viernes, 31 de julio de 2009
AGÍTESE AL USAR
jueves, 30 de julio de 2009
NOS CONOCIMOS TARDE
Todos debiéramos suicidarnos de la inexistencia de la vida al menos una vez. Juntar las bolsitas de té del coraje para enviar a la luna de un puntapié esa puta roca que nos esclaviza, para mirar a los ojos a esa niña del vestido de flores, para confirmar o desmentir que nuestra vecina (que se viste, sin más, de vecina) tiene una vida medianamente feliz. Debiéramos todos asesinar sin piedad los anonimatos que nos rodean y vestirnos con las alas que alcanzan a ver las flores del fondo. Debiéramos hincar nuestra daga sobre la intercambiabilidad de nuestra persona en una cadena de montaje, para que cada vecino, cada cristal de ventana que enseña el mundo a su manera, supieran de nuestra infinita singularidad).
miércoles, 29 de julio de 2009
CÓMO DESCUBRÍ A MARY FAY (I)

martes, 28 de julio de 2009
PARA COMERTE MEJOR
Qué no daría yo por robarme el postre y por comerlo al principio de la cena y no al final, para invertir la lógica de la promesa de la felicidad luego del calvario. Miro a mi alrededor y pienso cómo meter la mano en la vitrina para alzarme con la presa. Comprarla me parece un insulto, porque me la gané con años de donaciones involuntarias a las corporaciones pasteleras. No me vengan con que todo tiene su justo precio, porque el precio es casi siempre exorbitante en relación con el sueldo que te pagan y la diferencia puede llamarse, por caso, plusvalía. Plusvalía robada. Si todas las manos se infiltraran como guantes de seda en las vitrinas para quedarse con el pastel que les corresponde, se rompería sin remedio la lógica de la producción y su hija homicida, las relaciones de producción envenenadas. Pero yo no pienso esperar a que todas las manos se pongan de acuerdo. Me conformo con la idea de pequeños y múltiples grupos de manos organizadas, que violentan delicadamente vitrinas mejicanas, neoyorquinas y japonesas para arrebatar un par de muffins de arándanos o una porción de cheesecake. Hurtos estratégicamente dirigidos contra las grandes cadenas reposteras y no contra la modesta y autogestionada panadería del barrio. Espero que entren más clientes, me hago la distraída y salgo con la copa de helado a paso sostenido y cara descubierta. La clave para no ser descubierto es creer, como es cierto, que el helado no te lo robaste sino que te pertenece por derecho propio. El helado se derrite y empieza a mancharme las manos. Más manchadas las tienen ellos y de manchas que no se quitan con jabón ni se lamen con la lengua agradecida por la frescura arrebatada al orden de las cosas.
lunes, 27 de julio de 2009
¿CUÁNTAS VECES?
La verdad, no sé. Estoy dudando. ¿Y si solo en la repetición pudiera verte? ¿Si Kundera hubiera acertado y la felicidad residiera en la ley de la repetición? Saber que vas a esperarme en esa esquina, que estarás en casa cuando llegue, que no cambiarás de bar ni de cuaderno. Que sos la lapicera fuente de tinta negra y color rojo, el bolso negro cargado de libros que llevás al hombro, tu único par de lentes. Adelantarme a tu reflexión y gozar el acierto de haberla presentido. Amar tus jeans gastados en el que las monedas se escurren por el bolsillo roto. Que te resistas a cambiar de zapatos. Que invariablemente me traigas un lápiz y no me digas nada hasta que yo pregunte si te acordaste de traerme un lápiz. Decenas de lápices que guardo uno junto al otro. Mislápicesmislápicesmislápices. Tus costumbres. Subrayar los párrafos que te interrogan, acariciar la cabeza de nuestros perros antes de salir. ¿Y si solo puedo verte con el correr de los días y aprehenderte en el curso de los años? Si en el retorno a tus modestas pasiones está tu identidad, en tus minúsculos gestos tu ADN, en tus inconmovibles convicciones la razón por la que estoy a tu lado. Porque tu reacción ante la multiplicidad de los eventos es coherente con esas convicciones y tu experiencia de las cosas un mapa trazado al amparo de tu ideología. Porque espero lo que intuyo que va a llegar y me desconsolaría que no llegara lo que espero. Tus rituales domésticos. Cada Jackie afirma y confirma la anterior.
domingo, 26 de julio de 2009
PARA QUÉ TE ENVOLVISTE
¿Te envolviste para jugar un rato? ¿Para experimentar con el paisaje y desordenar la gramática de los manuales? Bienvenido. Te estás travistiendo para desbordarte, para que te adivine y se me agudice el tacto como a los ciegos. Te estás moviendo para seducirme. En el fondo querés que te arranque el envoltorio con los dientes. Me asomo y veo las flores de colores que flotan en tu fondo que es cada vez más hondo y no hago pie. Te veo a contraluz y te vislumbro. Te ofrecés para que vaya a buscarte. Mostrás y no mostrás para que te descubra. Te envolviste para desenvolverte y desarmarme. Para que te ame resuelta y desenvuelta, finalmente despojada de todos mis envoltorios. Te envolviste para ser rasgado y penetrado, para deshacerte de todas las circunstancias que te envuelven y venir hacia mí. Porque el único envoltorio bello es el efímero. El que uno se pone para salir a pasear y creer por un rato en lo increíble para quedarse, después, tibio y desnudo.
sábado, 25 de julio de 2009
JOSECITO Y SUS NARANJAS MECÁNICAS
No es Cronos quien devora a sus hijos,
viernes, 24 de julio de 2009
REALIDAD Y RESURRECCIÓN
La Piedad esculpida por Miguel Ángel.
