PÁJARO DE CHINA

jueves, 17 de septiembre de 2009

ESTE BESO NO ES INÚTIL

I.

A las cuatro y veinticinco de una tarde de invierno, Ana entró en coma. Pocos minutos después, un médico de guardapolvo blanco inmaculado se acercó a mí para informarme que ese coma era irreversible, apoyando la palma de su mano izquierda sobre uno de mis hombros y ejerciendo una leve presión, como intentando sostenerme o apiadarse o advertirme que ya nada volvería a ser lo mismo.

No presencié el accidente ni el ingreso de Ana al hospital, pero fue como si hubiera estado allí. Llovía y llevaba un gorro de lana azul calzado hasta las orejas, el pelo negro revuelto por el viento hasta la cintura, el bolso de cuero cruzado sobre el pecho cargado con un par de libros, varios cuadernos y una lapicera de tinta negra. Y las viejas botas de caña alta, con los tacos gastados. Se detuvo en medio de la calle para deslizar una mano en el bolso y confirmar que había olvidado el llavero del que colgaba un corazón y un silbato de colores y que tendría que recurrir, cuando sucediera ese regreso que nunca se produjo, al llavero suplementario enterrado en la maceta de piedra de las azaleas, al alcance de la punta de sus dedos frágiles, detrás de las rejas de hierro de su casa.

El taxi a alta velocidad la embistió brutalmente, la levantó en el aire y la arrojó sobre la vereda que Ana no llegó a pisar. Su cara golpeó secamente las baldosas, el bolso se abrió y despidió los cuadernos y Ana quedó tendida en una posición extraña, inarticulada e inerte, mientras la sangre rodeaba su cabeza. Imaginé la sirena insoportable de la ambulancia, la camilla y la sucesión mecánica y vertiginosa de actos destinados a salvar su vida.

El ingreso de la camilla al hospital, como una ráfaga desesperada rasgando la rutina de la mañana, la máscara de oxígeno con sus bandas elásticas hundidas en los pómulos de Ana, la apresurada apertura de las puertas del quirófano, el ruido previsible de los pequeños y precisos instrumentos quirúrgicos y la exploración inútil de un cerebro convulso que no daba señales de esperanza. Imaginé el pelo de Ana en un balde plástico y los ojos húmedos de la enfermera que colocó en una bolsa los cuadernos con la caligrafía aplicada e infantil borroneada por la lluvia, junto al repertorio de posesiones personales que luego me fueron entregadas.

La vistieron con una impersonal bata blanca y la trasladaron a una sala de terapia intensiva. La acostaron con movimientos expertos en una cama de sábanas recién planchadas, hundieron delicadamente una aguja en la vena inicial, que luego cedería (agotada) su lugar a otras venas, para inyectarle el suero que caía a un ritmo monocorde, le limpiaron y vendaron las heridas de la cara y Ana ingresó en un mundo paralelo, con la boca sellada. Tenía un tajo diagonal en la frente y un párpado cortado.

A las diez de la noche, la cabeza de Ana se llenó de peces. Yo velaba su sueño involuntario sentado junto a ella en una diminuta silla de metal. Durante los próximos dos meses me dedicaría a contemplarla, ajeno a todo lo que pudiese suceder alrededor y abstraído en las imágenes y las palabras que Ana me entregaría con una dulzura tenaz, sin abrir los ojos ni mover los labios, desde el exilio al que había sido confinada.


II.

Fui su confesor y su cómplice. Su compañero en el desarraigo. Eso había sido también para Ana antes del accidente. Me gustaba estar con ella más que nada en el mundo y que Ana leyera los poemas que yo solía escribir. Me los devolvía subrayados y con preguntas. Jamás tachó un verso. Subrayaba los que la arrancaban de su estado de ausencia y me hacía preguntas inesperadas: “¿los cisnes pueden resistir mucho tiempo fuera del agua?" "¿los subterráneos se cansan y empiezan a avanzar más lentamente?”. No eran sugerencias para una reescritura. Eran preguntas provocadas por mis tímidos textos a los que Ana infundía coraje, inusuales preguntas para las que yo ensayaba una respuesta.

