PÁJARO DE CHINA

viernes, 31 de julio de 2009

AGÍTESE AL USAR


Pilar escribe desde adentro de la máquina. Me dice que "escribe sobre aquéllos que, desde el interior de la máquina -que busca embrutecer al rebaño- se ocupan de desajustar sus engranajes". Al escribir sobre aquéllos que desajustan los engranajes de la máquina, Pilar la está desajustando. La máquina solo puede desajustarse si se conoce su funcionamiento y, para conocerlo, hay que estar en el vientre de la máquina, como Jonás en el vientre de la ballena. Y no dejar que el vientre de la máquina te mastique y te escupa.

Él dijo que la burguesía engendra sus propios sepultureros.
Dicen que él pasó de moda y que el experimento fracasó.
Experimentan con ciertas palabras y las ponen de moda
para naturalizar la realidad.
Me gusta aunque les duela. Me entibia aunque los congele.
Lo compro aunque no pueda pagarlo.
Para pagarlo me endeudo
y me pongo las medias de red y los tacos altos.
Prostitución. Incluye anal las 24 hs.
Me como la crema que cubre la torta.
Me chupo el dedo en el que queda el resto de la crema.
Vivo en arresto domiciliario voluntario.
Me muevo en la zona de exclusión.
Que no me toquen, que no me huelan, que no se acerquen.
Hay hijos que trabajan en las catacumbas.
Conocen las poleas y las palancas,
las cuerdas y las catapultas. Palpan las telarañas.
Los penetra la aguja de la tensión.
No se trata de un malestar que calmen los psicofármacos.
No es un trastorno de ansiedad.
El mal sabor en la boca. La náusea.
La presión estomacal de lo insoportable.
La sospecha.
No confrontan. Se infiltran.
Tienen la dirección de los distribuidores
de caballos de Troya.
No hay un Palacio de Invierno.
Hay múltiples palacios móviles.
Adentrarse y socavar.
Agitar.
Usar los instrumentos de quien nos usa.

Pilar escribe sobre ciertas estrategias. Pilar escucha a Jarvis. Escucha esto. Ser más grande que la casita en la que bajamos la cabeza para entrar. Envenenar día a día el falso mar y apuñalar en módicas dosis las falsas nubes, hasta que sangren, como Marat en la bañera.

jueves, 30 de julio de 2009

NOS CONOCIMOS TARDE

Me inquieta que la vecina de enfrente ni siquiera me mire con morbo. Si ni siquiera nos excita el morbo, de verdad estamos perdidos. Se asoma a la ventana con su impersonal atuendo de vecina como quien mira llover. No grita mi llama a sus hermanas mellizas. Aunque no tenga hermanas, alguien hará el papel de hermana y aunque no sea melliza, se parecerá mucho a ella. Todo se ha vuelto muy parecido, aunque no se note. Llueven flores dentro de mí pero ella lo ignora por completo. Honestamente tiene cara de ignorarlo todo, por lo que asumo debe de ser una persona medianamente feliz, con una existencia sin grandes sobresaltos. Yo ya salté y ahora quiero flotar. Sísifo se cansó de empujar la piedra. Castigado porque sí, sin haber revelado secretos ni atacado viajeros en el camino. Harto de ser el engranaje intercambiable de una maquinaria desconocida y el eslabón esclavo de una cadena despreciable, dije basta. Para decir basta se requiere coraje. El coraje puede acumularse en saquitos de té durante décadas. Llega el día y uno se lo toma de un solo trago. Lo que era tronco podrido y rama mustia se purifica y florece súbitamente. Adopta, para mi sosiego, un lánguido color rosado. Liberado y leve, no tengo nada que perder hasta que te veo.

La chica del vestido floreado con ribetes naranjas, frotando su rostro como una gata en celo contra el cristal de la ventana, aparece en el transcurso de una espiral encantadora. Desde arriba se ve todo limpio y ordenado. El problema es bajar y acercarse y constatar la mugre y la celebérrima teoría del caos. También me tiene harto. Que el tifón y el batir de alas y la mariposa y Pekín y todos sus pekineses en bicicleta. No puedo evitar acercarme una y otra vez a tus ojos de cielo prometido y esas manos que parecen rozar mi pelvis. Tus labios de churrasco pegoteados en señal de invitación, el deslizamiento de tus palmas provocándome. Jamás he visto una piel tan próxima y distante ni deseado con tanto ardor residir en ella. Es evidente tu condición de rehén lista para la fuga. Qué pena no ser paracaidista ni humilde limpiavidrios, para astillar tu prisión y aferrarte resueltamente a mi cintura, como un superhéroe. No he conocido algo más inquietante que esta sensualidad deforme. No podríamos estar más solos. Si te alejaras del cristal comenzarías a asemejarte a la vecina. Pero se te ha ocurrido refregarte y esa es mi condena. Te hacés la graciosa, aun en estado de cautiverio. Te dedico una sonrisa cómplice, en estado de epifanía fatal. Y todas las flores que me salen del pecho. Hasta me doy el lujo de ascender un poco, para modificar el ángulo de visión de esta visión en la que te has convertido. Lo que más me duele es que seas real.

Años imaginándote para perderte así, por culpa de una ley tan previsible como la ley de gravedad, que aprendemos con la primera caída y tendemos a olvidar para volver a caer. Tu pedido de auxilio es irresistible, especialmente para alguien tan muerto de aburrimiento como el que suscribe estos desordenados pensamientos que no conocerás. Me pregunto de dónde saliste. Me desconsuela no poder rescatarte. Guardá estas flores para comértelas de a poco, en mi memoria, y recordá estas inútiles verdades: el suicida nunca cae en línea recta y su ojo puede enamorarse en el último instante.

(Llega Susú y me dice al oído: El suicida sale de una ventana anónima, de una línea fabril anodina, de una roca caída que debe remontar una y otra vez. Y es cuando decide romper con todo ello que le surgen las alas, que ve claras las diferencias de los cristales habitados, que mira a los ojos ajenos para ver el cielo, que siente próximas las flores.

Todos debiéramos suicidarnos de la inexistencia de la vida al menos una vez. Juntar las bolsitas de té del coraje para enviar a la luna de un puntapié esa puta roca que nos esclaviza, para mirar a los ojos a esa niña del vestido de flores, para confirmar o desmentir que nuestra vecina (que se viste, sin más, de vecina) tiene una vida medianamente feliz. Debiéramos todos asesinar sin piedad los anonimatos que nos rodean y vestirnos con las alas que alcanzan a ver las flores del fondo. Debiéramos hincar nuestra daga sobre la intercambiabilidad de nuestra persona en una cadena de montaje, para que cada vecino, cada cristal de ventana que enseña el mundo a su manera, supieran de nuestra infinita singularidad).


50% of Cinquante-Fifty, Pipilotti Rist, 2000

miércoles, 29 de julio de 2009

CÓMO DESCUBRÍ A MARY FAY (I)


Agua, Mary Fay, 1947


Una tarde, hace ya muchos años, a bordo de un tren y pasando las páginas de una vieja revista francesa de ilustraciones que había encontrado olvidada en un bar de la estación, vi por primera vez un dibujo de una tal Mary Fay, a quien jamás había escuchado nombrar. Era el dibujo de un par de zapatillas gastadas y con los cordones flojos, trazado con grafito sobre un papel ajado y de modesta calidad, calzadas por un ser de rostro y sexualidad inasible, ya que el dibujo se acababa a la altura de sus rodillas. Llevaba un pantalón descuidado que dejaba al descubierto parte de las piernas. Me impresionaron esas piernas de autómata. Parecían salidas de un diseño industrial de la Escuela Bauhaus o hermanarse con las del Pinocho de Carlo Collodi. Las zapatillas de maratonista impenitente, ese fragmento de extremidades disruptivas y extrañas y el pantalón displicente de entrecasa podrían haber protagonizado, separadamente y con idéntico rango jerárquico, un único dibujo. Recorté la página que los incluía y la metí en un cuaderno, dentro de la mochila.


No sabía cuándo ni dónde había nacido Mary Fay. Lo cierto es que no podía encuadrarla en escuela académica o movimiento artístico alguno. No era una Artemisia Gentileschi ni una Berthe Morrisot. Tampoco se dejaba adueñar por las vanguardistas del último siglo. Parecía escapar a cualquier intento de sistematización periódica y a todas las enciclopedias y manuales, porque no había dejado rastros en ninguna de ellas. Visitaba por unas semanas a una amiga en Londres y llevé el dibujo al Departament of Prints and Drawings del British Museum. "Lo único que sabemos de Mary Fay es que nació en las afueras de Dublín, que nunca salió de los alrededores y que está viva. Aparentemente dibuja y pinta pero no tenemos ninguna de sus obras en nuestros catálogos".


Mary Fay era una artista fantasma y yo no estaba lejos de Dublín. Al día siguiente, me fui a la prima pobre y literaria de Londres, donde las monedas tenían imágenes de animales o instrumentos musicales, me quedé sentada un rato a orillas del río Liffey y caminé instintivamente hacia el Trinity College. Entré en la biblioteca más hermosa que había conocido pero pasé de largo ante los manuscritos iluminados irlandeses. El dibujo de Mary Fay era un imán más atrayente que la caligrafía exasperantemente cuidadosa del Libro de Kells. Se lo mostré a uno de los viejos bibliotecarios, en silencio. Le pregunté si conocía a la autora. Sonrió y me dijo qué interés podía tener alguien venido de tan lejos en una mujer que rara vez salía de su casa y no tenía el más mínimo interés en vender su obra. "Simplemente quiero conocerla". Me miró a los ojos, escrutándolos. Sobre un papel tan ajado como aquel que parecía haber utilizado Mary Fay para su dibujo escribió una dirección y murmuró: "Trabaja hasta tarde".


