PÁJARO DE CHINA
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miércoles, 30 de marzo de 2016

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - VI




Imagining you, Pep, while the wind keeps blowing, 

Es un viento salvaje y espectral, desatado en vertical desde mi nuca. Penetra en mi cabeza para desintegrar. Ya sé de qué se trata, ya lo espero. No supe, no pude construir las armas que lo rindan. Darle de comer bandera blanca, para que no se afile los dientes en la roja. Que me analfabetice, a mí. Que me vacíe de piedras la boca. Conduzco este carguero como un ómnibus de larga distancia. El monstruo vino a desbaratar la burocracia, con el regalo del suspenso en sus tentáculos. El suspenso es la bomba a punto de explotar, no sé dónde ni cuándo. Tic-tac, tic-tac, susurraba el viento, golpéandome la sienes. El viento hizo de mi cabeza una granada, una granada de trinchera. Los hombres se enamoraban en la primera de las grandes guerras, no hubieran podido sobrevivir si no se amaban. Esto no lo aprendí en la escuela, lo supe al conocer niños varones, untados de barro y excrementos, perdidos en sus cascos, meados de terror y de la mano, prometiéndose amor en una zanja que era una inmundicia. Se besaban con desesperación. El amor no hacía falta. Eran amigos, se mordían las bocas, se hacían compañía, se tragaban los mocos y las lágrimas mientras la noche se agujereaba, con disparos de obuses. Arriba habían organizado una fiesta mortífera. Las sobras les caían desde el cielo rajado.

Las lágrimas que uno se traga se niegan a su condición de testimonio y se anticipan a su destino de evaporación. No sirven ni para atesorarse en lagrimarios, para probar cuánto lloré hasta que regresaste de la guerra, o medir como relojes porta-angustia el tiempo exacto de los duelos. Los lagrimarios se colocaban en las tumbas, con lámparas y botellas de licor. Gotas en sus burbujas de alabastro, terracota o cristal. Reliquias en sus frascos de peltre y plata victoriana. Por un orificio se evadía la lágrima, la desaparecida. La huérfana de huella no lega cicatriz. El pañuelo es un asunto de buenos modales, un plus inútil para no dar la cara. La sangre tiñe y mancha como el pis de los niños amantes, que deja su mapa maloliente en los calzones. El monstruo sangra ácido, que urge la economía de los trapos, el jabón, el cepillo. Seco el sudor con el reverso de la mano, pero no me duele. Detrás de la lágrima, me voy toda yo. Y su vida es tan breve como la de ciertos insectos sin historia, que nacen para aparearse y suelen vivir un día. Se extinguen mientras los huevos de las hembras flotan en el agua. El monstruo, mi evasivo mutante xenoformo, crece para durar y se va para volver. No me depara el horror de lo que vi sino el que asedia con la forma latente de lo que no se ha visto, todavía; no el que se experimenta y se atraviesa, sino el que se anticipa.

Los monjes tibetanos se inclinan a crear sus mandalas de arena. Trazan sus figuras geométricas, las siluetas exactas de sus deidades, las superficies que esperan su color. Con sus varitas de cobre frotan un cono delgado y diminuto, del que cae la arena coloreada. Hay que inclinarse, concentrarse y frotar, durante días y días. El fulgor exige paciencia. Un mandala de arena es sombra y embrión, cargado de resplandor que espera, para volcarse finalmente en perseverantes dosis ínfimas. Cada monje se ocupa en silencio de su parte, desde el centro hacia las orillas del mandala. Oigo caer los granos minúsculos, los oigo avanzar con lentitud extrema, derramarse hacia los bordes, verterse como lágrimas. Un mandala terminado es una pequeña catedral. Los monjes se ríen y extraen entonces pinceles como escobas. Difuminan y barren, en segundos, desde las orillas hacia el centro, la construcción a la que se entregaron sin medir (coloreaban milímetro a milímetro, sin registro de la totalidad). Hicieron algo hermoso sin verlo y sin pensarlo, callados y a la par, y de la misma manera lo abolieron. Nadaban en un puro presente, de altísima proximidad con la materia, de absoluta abstracción (visto de cerca, todo se deshace).