Sucedía lo mismo cuando íbamos al cine. Ana prolongaba la película con sus interrogaciones desconcertantes. Nada terminaba para ella. Cada historia se extendía, se bifurcaba, se engarzaba con otras historias y no tenía fin. Aun en las épocas de sus noviazgos continuamos compartiendo muchas tardes. Entrábamos en las librerías y tomábamos un chocolate en el bar, intercambiando ideas sobre nuestros hallazgos. A veces nos sentábamos en una iglesia, a escuchar el silencio.

No tenía sentido hablar de nuestras familias. Ana la había perdido y yo era un huérfano aunque la tuviera. La vi entrar en relaciones amorosas con entusiasmo y salir de ellas con rabia, porque había preguntas que sencillamente nadie comprendía o descubrimientos que debía guardarse a su pesar. Ese espacio de complicidad lo mantenía conmigo y nunca nos pedimos más que eso. Era una zona de ternura asegurada donde las revelaciones nos asaltaban mutuamente y nos sentíamos invencibles. No le confesé ninguno de mis escasos y pálidos romances, cuyo relato hubiera opacado cualquier conversación.

Juntos aprendimos a temblar de fascinación. Ana militaba en un partido de izquierda radical, al que yo observaba con cierto escepticismo. Me enternecían su furia y su impotencia. Se olvidaba los paraguas en todas partes, hasta que dejó de usarlos. Le gustaba el perfume a jazmines y por eso cada tarde le llevaba un ramito al hospital, que colocaba cuidadosamente en un vaso rescatado del baño de la habitación. Pensé en comprar un florero pero supe que finalmente terminaría en el cesto donde se acumulaban las vendas y las gasas. El ritual del vaso ofrecía una promesa de continuidad. Seguiría en ese baño para nuevos pacientes, cuando Ana ya no estuviera allí.

Le leía mis nuevos poemas y subrayaba los versos que suponía que ella hubiera subrayado. Me hacía en voz alta las preguntas que Ana hubiera hecho y probaba respuestas. Iba a ver las películas que hubiéramos visto y se las relataba, concentrándome en los detalles que nos hubieran conmovido. No le hablaba para rescatarla del coma. Le hablaba para acompañarla y porque necesitaba compartir con ella lo que había vivido. En esos dos meses, Ana me dio mucho más de lo que yo le di, aunque estuviese inmóvil y mis palabras le fueran supuestamente ajenas. Mirar su perfil me tranquilizaba. Adivinar sus brazos debajo de la bata, sus piernas debajo de las sábanas y su corazón conectado a una geometría impasible en el monitor a su costado.

Eso era todo y para mí era mucho más de lo que hubiera imaginado tener. Amaba esa república compartida que nos pertenecía naturalmente. Nunca me pregunté por qué no habíamos ido, ninguno de los dos, más lejos. En cualquier circunstancia, el dolor de perderla hubiera sido igualmente insoportable.

III.

Una tarde el pecho de Ana se sobresaltó, como si fuera a convulsionar. El monitor alteró súbitamente su geometría y Ana abrió los ojos. Sin ver. O viendo algo que, esta vez, me fue negado. Apoyé mi mejilla derecha contra su perfil y la abracé, pasando mis brazos bajo las sábanas con olor a limpio. La estreché contra mi cuerpo para darle calor, tomándola de la nuca. Respiró abruptamente y sus ojos quedaron perpetuamente fijos en un punto fuera de mi alcance. La deslicé en la cama y besé, cerrándolos, sus párpados, especialmente el que llevaba una cicatriz. Ana se hubiera reído de la historia de la Bella Durmiente. No era una princesa. No iba a despertarse. Aun así, sentí que mi beso sobre esa cicatriz no era un beso inútil. Era la señal en clave de una despedida provisoria.