Con la mayoría de la gente el mundo no tiene piedad.
En la Florencia gobernada por los Médici,
que serían sanguinarios pero tenían buen gusto,
florecía el arte renacentista
mientras los gitanos se hacinaban extramuros.
En Florencia había más gitanos que obras de arte.
Más que un museo a cielo abierto,
Florencia era una zona de suspensión de la ley.
La mayoría de la gente no ha leído ni leerá a Baudelaire.
Nunca leerá un poema.
Porque la mayoría de la gente
se envenena diariamente con las flores del mal.
Recordemos cuántos obreros murieron agotados
en la construcción de la Muralla China.
El pueblo francés no leía a Balzac.
No hay ningún Rafael africano en los museos.
La mayoría de la gente no pisó un museo en toda su vida.
A Liszt lo escuchaban los amigos
y hoy, un grupo de amigos un poco más grande.
Para la mayoría de la gente
Rachmaninoff suena a nombre de vodka,
si es que suena a algo.
Nunca escuchará un concierto de piano.
No ha visto ni verá una partida de ajedrez
según la linterna mágica de Bergman
ni una escena familiar según la cámara estática de Ozu.
La mayoría de la gente no tiene tiempo para estas cosas.
A las diez de la noche,
los que estaban en condiciones de hablar y abrir los ojos,
pedían a la enfermera ver por televisión "Bailando por un sueño".
Cuando la noche se pone más oscura que la noche,
es un alivio mirar la telenovela de la tarde.
Los que entran en coma espiritual, piden desconexión.
Los que entran en coma médico,
una canción que los devuelva al reino de los vivos.
Yo ya dejé mis instrucciones por escrito:
en ese caso, pásenme en continuado Dancing Queen.
jueves, 23 de julio de 2009
BREVE CARTA A JULIET
"Ju-Ju-ma-chère-dear-Liet: Sé que estás bien porque acabo de verte. Pero quién sabe. En este momento no te estoy viendo. Me olvidé los anteojos arriba de una nariz. No me retes. Tenés tan claro como yo que son cosas que pueden pasar. Me arden los ojos de tanto mirar y tengo el pelo revuelto por el viento del paraíso. Aun así, preferiría estar abajo. Había más movimiento y organizábamos mayores escandaletes. Acá algunos se tomaron muy en serio su papel de muertos. Me dirás que son los mismos que ya estaban muertos antes de subir, pero es un hecho que te preparan mucho mejor para la paz insoportable de la muerte que para el encantador estropicio de la vida. Gracias por mi epitafio. No esperaba menos de vos. Dado que la gente no cambia, sino que se agrava, te consta que sigo más unconcerned but not indifferent, como ordenaste grabar sobre la piedra. Y sí, más despreocupado pero no indiferente. Un bienvenido efecto Clonazepam, digamos, sin necesidad de pasta recetada sino por efecto directo de mis visiones. La realidad no existe, Ju-liet-liet, no hay línea divisoria. ¿No me viste dando vueltas a tu lado después de muerto, devolviéndote la gentileza de que revolotearas por la casa cuando estaba vivo, porque a mí me gustaba sentir que andabas por ahí? Con tu epitafio sí que te equivocaste y te diría que casi casi derrapaste al kitsch (¡"together again", como si en algún momento hubiésemos estado separados!), pero te lo perdono porque seguís estando preciosa como en la foto que pegaron en tu piedra. Qué bueno que nos sigamos montando nuestro propio parque de diversiones, considerando el tedio de esta escuela de buenos modales y alumnos estudiosos y obedientes. A veces me pregunto cómo nos dejaron entrar. Primeros, ¿te das cuenta?, sin tener que hacer cola. Creo que es porque están hartos de que les enseñen que dos más dos es cuatro, cuando no es cierto. Cuando vuelvas de hacer las compras preparate porque quiero sacarte una foto. Dale, otra más. Cada click es un beso, como el que a veces me inclino a darte en Montparnasse de lápida a lápida, de piedra a piedra, para asombro de la chica que hizo click frente a nuestra tumba cuando vio su foto revelada. Compará estas dos fotos que sacó y después contame. Mi lápida se mueve, querida, para acariciar la tuya. No tardes. No me quiero hacer el gracioso, Ju-Ju, y menos con un chiste malo, pero aunque oficialmente estemos muertos, todavía me muero por verte. Tu Man Ray".
miércoles, 22 de julio de 2009
NUESTRAS MOLESKINE

Las libretas Moleskine siempre me parecieron bellas, pero nunca pude dibujar en ellas un solo trazo. Será que me intimidan por su legendaria fama y su altísimo precio; el trazo debiera ser reverendamente significativo para gastar páginas de un objeto que cuesta tanto y estar a la altura de los trazos célebres que lo han precedido en dichas superficies. La Moleskine es la libreta del viajero diseñada por un encuadernador francés del S. XIX y relanzada al mercado en 1998 por la compañía italiana Modo&Modo. Tiendo a intuir dos vidas de la Moleskine: la que se inicia con el encuadernador francés y contiene las líneas de Van Gogh, Matisse, Picasso, Hemingway o Chatwin y la que resucita, desangelada, de la mano codiciosa de Modo&Modo, reciclando la Moleskine como objeto de consumo intelectualoide de edición limitada, diseñada en conjunto con museos y galerías de arte. A mí la Moleskine clásica me gusta igual. Su tapa dura que guarda luto, la banda elástica que la cierra como una caja fuerte, el sólido sobrecito interno que invita a esconder secretos, su robustez portátil. También las versiones en distintos tamaños, verticales o apaisadas, con hojas lisas, cuadriculadas o a rayas. El caso es que no puedo profanarlas.
