PÁJARO DE CHINA

miércoles, 18 de mayo de 2016

ANA BOLENA




Todo depende de las dimensiones de la pista, del diámetro del aro. Esa mañana la pista fue un patíbulo y el aro, el cielo. Los cuervos protegen la Torre de Londres. El Gran Guardián los alimenta. La protección es un intercambio de favores. Ella ya no tenía nada que ofrecer. Lo que antes deslumbraba, ahora aburría. Irritaba. Tenía los ojos redondos como un aro y un tocado triangular, una capita de armiño y una cabeza de muñeca. Bajo el vestido de damasco asomaba una enagua carmesí. Carne sí, pero en escasas libras, agitada por la tensión nerviosa. Tiesa cuando empuñaba el arco, erguida como un junco ahogado en terciopelo, verticalmente extensa con sus pedrerías. Sus pechos de niña, sofocados por la cárcel del escote, subían y bajaban al ritmo de su respiración, mitad desnudos y mitad vestidos. Pompas turgentes de jabón. Eran adorables vistos de perfil, cuando se enfurecía frente a una ventana. Ahora tiene una piedra en la garganta y es una línea eléctrica sobre el cadalso. No podría decir lo que distingue, ya no hay ventana al mundo porque el mundo se ha tragado las ventanas, tiene vidrio en la boca y el corazón está aterrado. Él le había escrito diecisiete cartas de amor. Ella lloró y rió, como una loca, durante diecisiete días, con sus noches, en la Torre de Londres. Las cartas estaban al principio y la torre, al final. Pero uno nunca sabe.

Sus damas de honor bordaban y se movían en plural, como si fueran ramas, breves, en el viento. Inclinadas y mudas, sacaban flores de hilo de sus aros. Había un laúd, un lazo en el corsé, una cofia de lino bajo el tocado. El útero desobedecía. Ella quería ser reina de Inglaterra. Él quería un hijo varón para perpetuar su reino. Era lo único que no tenían, los dos. Él no tenía algo que estaba afuera. Ella vivía no teniéndolo, en gerundio; no podía darle una forma, adentro. Por no poder tenerlo miró hacia una abstracción y dijo: “He venido a morir”. En la mano izquierda guardaba una bruja, envuelta en un sexto dedo. El sexto dedo era invisible. En la derecha acunaba a una heroína. Ana-ovillo-de-lana, tenso como el latido que bombea en el pecho, deshecho como una cabellera de medusa en la punta del éxtasis, en la sábana blanca del cansancio.

Él le concedió la gracia de una espada, en lugar del hacha común. La gracia era también la omnipotencia de una forma viril, de doble filo. Ella entregó los aros (y el cielo y las flores de hilo) y el collar de perlas con un broche que le rozaba la base de la nuca. El cuello era un cilindro de papel japonés, un tubo de nácar. El verdugo era un fino esgrimista de Calais. Se descalzó sobre las tablas de madera, para que ella no lo sintiera venir. Palacios y ciudades iban hacia ella, alfileres y perlas, horquillas y velos, caballos, un temporal violento de cosas. Sus cinco sentidos, fusionados, eran una sirena de ambulancia y el sexto dedo le decía que no. Bajo la noche doble de la venda y los párpados, los ojos casi se rompían de tanto querer abrir, como los de una liebre enceguecida por un faro. El pueblo juró haber visto correr liebres ese día, y en cada sucesivo aniversario. Nada fue sucesivo para ella, mientras esperaba. Nada fue mientras tanto, no había intersticio donde alojarse y ver, un hueco entre otras formas. Ella era pura forma concentrada y, por eso mismo, derramada como un cuenco de leche sobre un plano. Un abanico se cerró y en el gesto arrastró, montados unos sobre otros, mezclados sin mano que sostuviera el abanico, los tiempos verbales. El abanico desapareció. 

Ella tenía que tener la cabeza quieta, pero no podía. Antes había sido líquida y ligera, ahora solo podía coagular. El campo de operaciones de un coágulo es exiguo. Miraba insistentemente hacia atrás, arrodillada. Era un decodificador de las más mínimas señales. La espada estaba escondida bajo un montón de paja, para que no la viera antes de la venda. Pero la conmiseración es una estrategia. La espada estaba escondida bajo un montón de paja, para que el verdugo dijera, después de la venda y exactamente antes de golpear: “Muchacho, alcánzame la espada”.  Ella giró la cabeza hacia un lugar donde no había lo que imaginaba. La cabeza íntegra fue un cero, inmóvil. Anhelante. Esa era la posición correcta, como una posición de suplicar. Para que el golpe fuera uno y fuera limpio. La espada cortó el cuello mientras ella miraba hacia otro lado. Nadie supo lo que vio. Se escuchó el disparo de un cañón, en la torre de Londres.

Su última caja fue la más pequeña de todas sus cajas. Adentro estaba ella, seccionada. Él ordenó destruir archivos y retratos. Sepultaron la caja en la iglesia parroquial de la torre, sin tumba ni inscripción. Tres siglos después, la tierra se agitó en el lugar en el que un día había habido una caja. Se habían dispuesto tareas de restauración. Una restauración repara y recupera. Al principio hubo una torre y después una pala, que excavaba y chocaba contra un hueso. Pero a quién puede importarle cuántos significados tiene restaurar, qué hace una pala. Son cosas que no vienen y no van, cosas de cuando todo está quieto y se hizo tarde.   




Imagen
Alexander McQueen
The Horn of Plenty
Dress, Autumn/Winter, 2009-2010




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