El monitor se replegó en una línea plana. Al día siguiente me entregaron, en una bolsa plástica, el gorro de lana azul, el bolso de cuero, la lapicera, los cuadernos, un par de libros y las botas gastadas, que quemé ese misma noche en la plaza donde buscábamos sombra en las tardes de verano. En el hueco de tierra donde se hundió su cuerpo arrojé el último ramo de jazmines que se resistían a languidecer.


IV.

Pasaron muchos años, un par de mujeres y varios hijos. Voy solo a las mismas librerías y subrayo líneas de poemas que no muestro a nadie. Me imagino preguntas insólitas que intento responder. Los sábados a la tarde salgo a caminar y entro en los cines. Vuelvo tarde a casa. Cada noche, antes de dormirme, le cuento a Ana mentalmente las películas que vi.

Nadie supo ni sabrá quién es Ana. No me contesta pero todavía está aquí, en el rumor de esta conversación que no se extingue. Su perfil me escucha, su cabeza gira su cabeza y su boca aún mueve su boca. Con ella entro en el sueño como si me llevara de la mano. Ana es mi silencio y mi secreto. Ana despertó lo único que brilla y arde, incendiando las líneas planas de los monitores, dentro de mí.

23 comentarios:

  1. me interesa mucho esa compañía de después. esa que le hacemos y nos hace (a) lo querido eterno. algo que no va a deshacerse. mutará cuando nos toque turno y nadie nombre adentro a ninguno de los dos (cualesquiera dos que sean o seamos, antes y después de focas o dinosaurios).

    no va a acabarse nunca. y nos hace bien haber besado. un bien imperecedero y con temperatura. porque, vamos a ver, quién atreve a decirse que nuestro muerto murió.

    así que, querida ana, qué suerte que mariel nos haya contado como ella hace para que un poco, si nos permites, seas también nuestra muerta, con todo respeto y, claro, nuestro cariño, que va a durarte y durarnos siempre.

    ¡arrea, qué bonito!.

    muchos besos, eh.

    òscar.

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  2. oscar, me hace mucho bien que me acompañes a estas horas, cuando allá es muy temprano y acá muy tarde.

    Ana existió y vi ese accidente con ligeras variaciones y viví ese coma que me expulsó de la infancia. Pero eso es lo menos importante. Lo que importa es lo que vino después, lo que estás nombrando. De su mano aprendí a leer. Me hacía preguntas. Todavía me habla. O yo le hablo y ella me contesta. No pasa un día sin que eso pase.

    Nuestros muertos no mueren y Ana también es tuya, porque realmente es preciosa.

    Los cuentos infantiles no dicen la verdad.

    te abrazo,

    tu M.

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  3. así ana sigue estando muy bien con tu compañía y tú lo mismo por la de ella. bueno, es emocionante así que muchas gracias, como siempre...

    los cuentos infantiles son unos bah!

    besos,
    ò.

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  4. oscar, sí que son unos bah! bah!. Hay que darlos vuelta o empezar a contar por donde acaban. besos (de Ana, también, obviamente).

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  5. Sí, se ve que lo has vivido. Es imposible tanta minuciosidad y detalle y tanto amor al contarlo si no se ha vivido. Es una barbaridad lo que voy a decirte, pero si quieres achácalo a la edad: Es perfecto que el amor se muera en plenitud y sin quererlo nadie, que no haya lugar al deterioro ni a la culpabilidad de nadie. Amemos por eso a la muerte que nos libra del desgaste y el desamor y nos permite mantenerlo para siempre, eternamente en nuestro corazón, para que nos alimente.

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  6. Nuestros muertos nos acarician el cabello muchas noches, cuando no parece que nadie pueda oírnos, y nos responden calladamente, y nos subrayan versos de poemas que no escribimos. Nuestros grandes muertos besan tantas veces nuestras cicatrices. Nuestros ojos parcialmente cegados. Nos sonríen con ternura cuando aprendemos y ponen su mano amigable sobre nuestro hombro deshecho tras grandes desastres mínimos.

