PÁJARO DE CHINA

martes, 5 de mayo de 2015

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - III




My-still-visible-Pep, 

La sala del hipersueño del Nostromo es el jardín donde salimos a jugar y nos quemamos las manos. Monto un caballito de madera sobre un mar en calma, recojo flores silvestres al pie de un volcán, arrastro una mano por mi sombra reflejada en una larguísima pared. Llevo zapatos de charol rojo, con hebilla, y una hebilla negra, metálica, con un estampado de florcitas brillantes en el pelo, peinado con una raya al costado y resueltamente corto hasta donde se inicia el cuello que nadie verá, porque estoy sola. Cuando cae la noche se encienden las velas, huelen a racimos de uvas. Hace frío y se deshace el mar y el caballito de madera se balancea en el aire y cae muy lentamente en la garganta del volcán donde huele a azufre. Mastico uvas imaginarias que desaparecen en mi paladar, como si fuera una pared que se roba las sombras. Me concentro con todas mis fuerzas en las llamas impávidas que alumbran los corredores del volcán, desciendo hasta la base de su lengua, con la pollera sucia y las medias rasgadas - mis primorosas medias blancas y caladas, que una tía embarcó para mí en Niza. Me acuno a mí misma en posición fetal, oprimo mi cruz de plata contra el pecho, me hablo en voz muy baja para no perderme, me digo que todos mis recuerdos están hechos de formas que hablaban en voz baja. El resto era forma atormentada por el ruido y desapareció. Pego el oído al suelo del agujero en el que estoy, quiero escuchar el paso de los peces, el roce de las algas, el contacto parcial y provisorio de monedas, cucharas y peines contra la plataforma de arena submarina, un mechón de pelo en su cinta de seda, mis juguetes de madera, un resto ennegrecido de cordón umbilical, el papel de seda que envolvió en Niza mis medias caladas, dientes de leche sueltos de sus relicarios.  

No confío en mi madre. MU/TH/UR 60000 es el cerebro del Nostromo, esta casa embrujada en cuyo vientre estoy. Mi madre es una desconocida que en cualquier momento puede escupir su lava. Sumergir mi cabeza en el agua mientras ríe, deleitándose en sujetar mi nuca; ignorar lo que golpea en mi cabeza hasta que estalle y se astille y la clausure el candado del coma; burlarse de mi diario íntimo en la mesa, dejar en claro que es la dueña del candado. Transpiro en el sueño, ¿por qué ella debería saber quién soy? Quizá yo no haya sabido hablarle en voz lo suficientemente baja. Mi pericia se agota en los umbrales.

Pero ella, Pep, es el ordenador que dirige el Nostromo; y el Nostromo es la nave de una corporación. Estamos a bordo de un carguero. Mi madre está controlada por una compañía. Eso es el mundo y todo lo que me dieron es una cruz de plata. Mi forma es solo mía, la hice yo. 

Una torre se inclinó cuando tu hijo la vio por primera vez. Giró la cabeza y te buscó. No hay una línea de tiempo en esta historia, sino instantes que absorben los tiempos verbales como el remolino implacable en el que se hunde un buque naufragado. La historia es el buque. El remolino es nuestra oportunidad de ver de frente el ojo amoral y arrasador de la naturaleza, ese ojo de cíclope que inexorablemente conduce a todo a su lugar, es decir, al fondo. En ese ojo en espiral giran la torre, el hijo y el padre. El hijo se vuelve en silencio, para confirmar al padre, que es su ley, que la torre ha desafiado las leyes de su arte sin derrumbarse todavía. Cada mirada inaugural funda la forma que la espera, que ojos sucesivos tallarán al cavar pliegues, desplazar apenas partículas de polvo, plumas de arcángeles y mensajes cifrados. Tu hijo busca la soga de tus ojos. Sonríe. De pie en el centro de una línea donde lo único que sobrevivirá es una torre, con una hebillita de flores a sus pies. Ese instante es una parcela extraordinaria de eternidad, antes de la desaparición de nuestras formas. 

La camisa a cuadros de tu hijo buscó la forma de Òscar, una forma habitable hacia la que migrar. Así se trenza la arquitectura formidable de las telas. Así duelen hasta lo insoportable las camisas vacías de los náufragos, los zapatos sin pies, el vestido de ahora en más deshabitado. Heredar es inútil, los trapos del desaparecido se mueren con él. Las cosas deben circular entre formas vivas. Como regalos o trueques, como robos. 

A las 4:54 a.m., los lobos salen a comer al parque de mi psiquis. Son dos o tres pero nunca fallan. No van en manadas. Andan solos. Con los años he aprendido a respetarlos. Por eso abro mi cofre y salgo de mi tallo y escribo. La consigna es no enloquecer. Por eso tengo a Jones, enredado a mis pies, mi cuaderno de apuntes, el lápiz de grafito y esta desconfianza. Y un cuenco de madera, con sopa de sobre. Apoyo mis manos en el exacto círculo del cuenco, para sentir el calor primordial de mi brebaje. A la forma de mi cuenco se sobreimprime la forma del cuenco de cerámica de Òscar, en el que recoge la lluvia que cae en su terraza; el cuenco bebe-lluvias. A veces sueño con un monstruo, elusivo y húmedo. Su maestría reside en mostrarse de a partes, en concederme la graciosa y desesperante majestad de vislumbrarlo, y en vivir sepultado dentro de mí, la teniente entrenada en la estrategia. Cuando toque a la puerta, yo le habré dado de comer, lo habré creado. Es a mi obra a quien daré la bienvenida.

Como yo, el monstruo se esconde en posición fetal, en espacios húmedos y oscuros. Alguna vez fue cachorro, fue pequeño. No quiere esclavizarme ni comerme, no quiere mis escrituras, no le importan mis ahorros; creció para violarme. Violarme para reproducirse es lo único que le interesa. Con la bendición de MU/THUR/6000, debidamente adoctrinada, para el beneplácito de la corporación. 

Todo transpira ahora. Es como si lloviera en el carguero sellado, es el presagio de la lluvia que se desatará más tarde sobre una ciudad. El agua rezuma en la red de galerías, chorrea por los tubos de ventilación, empapa los pasadizos y los túneles. Me quito de la frente la transpiración. Llevo el pelo largo. Si no fuera así, se diría que soy un hombre. Pero no. Doblada en cuatro en mi cuaderno de apuntes, llevo la lista de las chicas muertas. Alguna tendrá que ser la final girl

El sudor es sexual, se infiltra en el Nostromo desde alguna parte. Desde un planeta aún desconocido, alguien envía señales cada doce segundos. Kane es curioso, quiere salir a ver. "Curiosity killed the cat", digo para mí, que bailé durante los '80. Dondequiera que esté, quiero volver a casa. El resto de la forma de esa casa dependerá de mí. "Down to earth", les digo a cada uno de los siete, incluidos los cinco que, a su debido turno, me odiarán. "Down to earth", repito airadamente, alzando a Jones y escondiendo su cabeza en mi hombro. No se lo llevarán. "Down to earth", los miro fijamente, pero sin esperanza. Siempre fue tarde, ahora que lo pienso. Mamá decide. Mamá, con pulso implacable y voluntad de acero, guía a sus hijos vírgenes en el espacio. Mamá se limita a transmitir decisiones. Estamos en manos de una marioneta. 




           

(bailar desorienta al monstruo. bailemos). 






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