Grandes Exitos Lombrosianos
Una jornada epifánica de 1872, el médico y criminólogo Cesare Lombroso se inclinó sobre el cadáver del ladrón ajusticiado Giuseppe Villela y tembló de alegría. El cráneo de Villela exhibía una suerte de fosa en la base, que lo hermanaba con el de ciertos monos, pájaros y roedores. Giuseppe estaba más cerca de las bestias que de los hombres hechos y derechos de la escala darwinista.
Con ese cráneo como trofeo, Lombroso se lanzó a repertoriar los rasgos físicos típicos del "hombre delincuente", que nace biológicamente condenado a delinquir y no tiene remedio: nariz afilada, orejas en asa y cejas frondosas, entre otros detalles fenotípicos atávicamente conjugados para delinear el pasaporte directo a la prisión. El arquetipo nacional bien podría ser Cayetano Santos Godino, el "petiso orejudo" pirómano y asesino de niños, consagrado como ícono fundacional de la historia del crimen argentino.
Con la estética desviada de Lombroso, el delito de "portación de cara" sacaba carnet de insumo primario para todos los regímenes totalitarios que serán y han sido. Porque es mucho más fácil desconfiar de una cara que de las palabras.
En un país que exterminó a sus negros y a sus indios, no sorprende que el sospechoso habitual sea el "cabecita negra" que con el advenimiento del peronismo mojó sus patas sedientas en las fuentes de la Plaza de Mayo. Integra la clientela fija del penal y le dan el protagónico solo en los programas televisivos donde morbosamente se pesquisan las "calles salvajes" y se despliega el pintoresquismo de la tumba carcelaria, o en el supuesto estado general de inseguridad que crispa hasta a las estrellas televisivas.
No es azaroso que nuestras "divas" nacionales sean fascistas consumadas explícitamente enamoradas de la "mano dura". Esperpentos decadentes que jamás movieron sus culos para convocar a una movilización contra el hambre, pero no dudan en promover la marcha con velitas porque "nos están matando a todos" (el pánico siempre rinde).
La ciudad es un "caos" porque los trabajadores en huelga cortan las calles. Los medios de comunicación cuyos dueños sangran por la herida de la Ley de Medios bajan línea a sus lacayos de turno, para que nos taladren el cerebro anunciándonos que somos "rehenes" de los huelguistas, cuando los auténticos rehenes de un sistema perverso son los pobres de segunda o tercera generación que muerden el polvo y cuya vida no vale nada, excepto a la hora del voto.
En la era de los tributos, el gobernador de la Pcia. de Buenos Aires elabora un proyecto de ley contravencional que, para regocijo de los huesos expectantes de Lombroso, resucitaría los viejos y aberrantes edictos policiales, mandando a la comisaría a los responsables de conductas (ay ...) "pre-delictivas": vagabundos, ebrios, sujetos "con la cabeza tapada" o "portadores de palos" en las manifestaciones y, naturalmente, "merodeadores". Ya sabemos quiénes marcharán esposados, etiquetados bajo ese difuso rótulo: los "negros" sospechosos de siempre.
El jefe de gobierno de la ciudad (que contrata espías para pinchar hasta los teléfonos de su propio clan) afirma que "para cortar las calles hay que pedir permiso". Podría incluir, en su plan de obras públicas, caniles para manifestar. Así los huelguistas no molestarían y pasarían desapercibidos (y que me expliquen entonces cuál es el sentido de la medida de fuerza sino jaquear el "orden" urbano establecido, para ser escuchado).
Hasta la Constitución Nacional (pieza fundamental del derecho burgués) permite al ciudadano "peticionar" ante las autoridades. Pero para los editorialistas de esa cloaca incesante denominada prensa local, convertida en una mezcla vergonzante de crónica policial, deportiva y mediática, el piquetero incurre en "delito de sedición".
Mientras los niños pobres que nunca pisaron la capital lloriquean en vivo y en directo en aras del rating televisivo, al son de pianitos melosos y evocaciones denigrantes a la "solidaridad", y las estrellas del circo vernáculo se rasgan las vestiduras ante el supuesto canibalismo callejero, nadie habla de lo que realmente importa: la redistribución de la torta, cuya porción se defiende con uñas, dientes y, si a los tanques no se les hubiera pasado el cuarto de hora, también golpes militares, a no dudarlo.
El indigente, con el cerebro pegoteado por el consumo de paco, es el enemigo público número uno. Yo más bien le pondría nombres concretos a ese enemigo, para identificarlo, cercarlo y no darle tregua.
Los primeros que se me ocurren son los de los periodistas infames, que opinan sin investigar y afirman sobre la base del axioma. Luis Majul, con un timing digno del oportunismo más barato en un clima enrarecido de clara vocación destituyente, acaba de sacar al mercado su opúsculo El Dueño, en el que se dedica a azotar a Néstor Kirchner a lo largo de 500 páginas. En tamaño mamotreto, solo 7 páginas y media citan las fuentes de la supuesta "investigación", consistentes en noticias aparecidas en diarios y revistas, "relatos" de personajes opositores y denuncias judiciales que se cuentan con los dedos de una mano, cuyo contenido ni siquiera es analizado.
La revista Noticias nos honra con su pestilente biblioteca, cuyo primer volumen es el compendio de opiniones vertidas en estos últimos años por Joaquín Morales Solá. Los dichos de la peluquera del barrio tienen la misma entidad discursiva o incluso la superan.
No existe relevamiento de expedientes judiciales, notas a pie de página ni rigor periodístico de especie alguna. No les vendría nada mal a estos muchachos un cursillo en la redacción de Le Monde Diplomatique, de donde presumo los echarían a escobazos.
Lo mismo aplica a todos y cada uno de los integrantes de partidos opositores con exposición pública.
Y nadie desconfía de las palabras salidas de esas bocas ramplonas ni emitidas por la revulsiva Radio 10 y kermesses afines. Nadie investiga, porque investigar es tedioso y sin investigar igualmente se embolsa fácil.
Sería una bocanada de oxígeno que los integrantes de Carta Abierta y la "intelectualidad" progresista también investigaran y fundamentaran sus opiniones, con relevamiento de campo, estadísticas y datos específicos (como nos enseñaron en la universidad). Porque arremangarse y estudiar a fondo cada una de las medidas de gobierno es la única manera de no oficiar de contra-opinólogos y taparles la boca mugrienta a los que, aun a principios del S. XXI, siguen maldiciendo a los eternos Giuseppe Villela de este mundo.