    Hay que revisar todos los cuentos para que permitan decir las verdades. Sabemos que es así, y la princesa Ana sonríe a ese duende Mariel.

    Qué suerte poder leerte...
    Un beso gigante!

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  7. María, gracias por estar acá, cada día. No es una barbaridad lo que decís. Si se vive poco pero intensamente y bien vivido, será bello aunque sea poco y nunca será poco, en realidad, porque la intensidad hará que dure y dure en la memoria, que es otra forma de vivir. He visto empuñar la decisión de dejarse ir, para no asistir al deterioro mental, a ese túnel del desvarío. Y es tan respetable, tan digna, porque se pone el cuerpo en esa decisión, ¿no?, se pone la vida entera quitándole el cuerpo a los zarpazos. Y vale incluso para esas muertes simbólicas que son las separaciones: irse antes de que el puente cruja y se caiga, antes de que la soga se pudra, antes de que la amargura se apodere de la boca. Preferir la soledad a las imposturas. Miro a mis perros dormir a mi lado, ahora. A veces quisiera ser perro. Un abrazo muy fuerte.

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  8. se me ha quedado la piel de gallina.

    por la bellisima historia.

    por tu manera de contarla.

    hay presencias mas proximas, sin estar, que todos los cretinos que rozan nuestra vida cada dia.

    y quien te ha dado, siempre se mantiene contigo. porque "una palabra dicha es un pajaro que vuela."

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  9. Una vez más me has dejado sin palabras.
    La historia de Ana me hizo recordar una vez más una de mis películas preferidas "Hable con ella" de Pedro Almodóvar. Allí sus dos protagonistas, la torera Lydia y la bailarina Alicia, yacen en coma durante casi toda la peli. Y la trama nos remite a lo intenso de la comunicación entre dos almas, más allá de cualquier circunstancia. La palabras sinceras, la caricias dulces, las miradas tiernas, las voces queridas, el amor... lo trascienden todo.
    Gracias por tus relatos que nos hacen tanto bien.

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  10. Yo tengo muertos vivos, y vivos muertos.
    Mis muertos vivos, me hamacan y me consuelan cada noche. Me envuelven, me confortan, me acomodan en una bola de espuma.
    En 2006, mi papa se aparecia cuando yo entraba en la habitacion del archivo de expedientes de mi trabajo en Försäkringskassan. El me susurraba el numero de la estanteria que yo necesitaba. El me esperaba todas las mañanas. Yo tomaba mi cafe en el archivo. El vivia su muerte en un estante comodo y silencioso de la fila 5. Cuando cambie de trabajo, el tambien se mudo.
    Ahora mi papa me mira - a veces me juzga bondadosamente - a traves de los ojos de mi gato Rossi.
    Mi papa muerto vive arropandome cada noche, y yo siento que acomoda mis "cobijas" bien estiradas, las engancha bajo el colchon, y yo quedo apresada entre las sabanas y el colchon, casi sin poder moverme, y el dice "ahi'sta". Cuando hace frio frota mis pies por arriba del cubrecamas, con las patitas de Rossi, y me dice sin hablar "Pluto, que duermas bien".
    Mi abuela Carmen, a veces, llena mi casa de olor a carne con tuco, mientras que mi abuela Cristina se obstina con el olor a pollo al horno. Mi abuelo Honorio, como siempre, sonrie y me dice "que tal muchachos!!!".
    Ellos me habitan, y yo los vivo.
    Ultimamente, me abrazan seguido.
    Se fueron pero no.
    Yo los siento.
    Los siento.
    Aqui.
    Y aqui tambien.
    Mis vivos muertos, estan pero no. Viven, pero no. Pero no, no. Ni olor, ni calor. Vida, pero nada.
    Besos de sueño.
    Vani

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  11. Mariel, no te voy a contar mi emoción porque eso sigue dándome vergüenza. Se entiende emocionalmente el relato desde la primera a la última línea. No es necesario saber que conociste a Ana, a esa Ana que luego tu recreaste literariamente, para que la emoción del relato surja efecto (de la misma manera que no es necesario saber quién fue realmente el autor del Lazarillo para entender la novela y verlo brincar por Toledo, que por cierto, yo lo vi). Pero también es cierto que toda información enriquece el texto, y esas aclaracione lo enriquecen. Desde el punto de vista litarario y desde el humano. Saber esas cosas nos acerca todavía más a las almas sintientes.

