PÁJARO DE CHINA

sábado, 17 de septiembre de 2016

LA COMUNIDAD ORGANIZADA



¿Querías "followers"? Acá están. 

"It follows" ("Está detrás de ti", David Robert Mitchell, 2014). 

Una auténtica comunidad organizada. 

En Shangrila




lunes, 23 de mayo de 2016

MISS AMÉRICA


Quentin Tarantino escribe su discurso sobre el estado de la Unión en The Hateful Eight (2015).

Que junto a la Estatua de la Libertad coloquen a Daisy Domergue, rumbo a la horca.

Daisy Domergue, "Miss América".

En Shangrila.



miércoles, 18 de mayo de 2016

ANA BOLENA




Todo depende de las dimensiones de la pista, del diámetro del aro. Esa mañana la pista fue un patíbulo y el aro, el cielo. Los cuervos protegen la Torre de Londres. El Gran Guardián los alimenta. La protección es un intercambio de favores. Ella ya no tenía nada que ofrecer. Lo que antes deslumbraba, ahora aburría. Irritaba. Tenía los ojos redondos como un aro y un tocado triangular, una capita de armiño y una cabeza de muñeca. Bajo el vestido de damasco asomaba una enagua carmesí. Carne sí, pero en escasas libras, agitada por la tensión nerviosa. Tiesa cuando empuñaba el arco, erguida como un junco ahogado en terciopelo, verticalmente extensa con sus pedrerías. Sus pechos de niña, sofocados por la cárcel del escote, subían y bajaban al ritmo de su respiración, mitad desnudos y mitad vestidos. Pompas turgentes de jabón. Eran adorables vistos de perfil, cuando se enfurecía frente a una ventana. Ahora tiene una piedra en la garganta y es una línea eléctrica sobre el cadalso. No podría decir lo que distingue, ya no hay ventana al mundo porque el mundo se ha tragado las ventanas, tiene vidrio en la boca y el corazón está aterrado. Él le había escrito diecisiete cartas de amor. Ella lloró y rió, como una loca, durante diecisiete días, con sus noches, en la Torre de Londres. Las cartas estaban al principio y la torre, al final. Pero uno nunca sabe.

Sus damas de honor bordaban y se movían en plural, como si fueran ramas, breves, en el viento. Inclinadas y mudas, sacaban flores de hilo de sus aros. Había un laúd, un lazo en el corsé, una cofia de lino bajo el tocado. El útero desobedecía. Ella quería ser reina de Inglaterra. Él quería un hijo varón para perpetuar su reino. Era lo único que no tenían, los dos. Él no tenía algo que estaba afuera. Ella vivía no teniéndolo, en gerundio; no podía darle una forma, adentro. Por no poder tenerlo miró hacia una abstracción y dijo: “He venido a morir”. En la mano izquierda guardaba una bruja, envuelta en un sexto dedo. El sexto dedo era invisible. En la derecha acunaba a una heroína. Ana-ovillo-de-lana, tenso como el latido que bombea en el pecho, deshecho como una cabellera de medusa en la punta del éxtasis, en la sábana blanca del cansancio.

Él le concedió la gracia de una espada, en lugar del hacha común. La gracia era también la omnipotencia de una forma viril, de doble filo. Ella entregó los aros (y el cielo y las flores de hilo) y el collar de perlas con un broche que le rozaba la base de la nuca. El cuello era un cilindro de papel japonés, un tubo de nácar. El verdugo era un fino esgrimista de Calais. Se descalzó sobre las tablas de madera, para que ella no lo sintiera venir. Palacios y ciudades iban hacia ella, alfileres y perlas, horquillas y velos, caballos, un temporal violento de cosas. Sus cinco sentidos, fusionados, eran una sirena de ambulancia y el sexto dedo le decía que no. Bajo la noche doble de la venda y los párpados, los ojos casi se rompían de tanto querer abrir, como los de una liebre enceguecida por un faro. El pueblo juró haber visto correr liebres ese día, y en cada sucesivo aniversario. Nada fue sucesivo para ella, mientras esperaba. Nada fue mientras tanto, no había intersticio donde alojarse y ver, un hueco entre otras formas. Ella era pura forma concentrada y, por eso mismo, derramada como un cuenco de leche sobre un plano. Un abanico se cerró y en el gesto arrastró, montados unos sobre otros, mezclados sin mano que sostuviera el abanico, los tiempos verbales. El abanico desapareció. 