Me habían confiado un tesoro. Tomé un tren y llegué a una casa con un jardín delantero poblado de árboles de dos copas y azaleas en flor. Llamé a la puerta y apareció en el umbral una mujer que había pasado largamente el medio siglo, con zapatillas notoriamente gastadas y un jogging gris. Tenía el pelo blanco y sedoso y un cigarrillo en las manos. Le mostré la página de la revista y ella se señaló las zapatillas y los pantalones. Había dibujado una parte de sí misma sentada en la mesa de la cocina. Vivía sola y tenía una tortuga llamada Cleopatra y una cara cincelada de rasgos duros e inolvidables. Acumulaba desordenadamente varios atriles, óleos y telas en su habitación. No entendía por qué yo estaba allí. Y yo miraba fascinada esa república en miniatura, como si fuera una cámara de maravillas. Vi un cuadro de bañistas antiguas, recostadas y erguidas en un puente sobre el agua, frente a una construcción que parecía ser un viejo hotel balneario europeo. Eran crisálidas o libélulas, desplegando telas como banderas al aire, impecablemente diversas hasta en sus minúsculas torsiones musculares. Los colores brillaban e invadían como un perfume indescifrable, hasta marear. "No está terminado", comentó, exhalando el humo del cigarrillo. "Nunca logro terminarlos. Y se nota. No hay nada más difícil que pintar el movimiento del agua. Puedo pasarme días persiguiéndolo".


Mary Fay tenía que irse al bar, donde solía quedarse un rato cada noche. "Podés llevártelo", dijo encogiéndose de hombros. "No creo poder terminarlo nunca". Reparé en que firmaba con seudónimo pero no me explicó por qué. Le comenté que tenía ganas de escribir un libro de cuentos para niños y que sabía que pedírselo era un atrevimiento, pero creía que ella era la única que podía ilustrarlo. "No hay problema", asintió, sonriendo. "Podés enviarme los cuentos por correo".


La acompañé hasta la entrada del bar con mis bañistas bajo el brazo, envueltas cuidadosamente (por mí, no por ella) en una bolsa de supermercado que rescató de un cajón de la cocina. "No se trata de las bañistas", me dijo. "Se trata de lo que les provoca el agua". La fotografía no hace justicia al cuadro de Mary Fay que viajó hasta casa. Es la primera imagen que deseo mirar cuando estoy triste, para que el agua me lama las puntas de los pies y me permita recuperar la noción del color mientras extiendo los brazos, en puntas de pie, sobre un puente que no puede partirse.

martes, 28 de julio de 2009

PARA COMERTE MEJOR


Pastry Case I, Claes Oldenburg, 1961-1962

Qué no daría yo por robarme el postre y por comerlo al principio de la cena y no al final, para invertir la lógica de la promesa de la felicidad luego del calvario. Miro a mi alrededor y pienso cómo meter la mano en la vitrina para alzarme con la presa. Comprarla me parece un insulto, porque me la gané con años de donaciones involuntarias a las corporaciones pasteleras. No me vengan con que todo tiene su justo precio, porque el precio es casi siempre exorbitante en relación con el sueldo que te pagan y la diferencia puede llamarse, por caso, plusvalía. Plusvalía robada. Si todas las manos se infiltraran como guantes de seda en las vitrinas para quedarse con el pastel que les corresponde, se rompería sin remedio la lógica de la producción y su hija homicida, las relaciones de producción envenenadas. Pero yo no pienso esperar a que todas las manos se pongan de acuerdo. Me conformo con la idea de pequeños y múltiples grupos de manos organizadas, que violentan delicadamente vitrinas mejicanas, neoyorquinas y japonesas para arrebatar un par de muffins de arándanos o una porción de cheesecake. Hurtos estratégicamente dirigidos contra las grandes cadenas reposteras y no contra la modesta y autogestionada panadería del barrio. Espero que entren más clientes, me hago la distraída y salgo con la copa de helado a paso sostenido y cara descubierta. La clave para no ser descubierto es creer, como es cierto, que el helado no te lo robaste sino que te pertenece por derecho propio. El helado se derrite y empieza a mancharme las manos. Más manchadas las tienen ellos y de manchas que no se quitan con jabón ni se lamen con la lengua agradecida por la frescura arrebatada al orden de las cosas.

Qué no daría ella por que él pasara esta tarde por la pastelería antes de volver a casa y la sorprendiera con una torta de frutillas. Y más aun, que le pidiera arrancarle las frutillas de la boca con sus dientes expertos y labios codiciosos pintados de escarlata que se están secando, se están resquebrajando con ganas de clavarse en su cuello hasta que se desangre. Después se preguntan cuándo nace una chica vampira. Posiblemente cuando su boca asiste desolada a la mutación del placer en deber conyugal o a la consumación reiterada del placer sin innovaciones. De la tranquilidad aparente a los colmillos furibundos hay un paso.

Qué no darían ellos por comerse por lo menos las sobras de un pastel ajeno.

Qué no daría él por que no quiebre la pastelería y no tener que levantarse mañana sin trabajo de pastelero. Y él para que se incendie la pastelería donde ha sido tantas veces humillado. O donde ha transcurrido la mayor parte de su vida sin que le pase nada. Que no daría para que le devuelvan las horas muertas en las que su cabeza fue un estanque sin peces, sin temblores y sin piedras arrojadas al agua, una cabeza prolijamente anestesiada cuyo límite es la entrada de la pastelería.

Qué no darían ellos por no perder la posibilidad de comprar pasteles. Se pondrían los trajes del esclavo moderno e hipotecarían sus casas y sus sueños, muertos de culpa ante la sola idea de no arropar a sus niños con mousse de chocolate o pasar vergüenza ante los amigos por no acceder al strudel de manzana.

Y como escupiríamos todos, al unísono, el pedazo que nos ha sido prometido, al intentar morderlo y sentir rechinar la dentadura contra el plástico, descubriendo que todos, todos los postres que anhelamos eran falsos.

lunes, 27 de julio de 2009

¿CUÁNTAS VECES?

Nine Jackies, Andy Warhol, 1964

¿Cuántas veces tengo que verte para verte? En la repetición podés serializarte, aplanarte y desaparecer. En la repetición podría canjearte por un conejo, una bici o una de esas latas de sopa Campbell que ya nos tienen hartos. Podría canjearte por cualquier cosa, si es verdad que la repetición te banaliza y te vacía de significado. Quedás sin trampas y sin trucos, sin misterios y sin patologías. Sos tucaratucaratucaratucara, que perdió cualquier definición posible en el diccionario. Las pupilas blindadas, la boca clausurada y el alma, un souvenir anacrónico del pasado. ¿Qué era el alma? ¿Algo parecido al marxismo, a la ópera, a las lenguas muertas? En la repetición sos clink-caja. De tanto verte ya no puedo verte, tu sumatoria equivale a una sustracción. Para verte tengo que concentrarme y si te multiplicás en la igualdad me disperso y me aburro. No te reiteres. No me visites con la misma expresión todos los días. O vivimos una aventura fugaz o te reinventás a cada instante. No hay opción. Sos polvo de una noche o me sorprendés cada mañana para no convertirte en polvo. A la figurita repetida uno quiere cambiarla por la figurita difícil, la que cuesta encontrar para completar el álbum. No insistas en una nota musical, recorré la escala. Que tus plumas tengan tantos colores como las plumas de la cola del pavo real. Tomame por asalto. Haceme regalitos. Boicoteá tus rutinas y saboteá tus hábitos. Cambiá de pantalón. Las nueves Jackies se comen a Jackie.


La verdad, no sé. Estoy dudando. ¿Y si solo en la repetición pudiera verte? ¿Si Kundera hubiera acertado y la felicidad residiera en la ley de la repetición? Saber que vas a esperarme en esa esquina, que estarás en casa cuando llegue, que no cambiarás de bar ni de cuaderno. Que sos la lapicera fuente de tinta negra y color rojo, el bolso negro cargado de libros que llevás al hombro, tu único par de lentes. Adelantarme a tu reflexión y gozar el acierto de haberla presentido. Amar tus jeans gastados en el que las monedas se escurren por el bolsillo roto. Que te resistas a cambiar de zapatos. Que invariablemente me traigas un lápiz y no me digas nada hasta que yo pregunte si te acordaste de traerme un lápiz. Decenas de lápices que guardo uno junto al otro. Mislápicesmislápicesmislápices. Tus costumbres. Subrayar los párrafos que te interrogan, acariciar la cabeza de nuestros perros antes de salir. ¿Y si solo puedo verte con el correr de los días y aprehenderte en el curso de los años? Si en el retorno a tus modestas pasiones está tu identidad, en tus minúsculos gestos tu ADN, en tus inconmovibles convicciones la razón por la que estoy a tu lado. Porque tu reacción ante la multiplicidad de los eventos es coherente con esas convicciones y tu experiencia de las cosas un mapa trazado al amparo de tu ideología. Porque espero lo que intuyo que va a llegar y me desconsolaría que no llegara lo que espero. Tus rituales domésticos. Cada Jackie afirma y confirma la anterior.