    Es por tanto lo que dice Susana, lo que dice Vanina, lo que dice sin reglas o lo que dice soperos... Del texto, del cuento, rescatamos siempre un motivo que queda engrandecido si el cuento es bello y transmite. Y el motivo que rescatamos del tuyo es la presencia vivísima de los que ya no están. La literatura puede a veces darnos un poco de calor, como una lumbre invisible. La lumbre de las cosas míticas que nos acompañan. Gracias por ello.

    Y ahora que pienso, me hubiera gustado comentarte en mi entrada lo mitificado que tengo yo el Colón de Buenos AIres, pero se me fue. No porque lo conozca, que no estuve de momento, sino por lo que leí. El grandioso Colón, que vio pasar a los mejores, donde si una estrella fracasa puede ya retirarse para los restos. Uno de los más emblemáticos Opera House del mundo, junto con el Met y la Scala. Sólo era eso.

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  12. Querida Mariel, este no lo publiques si no quieres, es una consideración que en realidad no sé si debo. Verás. Puesto que soy un entrañable y benemérito abuelito de 40 años, resulta que tu blog me provoca dificultades de lectura. Yo no sé si sólo a mi, pero la letra blanquísima sobre fondo negro me hiere un poco. ¿Sabes si le ocurre a alguien más? ¿O soy yo que debo acudir rápido y presto al oculista porque me aumentaron las jodidas dioptrías? Es sólo un comentario amistoso, of course, pero igual le ocurre a más gente. Si el texto es breve no pasa nada pero si el cuento es más extenso como el cuento de hoy o el ensayo que pusiste en verano que me ocupó mucho tiempo, a mí particularmente me costó un poco oculísticamente (¿viste como me invento adverbios?). Nada, no hagas caso, creí que debía decírtelo como lector. Pero no pasa nada, te seguiré leyendo igual aunque no suavices las formas cromáticas. Mil besos y disculpas si te molestó, que espero que no...

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  13. La Judith (Loba): Shhhhhh (es el murmullo animal que emito al leerte). Sigo tu olor.

    Sin reglas: Sí que es muy cierto, que hay cretinos invisibles, que son como los vivos muertos de Vanina. Un abrazo fuerte.

    Sis V.: "Ellos me habitan y yo los vivo". Es tan hermoso. Sé de qué estas hablando, aunque las conexiones íntimas sean intransferibles. Al gesto de enganchar la cobija bajo el colchón mi papá le decía "someter la cobija". Ellos siguen. Otros están, sí. Pero no. Te quiero (recuerdo vívidamente la voz de tu viejo).

    Ramón: Primero, que iremos al Colón, yo lo sé. Después, que no me sale escribir de lo que no viví. Debería poder, debería, pero no me sale. También, que gracias de verdad por tu sugerencia de amortiguar el impacto cromático del pajarito, porque es clave poder leer bien (de hecho lo primero que aparece en el pajarito es un Pierrot Le Fou-Belmondo "lector", pensando en alguien que tuviera ganas de escuchar o no pudiera o quisiera leer). Para mí es un gesto amoroso y de enorme confianza que me señales que el blanco sobre negro hiere al leer, sobre todo textos largos. De verdad. De hecho ahora, con este cambio, yo también me siento "oculísticamente" (me encantó, lo adopto) más relajada. Toda sugerencia es más que bienvenida, esta casa es tan tuya como mía y vive de tus ojos. Besos, molts, molts.

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  14. me parece divino cómo te quedó la casa, recién pintada.

    y tu atención a la nota y la nota de ramón.

    besos,

    òscar.