Esta noche duerme en casa el compañero de ruta de la paciente de la habitación 308, en el cuarto donde guardo, intactas, algunas Moleskine. Es frágil como un pájaro y está hecho de una materia que no pertenece al reino de este mundo. Esta noche duerme en casa un hombre bueno, que tememos que esté al borde de perder la razón y a quien no nos atrevemos a dejar solo. Enfundado en un pijama enorme bajo el que se adivinan sus huesitos, se sienta respetuosamente en la cama que le preparamos y pide que por favor pongamos a su lado la bolsita plástica en la que trajo "sus cosas personales". Es una bolsita conmovedora, de la que saca un cuaderno con mano temblorosa. Adentro del cuaderno guarda imágenes religiosas y en el cuaderno escribe con una caligrafía minúscula frases que considera que no debe olvidar ("el martes 2 de enero a las 3 de la tarde Hernán me dijo que tengo que reírme más"), interminables árboles genealógicos familiares, textos inconexos donde cada oración hace sentido pero el sentido se desquicia en el bloque del párrafo. Cierra los ojos y besa cada una de sus estampas, murmurando palabras que no alcanzamos a oír. Instintivamente alzo al perro menor y lo acerco a su cara. El perro le pone una pata en el hombro y le lame obstinadamente la sien izquierda. El hombre que hoy duerme en casa parece vibrar conmovido en un orden paralelo, ajeno a los temblores de su existencia, probablemente conocido solo por el perro que bautiza su cara.
"Está desvariando", dice su hijo. "Está cumpliendo un rito", me digo. Necesita sentirse protegido antes de ir a dormir, porque la hora del sueño es la hora de los terrores. Necesita tener a mano la bolsita con su cuaderno de viajero tierno y extraviado, que advierto súbitamente es un cuaderno idéntico al que cargo en mi bolso cada día, adonde quiera que vaya. Un cuaderno escolar antiguo de tapa blanda y páginas rayadas, bien barato, que contiene, volcada en forma fragmentaria, desprolija y en total desorden, la réplica material de mi ADN.
¿Qué diferencia hay entre nuestros desvaríos? Yo besaría cada palabra escrita en mi cuaderno, como si fuera una estampa, simplemente porque me la he sacado de las tripas y verla ahí, tan sola, me causa una ternura intolerable. Mi cuaderno es la expresión de mi credo, el que se resiste a entrar en las Moleskine y se despliega sin pudor en páginas ajadas, manchadas de café y al alcance de escolares de modestos recursos. Mi cuaderno es un cuaderno de pobre. No sé exactamente qué significa esto, pero sí sé que es más digno que una Moleskine, aunque una Moleskine me resulte accesible de vez en cuando, en términos estrictamente mercantiles.
¿Qué significa estar volviéndose loco y musitar letanías que a otros les resultan ininteligibles? El hombre bueno se durmió hace rato y yo sigo poblando en código mi cuaderno (que es hermano del suyo) en plena madrugada, como si la noche hubiera tomado posesión de mí.
Junto al hombre que duerme, prolijamente envuelto en una bolsita plástica brilla un cuaderno incomprensible, que lo abriga y lo ampara. A pasos de ese cuaderno, del otro lado de la cama, hay una biblioteca de madera con su zona de pasto seco, el espléndido y racional cementerio de las Moleskine.
martes, 21 de julio de 2009
PARA NO PERDERNOS EN LA PLAYA

La última novela de Ian McEwan se llama On Chesil Beach. Una pequeña composición de cámara que funciona como una implacable y conmovedora caja de resonancias, cuyos ecos se expanden por la playa de Chesil, en la costa de Dorset, frente al Canal de la Mancha, y repercuten en nuestro cerebro. Es allí adonde, invariablemente, apunta McEwan. Que sus novelas se devoren y resulten transparentes es una de sus tantas trampas. Sedimentan sin piedad y esconden capas y capas de significado. Duelen como la incisión de un bisturí en el lugar exacto donde el corte es irreversible. Podría decir: On Chesil Beach es la historia de una joven pareja que no puede consumar su matrimonio y lo pierde en una sola noche (la de su boda) porque Edward eyacula precozmente y Florence reacciona frígida y espantada ante el contacto del semen con su piel. Pero la mutua disfunción sexual es una anécdota porque lo que realmente importa es que Edward y Florence se aman, pero se encuentran a destiempo y no se conceden las horas necesarias para leer sus respectivas biografías y ayudarse a estabilizar los desniveles impuestos por sus historias de origen.