La primera vez que te vi, ya lo vi todo. En la primera imagen vivían las declinaciones de las venideras. Las sucesivas modularon y ejecutaron armónicas variaciones de la inaugural. En las primeras palabras pronunciadas estaban inscriptas las que pronunciarías. Todo lo que vi fueron tus movimientos, tu singular manera de mirar, tu modo de estar en este mundo. ¿Qué más hace falta ver? ¿Qué más se necesita ver para verlo todo? Todo lo que necesitás saber de un cuadro está ahí, en la superficie. Todo lo que necesitaba para verte estaba ahí, delante. No hay que escalar montañas mentales ni explorar abismos interiores. Hay que detenerse en cada accidente geográfico de la geografía. Hay que mirar lentamente, para ver. Puedo empezar a recorrer las Jackies eligiendo a cualquier Jackie como arbitrario punto de partida. En la primera de mis Jackies estará la clave de las ocho restantes.




(FUNDIDO A NEGRO)




Y Esther que dice: ¿Qué era el aliento cuando tú no estabas? ¿Quién sopló el polvo? ¿Por qué ya no estás aunque pueda verte?

domingo, 26 de julio de 2009

PARA QUÉ TE ENVOLVISTE


Por favor decime para qué te envolviste, porque no estoy muy segura de lo que hay abajo. ¿Te envolviste para protegerte, como envolvemos ciertos libros, diplomas o juguetes? Puede ser. Pero si es para que no te rocen las esquirlas de las catástrofes ajenas ni te alcance la lengua del gato negro de la desgracia, para que no te despeine el viento de la incertidumbre ni te moje la ola de la desesperación, más que envolverte te blindaste y tu envoltorio equivale a una mortaja. Te olvidaste de que nadie nos prometió un jardín de rosas y de que no estás muerto hasta que estás muerto. No podrás evitar el nudo del dolor atravesado como el cadáver de un pájaro en la garganta. El envoltorio se te pegará como alquitrán y no podrás quitártelo, por más que quieras. El reloj no funciona en sentido inverso. Tendrás la piel avejentada de los cocodrilos y se te pudrirá la boca. Darás muy mal olor. Tu envoltorio es un escudo de hojalata oxidada. Llegarás tarde a todos los circos. Encontrarás las sobras de la fiesta. Querrás saltar pero no habrá precipicio ni montaña. Porque lo tuyo no es prudencia ni aristotélico justo medio. Tampoco es cobardía. Es avaricia de orgasmos y de espasmos, la avaricia de quien se guarda el vuelto y termina en coma irreversible por sobredosis de cuidado. Miserabilidad.


Si te envolviste para que no te reconozcan tus antiguas amantes malheridas ni los acreedores que quieren cobrar su deuda, tu envoltorio es el pasaporte de la fuga. Date vuelta porque en alguna parte tenés el sello de migraciones. Si sos ladrón de banco, te perdono y hasta te homenajeo. Pero si sos de lo que embisten y no se detienen a reparar las consecuencias del estrago, envolviéndose para volverse irreconocibles, desfigurándose para salir ilesos, yo me voy. Ya viví un poco y sé lo que me espera, lo que no puede esperarse. De envoltorios de cartón pintado, como vos.


¿Te envolviste para jugar un rato? ¿Para experimentar con el paisaje y desordenar la gramática de los manuales? Bienvenido. Te estás travistiendo para desbordarte, para que te adivine y se me agudice el tacto como a los ciegos. Te estás moviendo para seducirme. En el fondo querés que te arranque el envoltorio con los dientes. Me asomo y veo las flores de colores que flotan en tu fondo que es cada vez más hondo y no hago pie. Te veo a contraluz y te vislumbro. Te ofrecés para que vaya a buscarte. Mostrás y no mostrás para que te descubra. Te envolviste para desenvolverte y desarmarme. Para que te ame resuelta y desenvuelta, finalmente despojada de todos mis envoltorios. Te envolviste para ser rasgado y penetrado, para deshacerte de todas las circunstancias que te envuelven y venir hacia mí. Porque el único envoltorio bello es el efímero. El que uno se pone para salir a pasear y creer por un rato en lo increíble para quedarse, después, tibio y desnudo.

Arboles envueltos, Christo y Jeanne-Claude
Fundación Beyeler y Parque Berower
Riehen, Suiza, 1997-1998

sábado, 25 de julio de 2009

JOSECITO Y SUS NARANJAS MECÁNICAS


No es Cronos quien devora a sus hijos,
como en la pintura negra de Goya.
Es el mundo quien escupe a los que sobran.
Los que se cayeron del tren,
las excrecencias.
Los irrecuperables gastos improductivos.
A Josecito lo pescaron perpetrando su atraco
número cuarenta y tres.
Robaba un local de ropa para bebés.
Josecito tiene 14 años.
Todos estos números significan algo.
Inmediatamente antes había violentado
la caja de una agencia de lotería.
Los lugares robados significan algo.
Qué horror, dice el periodista y dice el taxista,
también.
Qué horror que Josecito solo tenga 14 años.
Porque si tuviera 16, lo encerrábamos
y nos librábamos de Josecito
que, además, anda en banda
y asalta con una de sus hermanas,
embarazada como es de rigor.
Josecito, por supuesto,
se da con lo que venga.
Preferentemente, con pasta base,
el flagelo de esta generación perdida
hija de otra generación perdida y otra más.
Qué bien nos sale el filicidio.
En cualquier momento,
Josecito se carga a su primer muerto.
Qué horror, dicen las señoras bien
a las que tranquiliza el inventario lombrosiano.
Bajemos la ley de imputabilidad
y sigámonos masturbándonos en los shopping centers.
Los desaparecemos o los mandamos a la guerra
y ven por primera vez el mar, ateridos y sin una pierna.
Los que no vuelven, se van suicidados.
Josecito llega a robar dos veces en un día.
¿Cuántas zapatillas podían comprar
entradas en exceso en Cromañón?
Las zapatillas queman.
Josecito muere y mata por un par de Nike.
Los asistentes sociales ya no dan abasto.
Pero sin Josecitos no tendrían trabajo.
Está todo muy bien organizado.
La cárcel da de comer al carcelero.



viernes, 24 de julio de 2009

REALIDAD Y RESURRECCIÓN

La mayoría de la gente no ha visto ni verá
La Piedad esculpida por Miguel Ángel.
Con la mayoría de la gente el mundo no tiene piedad.
En la Florencia gobernada por los Médici,
que serían sanguinarios pero tenían buen gusto,
florecía el arte renacentista
mientras los gitanos se hacinaban extramuros.
En Florencia había más gitanos que obras de arte.
Más que un museo a cielo abierto,
Florencia era una zona de suspensión de la ley.
La mayoría de la gente no ha leído ni leerá a Baudelaire.
Nunca leerá un poema.
Porque la mayoría de la gente
se envenena diariamente con las flores del mal.
Recordemos cuántos obreros murieron agotados
en la construcción de la Muralla China.
El pueblo francés no leía a Balzac.
No hay ningún Rafael africano en los museos.
La mayoría de la gente no pisó un museo en toda su vida.
A Liszt lo escuchaban los amigos
y hoy, un grupo de amigos un poco más grande.
Para la mayoría de la gente
Rachmaninoff suena a nombre de vodka,
si es que suena a algo.
Nunca escuchará un concierto de piano.
No ha visto ni verá una partida de ajedrez
según la linterna mágica de Bergman
ni una escena familiar según la cámara estática de Ozu.
La mayoría de la gente no tiene tiempo para estas cosas.
A las diez de la noche,
los que estaban en condiciones de hablar y abrir los ojos,
pedían a la enfermera ver por televisión "Bailando por un sueño".
Cuando la noche se pone más oscura que la noche,
es un alivio mirar la telenovela de la tarde.
Los que entran en coma espiritual, piden desconexión.
Los que entran en coma médico,
una canción que los devuelva al reino de los vivos.
Yo ya dejé mis instrucciones por escrito:
en ese caso, pásenme en continuado Dancing Queen.


jueves, 23 de julio de 2009

BREVE CARTA A JULIET


"Ju-Ju-ma-chère-dear-Liet: Sé que estás bien porque acabo de verte. Pero quién sabe. En este momento no te estoy viendo. Me olvidé los anteojos arriba de una nariz. No me retes. Tenés tan claro como yo que son cosas que pueden pasar. Me arden los ojos de tanto mirar y tengo el pelo revuelto por el viento del paraíso. Aun así, preferiría estar abajo. Había más movimiento y organizábamos mayores escandaletes. Acá algunos se tomaron muy en serio su papel de muertos. Me dirás que son los mismos que ya estaban muertos antes de subir, pero es un hecho que te preparan mucho mejor para la paz insoportable de la muerte que para el encantador estropicio de la vida. Gracias por mi epitafio. No esperaba menos de vos. Dado que la gente no cambia, sino que se agrava, te consta que sigo más unconcerned but not indifferent, como ordenaste grabar sobre la piedra. Y sí, más despreocupado pero no indiferente. Un bienvenido efecto Clonazepam, digamos, sin necesidad de pasta recetada sino por efecto directo de mis visiones. La realidad no existe, Ju-liet-liet, no hay línea divisoria. ¿No me viste dando vueltas a tu lado después de muerto, devolviéndote la gentileza de que revolotearas por la casa cuando estaba vivo, porque a mí me gustaba sentir que andabas por ahí? Con tu epitafio sí que te equivocaste y te diría que casi casi derrapaste al kitsch (¡"together again", como si en algún momento hubiésemos estado separados!), pero te lo perdono porque seguís estando preciosa como en la foto que pegaron en tu piedra. Qué bueno que nos sigamos montando nuestro propio parque de diversiones, considerando el tedio de esta escuela de buenos modales y alumnos estudiosos y obedientes. A veces me pregunto cómo nos dejaron entrar. Primeros, ¿te das cuenta?, sin tener que hacer cola. Creo que es porque están hartos de que les enseñen que dos más dos es cuatro, cuando no es cierto. Cuando vuelvas de hacer las compras preparate porque quiero sacarte una foto. Dale, otra más. Cada click es un beso, como el que a veces me inclino a darte en Montparnasse de lápida a lápida, de piedra a piedra, para asombro de la chica que hizo click frente a nuestra tumba cuando vio su foto revelada. Compará estas dos fotos que sacó y después contame. Mi lápida se mueve, querida, para acariciar la tuya. No tardes. No me quiero hacer el gracioso, Ju-Ju, y menos con un chiste malo, pero aunque oficialmente estemos muertos, todavía me muero por verte. Tu Man Ray".