Ella tenía que tener la cabeza quieta, pero no podía. Antes había sido líquida y ligera, ahora solo podía coagular. El campo de operaciones de un coágulo es exiguo. Miraba insistentemente hacia atrás, arrodillada. Era un decodificador de las más mínimas señales. La espada estaba escondida bajo un montón de paja, para que no la viera antes de la venda. Pero la conmiseración es una estrategia. La espada estaba escondida bajo un montón de paja, para que el verdugo dijera, después de la venda y exactamente antes de golpear: “Muchacho, alcánzame la espada”.  Ella giró la cabeza hacia un lugar donde no había lo que imaginaba. La cabeza íntegra fue un cero, inmóvil. Anhelante. Esa era la posición correcta, como una posición de suplicar. Para que el golpe fuera uno y fuera limpio. La espada cortó el cuello mientras ella miraba hacia otro lado. Nadie supo lo que vio. Se escuchó el disparo de un cañón, en la torre de Londres.

Su última caja fue la más pequeña de todas sus cajas. Adentro estaba ella, seccionada. Él ordenó destruir archivos y retratos. Sepultaron la caja en la iglesia parroquial de la torre, sin tumba ni inscripción. Tres siglos después, la tierra se agitó en el lugar en el que un día había habido una caja. Se habían dispuesto tareas de restauración. Una restauración repara y recupera. Al principio hubo una torre y después una pala, que excavaba y chocaba contra un hueso. Pero a quién puede importarle cuántos significados tiene restaurar, qué hace una pala. Son cosas que no vienen y no van, cosas de cuando todo está quieto y se hizo tarde.   




Imagen
Alexander McQueen
The Horn of Plenty
Dress, Autumn/Winter, 2009-2010




lunes, 16 de mayo de 2016

NUNCA ME SENTARÍA A TU MESA




Un debate son dos tipos frente a frente, a la buena de dios. Y estos dos se odiaban. William Buckley Jr. vs. Gore Vidal en "Best of Enemies" (Robert Gordon - Morgan Neville, 2015).

En Shangrila.


miércoles, 30 de marzo de 2016

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - VI




Imagining you, Pep, while the wind keeps blowing, 

Es un viento salvaje y espectral, desatado en vertical desde mi nuca. Penetra en mi cabeza para desintegrar. Ya sé de qué se trata, ya lo espero. No supe, no pude construir las armas que lo rindan. Darle de comer bandera blanca, para que no se afile los dientes en la roja. Que me analfabetice, a mí. Que me vacíe de piedras la boca. Conduzco este carguero como un ómnibus de larga distancia. El monstruo vino a desbaratar la burocracia, con el regalo del suspenso en sus tentáculos. El suspenso es la bomba a punto de explotar, no sé dónde ni cuándo. Tic-tac, tic-tac, susurraba el viento, golpéandome la sienes. El viento hizo de mi cabeza una granada, una granada de trinchera. Los hombres se enamoraban en la primera de las grandes guerras, no hubieran podido sobrevivir si no se amaban. Esto no lo aprendí en la escuela, lo supe al conocer niños varones, untados de barro y excrementos, perdidos en sus cascos, meados de terror y de la mano, prometiéndose amor en una zanja que era una inmundicia. Se besaban con desesperación. El amor no hacía falta. Eran amigos, se mordían las bocas, se hacían compañía, se tragaban los mocos y las lágrimas mientras la noche se agujereaba, con disparos de obuses. Arriba habían organizado una fiesta mortífera. Las sobras les caían desde el cielo rajado.