Edward necesita salvajemente que lo quieran (en cuerpo y alma) y Florence es una desamparada táctil que entrega el alma sin reparos pero se reserva el cuerpo. Son hijos de familias disfuncionales y dispares y se cruzan en 1962, cuando el viento de la libertad política y sexual no se ha desatado todavía. Él es un chico pobre que estudia historia y ella, una chica rica que toca el violín y sueña con tener su propio y célebre cuarteto de cuerdas, para dedicarle a él, que estará sentado en una butaca del Wigmore Hall que han acordado de antemano, el primer concierto que su cuarteto toque en esa sala. McEwan es un montajista eximio: la noche del desastre está rodeada de flashbacks minuciosos de la vida familiar de Edward y Florence y en el capítulo final pisa el acelerador de tal manera que la irrevocabilidad del tiempo perdido se materializa hasta atenazarte la garganta y nublarte los ojos. Todo con la precisión y el ascetismo de un informe médico-forense, que emociona hasta el hueso no por lo que dice sino por lo que calla.
Podemos destruir nuestra vida en un instante, simplemente por algo que no hacemos. Es una definición posible del horror. La chica del violín podría haber vuelto atrás en su última carrera por la playa y el chico que adora las historias medievales podría haberla llamado, perforando la noche con su grito, para que regresara. Pero no lo hicieron. A él lo inundaba la ira y, a ella, la confusión y el desasosiego. Nunca más volverán a verse y nunca más amarán así, a nadie. Una catástrofe privada nacida de un movimiento en falso y un grito que no fue.
Esta noche te veo llorar y me ofusco y camino kilómetros enfurecida hasta llegar a casa, donde no quiero hablarte porque me quema y me exaspera tu silencio. En casa me seco las lágrimas con las mangas de la camiseta que llevo puesta y te exijo respuestas que no podés darme, porque te hiero con mi temperamento. En los dos hay dolor y es un dolor viejo, de esos que nacen en la infancia. De golpe intuimos que para no perdernos uno al otro debemos leernos y que el acto de lectura debe llevarnos hacia la raíz de ese dolor individual que nos oprime, para que mis manos desaten laboriosa y dulcemente su nudo y tus manos, el mío. Te llamo desde la habitación que oficia de guarida y vos venís desde la habitación que es tu trinchera. Nos sentamos en el borde de la cama y apoyo tu cabeza contra mi pecho.
En el silencio nocturno escucho golpear las olas en Chesil Beach. "Tengámonos paciencia", nos decimos sin abrir la boca, mientras afuera llueve en Buenos Aires y nos mecemos en un abrazo de desvalidos arrojados a la intemperie en una playa, dispuestos a leerse para que no los arrastre y separe la tormenta y alcanzar a escuchar, juntos, en nuestro Wigmore Hall, la música alumbrada por el recorrido recíproco de nuestros mapas.
lunes, 20 de julio de 2009
REFUNDAR(SE)

Somos el gato-puro-gato de Stalker en el que se ha colado el Rilke que ama Ana. Rilke se convierte en un gato, tal como Ana Karenina se convertía en Karenin, el perro amado en una novela por Teresa y Tomás. Los rangos jerárquicos se disuelven y todo vale lo que vale un trapo. Un trapo de los que juntan los traperos de la humanidad. Cuando nos acercamos a alguien, ese alguien debiera saber que se le acerca un reservorio ambulante de mezclas impuras. Que lo que le parece un cuerpo es en realidad un inventario y lo que late debajo de ese cuerpo, una caja viviente de botines resultantes de robos sucesivos, botines arbitrarios y desordenados. Somos todos ladrones. Eso deberíamos poner como profesión en los formularios. La ley podrá empeñarse en proteger las autorías pero somos un monumento viviente al copyleft. La diferencia entre unos y otros está en la calidad de lo que robamos y la sensibilidad de las operaciones de alquimia que emprendemos con las flores robadas. Algunos eligen flores mustias, unívocas, venenosas, podridas. Otros, flores polisémicas, incesantes, refulgentes. Algunos consiguen revivir las flores mustias y otros asesinar las flores incesantes. Algunos consiguen vislumbrar los tesoros bajo la podredumbre y encontrar el antídoto para el veneno; otros no hacen más que mezclar inmundicias. Porque hay ladrones expertos y ladrones de poca monta.
Escuchándola cantar, me estremeció la intensidad con la que roba. Canta casi todo el tiempo flexionando las rodillas, como si tuviera que tirar y tirar de una soga para romperla y atraerla con su garganta desde la cueva de Alí Babá, con todos los botines de la cueva colgando de esa soga como estrellas. Se guarda la soga en el pecho, vampiriza y revuelve las estrellas, y las devuelve pujando con el cuerpo, transformadas. Uno ya no reconoce qué es lo que se robaron los cuarenta cómplices de Alí Babá. Porque toda historia es una cadena de robos y transformaciones en cadena. Todo espejo devuelve un cover. Bajo la forma de una tragedia o una farsa, de un circo de acróbatas intrépidos o un deplorable circo de tristes animales amaestrados. Por eso hay gente a la que uno le quiere hacer la guerra y gente a la que insistimos en hacerle el amor. Ladrones que no pueden robar sin metralleta y otros a los que les bastan y les sobran los ojos y la lengua para delinquir.
Dada su profesión evidente de ladrona, se cambió el nombre de Charlyn Marshall a Chan Marshall a Cat Power. Otros se lo cambian de Ander a Bash a Arden. No es cuestión de elegir lo que suene más bello, como decía Borges, sino de cruzar las fronteras con pasaporte falso, para desmaterializarnos, casi, y robar mejor.
