"Mi posición es:
hasta que no esté muerta estoy viva y ésta es mi vida"
Gabriela Liffschitz (1963-2004). Escritora y fotógrafa
Un cuerpo es una práctica. No es un conjunto de órganos ni de atributos. Ni siquiera de atributos de género. Un cuerpo es una puesta en escena. Una construcción.
Generalmente nos acordamos de que tenemos un cuerpo cuando es escrutado e intervenido quirúrgicamente. A Gabriela Liffschitz el cáncer le voló un pecho y la quimioterapia le arrancó la cabellera y la dejó lampiña, como un niño, una escultura o un efebo. Donde estaba el pecho, quedó una cicatriz. Gabriela decidió dejar de ser la herida para convertirse en su observadora.
Transformó la mutilación en mutación, haciendo uso de los recursos de las circunstancias. No ocultó el tajo con prótesis ni telas: lo expuso sin ceder un milímetro a la lógica impiadosa de la enfermedad y sus avances. Posó según el canon de la estética publicitaria, apropiándose de los accesorios y ornamentos de la sensualidad (el negro como fetiche o la boa de plumas). Gabriela se tatuó dos serpientes y adoptó la ética y el credo del guerrero o el maratonista. Dio un paso adelante y dejó en claro que era ella quien tenía el poder de decisión. El poder de decidir en qué quería transformar un cuerpo previamente transformado por la patología y el protocolo médico.
No se trata de la belleza a pesar de la devastación. Se trata de un cuerpo bello gracias al hecho de ser un cuerpo arrasado. Como si la herida fuera la condición necesaria de la belleza. Como si Gabriela se hubiera volado el pecho y el cabello por decisión propia, para convertirse en otra sin dejar de ser ella misma.
No se trata de una apología de la resistencia ni de un canto a la vida. Gabriela ejecuta una operación política. Reivindica su soberanía. Reina y afirma su condición de sujeto autónomo, que diseña la topografía de su territorio. Gabriela dice: "Esta es mi república y acá mando yo".
Cuando pisamos Venecia, no pensamos que es una ciudad enferma. Una ciudad construida sobre pilotes de madera que ceden ante la fuerza de las corrientes marinas. Una ciudad asediada por el derrumbe es, para nosotros, el epítome del esplendor.
En 1990, Gabriela escribió un libro de poemas llamado Venezia. Eligió hablar sobre una ciudad, es decir sobre un cuerpo, enfermo. La diferencia entre Gabriela y Venecia es que la enfermedad de Venecia es subterránea y puede escapar al ojo que la mira. Gabriela no tenía laguna donde enterrar la amenaza y sus catástrofes. Si una laguna le hubiera sido concedida, tampoco las hubiera enterrado en ella. En su cuerpo el tajo del pecho ausente es una planicie perturbadora. Su cabeza rotunda seduce e hipnotiza. En Gabriela todo está liberado, entregado al ojo y negado a la agonía.
En Venezia, Gabriela habló sobre el delito en los pliegues, la agilidad en la noche y su gato. Escribió las palabras que siguen. Pocas veces vi una mujer tan bella. Descuento que la muerte hizo su trabajo con los ojos cerrados. Y que Gabriela los tenía abiertos y la eclipsaba con su fulgor.
Desde hace años peligro.
De manera tal que ruedo, caigo,
negocio mis bordes sagrados.
Con frecuencia transcurro con suma destreza
por la piel de mi enemigo.
Contemplo la blancura en los ojos
como quien mira del templo el rito.
Recuerdo los secretos de mí.
Recuerdo mi crepúsculo de espada,
de lanza erótica y tortura.
Ya mujer antes que profecía, que testigo.
Las cenizas, que como pacientes serviles
se extravían a la hora del combate.
Cuando me levanto doy a mis encarnaciones, es decir,
a cualquier corporalidad que conserve aún la gloria,
la posibilidad de olvidarme;
me refiero a que recién entonces me levanto.
Húmeda de vendajes
entro en este templo como en la exasperación:
maniatada, ardiente y dividida.
Veo mi cuerpo de perfil, mi ciego.
La larva que es mi cuerpo, que relame.
Los contornos del ojo, el sepia que es, que distrae.
Estoy de rodillas, la silenciosidad
que hace que nadie me sepa secreta,
que nadie escuche la porosidad que hay,
que hiende, que involucra.
Estoy atenta a ese sonido.
Soporto, conduelo el agujero de mi boca.
Prosigo por las partes
que nunca sabré que son miradas.
Me refiero al delito que hay en mis pliegues,
su agilidad para la noche, mi gato.