Las lágrimas que uno se traga se niegan a su condición de testimonio y se anticipan a su destino de evaporación. No sirven ni para atesorarse en lagrimarios, para probar cuánto lloré hasta que regresaste de la guerra, o medir como relojes porta-angustia el tiempo exacto de los duelos. Los lagrimarios se colocaban en las tumbas, con lámparas y botellas de licor. Gotas en sus burbujas de alabastro, terracota o cristal. Reliquias en sus frascos de peltre y plata victoriana. Por un orificio se evadía la lágrima, la desaparecida. La huérfana de huella no lega cicatriz. El pañuelo es un asunto de buenos modales, un plus inútil para no dar la cara. La sangre tiñe y mancha como el pis de los niños amantes, que deja su mapa maloliente en los calzones. El monstruo sangra ácido, que urge la economía de los trapos, el jabón, el cepillo. Seco el sudor con el reverso de la mano, pero no me duele. Detrás de la lágrima, me voy toda yo. Y su vida es tan breve como la de ciertos insectos sin historia, que nacen para aparearse y suelen vivir un día. Se extinguen mientras los huevos de las hembras flotan en el agua. El monstruo, mi evasivo mutante xenoformo, crece para durar y se va para volver. No me depara el horror de lo que vi sino el que asedia con la forma latente de lo que no se ha visto, todavía; no el que se experimenta y se atraviesa, sino el que se anticipa.

Los monjes tibetanos se inclinan a crear sus mandalas de arena. Trazan sus figuras geométricas, las siluetas exactas de sus deidades, las superficies que esperan su color. Con sus varitas de cobre frotan un cono delgado y diminuto, del que cae la arena coloreada. Hay que inclinarse, concentrarse y frotar, durante días y días. El fulgor exige paciencia. Un mandala de arena es sombra y embrión, cargado de resplandor que espera, para volcarse finalmente en perseverantes dosis ínfimas. Cada monje se ocupa en silencio de su parte, desde el centro hacia las orillas del mandala. Oigo caer los granos minúsculos, los oigo avanzar con lentitud extrema, derramarse hacia los bordes, verterse como lágrimas. Un mandala terminado es una pequeña catedral. Los monjes se ríen y extraen entonces pinceles como escobas. Difuminan y barren, en segundos, desde las orillas hacia el centro, la construcción a la que se entregaron sin medir (coloreaban milímetro a milímetro, sin registro de la totalidad). Hicieron algo hermoso sin verlo y sin pensarlo, callados y a la par, y de la misma manera lo abolieron. Nadaban en un puro presente, de altísima proximidad con la materia, de absoluta abstracción (visto de cerca, todo se deshace).

Así nada Ò., cuando abandona la carne de las guerras para ser crayón y ya no tiene miedo. Especialmente porque Oli lo espera en la orilla y dibujó una línea celeste para Oli, una correa desatada, un amoroso andarivel que él no verá porque está boca abajo sobre el agua. ¿Es agua o espacio mental o este espacio exterior que el Nostromo atraviesa como un barco, con la parsimonia de los monjes? Lo miro y pienso si estará dormido, si estará agotado de combatir el miedo. Somos nosotros los que le ganamos por cansancio. El que se cansa dice “basta, porque hasta aquí llegué, que pase lo que pase, porque ya no me importa”. Hay restos de Ò. a su alrededor, como si fueran bollitos de papel, estrellas fugaces, carne de crayón desgajada o salida, por propia decisión y dando el salto, del límite del cuerpo, el tablero cuadrado del mandala. Son restos para Oli, por si quiere comer. “Te dejo mis pedacitos y una línea, para el hambre y para el extravío”.


Escucho moverse al monstruo en la oscuridad. Saco de la mochila a Heathcliff y su prepotencia del amor, con sus picos y palas. No soportaba el paso de los pinceles sobre Catherine, la desaparición de su figura de arena. Ella ya no estaba, ya no estaría jamás en ninguna parte. Los monjes tañen sus campañas, recogen los restos de lo que fue una forma y los arrojan al curso de agua más cercano. La arena coloreada se hace remolino líquido, deja de ser color, deja de ser arena, ya no es nada sino agua que corre. Coloco el dibujo de Ò., como si fuera una estampita, entre las páginas gastadas de mi libro.Tengo una confianza extraordinaria en sus poderes de transmigración, porque me ha dicho: “la planta que no supe llevarme me ha esperado, viva. yo no rezo, riego. a mí no me rezan, me acarician. he ido al cajón de la ropa, antes de ducharme, y he cogido el penúltimo calzoncillo limpio. lavo el mundo. yo, el insignificante”. Dichoso en la minúscula y la disolución, en la oscilación de lo penúltimo.  