Así como robamos nosotros, a nosotros quizá también nos roben, si encuentran en casa algo que les guste o que valga la pena. Lo mejor que puede pasarnos es que nos desvalijen. O que no necesiten asaltarnos, porque entregamos voluntariamente y antes del atraco lo que nos seduce. Hay sujetos que atesoran sus posesiones detrás de roñosos muros inexpugnables y otros, como Rubén, Susana, Lola o Portinari, que dejan la puerta abierta y te convocan a su umbral para que la apropiación no sea hurto sino regalo. Hay gente, como Laura o Arturo, que defiende tenazmente los umbrales. Hay gente como Adolfo, a la que le está prohibido caminar y son sin embargo los ladrones más bellos y veloces. Hay tanta gente que quisiera nombrar, que ahora mismo se está robando algo que brilla de alguna parte. Y tanta otra que cree tener un nombre, pero que en realidad tiene un páramo repleto de cosas, cosas tan poco dignas de robar que no han logrado convertir el páramo en una cámara de maravillas o un modesto e hipnótico gabinete de curiosidades.
En todo esto pensaba, mientras le robaba impunemente a Charlyn-Chan-Cat cuanto podía, para mejorar, en profundidad y en estatura, los rasgos particulares de mi prontuario.
sábado, 18 de julio de 2009
HABITACIÓN 308
viernes, 17 de julio de 2009
PARIR EL MUNDO
Balada de las Madres (Pier Paolo Pasolini, 1962)
Me pregunto qué madres tuvieron.
Si los vieran ahora, trabajando
en un mundo para ellas desconocido,
presos en un ciclo siempre inacabado
de experiencias tan distintas de las suyas,
¿qué mirada tendrían sus ojos?
Si estuvieran allí mientras escriben
un artículo, conformistas y barrocos,
o lo entregan a redactores vendidos
a cualquier compromiso, ¿entenderían quiénes son ustedes?
Madres viles, que llevan en sus rostros el temor
antiguo, ese que, como una enfermedad,
deforma los rasgos en una blancura
de niebla, los aleja del corazón,
los encierra en el viejo rechazo moral.
Madres viles, pobrecitas, preocupadas
de que sus hijos conozcan la vileza
para pedir un empleo, para ser prácticos,
para no ofender almas privilegiadas,
para defenderse de cualquier piedad.
Madres mediocres, que aprendieron
con humildad de niñas, de nosotros,
un único, desnudo significado,
con almas en las que el mundo está condenado
a no dar ni dolor ni alegría.
Madres mediocres, que jamás tuvieron
para ustedes más palabras de amor
que la de un amor sórdidamente mudo,
de bestia, y en él los criaron,
impotentes ante los reales deseos del corazón.
Madres serviles, acostumbradas desde hace siglos
a agachar sin amor la cabeza,
a transmitir a su feto
el antiguo vergonzoso secreto
de conformarse con las sobras de la fiesta.
Madres serviles, que les han enseñado
cómo puede el siervo ser feliz
odiando a quien, igual que él, está atado,
cómo puede ser beato traicionando,
y seguro, haciendo lo que no dice.
Madres feroces, ocupadas en defender
lo poco que, como burguesas, poseen,
la normalidad y el salario,
casi con la rabia de quien se venga
o se siente acorralado en un absurdo asedio.
Madres feroces, que les dijeron:
¡Sobrevivan! ¡Piensen sólo en ustedes!
¡No sientan jamás piedad o respeto
por nadie, guarden en el pecho
vuestra integridad de buitres!
¡Ahí tienen, viles, mediocres, siervas,
feroces, a vuestras pobres madres!
Sin ninguna vergüenza de saberlos
-en vuestro odio- incluso altivos
en este valle de lágrimas.
Así es cómo les pertenece este mundo:
hermanados en pasiones opuestas,
o patrias enemigas, por el profundo rechazo
a ser distintos, a responder
del dolor salvaje de ser hombres.
jueves, 16 de julio de 2009
LO QUE FALTABA
Altar del Pene, en TailandiaSosténgame porque a la que está orando la pondría de rodillas, pero de un hondazo en la nuca. Que una pueda construir un altar a un pene, en privado, es un tema aparte. Pero que se levante un Altar del Pene, así, del pene como concepto y Cristo Rey, ofrendándole además profanos y variopintos penes de toda laya y color (me asustan un poco los colorados de la izquierda, confieso) me hace hervir la sangre. Simone de Beauvoir volvería a morirse.
Parece que este santuario es la parada (perdón por el sustantivo, pero pocas veces más al caso) obligada de cientos de parejas deseosas de concebir un hijo que no llega. Sé que la necesidad no consumada de procrear no solo duele, sino que agudiza la imaginación. Pero de ahí a tomarse un avión cargando una verga extra-large para entregarla en ofrenda a la diosa Tuptim, supuesta regidora de la fertilidad, me parece demasiado. En primer lugar no entiendo por qué a una diosa se le ofrendan vergas, salvo que Tuptim sea travesti (comunidad que cuenta con mi soberana admiración, aclaro). En segundo lugar, me imagino al pasajero portador de la sacrosanta verga en cuestión pasando por Aduana, por ejemplo. Está claro que el scanner visualizaría rápidamente la verga metida en la valija y uno debería dar alguna explicación. ¿Qué decir? ¿Me compré un palo de lluvia? ¿Es un tubo y adentro traigo un poster de Van Gogh? ¿Así vienen las nuevas latas de papas fritas Pringles?