miércoles, 22 de julio de 2009

NUESTRAS MOLESKINE


Las libretas Moleskine siempre me parecieron bellas, pero nunca pude dibujar en ellas un solo trazo. Será que me intimidan por su legendaria fama y su altísimo precio; el trazo debiera ser reverendamente significativo para gastar páginas de un objeto que cuesta tanto y estar a la altura de los trazos célebres que lo han precedido en dichas superficies. La Moleskine es la libreta del viajero diseñada por un encuadernador francés del S. XIX y relanzada al mercado en 1998 por la compañía italiana Modo&Modo. Tiendo a intuir dos vidas de la Moleskine: la que se inicia con el encuadernador francés y contiene las líneas de Van Gogh, Matisse, Picasso, Hemingway o Chatwin y la que resucita, desangelada, de la mano codiciosa de Modo&Modo, reciclando la Moleskine como objeto de consumo intelectualoide de edición limitada, diseñada en conjunto con museos y galerías de arte. A mí la Moleskine clásica me gusta igual. Su tapa dura que guarda luto, la banda elástica que la cierra como una caja fuerte, el sólido sobrecito interno que invita a esconder secretos, su robustez portátil. También las versiones en distintos tamaños, verticales o apaisadas, con hojas lisas, cuadriculadas o a rayas. El caso es que no puedo profanarlas.

Esta noche duerme en casa el compañero de ruta de la paciente de la habitación 308, en el cuarto donde guardo, intactas, algunas Moleskine. Es frágil como un pájaro y está hecho de una materia que no pertenece al reino de este mundo. Esta noche duerme en casa un hombre bueno, que tememos que esté al borde de perder la razón y a quien no nos atrevemos a dejar solo. Enfundado en un pijama enorme bajo el que se adivinan sus huesitos, se sienta respetuosamente en la cama que le preparamos y pide que por favor pongamos a su lado la bolsita plástica en la que trajo "sus cosas personales". Es una bolsita conmovedora, de la que saca un cuaderno con mano temblorosa. Adentro del cuaderno guarda imágenes religiosas y en el cuaderno escribe con una caligrafía minúscula frases que considera que no debe olvidar ("el martes 2 de enero a las 3 de la tarde Hernán me dijo que tengo que reírme más"), interminables árboles genealógicos familiares, textos inconexos donde cada oración hace sentido pero el sentido se desquicia en el bloque del párrafo. Cierra los ojos y besa cada una de sus estampas, murmurando palabras que no alcanzamos a oír. Instintivamente alzo al perro menor y lo acerco a su cara. El perro le pone una pata en el hombro y le lame obstinadamente la sien izquierda. El hombre que hoy duerme en casa parece vibrar conmovido en un orden paralelo, ajeno a los temblores de su existencia, probablemente conocido solo por el perro que bautiza su cara.

"Está desvariando", dice su hijo. "Está cumpliendo un rito", me digo. Necesita sentirse protegido antes de ir a dormir, porque la hora del sueño es la hora de los terrores. Necesita tener a mano la bolsita con su cuaderno de viajero tierno y extraviado, que advierto súbitamente es un cuaderno idéntico al que cargo en mi bolso cada día, adonde quiera que vaya. Un cuaderno escolar antiguo de tapa blanda y páginas rayadas, bien barato, que contiene, volcada en forma fragmentaria, desprolija y en total desorden, la réplica material de mi ADN.

¿Qué diferencia hay entre nuestros desvaríos? Yo besaría cada palabra escrita en mi cuaderno, como si fuera una estampa, simplemente porque me la he sacado de las tripas y verla ahí, tan sola, me causa una ternura intolerable. Mi cuaderno es la expresión de mi credo, el que se resiste a entrar en las Moleskine y se despliega sin pudor en páginas ajadas, manchadas de café y al alcance de escolares de modestos recursos. Mi cuaderno es un cuaderno de pobre. No sé exactamente qué significa esto, pero sí sé que es más digno que una Moleskine, aunque una Moleskine me resulte accesible de vez en cuando, en términos estrictamente mercantiles.

¿Qué significa estar volviéndose loco y musitar letanías que a otros les resultan ininteligibles? El hombre bueno se durmió hace rato y yo sigo poblando en código mi cuaderno (que es hermano del suyo) en plena madrugada, como si la noche hubiera tomado posesión de mí.

Junto al hombre que duerme, prolijamente envuelto en una bolsita plástica brilla un cuaderno incomprensible, que lo abriga y lo ampara. A pasos de ese cuaderno, del otro lado de la cama, hay una biblioteca de madera con su zona de pasto seco, el espléndido y racional cementerio de las Moleskine.



martes, 21 de julio de 2009

PARA NO PERDERNOS EN LA PLAYA


La última novela de Ian McEwan se llama On Chesil Beach. Una pequeña composición de cámara que funciona como una implacable y conmovedora caja de resonancias, cuyos ecos se expanden por la playa de Chesil, en la costa de Dorset, frente al Canal de la Mancha, y repercuten en nuestro cerebro. Es allí adonde, invariablemente, apunta McEwan. Que sus novelas se devoren y resulten transparentes es una de sus tantas trampas. Sedimentan sin piedad y esconden capas y capas de significado. Duelen como la incisión de un bisturí en el lugar exacto donde el corte es irreversible. Podría decir: On Chesil Beach es la historia de una joven pareja que no puede consumar su matrimonio y lo pierde en una sola noche (la de su boda) porque Edward eyacula precozmente y Florence reacciona frígida y espantada ante el contacto del semen con su piel. Pero la mutua disfunción sexual es una anécdota porque lo que realmente importa es que Edward y Florence se aman, pero se encuentran a destiempo y no se conceden las horas necesarias para leer sus respectivas biografías y ayudarse a estabilizar los desniveles impuestos por sus historias de origen.

Edward necesita salvajemente que lo quieran (en cuerpo y alma) y Florence es una desamparada táctil que entrega el alma sin reparos pero se reserva el cuerpo. Son hijos de familias disfuncionales y dispares y se cruzan en 1962, cuando el viento de la libertad política y sexual no se ha desatado todavía. Él es un chico pobre que estudia historia y ella, una chica rica que toca el violín y sueña con tener su propio y célebre cuarteto de cuerdas, para dedicarle a él, que estará sentado en una butaca del Wigmore Hall que han acordado de antemano, el primer concierto que su cuarteto toque en esa sala. McEwan es un montajista eximio: la noche del desastre está rodeada de flashbacks minuciosos de la vida familiar de Edward y Florence y en el capítulo final pisa el acelerador de tal manera que la irrevocabilidad del tiempo perdido se materializa hasta atenazarte la garganta y nublarte los ojos. Todo con la precisión y el ascetismo de un informe médico-forense, que emociona hasta el hueso no por lo que dice sino por lo que calla.

Podemos destruir nuestra vida en un instante, simplemente por algo que no hacemos. Es una definición posible del horror. La chica del violín podría haber vuelto atrás en su última carrera por la playa y el chico que adora las historias medievales podría haberla llamado, perforando la noche con su grito, para que regresara. Pero no lo hicieron. A él lo inundaba la ira y, a ella, la confusión y el desasosiego. Nunca más volverán a verse y nunca más amarán así, a nadie. Una catástrofe privada nacida de un movimiento en falso y un grito que no fue.

Esta noche te veo llorar y me ofusco y camino kilómetros enfurecida hasta llegar a casa, donde no quiero hablarte porque me quema y me exaspera tu silencio. En casa me seco las lágrimas con las mangas de la camiseta que llevo puesta y te exijo respuestas que no podés darme, porque te hiero con mi temperamento. En los dos hay dolor y es un dolor viejo, de esos que nacen en la infancia. De golpe intuimos que para no perdernos uno al otro debemos leernos y que el acto de lectura debe llevarnos hacia la raíz de ese dolor individual que nos oprime, para que mis manos desaten laboriosa y dulcemente su nudo y tus manos, el mío. Te llamo desde la habitación que oficia de guarida y vos venís desde la habitación que es tu trinchera. Nos sentamos en el borde de la cama y apoyo tu cabeza contra mi pecho.