Así nada Ò., cuando abandona la carne de las guerras para ser crayón y ya no tiene miedo. Especialmente porque Oli lo espera en la orilla y dibujó una línea celeste para Oli, una correa desatada, un amoroso andarivel que él no verá porque está boca abajo sobre el agua. ¿Es agua o espacio mental o este espacio exterior que el Nostromo atraviesa como un barco, con la parsimonia de los monjes? Lo miro y pienso si estará dormido, si estará agotado de combatir el miedo. Somos nosotros los que le ganamos por cansancio. El que se cansa dice “basta, porque hasta aquí llegué, que pase lo que pase, porque ya no me importa”. Hay restos de Ò. a su alrededor, como si fueran bollitos de papel, estrellas fugaces, carne de crayón desgajada o salida, por propia decisión y dando el salto, del límite del cuerpo, el tablero cuadrado del mandala. Son restos para Oli, por si quiere comer. “Te dejo mis pedacitos y una línea, para el hambre y para el extravío”.


Escucho moverse al monstruo en la oscuridad. Saco de la mochila a Heathcliff y su prepotencia del amor, con sus picos y palas. No soportaba el paso de los pinceles sobre Catherine, la desaparición de su figura de arena. Ella ya no estaba, ya no estaría jamás en ninguna parte. Los monjes tañen sus campañas, recogen los restos de lo que fue una forma y los arrojan al curso de agua más cercano. La arena coloreada se hace remolino líquido, deja de ser color, deja de ser arena, ya no es nada sino agua que corre. Coloco el dibujo de Ò., como si fuera una estampita, entre las páginas gastadas de mi libro.Tengo una confianza extraordinaria en sus poderes de transmigración, porque me ha dicho: “la planta que no supe llevarme me ha esperado, viva. yo no rezo, riego. a mí no me rezan, me acarician. he ido al cajón de la ropa, antes de ducharme, y he cogido el penúltimo calzoncillo limpio. lavo el mundo. yo, el insignificante”. Dichoso en la minúscula y la disolución, en la oscilación de lo penúltimo.  

No te seques las lágrimas. Ellas, solas, se van. Tienen que fluir hasta deshacerse, como Catherine, que es uñas, pelos y dientes mezclados con la tierra, el timbre de una voz en retirada, la tela de un último vestido en una zanja vuelto jirones de trapo, hilos sucios a los que trepan las hormigas. No insistas en cavar ni en quedarte a su lado, es el color borrado del mandala. Ya no puede escucharte, vuelve al polvo de la topografía subterránea, esa extensión nocturna que desciende en vertical y en la que se atarea, como un monje, la fauna despreciada, invisible y experta en continuidades. No la vi en el cielo mientras el Nostromo se elevaba. Alcé la vista pero no vi nada. Quisieras lamer sus lágrimas, como un perro. Pero una lágrima no es pelo, ni diente ni uña, ni objeto de autopsia ni recuerdo en singular en una caja. Las madres no conservan lágrimas de sus niños. No tienen jerarquías, son efímeras, como los insectos que copulan y se extinguen, las pompas del jabón con el que friego la sangre y el ácido y el pis, la camiseta manchada de sudor. Tienden a correr, no saben testar, vienen a bajar, no dejan tajo, puntos de sutura, síndrome del miembro fantasma.

Las lágrimas son los únicos mandalas del cuerpo.