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  15. Mujer de Olé: Esa peli es preciosa. Recuerdo al enfermero Benigno, especialmente. Durante y después del coma la conversación continúa. La agradecida soy yo, porque estamos en la misma sintonía. Besos sincronizados.

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  16. oscar, sí, es como pintar la casa, de verdad, pintarla, porque es una casa, ¿no? uno pasa tiempo en ella y se arranca cosillas de adentro (que no es lo mismo que "cosas") y las deja acá, adentro de la casa, y eso son los muebles, que hablan. La nota de Ramón es de una delicadeza absoluta.

    besos,

    tu M.

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  17. Llego tarde a esta entrada, pero eso no me impide leerla con una profunda emoción, entre la ternura y el pesar, y decirte que por mi historia personal me he sentido muy identificado contigo y con tu relación con Ana. Los dos hemos tenido en nuestros ojos la mirada de Orfeo, hemos visto el rostro nocturno de Eurídice, hemos muerto al ver morir y hemos resucitado.

    un enorme abrazo

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  18. Mira, me da un poco de vergüenza no te pienses. Pero bueno, cierto que te quedó guapísima la casa recién pintada y tan cómoda de leer. Pero igual sólo me pasaba a mí. O sea que me siento un poco como el abuelo del club. Ese abuelo pesado por el cual acaban poniendo pasamanos en los pasillos y agarradores en el baño. No olvidaré nunca la primera vez que me llamaron señor por la calle: era un chaval con el que me separaban pocos años, pero te juro que no lo olvidaré nunca. Me dio el carnet de adulto en un momento. De la misma manera que tampoco olvidaré nunca este momento en tu blog: ha sido un paso más, hija. Jamás me imaginé diciendo: puede usted dar la luz, señorita, que no estoy viendo bien? Eso, justo eso, es lo que me pasó contigo. Je,je, qué duro llegar a los 40 y sobrepasarlos. Ya verás, ya... Petons

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  19. Susú: "Nuestros muertos ponen su mano sobre nuestro hombro deshecho tras grandes desastres íntimos". Eso siento, sí. Con tus palabras. Y vamos a reescribir los cuentos. Te abrazo muy fuerte.

    Dice Portinari: "Ana, con su gorro azul calado... Toda la narración es un pensamiento, como si fuera un coma directo, lleno de sueños. El leitmotiv es el gorro azul, es el silencio, cumbre de todo lo pensado. Es el nombre, tan particularmente evocador. Las lapiceras y cuadernos, casi rayanos en lo invisible, imperceptible; importante sin embargo. No podría vivir con esos cuadernos en mi casa, tan llenos de silencio, tan llenos de ópera muerta. No podría vivir con los versos engmáticos, propuestos desde otro punto de vista en una chocolatería. No podría con esos fotogramas. Sin embargo acabo saliendo del coma, y recuperando la vibración de mi vida al tiempo que se acentúa esta ausencia".

    El pensamiento como un coma directo y los lápices y cuadernos visibles en la ausencia. Sentir que no se puede convivir con la ópera muerta y sin embargo volver a vibrar, mientras la ausencia cava su cueva cada vez más honda.

    Ella dice. Yo no puedo decir más nada.

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  20. hermoso, hermoso, hermoso.
    Qué bueno haber entrado hoy a la librería, ir al sector de poesía y agarrar "la constelación de Andrómeda". Llegar a casa y buscarte, encontrar este blog y comerme todo lo que escribes. Mueve fibras íntimas. Desde Córdoba, Miriam

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  21. Miriam querida, sos la primera persona que me escribe contándome que tiene Andrómeda en sus manos. Tu gesto es tan ... entrañable para mí. Andrómeda es una hija de papel. La parí con las tripas. Que te entibie las manos, que acompañe tu corazón. Solo para eso se escribe. Y para que vos entibies mis manos y a mi corazón le hagas compañía. Para encontrarnos y anudarnos. Ni más ni menos que para eso. Un abrazo fuerte. Esta es tu casa, tanto como la mía.

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