No te seques las lágrimas. Ellas, solas, se van. Tienen que fluir hasta deshacerse, como Catherine, que es uñas, pelos y dientes mezclados con la tierra, el timbre de una voz en retirada, la tela de un último vestido en una zanja vuelto jirones de trapo, hilos sucios a los que trepan las hormigas. No insistas en cavar ni en quedarte a su lado, es el color borrado del mandala. Ya no puede escucharte, vuelve al polvo de la topografía subterránea, esa extensión nocturna que desciende en vertical y en la que se atarea, como un monje, la fauna despreciada, invisible y experta en continuidades. No la vi en el cielo mientras el Nostromo se elevaba. Alcé la vista pero no vi nada. Quisieras lamer sus lágrimas, como un perro. Pero una lágrima no es pelo, ni diente ni uña, ni objeto de autopsia ni recuerdo en singular en una caja. Las madres no conservan lágrimas de sus niños. No tienen jerarquías, son efímeras, como los insectos que copulan y se extinguen, las pompas del jabón con el que friego la sangre y el ácido y el pis, la camiseta manchada de sudor. Tienden a correr, no saben testar, vienen a bajar, no dejan tajo, puntos de sutura, síndrome del miembro fantasma.

Las lágrimas son los únicos mandalas del cuerpo.

Ascendí y contemplé nuestras supersticiones. Las tumbas colgantes de Echo Valley, por encima del valle de pinos, las terrazas de arroz y las cascadas. En la aldea montañosa de Sagada, desde hace dos mil años, sus habitantes hacen realidad una metáfora y se construyen, a cierta altura de la vida, cada uno su propio ataúd, con la corteza de los árboles. Allí descansarán colgados de peñascos, clavados torpemente a un precipicio, en sus botecitos fúnebres y encallados en la altura de piedra. A veces los aldeanos clavan también una silla al lado del cajón de modesta madera, por si el difunto quisiera salir y descansar (sentado). Tan alto está en su cementerio de aire, que los deudos, abajo, sienten que vela doblemente sobre ellos. Y al estar tan alto, les deja la tierra libre para la cosecha. A la superstición se accede a golpes o en cuotas, también de pragmatismo. Se organizan excursiones a Sagada. Los turistas fotografían y filman tumbas de aldeanos anónimos, por el solo hecho de que están colgadas, como cuadros desvencijados u ovnis pobres.


Los turistas gritan y el eco del valle les responde. Vi las bocas como ceros y vi después las ranuras de las risas. Me vi a mí misma en el Nostromo, este cajón mecanizado del que no puedo salir y aun si pudiera, ¿para qué? En el espacio nadie te escucha gritar. La desesperación es que no haya horizonte. Por eso nos construimos, además de Echo Valley, posadas y tabernas, tiendas y galerías. Metrópolis. El urbanismo es la respuesta a la extensión sin bordes del espacio. A la fiebre de la pradera, a la neurosis de la pampa. El urbanismo es una prótesis.

Repito mentalmente ese poema tuyo que me sé de memoria: “y la sal abrasando las enfermas cabezas / ocultas tras el vidrio tintado / las violentas moquetas / las mamparas azules”. No es el sol lo que quema, es la sal. Y yo quiero estar sola para arder a conciencia en este mar de fórmula desviada, parada en el desquicio de su sal, frente al monstruo que viaja conmigo. Con Jones a buen resguardo (lo pequeño es más fácil de poner a salvo) y el lanzallamas como una ortopedia de mi suerte. Soy la mujer de Lot, miré hacia atrás para ver Sodoma, con su ardor genital y su lluvia de azufre. Quería ver el desastre y el castigo. La curiosidad cuesta caro, porque los dioses saben bien de qué se trata: la especie más resistente, por cándida y entusiasta, de insubordinación. Los curiosos usan trampolines, trepan a los armarios para espiar de antemano sus regalos, corren a ver cuando una nueva orquesta llega al pueblo. Ahora soy columna de sal mientras amanece. Ahora Sodoma está adelante, repta y respira en una galería del Nostromo. La curiosidad es impenitente. Y yo sé que volveré a mirar.