No, no vale argumentar que es un chiche traído de Amsterdam, poniendo cara de experto sado-maso, porque la dimensión del objeto conspira contra su propósito. Adviértase que los del fondo de la foto parecen enanos de jardín pero sin barba, champignones hiperdesarrollados de kermesse, pitufos sobrealimentados. ¿Justo conseguí una pata de la mesa como la que se me había roto? Tal vez, el interiorismo da para todo. Hay que tomarse la vida con humor para sortear Migraciones con tamaña poronguex bajo el brazo y dudo de que los fieles de Tuptim posean ese don.
¿Qué hace esa mujer ahí, por Dios? Parece una madre que quiere que el hijo se haga hombre haciéndose padre y la hija, mujer, trayendo un pitufo al mundo. No quisiera prejuzgar, pero da la impresión de que no le ha visto la cara a Dios desde hace un tiempo y no obstante no trepida en rodearse de baguettes con glande para cumplir el imperativo de perpetuar la prole.
El mundo falocéntrico da para todo. Me quedo con los altares privados. Y si es para reverenciar el sexo, alzémoslos en honor al clítoris.
CAN'T TAKE YOU OUT OF MY HEAD
Le batió que Michelle también admira sus valientes luchas, con la brocha de rimmel y las extensiones. Y que todos saben que Hillary, que no es ninguna Gílari, la copia. La copia, la muy yegua. Ya lo sospechábamos. Ella aprovechó para invitarlo (ay, picarona) no solo a Buenos Aires, que como todos sabemos es la París de Latinoamérica (pese a la generación de enanos nutricionales que se empeñan en abrir la boca solo para que les entren moscas), sino particularmente a El Calafate, su terruño. "Cuando vengas al Calafate, agarrate", le soltó, ya en confianza. Y El se derretía como un chocolate, Aguila (imperialista), y le susurraba el hit de Kylie cuyo título encabeza estas notas (de color, negro). Es verdad que quiere conocerla personalmente para hablar. Para aprender. Cómo se le puede regalar una elección a una oposición que profana vocalmente el cadáver de Freddy Mercury y cierra campaña al grito de "Votame, votate, alica, alicate", por ejemplo. Cómo se puede tener el bronce al alcance de la mano y dejarlo escapar, cuando bastaría gobernar para una legión de pobres (y acumular así no solo capital personal, sino también simbólico).
No me gusta este periodismo y la actual oposición política me da náuseas. Sartreanas y domésticas, de las que piden Reliverán a gritos. Pero hay momentos en que la autoestima reloaded de Cristina, a la que debería corrérsela por izquierda para cerrarle la boca, vira a pieza maestra del surrealismo. André Breton no ha muerto. Vive entre nosotros y lleva faldas.
miércoles, 15 de julio de 2009
LA DIGNIDAD
Los imaginé mirando la casa que ya no volverían a ver y cerrando la puerta. Sin mirar hacia atrás. O sí. No lo sé. Sí sé que caminaron hacia adelante. No dieron marcha atrás. Llegaron al aeropuerto y subieron al avión. Imaginé si al despegar el avión se habrían tomado de la mano, si habrían mirado juntos a través de la ventanilla. He visto a la gente luchar con tenacidad para sobrevivir. La he visto aferrarse a la vida en la intemperie, desnuda y desvalida y, aun así, resistir de pie y tragándose las lágrimas. Los imaginé ejerciendo su valiente voluntad, para resolver que no vale ni sirve vivir a cualquier precio. Que somos arrojados al mundo sin pedirlo pero podemos salirnos del mundo por indeclinable decisión propia. Me pregunté qué es la dignidad. Ellos me lo estaban diciendo de algún modo que yo no lograba poner en palabras. ¿Será la capacidad de decir "no" a una realidad que hiere nuestras convicciones? ¿Será la dignidad un "no"? No puedo verte sufrir de esta manera. Quiero con todas mis fuerzas que tu dolor sea el mío y no es posible transferir el dolor.
Habían vivido juntos cincuenta y cuatro años y parido dos hijos. El estaba casi ciego y sordo y ella consumida por una enfermedad terminal. El amor entra en combustión, pensé. Es un incendio escandaloso que pone a Dios de rodillas y le exige en silencio reverenciarlo. Dios inclina su cabeza y se declara vencido. Dios desea impotente estar hecho a imagen y semejanza de quienes experimentan ese amor que cierra la puerta de la casa y cruza la puerta de embarque sin retroceder. Los imaginé exhibiendo sus pases de embarque a una sonriente empleada de la línea aérea. Ella guiándolo en el pasillo del avión para encontrar su butaca y él ayudándola, desde su penumbra, a tomar asiento. Pronto llegarían a Zurich para cerrar los ojos. Imaginé todo lo que esos ojos habían visto. No hay tiranía más impiadosa que la del cuerpo sublevado. No quiero retirarme sin saber que me voy. Quiero mirar de frente ese momento y que entremos juntos en el sueño. Si, después de todo, hemos transcurrido juntos las noches y los días y hemos sido "nosotros", en la medida máxima en que uno más uno es dos pese a la irreversible soledad de cada uno.
