PÁJARO DE CHINA

lunes, 13 de abril de 2015

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - I




My dearest Pep, 

A una hora establecida, me tiendo a dormir en mi cofre transparente. Como se tienden a dormir los presos en las celdas y los enfermos en sus cuartos de hospital y apoyan sus cabezas en la cuna precaria de los brazos, con instrucciones expresas de dormir, los niños sentados a la mesa en el jardín de infantes, cuando se impone el descanso de la pequeña siesta que los entrena en la suspensión del mundo. Todos hacemos gala, a una determinada hora, de la virtud fundamental de esta cultura: la obediencia naturalizada. Los insomnes son palos en la rueda del capitalismo, son los que llegan tarde a todas partes. Los ataúdes también son un cofre pero ocultan el cuerpo que preservan, que ya no tiene nada que decir y ningún lugar al que moverse. Lenguaje y movimiento en retirada son las maniobras últimas del cuerpo, exhausto. Ya se cansó de ellos, no los quiere. Y, por otra parte, ¿quién quisiera asistir a lo queda? Solo un amante necrófilo y en vela, una vez consumado por el taxidermista el simulacro módico de una eternidad. Sin embargo, dirás, un hombre cavó un día como un perro hasta estrechar contra su pecho demolido un manojo de huesos, silenciosos e inmóviles. Sí, Heathcliff quería todavía que Catherine le hablara, que alzara un brazo para tocar su rostro lavado por las lágrimas. Pero los dos sabemos que era un desobediente. Un romántico. Tengo mi vieja edición de Cumbres Borrascosas, aquí, en mi mochila en el Nostromo. Lo leía en la tierra hasta el amanecer. 


Te escribo ahora como una Bella Durmiente en este tallo, este estuche de alta tecnología para mi cabeza, que resbala y se suelta y siente caer las cajas de todos los estantes, se descompone y se abre como una cicatriz. Sueña esta carta. Soy la segunda en la línea sucesoria. Sueño que, a su debido tiempo, los cinco que queden me odiarán. Hoy somos siete, listos para dormir en torno a una corola mecánica. Y Jones. Jones que, hecho una dona en el triángulo de aire que forman mis rodillas flexionadas hacia la izquierda, hace de mis rodillas flexionadas una caja. Extraño Dunkin Donut's, el magenta. Amo a Jones porque me ofrenda el tesoro de lo que no conoce: la bipedestación y las palabras. 


¿Qué hora es? ¿Hace frío? Cosas que ya no me pregunto y que me dejan tiempo libre para pensar. Esa clase de tiempo desesperante. Sin filtros, sin bobinas, sin cajas ni cofres. Tiempo que se hace peso y no conoce sin embargo la ley de gravedad (en el Nostromo levitamos con los ojos húmedos). Tiempo con dedos de navaja. Si pudiera salir a caminar el espacio no sería este viento que me empuja aunque esté encerrada. El tiempo que me pasa bebe de mi cabeza, sopla cuando se inclina en este estanque eléctrico. Me hago fuerte como un hombrecito. Y siento un poco de ternura por mí, que ojalá fuera pena (la pena se puede combatir). 


Pienso si es eso que era una tarde en tu ciudad, si Òscar hace una siesta en el sofá, con Oli, y ninguno de los dos se sabe, aunque compartan esa forma extrema de la intimidad que es dormir juntos. Con Jones ya tenemos el agua de la mitad del plano para abajo, yo la sujeto con la espalda y él con el piso de su cuerpo vuelto cero, cero de rosquilla americana. Es terrible que hayamos decidido erguirnos y que nuestros cuerpos no tuvieran piso, a quién se le ocurre exponerse así, así no se caza más fácil. Si en lugar de estatura tuviéramos metraje y viéramos la cintura de los planos y sintiéramos que también un plano puede ahogarse o flotar como un tronco en el agua, si esto no fuera el imperio de los cuerpos, el magisterio de los cuerpos mal cosidos. Pero no. Me digo "no es así", soy una suma de órganos, de naipes, y lo sé. Estoy tan cerca de las estrellas que no puedo verlas, quizás estoy adentro de una pintura abstracta. 


Hago de mis párpados una ventana, tengo una córnea encendida en el cerebro. Alguien dejó un ramo de jazmines, envuelto en papel plateado, entre las rejas verdes del parque. Como una doble decapitación, un tallo que se corta dos veces. Tuvo que alzar un brazo para hacerlo, para que fuera a la altura de la garganta. Yo jamás me lo hubiera imaginado. Hago de ese ramo una estampilla. Afuera es cada día la noche estrellada. Y la segunda vez está tan, tan arriba, que nunca se puede tocar.  

                                                             
                                                              

                                                  







                        

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