En el silencio nocturno escucho golpear las olas en Chesil Beach. "Tengámonos paciencia", nos decimos sin abrir la boca, mientras afuera llueve en Buenos Aires y nos mecemos en un abrazo de desvalidos arrojados a la intemperie en una playa, dispuestos a leerse para que no los arrastre y separe la tormenta y alcanzar a escuchar, juntos, en nuestro Wigmore Hall, la música alumbrada por el recorrido recíproco de nuestros mapas.

lunes, 20 de julio de 2009

REFUNDAR(SE)


Hace unas noches fui a verla. A verme. La escuché con los ojos cerrados casi todo el tiempo y moviendo el cuerpo, dejándome llevar por su abecedario trastocado. Tiene una vocación perseverante por el cover. Cantar canciones propias (si es que algo puede ser exclusivamente propio) la aburre. Entonces canta las canciones que han escrito o cantado otros, antes que ella, y uno apenas se entera del nombre de la canción que está cantando. Un nombre. ¿Qué es un nombre? Ana tiene un gato que se llama Rilke y Stalker tiene un gato al que llama, por llamarlo de algún modo cuando le conversa, "gato". En un gato hay algo que es estrictamente "gato" y en un gato cabe, también, Rilke. Somos lo que decidimos meter dentro de lo que somos, lo que importamos del mundo para componer nuestra identidad. Somos una suma de pedazos robados. Criaturas vintage. Nuestra originalidad reside en qué cartas usadas elegimos y en el modo en que las barajamos para jugar. No se trata en absoluto de la necesaria existencia de los antecesores (en Schoënberg está Bach y en Pollock, Seurat; heredaste los ojos de tu madre y la irascibilidad de tu papá). No se trata de cómo mentimos acerca de nuestro pasado (Borges lo falseaba deliberadamente para que sonara más bello - y además lo confesaba - y mi adorada Simone escribía sus memorias mintiendo con descaro, para que quede claro que nadie puede creerse una autobiografía). No se trata de cómo resignificamos los sucesos del pasado empuñando el filtro de la experiencia del presente. No se trata tampoco de cómo los otros nos constituyen (el "j'est" de Rimbaud, atribuyendo a la primera persona del singular la conjugación verbal de la tercera). Se trata de una trata, de un tráfico y, más que de un tráfico, de una apropiación consciente o inconsciente de elementos de la república de la extranjería, que estiramos, deformamos y retorcemos para hacerlos propios.

Somos el gato-puro-gato de Stalker en el que se ha colado el Rilke que ama Ana. Rilke se convierte en un gato, tal como Ana Karenina se convertía en Karenin, el perro amado en una novela por Teresa y Tomás. Los rangos jerárquicos se disuelven y todo vale lo que vale un trapo. Un trapo de los que juntan los traperos de la humanidad. Cuando nos acercamos a alguien, ese alguien debiera saber que se le acerca un reservorio ambulante de mezclas impuras. Que lo que le parece un cuerpo es en realidad un inventario y lo que late debajo de ese cuerpo, una caja viviente de botines resultantes de robos sucesivos, botines arbitrarios y desordenados. Somos todos ladrones. Eso deberíamos poner como profesión en los formularios. La ley podrá empeñarse en proteger las autorías pero somos un monumento viviente al copyleft. La diferencia entre unos y otros está en la calidad de lo que robamos y la sensibilidad de las operaciones de alquimia que emprendemos con las flores robadas. Algunos eligen flores mustias, unívocas, venenosas, podridas. Otros, flores polisémicas, incesantes, refulgentes. Algunos consiguen revivir las flores mustias y otros asesinar las flores incesantes. Algunos consiguen vislumbrar los tesoros bajo la podredumbre y encontrar el antídoto para el veneno; otros no hacen más que mezclar inmundicias. Porque hay ladrones expertos y ladrones de poca monta.

Escuchándola cantar, me estremeció la intensidad con la que roba. Canta casi todo el tiempo flexionando las rodillas, como si tuviera que tirar y tirar de una soga para romperla y atraerla con su garganta desde la cueva de Alí Babá, con todos los botines de la cueva colgando de esa soga como estrellas. Se guarda la soga en el pecho, vampiriza y revuelve las estrellas, y las devuelve pujando con el cuerpo, transformadas. Uno ya no reconoce qué es lo que se robaron los cuarenta cómplices de Alí Babá. Porque toda historia es una cadena de robos y transformaciones en cadena. Todo espejo devuelve un cover. Bajo la forma de una tragedia o una farsa, de un circo de acróbatas intrépidos o un deplorable circo de tristes animales amaestrados. Por eso hay gente a la que uno le quiere hacer la guerra y gente a la que insistimos en hacerle el amor. Ladrones que no pueden robar sin metralleta y otros a los que les bastan y les sobran los ojos y la lengua para delinquir.

Dada su profesión evidente de ladrona, se cambió el nombre de Charlyn Marshall a Chan Marshall a Cat Power. Otros se lo cambian de Ander a Bash a Arden. No es cuestión de elegir lo que suene más bello, como decía Borges, sino de cruzar las fronteras con pasaporte falso, para desmaterializarnos, casi, y robar mejor.

Así como robamos nosotros, a nosotros quizá también nos roben, si encuentran en casa algo que les guste o que valga la pena. Lo mejor que puede pasarnos es que nos desvalijen. O que no necesiten asaltarnos, porque entregamos voluntariamente y antes del atraco lo que nos seduce. Hay sujetos que atesoran sus posesiones detrás de roñosos muros inexpugnables y otros, como Rubén, Susana, Lola o Portinari, que dejan la puerta abierta y te convocan a su umbral para que la apropiación no sea hurto sino regalo. Hay gente, como Laura o Arturo, que defiende tenazmente los umbrales. Hay gente como Adolfo, a la que le está prohibido caminar y son sin embargo los ladrones más bellos y veloces. Hay tanta gente que quisiera nombrar, que ahora mismo se está robando algo que brilla de alguna parte. Y tanta otra que cree tener un nombre, pero que en realidad tiene un páramo repleto de cosas, cosas tan poco dignas de robar que no han logrado convertir el páramo en una cámara de maravillas o un modesto e hipnótico gabinete de curiosidades.

En todo esto pensaba, mientras le robaba impunemente a Charlyn-Chan-Cat cuanto podía, para mejorar, en profundidad y en estatura, los rasgos particulares de mi prontuario.

sábado, 18 de julio de 2009

HABITACIÓN 308

Inesperadamente, el corazón de la paciente de la habitación 308 alteró el ritmo natural que deben marcar los corazones. Ayer a la madrugada, el monitor enloqueció, corrieron los médicos y ella voló en camilla hacia el quirófano. El lunes había perdido un pulmón. Ahora tenía que recibir un primer stent. Al día siguiente, los tres restantes que le permitirían continuar ejecutando un acto tan simple como respirar. "El corazón es una maquinaria compleja", dijo el cirujano, dibujando en el aire un mapa imaginario de ese órgano y hablando del trauma post-quirúrgico. Trazó arterias y marcó cavidades. Pensé en el pánico. En el trauma de verse lanzado hacia un círculo negro que succiona. Ella salió sedada, con máscara de oxígeno y el pecho cubierto de electrodos e ingresó en una zona silenciosa de acceso restringido, donde los pacientes duermen un sueño inaccesible mientras un médico controla sus latidos desde una pantalla. Quise verla. Pedí, por favor, que me abrieran la puerta al reino de los que se han quedado sin palabras. Porque no hay lugar donde la palabra no pueda llegar. Recorrí un pasillo y giré a la derecha. "Es inútil", me dijeron. "No pierdas el tiempo, no puede escucharte". Se movía agitadamente entre sábanas blancas como la nieve. Era niña, otra vez. Me acerqué a la cama. Porque no hay lugar donde la palabra no pueda llegar, pegué mis labios a su oído y le tomé una mano helada, en la que deslicé una piedra de amatista que suelo llevar en el bolsillo. Repetí lenta y determinadamente líneas como mantras, dulces e inapelables órdenes, mandatos irresistibles de color. "Estoy de pie, de pie, estoy, estás, de pie, juntas, estamos, flotás en el mar, un mar inmenso, donde nada duele, nada, todo es de agua, el agua no lastima, estás, flotás, junto a mí, en tu mano hay una piedra, violeta, violeta". Saqué de la mochila un libro de poemas que sé cuánto ama. "Y yo te leo una historia, la historia de las jirafas, hay jirafas, de cuellos extraordinariamente largos, jirafas de pestañas onduladas y pulmones enormes, un pulmón, limpio, un corazón de jirafa que late, mi corazón, el tuyo, violeta". Cambié, simplifiqué, improvisé el poema de las jirafas. Porque la palabra llega donde no llegan los analgésicos y los bisturíes, porque no hay lugar donde la palabra no pueda llegar. Su hijo lloraba aferrándome los hombros. "Estoy en tu mundo, estamos juntas, no hay más dolor, hay jirafas que paren sus crías de pie y no marcan las horas si no son serenas, eso dice el reloj de mármol al lado de la república de la jirafa, una república, violeta". Asentía con la cabeza. Sonrió imperceptiblemente bajo la máscara plástica. "Dentro de mi piedra, de tu piedra, hay ciudades". Dejó de agitarse poco a poco. "Ciudades que respiran con tranquilidad". Fue quedándose dormida. Porque no estaba dormida, porque no hay lugar donde la palabra no pueda llegar. Esta tarde volvió al quirófano. Su hijo le pintó cuadros verbales durante una hora. Los cuadros que ella adora mirar. "Estás entre los nenúfares, hay nenúfares de todos los colores". No cabía hablar de las ventajas ni de las razones de estar vivo. Había que hablar de imágenes mentales. "De una mancha difusa sale un tren y en ese tren hay música y nenúfares, también". Y ella, tan lejos, tan cerca, exactamente antes de que el enfermero viniera a buscarla, murmuró: "Nenúfares violetas". Son las tres de la mañana y duerme. Pasaron cinco días desde que dobló tres camisones gastados y armó su pequeño equipaje de hospital. Duerme plácidamente y los médicos no pueden explicárselo. Porque no hay lugar donde la palabra no pueda llegar. Duerme con un solo pulmón y cuatro stents sumergidos en las arterias de un corazón que flota, violeta, de pie, está, con una piedra de amatista en la mano poblada de ciudades, jirafas que alcanzan las ramas más altas de los árboles, en el mar, el agua la acuna entre las sábanas. Porque no hay lugar donde la palabra no pueda llegar, violentando las áreas de ingreso prohibido, penetrando en el país del sueño inexpugnable, más poderosa que la aguja y la morfina y deshaciendo las máscaras de oxígeno para convertirse en aire, aire que inunda un solo pulmón infatigable y acaricia, pintándolos, los cuatro tubos alojados en su corazón.

