jasper Johns). Contemplaba perpleja y emocionada cómo sus palabras eran recogidas por gente que, estando tan lejos, está, sin embargo, tan cerca. Estas son algunas de las imágenes de ese recorrido, que Andrómeda hizo a su manera. Por eso lo invocamos y convocamos a Sid Vicious, con su propia versión de My Way.


Y estas son algunas de las lecturas públicas que iluminaron ese recorrido.

En noches oscuras, soñé despierta con llegar a esta playa, cantando esta canción. Lo hice con Andrómeda bajo el brazo, de la mano de mucha gente generosa. Elegimos esta manera, marítima y musical, de agradecerlo, con Annie Lennox recordándonos la existencia de A Thousand Beautiful Things.


LILIANA EN SU REINO

Liliana Felipe, naturalmente bella en su reposera doméstica, acompañada por Cirilo y Lucho (primos a la distancia de mi Valentín, mi Felipe y mi Cayetano), leyó en la terraza de su casa en Coyoacán este poema de Andrómeda y lo subió a la web, para que yo la escuchara en silencio con los ojos húmedos, en plena madrugada en Buenos Aires:

Con una generosidad extraordinaria, Liliana abrió las puertas de su casa y de su corazón para confirmar una vez más (por si hiciera falta) que si se multiplicaran las Lilianas, este mundo sería menos doloroso y definitivamente diferente. En la presentación de Andrómeda contamos quién es Liliana, quién es Jesusa y cómo una mujer, que vive como piensa y piensa como vive, puede hipnotizarnos para que nos rindamos a sus pies:

domingo, 19 de abril de 2009

EDITORIAL CRACK-UP

Este es el video que preparamos con Hernán, intentando definir Editorial Crack-Up, con audio de Kerouac, por Morphine. Esta es la valija personal de F. S. Fitzgerald. Aspiramos a que la nuestra termine así, gastada. Aspiramos a ser viajeros. No turistas de la palabra. De algo estamos seguros: el Intendente Díaz y la Rubia Fatal son espíritus libres de mandatos y empuñan con exquisitez el Final Cut.

TODO LO QUE DISPARAN LAS PALABRAS

Colgué en este blog en las entradas anteriores, como sábanas al viento, las imágenes y la música que acompañaron, la noche del 17 de abril, la lectura de los poemas de Andrómeda. Cada uno proyecta y escribe, en su propia cabeza, la película y la partitura que le sale, según el día y el estado meteorológico de su espíritu. Por eso la indicación precisa de la fecha. Los textos de Andrómeda son nómades y mutantes y se resisten a ser aprisionados en un marco fijo. Cada lector imaginará a partir de los mismos lo que se le ocurra.

PRESENTACIÓN DE LA CONSTELACIÓN DE ANDRÓMEDA

El viernes 17 de abril se presentó en la librería Crack-Up el libro-artefacto "La Constelación de Andrómeda". Quisimos que fuera una celebración y así fue imaginada y concebida. No hubo mesa, no hubo jarra de agua ni un único micrófono. Hubo imágenes y música que acompañaron la lectura de cada poema, transcripto en una página que luego era arrojada al aire, porque ya había salido de mí. Hubo una banda llamada Fiat VD (Fiat Voluntas Dei), improvisada con mis amigos Esteban Ale Monserrat (en guitarra eléctrica) y Marina Pabón (en piano). Y hubo tres invitados especiales: el Mismísimo Fogwill, que leyó poemas de Andrómeda en vivo, la entrañable Liliana Felipe, que se apropió (embelleciéndolo) del texto de Andrómeda que habla de cómo nuestros perros nos ponen a salvo y me envió un exquisito video filmado en su casa en Coyoacán, México, y Juan Cabandié, respecto del que no me importa en qué partido milita pero sí me conmueve su condición de militante, a quien filmamos en el patio de la Legislatura de la ciudad, leyendo Honrarás a tus muertos. Hubo muchos amigos queridos. Libreros, poetas, músicos. Hubo niños. Al final de la celebración, los restos de las páginas leídas (que también mordimos y rasgamos) quedaron dispersos en el piso, como estrellas arrancadas de quién sabe qué cielo.