Los imaginé completando los formularios de ingreso a la clínica. Ella completando el formulario que él no podía prácticamente ver. Él intuyendo el cansancio físico que la atenazaba. No importa si no fue realmente así. Porque así fue. Habían decidido decir "no", bajo la forma de un doble suicidio asistido en una aséptica y prolija clínica suiza. Me imagino que aunque en Suiza casi todo es aséptico y prolijo el corazón debe de habérseles desordenado y encendido cuando se miraron por última vez. Él arrebatando a las sombras los rasgos de su cara y ella más bella de lo que él hubiera podido imaginar. El pequeño vaso de líquido claro haciendo su trabajo y embarcándolos hacia no sé donde. A ellos que habían dicho "no" a un presente que empezaba a corromper el pasado. A ellos que llegaban antes y desbarataban los planes de la muerte, imponiéndole con irreverencia su soberanía. Mecidos por la música y adormecidos por efecto de la libertad. Porque eso, y no la esperanza, es lo último que pueden quitarnos. La clínica donde se internaron se llama Dignitas.
Edward y Joan Downes, con su primer hijolunes, 13 de julio de 2009
TU DULZURA EXTRAORDINARIA
(Jacobo Fijman, Molino Rojo, 1926)
No soy enfermo. Me han recluido. Me consideran un incapaz.
Quiénes son mis jueces…
Quiénes responderán por mí.
Hice conducta de poesía. Pagué por todo.
Sentí de pronto que tenía que cambiar de vida. Alejarme del mundo.
Y me aislé.
Me fui de todos, aun de mí…
Hoy es la demencia un estado natural.
Todas las palabras son esenciales. Lo difícil es dar con ellas.
El delirio son instantes. Puede durar toda la vida.
Mi poesía es toda medida.
El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad.
domingo, 12 de julio de 2009
LA SEGUNDA VIDA DE ALICIA
sábado, 11 de julio de 2009
PORNOGRAFÍA (I)
FAST FORWARD
Ya aprendí la lección. Con la corona de espinas trabo la puerta, los clavos me los guardo en el bolsillo por si me asaltan y la cruz la dejo a mano debajo de la cama a falta de garrote. El almohadoncito bordado por ahí me lo quedo y lo pongo sobre el sofá del living, da vintage chic. No me engañan más. Ya tuvieron su oportunidad. No tienen remedio. Se les ofrece caritativamente el pan y el techo y te organizan una bacanal. Se creen los apóstoles y arrasan con los víveres como si fuera la última cena. No se privan de usarte la cristalería ni la vajilla de porcelana. Van por más. Qué horror. Si no reacciono a tiempo los tengo de okupas y conmigo del lado de afuera. Son capaces de cambiarme la cerradura. Rescaté lo que pude, blindé las aberturas y coloqué varias verjas y sistema de alarma. Con los vecinos nos pusimos de acuerdo y pagamos entre todos un servicio de seguridad privada. Quién hubiera dicho que los desharrapados terminarían sueltos y nosotros, encerrados.
Años de psicoanálisis para olvidar esta escena. La falta de dientes, los gritos de la horda, los dedos en el plato. No les vi las armas, pero seguro que las llevaban puestas. Apestaban a alcohol. Unos meses más tarde mi tío el decrépito baboso se pegó un tiro, heredé la casa y me quedé con su hijo, que es mucho más cool. Me sigo disfrazando de noviecita, pero por iniciativa propia y para alimentarle la fantasía sexual. A veces invitamos a la mucama e improvisamos un menage à trois. Ella se siente importante y nosotros nos sacamos las ganas. Dicen que rejuvenece.
Mi vida merecería ser filmada, pero por lo que leí en una revista parece que ya lo fue. Hace medio siglo un ateo miró a su alrededor y contó un par de verdades, despistando a los de uniforme (que, entre paréntesis, son bastante fáciles de despistar). Yo no estaba ahí pero es como si hubiera estado. Es como si el ateo hubiera filmado y apretado el fast forward, hasta llegar a esta noche en la que se me dio por pensar, mientras me saco las medias de red y me prometo dejar de fumar, para estar más en forma, a partir de mañana.
viernes, 10 de julio de 2009
CYCLOPS

Está considerablemente liberado de la culpa católica y burguesa, así como de todos los mandatos familiares y sociales de rigor. Desde el momento en que te toca en suerte un solo ojo, sos mucho más proclive a violar las reglas.
Ya no presta atención a su protagonismo seguro en los safaris a lo bizarro y la tendencia generalizada al morbo. Esa indiferencia lo libera (adviértase cómo se suman las liberaciones) de la tiranía de la mirada ajena y, por ende, de la preocupación por el "qué dirán". Cuando vos fuiste, Cyclops ya volvió.
Ha desarrollado una tendencia creciente a la intrepidez. Después de aprender a mirar la vida con un solo ojo sin que la vida se le parta al medio, uno se anima a todo. Es como si hubiera recibido clases de apoyo o tenido maestra particular en materia de supervivencia, o nacido con un airbag extra para amortiguar los golpes.
Lame con especial ternura las caras inusuales, porque sabe lo que es tener una. Aprecia intensamente la diversidad, porque a él le tocó redoblada. Cyclops no discrimina ni comulga con las clasificaciones, las instituciones y las jerarquías.