viernes, 17 de julio de 2009

PARIR EL MUNDO



Balada de las Madres (Pier Paolo Pasolini, 1962)

Me pregunto qué madres tuvieron.
Si los vieran ahora, trabajando
en un mundo para ellas desconocido,
presos en un ciclo siempre inacabado
de experiencias tan distintas de las suyas,
¿qué mirada tendrían sus ojos?
Si estuvieran allí mientras escriben
un artículo, conformistas y barrocos,
o lo entregan a redactores vendidos
a cualquier compromiso, ¿entenderían quiénes son ustedes?
Madres viles, que llevan en sus rostros el temor
antiguo, ese que, como una enfermedad,
deforma los rasgos en una blancura
de niebla, los aleja del corazón,
los encierra en el viejo rechazo moral.
Madres viles, pobrecitas, preocupadas
de que sus hijos conozcan la vileza
para pedir un empleo, para ser prácticos,
para no ofender almas privilegiadas,
para defenderse de cualquier piedad.
Madres mediocres, que aprendieron
con humildad de niñas, de nosotros,
un único, desnudo significado,
con almas en las que el mundo está condenado
a no dar ni dolor ni alegría.
Madres mediocres, que jamás tuvieron
para ustedes más palabras de amor
que la de un amor sórdidamente mudo,
de bestia, y en él los criaron,
impotentes ante los reales deseos del corazón.
Madres serviles, acostumbradas desde hace siglos
a agachar sin amor la cabeza,
a transmitir a su feto
el antiguo vergonzoso secreto
de conformarse con las sobras de la fiesta.

Madres serviles, que les han enseñado
cómo puede el siervo ser feliz
odiando a quien, igual que él, está atado,
cómo puede ser beato traicionando,
y seguro, haciendo lo que no dice.
Madres feroces, ocupadas en defender
lo poco que, como burguesas, poseen,
la normalidad y el salario,
casi con la rabia de quien se venga
o se siente acorralado en un absurdo asedio.
Madres feroces, que les dijeron:
¡Sobrevivan! ¡Piensen sólo en ustedes!
¡No sientan jamás piedad o respeto
por nadie, guarden en el pecho
vuestra integridad de buitres!
¡Ahí tienen, viles, mediocres, siervas,
feroces, a vuestras pobres madres!
Sin ninguna vergüenza de saberlos
-en vuestro odio- incluso altivos
en este valle de lágrimas.
Así es cómo les pertenece este mundo:
hermanados en pasiones opuestas,
o patrias enemigas, por el profundo rechazo
a ser distintos, a responder
del dolor salvaje de ser hombres.

jueves, 16 de julio de 2009

LO QUE FALTABA

Altar del Pene, en Tailandia

Sosténgame porque a la que está orando la pondría de rodillas, pero de un hondazo en la nuca. Que una pueda construir un altar a un pene, en privado, es un tema aparte. Pero que se levante un Altar del Pene, así, del pene como concepto y Cristo Rey, ofrendándole además profanos y variopintos penes de toda laya y color (me asustan un poco los colorados de la izquierda, confieso) me hace hervir la sangre. Simone de Beauvoir volvería a morirse.

Parece que este santuario es la parada (perdón por el sustantivo, pero pocas veces más al caso) obligada de cientos de parejas deseosas de concebir un hijo que no llega. Sé que la necesidad no consumada de procrear no solo duele, sino que agudiza la imaginación. Pero de ahí a tomarse un avión cargando una verga extra-large para entregarla en ofrenda a la diosa Tuptim, supuesta regidora de la fertilidad, me parece demasiado. En primer lugar no entiendo por qué a una diosa se le ofrendan vergas, salvo que Tuptim sea travesti (comunidad que cuenta con mi soberana admiración, aclaro). En segundo lugar, me imagino al pasajero portador de la sacrosanta verga en cuestión pasando por Aduana, por ejemplo. Está claro que el scanner visualizaría rápidamente la verga metida en la valija y uno debería dar alguna explicación. ¿Qué decir? ¿Me compré un palo de lluvia? ¿Es un tubo y adentro traigo un poster de Van Gogh? ¿Así vienen las nuevas latas de papas fritas Pringles?

No, no vale argumentar que es un chiche traído de Amsterdam, poniendo cara de experto sado-maso, porque la dimensión del objeto conspira contra su propósito. Adviértase que los del fondo de la foto parecen enanos de jardín pero sin barba, champignones hiperdesarrollados de kermesse, pitufos sobrealimentados. ¿Justo conseguí una pata de la mesa como la que se me había roto? Tal vez, el interiorismo da para todo. Hay que tomarse la vida con humor para sortear Migraciones con tamaña poronguex bajo el brazo y dudo de que los fieles de Tuptim posean ese don.

¿Qué hace esa mujer ahí, por Dios? Parece una madre que quiere que el hijo se haga hombre haciéndose padre y la hija, mujer, trayendo un pitufo al mundo. No quisiera prejuzgar, pero da la impresión de que no le ha visto la cara a Dios desde hace un tiempo y no obstante no trepida en rodearse de baguettes con glande para cumplir el imperativo de perpetuar la prole.

El mundo falocéntrico da para todo. Me quedo con los altares privados. Y si es para reverenciar el sexo, alzémoslos en honor al clítoris.

CAN'T TAKE YOU OUT OF MY HEAD

Ellos no me vieron. Pero yo estaba ahí. Por nada del mundo me lo iba a perder. Parafraseando al memorable Gatica en su saludo a Perón, dos potencias se saludaban y yo quería por lo menos una foto. La foto se las debo porque el saludo fue telefónico pero tengo la crónica, que quedará indeleblemente impresa en mi memoria, abriéndose paso a los codazos con orgullos nacionales tales como el invento de la birome y el dulce de leche, el país de los cuatro climas, la avenida más ancha del mundo (la 9 de julio), la más larga (la Rivadavia), el cerro de los siete colores y el rompimiento del Glaciar Perito Moreno (que aprovecha para romperse, el muy turro, cuando uno se fue al baño). El le dijo más cosas, que Ella por pudor y discreción no comparte con el periodismo. Le dijo que nos tiene siempre en sus pensamientos y que no va a parar hasta subirse a uno de nuestros gloriosos bondis, cuyo fileteado está considerando ingresar al MOMA junto a los hierros de Regazzoni, y bajarse un par de porciones de muzza, de dorapa y acodado, en la barra de Güerrín, donde la de doble masa cotiza más alto que el barril de petróleo. Que no solo leyó a Borges y a Cortázar en la universidad, sino que recuerda de memoria y de corrido, sin repetir y sin soplar, "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius", del gran maestro ciego que le arrima el bochín a Stevie Wonder, y quisiera buscar a la Maga por las callecitas de la ciudad, aun temiendo que le afanen a Rocamadour, dada la ola de inseguridad reinante. Dado que la cita recurrente de dichos maestros literarios ya nos tiene los huevos por el sopi, le confesó que también lee Olé y a veces hasta duerme con la camiseta de Boquita sponsoreada por Megatone, aunque está dispuesto a colaborar con la repartija de plasmas a Gimnasia.

Le batió que Michelle también admira sus valientes luchas, con la brocha de rimmel y las extensiones. Y que todos saben que Hillary, que no es ninguna Gílari, la copia. La copia, la muy yegua. Ya lo sospechábamos. Ella aprovechó para invitarlo (ay, picarona) no solo a Buenos Aires, que como todos sabemos es la París de Latinoamérica (pese a la generación de enanos nutricionales que se empeñan en abrir la boca solo para que les entren moscas), sino particularmente a El Calafate, su terruño. "Cuando vengas al Calafate, agarrate", le soltó, ya en confianza. Y El se derretía como un chocolate, Aguila (imperialista), y le susurraba el hit de Kylie cuyo título encabeza estas notas (de color, negro). Es verdad que quiere conocerla personalmente para hablar. Para aprender. Cómo se le puede regalar una elección a una oposición que profana vocalmente el cadáver de Freddy Mercury y cierra campaña al grito de "Votame, votate, alica, alicate", por ejemplo. Cómo se puede tener el bronce al alcance de la mano y dejarlo escapar, cuando bastaría gobernar para una legión de pobres (y acumular así no solo capital personal, sino también simbólico).

