La pregunta es antigua: ¿cómo representar lo irrepresentable, cómo decir lo indecible, cómo nombrar el horror? Porque es necesario nombrarlo para procesar el trauma y, también, para no olvidarlo. Para que el horror no impida avanzar pero no se diluya su potencia revulsiva. El horror como experiencia sensorial insoportable: como aquello que fue, multiplicado e inscripto en el cuerpo, para todos aquellos que lo experimentaron hasta quedarse sin palabras.
En Argentina parece estar de moda, entre cierto supuesto progresismo aparentemente ilustrado, abjurar del "realismo burdo" y "alfonsinista" de los derechos humanos (caratulado como "conservador") y proponer la revisión "crítica" de la lucha armada de los '70 desde el "hibridaje" o la "parodia" (términos repetidos hasta el hartazgo y tan caros al posmodernismo acrítico).
Realmente quisiera escuchar a Robotech o Mazinger dar su opinión sobre las técnicas de tortura en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), por ejemplo, o ver cómo se convierte la ESMA en un parque temático con aires al Italpark, donde en lugar de autitos chocadores, sillas voladoras o montañas rusas se escriban remakes literarias de Poltergeist y se describan (con "miedito") las apariciones paranormales de los desaparecidos entre sus paredes. Un "ESMA witch project", en el que se aborden con frescura y desenfado la introducción de ratas en las vaginas de las prisioneras, los simulacros de fusilamiento al amanecer y la banda de sonido del torturador mientras regula la temperatura de la parrilla en la que picanea. Quisiera ver cuál es el "nuevo" aporte de tales abordajes, diverso del escándalo vulgar y frívolo y la provocación pueril de ínfima categoría.
¿Qué tendrán que decir los personajes de Sábados de Super Acción sobre los secuestrados arrojados vivos al mar desde los aviones, o la apropiación de niños nacidos en cautiverio? ¿Por qué no les cedemos la palabra, ahora que la vanguardia crítica parece haber muerto, considerando que fracasó su proyecto revolucionario?
La vigencia de la vanguardia crítica, leída desde una matriz teórico-política alternativa que prescinde del factor "revolución" como dato excluyente para la medida de su éxito o de su fracaso, es un hecho del que sobran ejemplos, encarnados en el activismo artístico que recupera y profundiza, reformulado, el legado de las vanguardias históricas europeas de principios del S. XX. Esa "reformulación" no implica, en ningún caso, el "maridaje" de los niños de Treblinka con E.T. o la continuidad de la saga de Freddy Krueger en las cámaras de gas de Auschwitz.
Ni el procesamiento del trauma ni la memoria histórica exigen sincretismos de playstation donde a tu hermano mayor le arrancaron las uñas o le quemaron los testículos a puro voltaje eléctrico. Con el dolor propio uno hace lo que quiere pero con el dolor de los demás no se juega, por la sencilla razón de que no nos pertenece excepto para no perdonar su existencia e intentar experimentarla como si fuera propia para que no se pierda en la noche y en la niebla.
El repertorio de espantos censados en el Nunca Más no reclama más que su lectura y el juicio y castigo de sus responsables, del mismo modo que no debiera salirse del museo de Anna Frank más que con el diario de Anna Frank y la satisfacción (que jamás compensará la barbarie) de que haya existido un Nüremberg.
El horror puede producir estética (i.e., la estética nazi) pero no puede estetizarse (en registro alguno, incluida la clave de parodia) sin resultar inmoral y banalizar el mal de un modo obscenamente semejante al de Eichmann en Jerusalén. De lo contrario, bien podríamos lanzar al mercado un juego de la oca donde el premio mayor sea el hallazgo de los huesos de García Lorca o incluir en una novela, como apéndice techie, un software simplificado de Google Earth que permita ubicar a Jorge Julio López, desaparecido en democracia por tener la dignidad y el coraje de testimoniar ante un tribunal contra un genocida.
A fines de la dictadura, las Madres de Plaza de Mayo y distintas agrupaciones sociales promovieron el proyecto artístico denominado "El Siluetazo", desplegado, en sentido literal, en la Tercera Marcha de la Resistencia convocada por las Madres el 21 de septiembre de 1983 contra la Ley de Autoamnistía promulgada por el gobierno militar. Se tomó la Plaza de Mayo para que la gente se acostara, de cuerpo entero, sobre un papel y se trazara el contorno de su figura. En ese trazo quedaron las huellas de la plaza (y esa huella no es sino el efecto de la técnica surrealista del frottage de Max Ernst). Miles de siluetas anónimas se pegaron sobre las paredes, los monumentos y los árboles. Cuando un policía intentó arrancar una de ellas, una Madre le dijo: "No lo toque. Es mi hijo".

No se me ocurre ejemplo más explícito de invocación de lo ausente en lo presente. Ya en octubre de 1978 la revista El Correo de la Unesco había reproducido una obra del polaco Jerzy Skapski sobre el genocidio nazi: un cartel compuesto de 24 hileras de siluetas de hombres, mujeres y niños, con una leyenda al pie: "En Auschwitz morían cada día 2.370 personas, exactamente el número de figuras que aquí se reproducen. El campo de concentración de Auschwitz funcionó durante 1.688 días y ese es exactamente el número de ejemplares que se han impreso de este cartel. En total murieron en Auschwitz aproximadamente cuatro millones de seres humanos".
¿Qué más hace falta decir? ¿Cuál es el modo "moral" de acercarse al otro?
Supongo que la compasión. Pero no la compasión asimétrica del que se apena por la desgracia ajena, sino la compenetración con su dolor como si fuera propio. Ponerse en sus zapatos y sufrir con él. La historia pública no difiere de la privada. Cuando perdemos a alguien que hemos amado, sentimos que es un pedazo nuestro el que se nos arranca: un brazo o una pierna. No es el otro estrictamente el que se va, sino una parte de nuestro propio cuerpo la que se va con él. Experimentamos la muerte como una mutilación.
Para que nuestro brazo o nuestra pierna vuelvan y vuelvan a moverse, sospecho que no parodiamos la agonía que los amputó. Auscultamos la presencia del ausente en el mundo que insiste en seguir girando y tratamos de que sus proyectos y sus sueños, es decir, su legado, sigan vivos de alguna forma.
Los textos sobre el horror que no destilan compasión ni piden justicia son execrables. No tengo poder, no trafico influencias, no tengo voluntad de salir en la foto. Tengo saliva. Y escupo sobre esos textos.
Fotos: El Siluetazo, Buenos Aires, 21 de septiembre de 1983.