Queda claro, supongo, por qué Cyclops es el compañero ideal en este mundo tan insensible con los Polifemos. Las razones de mi amor por Cyclops son también un decálogo de buena conducta.
Después de buscarle el ojo que le falta, los visitantes exclaman: "¡Es de Ripley!". Ahora empiezan a entender. "Fue de Ripley", digo. "Ripley tuvo un Cyclops. Era el que más amaba de todos sus perros".
A veces, cuando los otros tres se duermen, le aviso a Barnes y bajo a Cyclops de la tele. Especialmente cuando hace frío y nos preguntamos por qué no habremos nacido como los demás. Lo apoyo sobre la almohada y nos miramos un rato, entrelazando los tres ojos. Entonces recordamos las palabras de un hombre al que un ojo se empeñaba en fugársele a un costado y nos decimos que lo que importa no es lo que nos pasa, sino lo que decidimos hacer con eso. Sonreímos y nos vamos quedando dormidos. La noche nos acuna y nos contiene.
Existen tantas maneras de mirar.
jueves, 9 de julio de 2009
DIAGNÓSTICO: BERLÍN
Christa Wolf publicó Leibhaftig (traducido al español como En carne propia, edición de Galaxia Gutenberg) en 2002. La novela es el itinerario de una enfermedad, un descenso a las razones profundas del trauma y una descripción fragmentaria de los mecanismos psicológicos de regreso al reino de los sanos. Solo hacia el final la protagonista abandona su cama de hospital, se pone de pie y contempla por la ventana de la habitación un lago iluminado, recuperando en el discurso la primera persona del singular (su "yo").
Antes, el relato es un flujo inconexo y desarticulado de la conciencia que alterna súbita e imprevisiblemente la primera y la tercera persona y que solo puede moverse en una sola dirección: hacia abajo, en un tiempo y espacio duplicados. El tiempo hospitalario sustraído a la cronología habitual de los relojes, ese tiempo dolorosamente lento que se pega al cuerpo como las sábanas, y el tiempo flotante e intermitente de los viajes mentales de la protagonista, una suerte de expedición arqueológica a los estratos de la ciudad de Berlín y de su propia historia. El espacio es el estrecho cuarto de hospital, con su rotación rutinaria de médicos y enfermeras, abierto por periódicos trayectos al quirófano y a las salas de diagnóstico por imágenes, y el espacio urbano berlinés proyectado mentalmente en cada pasaje de esa arqueología de la destrucción que Wolf pone en escena. El cuerpo colapsa junto con la República Democrática Alemana.
Los abscesos abdominales y los espasmos de fiebre son el emergente clínico de un derrumbe político y social. El cuerpo, la ciudad, el país y la historia han perdido la salud. Están imbricados y trazan una trayectoria semejante: habrá que cortar, revolver e intervenir el cuerpo (la historia, el país y la ciudad) para que puedan sanar. Ese gesto quirúrgico equivale, en el plano personal, al ejercicio de la memoria. Alguna vez debemos ir hacia lo olvidado y escuchar, de una vez por todas, los ruidos infernales de los torturados y las víctimas de las balas que han trepanado las paredes con su impacto. Bajar, con una linterna de bolsillo, al laberinto subterráneo de sótanos que funcionara como refugio antiaéreo en tiempos de guerra y espacio de colocación de dispositivos de control en tiempos de fascismos de derecha e izquierda. Llenarnos de polvo y avanzar en la oscuridad, recorriendo el campo de batalla que sobrevive debajo de lo visto. Mirar y reconocer, aunque resulte insoportable, nuestra ignorancia y nuestra indiferencia. Destapar, abrir y enfocar lo vergonzante y lo oculto, porque solo así el cuerpo impotente y agotado podrá curarse.
Es el principio Wolf: la sociedad se inscribe en tu cuerpo. Tu cuerpo registra los temblores, las miserias y los horrores de tu patria. La tarea está jalonada por aforismos nazis y partituras de Schumann, como el doble símbolo de lo que la patria puede prohijar para morder y acariciar la carne. Y dos recursos terapéuticos soberanamente elegidos por la enferma: la compañía de un libro de tapas azules, con poemas de Goethe, y de una enfermera llamada Kora Bachmann, cuyo apellido remite inequívocamente a esa poeta llamada Ingeborg que tanto influyera sobre Wolf.
La enferma vuela de la mano de Kora sobre los antiguos barrios de Berlín y desciende con ella a sus propios infiernos. Con ella vuelve al reino de los vivos, porque sabe que esa es la misión de Kora. Kora es la poesía, según la cual la muerte es un recurso de la vida para arrancarnos de nuestro letargo. Dice Wolf que el dolor que se siente al sufrir una pérdida es equivalente a la esperanza que hemos tenido. La esperanza es la hoja de tilo que cubre un punto exacto del cuerpo de Sigfrido, el punto que no puede bañarse en sangre de dragón y resta vulnerable, el punto por el que penetra la lanza de Hagen. Se sobrevive asomándose a la herida y reconociendo sus causas. Kora Bachmann vela nuestro sueño al borde de la cama. Y uno sutura la herida con dos manos: una empuña la aguja en la que se enhebró el hilo de la conciencia. La otra, un libro que no se pierde ni se suelta. Un ajado libro de poemas.