No me gusta este periodismo y la actual oposición política me da náuseas. Sartreanas y domésticas, de las que piden Reliverán a gritos. Pero hay momentos en que la autoestima reloaded de Cristina, a la que debería corrérsela por izquierda para cerrarle la boca, vira a pieza maestra del surrealismo. André Breton no ha muerto. Vive entre nosotros y lleva faldas.

miércoles, 15 de julio de 2009

LA DIGNIDAD

Los imaginé preparando el equipaje. Imaginé el exiguo y abismal contenido de ese equipaje. ¿Cuánto puede llevar consigo quien viaja para morir? Lo puesto y lo vivido. Los imaginé decidiendo con determinación inconmovible que ellos elegirían el final de su historia. Recordé un cuento de Raymond Carver, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, en el que un grupo de amigos aventuran definiciones banales hasta que uno de ellos cuenta lo que vio en un hospital: una pareja de ancianos con los cuerpos destrozados en un accidente, enyesados e inmovilizados en el mismo cuarto. Y él, desesperado por el hecho de no poder girar la cabeza hacia donde ella está. "¿Se dan cuenta?", dice el narrador de la historia. "Estaba literalmente destruido y lo único que lo preocupaba era no poder mover el cuello para verla". Y se hace en la reunión un silencio glacial.

Los imaginé mirando la casa que ya no volverían a ver y cerrando la puerta. Sin mirar hacia atrás. O sí. No lo sé. Sí sé que caminaron hacia adelante. No dieron marcha atrás. Llegaron al aeropuerto y subieron al avión. Imaginé si al despegar el avión se habrían tomado de la mano, si habrían mirado juntos a través de la ventanilla. He visto a la gente luchar con tenacidad para sobrevivir. La he visto aferrarse a la vida en la intemperie, desnuda y desvalida y, aun así, resistir de pie y tragándose las lágrimas. Los imaginé ejerciendo su valiente voluntad, para resolver que no vale ni sirve vivir a cualquier precio. Que somos arrojados al mundo sin pedirlo pero podemos salirnos del mundo por indeclinable decisión propia. Me pregunté qué es la dignidad. Ellos me lo estaban diciendo de algún modo que yo no lograba poner en palabras. ¿Será la capacidad de decir "no" a una realidad que hiere nuestras convicciones? ¿Será la dignidad un "no"? No puedo verte sufrir de esta manera. Quiero con todas mis fuerzas que tu dolor sea el mío y no es posible transferir el dolor.

Habían vivido juntos cincuenta y cuatro años y parido dos hijos. El estaba casi ciego y sordo y ella consumida por una enfermedad terminal. El amor entra en combustión, pensé. Es un incendio escandaloso que pone a Dios de rodillas y le exige en silencio reverenciarlo. Dios inclina su cabeza y se declara vencido. Dios desea impotente estar hecho a imagen y semejanza de quienes experimentan ese amor que cierra la puerta de la casa y cruza la puerta de embarque sin retroceder. Los imaginé exhibiendo sus pases de embarque a una sonriente empleada de la línea aérea. Ella guiándolo en el pasillo del avión para encontrar su butaca y él ayudándola, desde su penumbra, a tomar asiento. Pronto llegarían a Zurich para cerrar los ojos. Imaginé todo lo que esos ojos habían visto. No hay tiranía más impiadosa que la del cuerpo sublevado. No quiero retirarme sin saber que me voy. Quiero mirar de frente ese momento y que entremos juntos en el sueño. Si, después de todo, hemos transcurrido juntos las noches y los días y hemos sido "nosotros", en la medida máxima en que uno más uno es dos pese a la irreversible soledad de cada uno.

Los imaginé completando los formularios de ingreso a la clínica. Ella completando el formulario que él no podía prácticamente ver. Él intuyendo el cansancio físico que la atenazaba. No importa si no fue realmente así. Porque así fue. Habían decidido decir "no", bajo la forma de un doble suicidio asistido en una aséptica y prolija clínica suiza. Me imagino que aunque en Suiza casi todo es aséptico y prolijo el corazón debe de habérseles desordenado y encendido cuando se miraron por última vez. Él arrebatando a las sombras los rasgos de su cara y ella más bella de lo que él hubiera podido imaginar. El pequeño vaso de líquido claro haciendo su trabajo y embarcándolos hacia no sé donde. A ellos que habían dicho "no" a un presente que empezaba a corromper el pasado. A ellos que llegaban antes y desbarataban los planes de la muerte, imponiéndole con irreverencia su soberanía. Mecidos por la música y adormecidos por efecto de la libertad. Porque eso, y no la esperanza, es lo último que pueden quitarnos. La clínica donde se internaron se llama Dignitas.


Edward y Joan Downes, con su primer hijo


lunes, 13 de julio de 2009

TU DULZURA EXTRAORDINARIA

Todo lo que uno recibe es pasión
(Jacobo Fijman, Molino Rojo, 1926)

No soy enfermo. Me han recluido. Me consideran un incapaz.
Quiénes son mis jueces…
Quiénes responderán por mí.
Hice conducta de poesía. Pagué por todo.
Sentí de pronto que tenía que cambiar de vida. Alejarme del mundo.
Y me aislé.
Me fui de todos, aun de mí…
Hoy es la demencia un estado natural.
Todas las palabras son esenciales. Lo difícil es dar con ellas.
El delirio son instantes. Puede durar toda la vida.
Mi poesía es toda medida.
El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad.

domingo, 12 de julio de 2009

LA SEGUNDA VIDA DE ALICIA

Con la cabeza y el corazón se cruzan los puentes. Se pintan de colores y en esos colores se descansa. Los colores esfuman los miedos, espantan los fantasmas y nos hacen dueños de nosotros mismos. Solo uno sabe de qué se trata esto y lo que le hace falta. Intuyo que está en estas imágenes, Alicia. Frente a ellas el dolor retrocede y el pulso de la vida gobierna y reivindica sus dominios, renacido y definitivamente libre, sin que nada pueda detenerlo. La primera vez nacemos sin darnos cuenta. La segunda vez es nuestra obra.

Texto: Creía yo - Macedonio Fernández
Música: Alice - Tom Waits

sábado, 11 de julio de 2009

PORNOGRAFÍA (I)

Se ha declarado el asueto sanitario. Todos temen ser contagiados pero no temen contagiar. Se agotan vertiginosamente los barbijos y el alcohol en gel, oportunistamente cotizados. El cuidado obsesivo de la propia salud es, en los sanos, síntoma de autoconcentración autista. Hace un frío polar y una aspirante a vedette se para en una esquina, en pelotas, con el cuerpo pintado de enfermera, dispuesta a cotizar a cualquier precio. Reparte barbijos gratis y los conductores resbalan de vértigo en sus pechos hartos de silicona. Los niños están confinados en sus jaulas y se agotan las preciadas baby-sitters. El alcohol se derrama sobre la herida de los que no entienden y llegan tarde a la guardia. Es alcohol en crudo sin perfumar. Los sanos refuerzan su buena conducta y controlan sus síntomas cuidando el cuerpo como una vedette de perfume barato. A los niños hartos los calma una pantalla autista que los conduce a la nada y vuelve sus cabezas un desierto polar. Los que no entienden mueren de complicaciones de una gripe en sus jaulas. No saben conducirse. No cotizan. Es asueto solidario y se cuentan estos muertos, pero otros no. Que no aspiren a ser contados, no son vedettes ni tienen baby-sitter. Está de guardia el autocuidado. Masturbarse sí, tocar al otro no. Estar en guardia. Confinar las pelotas y las manos. Hay emergencia de lunes a viernes. Los sábados hay shopping y el domingo, fútbol. Se reparte desprecio gratis.

FAST FORWARD


Ya aprendí la lección. Con la corona de espinas trabo la puerta, los clavos me los guardo en el bolsillo por si me asaltan y la cruz la dejo a mano debajo de la cama a falta de garrote. El almohadoncito bordado por ahí me lo quedo y lo pongo sobre el sofá del living, da vintage chic. No me engañan más. Ya tuvieron su oportunidad. No tienen remedio. Se les ofrece caritativamente el pan y el techo y te organizan una bacanal. Se creen los apóstoles y arrasan con los víveres como si fuera la última cena. No se privan de usarte la cristalería ni la vajilla de porcelana. Van por más. Qué horror. Si no reacciono a tiempo los tengo de okupas y conmigo del lado de afuera. Son capaces de cambiarme la cerradura. Rescaté lo que pude, blindé las aberturas y coloqué varias verjas y sistema de alarma. Con los vecinos nos pusimos de acuerdo y pagamos entre todos un servicio de seguridad privada. Quién hubiera dicho que los desharrapados terminarían sueltos y nosotros, encerrados.

Años de psicoanálisis para olvidar esta escena. La falta de dientes, los gritos de la horda, los dedos en el plato. No les vi las armas, pero seguro que las llevaban puestas. Apestaban a alcohol. Unos meses más tarde mi tío el decrépito baboso se pegó un tiro, heredé la casa y me quedé con su hijo, que es mucho más cool. Me sigo disfrazando de noviecita, pero por iniciativa propia y para alimentarle la fantasía sexual. A veces invitamos a la mucama e improvisamos un menage à trois. Ella se siente importante y nosotros nos sacamos las ganas. Dicen que rejuvenece.

Mi vida merecería ser filmada, pero por lo que leí en una revista parece que ya lo fue. Hace medio siglo un ateo miró a su alrededor y contó un par de verdades, despistando a los de uniforme (que, entre paréntesis, son bastante fáciles de despistar). Yo no estaba ahí pero es como si hubiera estado. Es como si el ateo hubiera filmado y apretado el fast forward, hasta llegar a esta noche en la que se me dio por pensar, mientras me saco las medias de red y me prometo dejar de fumar, para estar más en forma, a partir de mañana.

viernes, 10 de julio de 2009

CYCLOPS

Para Bash, arqueólogo y amante de la diferencia.


En casa viven cuatro perros. Tres de carne y hueso y uno de peluche. Como los tres de carne y hueso están obsesionados con el cuarto, hubo que ponerlo en una habitación sobre la tele, a una altura a la que los otros tres no pueden llegar. Como el azar no existe, su compañía es una novela de Julian Barnes titulada "Nada de qué asustarse". Cyclops es tan adorable a simple vista (conveniente giro semántico) que usualmente los visitantes tardan un poco en alejarlo, con cierto espanto, al descubrir su grado máximo de singularidad: tiene un solo ojo. "Te vino fallado", me dicen. "Se le perdió un ojo o se lo arrancaron". "Se olvidaron de ponérselo". Tengo que responder por enésima vez: "Cyclops nació así".

Cyclops es el primer ser que veo cuando me despierto y el último que me mira antes de dormirme. Está en diagonal a mi cama y reina sobre mi costado. Por Cyclops siento devoción. Como todavía estoy en tránsito, Cyclops es mi declarado "objeto de transición", sin pudor ni reservas, especialmente cuando el mundo se nos pone homogéneo y nos azota con su tranquila previsibilidad. Nuestras vidas están marcadas, para bien o para mal, por el desvío y por el sobresalto. Mi falla es invisible a los ojos (como el amor que preconizaba El Principito desafiando a la sociedad de consumo) pero yo sé que la tengo y eso me alcanza y me sobra. La de Cyclops es evidente (otra paradoja del lenguaje) pero él no la registra. Asumo que no es consciente de ella, aunque con los seres de otro reino nunca se sabe. Somos cómplices de fallas inversas y altamente constitutivas de nuestra identidad.

Pero no es solo por esa razón que he elegido a Cyclops para aferrarme a su cuerpo y hundirme en su única pupila cuando no puedo dormir. Estas son las otras:

Cyclops subvierte el orden de la naturaleza y el estado ordinario de las cosas. Si bien visto de cerca nadie es normal, la anormalidad de Cyclops se ve de lejos y no se discute. Cyclops es la prueba viviente de la excepción a la regla y la desobediencia al mandato de su especie. O sea: Cyclops abre las puertas a otro mundo y toma por asalto el Palacio de Invierno.

Cyclops vive gozosamente con su anomalía. Mientras muchos perros con dos ojos se deprimen y consideran que todo está perdido, Cyclops parece sonreír y practica el arte de mover la cola.

Cyclops porta su supuesta tara como un trofeo. Tiene el don de convertir la patología en un atributo extraordinario. Dobla la apuesta y exhibe su signo inesperado con elegancia, transformándolo en la clave de su belleza desordenada y asimétrica. Es como si hubiera elegido tatuarse un reino sobre la cicatriz.

El ojo céntrico de Cyclops no es el centro de su vida. Es solo un elemento entre muchos otros. Cyclops no gira alrededor de ese ojo, sino del jardín.

A Cyclops le encanta vivir en comunidad. No le gusta estar solo, salvo cuando quiere. Su reminiscencia inmediata a Polifemo no le impide acercarse al prójimo. El problema es del prójimo pero no de Cyclops.

Goza de inmunidad frente a la lógica binaria del premio y el castigo. ¿Qué más puede pasarle? Si el castigo existe, ya lo tuvo. Ahora solo queda disfrutar de los premios.

Está considerablemente liberado de la culpa católica y burguesa, así como de todos los mandatos familiares y sociales de rigor. Desde el momento en que te toca en suerte un solo ojo, sos mucho más proclive a violar las reglas.

Ya no presta atención a su protagonismo seguro en los safaris a lo bizarro y la tendencia generalizada al morbo. Esa indiferencia lo libera (adviértase cómo se suman las liberaciones) de la tiranía de la mirada ajena y, por ende, de la preocupación por el "qué dirán". Cuando vos fuiste, Cyclops ya volvió.

Ha desarrollado una tendencia creciente a la intrepidez. Después de aprender a mirar la vida con un solo ojo sin que la vida se le parta al medio, uno se anima a todo. Es como si hubiera recibido clases de apoyo o tenido maestra particular en materia de supervivencia, o nacido con un airbag extra para amortiguar los golpes.

Lame con especial ternura las caras inusuales, porque sabe lo que es tener una. Aprecia intensamente la diversidad, porque a él le tocó redoblada. Cyclops no discrimina ni comulga con las clasificaciones, las instituciones y las jerarquías.

Queda claro, supongo, por qué Cyclops es el compañero ideal en este mundo tan insensible con los Polifemos. Las razones de mi amor por Cyclops son también un decálogo de buena conducta.

Después de buscarle el ojo que le falta, los visitantes exclaman: "¡Es de Ripley!". Ahora empiezan a entender. "Fue de Ripley", digo. "Ripley tuvo un Cyclops. Era el que más amaba de todos sus perros".

A veces, cuando los otros tres se duermen, le aviso a Barnes y bajo a Cyclops de la tele. Especialmente cuando hace frío y nos preguntamos por qué no habremos nacido como los demás. Lo apoyo sobre la almohada y nos miramos un rato, entrelazando los tres ojos. Entonces recordamos las palabras de un hombre al que un ojo se empeñaba en fugársele a un costado y nos decimos que lo que importa no es lo que nos pasa, sino lo que decidimos hacer con eso. Sonreímos y nos vamos quedando dormidos. La noche nos acuna y nos contiene.

Existen tantas maneras de mirar.

jueves, 9 de julio de 2009

DIAGNÓSTICO: BERLÍN



Christa Wolf publicó Leibhaftig (traducido al español como En carne propia, edición de Galaxia Gutenberg) en 2002. La novela es el itinerario de una enfermedad, un descenso a las razones profundas del trauma y una descripción fragmentaria de los mecanismos psicológicos de regreso al reino de los sanos. Solo hacia el final la protagonista abandona su cama de hospital, se pone de pie y contempla por la ventana de la habitación un lago iluminado, recuperando en el discurso la primera persona del singular (su "yo").

Antes, el relato es un flujo inconexo y desarticulado de la conciencia que alterna súbita e imprevisiblemente la primera y la tercera persona y que solo puede moverse en una sola dirección: hacia abajo, en un tiempo y espacio duplicados. El tiempo hospitalario sustraído a la cronología habitual de los relojes, ese tiempo dolorosamente lento que se pega al cuerpo como las sábanas, y el tiempo flotante e intermitente de los viajes mentales de la protagonista, una suerte de expedición arqueológica a los estratos de la ciudad de Berlín y de su propia historia. El espacio es el estrecho cuarto de hospital, con su rotación rutinaria de médicos y enfermeras, abierto por periódicos trayectos al quirófano y a las salas de diagnóstico por imágenes, y el espacio urbano berlinés proyectado mentalmente en cada pasaje de esa arqueología de la destrucción que Wolf pone en escena. El cuerpo colapsa junto con la República Democrática Alemana.

Los abscesos abdominales y los espasmos de fiebre son el emergente clínico de un derrumbe político y social. El cuerpo, la ciudad, el país y la historia han perdido la salud. Están imbricados y trazan una trayectoria semejante: habrá que cortar, revolver e intervenir el cuerpo (la historia, el país y la ciudad) para que puedan sanar. Ese gesto quirúrgico equivale, en el plano personal, al ejercicio de la memoria. Alguna vez debemos ir hacia lo olvidado y escuchar, de una vez por todas, los ruidos infernales de los torturados y las víctimas de las balas que han trepanado las paredes con su impacto. Bajar, con una linterna de bolsillo, al laberinto subterráneo de sótanos que funcionara como refugio antiaéreo en tiempos de guerra y espacio de colocación de dispositivos de control en tiempos de fascismos de derecha e izquierda. Llenarnos de polvo y avanzar en la oscuridad, recorriendo el campo de batalla que sobrevive debajo de lo visto. Mirar y reconocer, aunque resulte insoportable, nuestra ignorancia y nuestra indiferencia. Destapar, abrir y enfocar lo vergonzante y lo oculto, porque solo así el cuerpo impotente y agotado podrá curarse.

Es el principio Wolf: la sociedad se inscribe en tu cuerpo. Tu cuerpo registra los temblores, las miserias y los horrores de tu patria. La tarea está jalonada por aforismos nazis y partituras de Schumann, como el doble símbolo de lo que la patria puede prohijar para morder y acariciar la carne. Y dos recursos terapéuticos soberanamente elegidos por la enferma: la compañía de un libro de tapas azules, con poemas de Goethe, y de una enfermera llamada Kora Bachmann, cuyo apellido remite inequívocamente a esa poeta llamada Ingeborg que tanto influyera sobre Wolf.

La enferma vuela de la mano de Kora sobre los antiguos barrios de Berlín y desciende con ella a sus propios infiernos. Con ella vuelve al reino de los vivos, porque sabe que esa es la misión de Kora. Kora es la poesía, según la cual la muerte es un recurso de la vida para arrancarnos de nuestro letargo. Dice Wolf que el dolor que se siente al sufrir una pérdida es equivalente a la esperanza que hemos tenido. La esperanza es la hoja de tilo que cubre un punto exacto del cuerpo de Sigfrido, el punto que no puede bañarse en sangre de dragón y resta vulnerable, el punto por el que penetra la lanza de Hagen. Se sobrevive asomándose a la herida y reconociendo sus causas. Kora Bachmann vela nuestro sueño al borde de la cama. Y uno sutura la herida con dos manos: una empuña la aguja en la que se enhebró el hilo de la conciencia. La otra, un libro que no se pierde ni se suelta. Un ajado libro de poemas.