Ascendí y contemplé nuestras supersticiones. Las tumbas colgantes de Echo Valley, por encima del valle de pinos, las terrazas de arroz y las cascadas. En la aldea montañosa de Sagada, desde hace dos mil años, sus habitantes hacen realidad una metáfora y se construyen, a cierta altura de la vida, cada uno su propio ataúd, con la corteza de los árboles. Allí descansarán colgados de peñascos, clavados torpemente a un precipicio, en sus botecitos fúnebres y encallados en la altura de piedra. A veces los aldeanos clavan también una silla al lado del cajón de modesta madera, por si el difunto quisiera salir y descansar (sentado). Tan alto está en su cementerio de aire, que los deudos, abajo, sienten que vela doblemente sobre ellos. Y al estar tan alto, les deja la tierra libre para la cosecha. A la superstición se accede a golpes o en cuotas, también de pragmatismo. Se organizan excursiones a Sagada. Los turistas fotografían y filman tumbas de aldeanos anónimos, por el solo hecho de que están colgadas, como cuadros desvencijados u ovnis pobres.


Los turistas gritan y el eco del valle les responde. Vi las bocas como ceros y vi después las ranuras de las risas. Me vi a mí misma en el Nostromo, este cajón mecanizado del que no puedo salir y aun si pudiera, ¿para qué? En el espacio nadie te escucha gritar. La desesperación es que no haya horizonte. Por eso nos construimos, además de Echo Valley, posadas y tabernas, tiendas y galerías. Metrópolis. El urbanismo es la respuesta a la extensión sin bordes del espacio. A la fiebre de la pradera, a la neurosis de la pampa. El urbanismo es una prótesis.

Repito mentalmente ese poema tuyo que me sé de memoria: “y la sal abrasando las enfermas cabezas / ocultas tras el vidrio tintado / las violentas moquetas / las mamparas azules”. No es el sol lo que quema, es la sal. Y yo quiero estar sola para arder a conciencia en este mar de fórmula desviada, parada en el desquicio de su sal, frente al monstruo que viaja conmigo. Con Jones a buen resguardo (lo pequeño es más fácil de poner a salvo) y el lanzallamas como una ortopedia de mi suerte. Soy la mujer de Lot, miré hacia atrás para ver Sodoma, con su ardor genital y su lluvia de azufre. Quería ver el desastre y el castigo. La curiosidad cuesta caro, porque los dioses saben bien de qué se trata: la especie más resistente, por cándida y entusiasta, de insubordinación. Los curiosos usan trampolines, trepan a los armarios para espiar de antemano sus regalos, corren a ver cuando una nueva orquesta llega al pueblo. Ahora soy columna de sal mientras amanece. Ahora Sodoma está adelante, repta y respira en una galería del Nostromo. La curiosidad es impenitente. Y yo sé que volveré a mirar.






lunes, 14 de marzo de 2016

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - V





Unfailing Pep, they say down there (so many things they say…),


Nosotros fuimos a buscarlo. Fuimos nosotros. Como siempre, era una cuestión de distancia. ¿A qué distancia mantenerme para no hacerte daño, dónde pararme para evitar el daño en mí? Deontología básica: cómo vivir juntos sin herirnos. Cine: dónde plantar la cámara sin invadir el plano, como si el ojo se amparara detrás de un árbol, para no ser suicida o cazador. Nunca sabré cuál es la distancia adecuada para que no corran lágrimas. Todo llora a su modo. El animal llora en seco en su doble mudez, la savia boquea en el corte, el llanto se atasca entre las piedras.

El alien era puro cuando Kane se acercó demasiado y es puro ahora que anda suelto en las galerías de la nave. Adherirse a la cara de Kane fue la reacción inmediata para la que toda su vida lo había preparado. La materia no piensa en su plan. Esa es su majestad, su insuperable extranjería. ¿Por qué habríamos de exigirle piedad a la materia? La forma de la materia es su intento de sobrevivir. El alien tiene una boca adentro de su boca, con la que nos fecundará como un vampiro ahora que su esperma ya no está en reposo. A doble mudez, doble mandíbula. El monstruo es una criatura a la que le interrumpimos el sueño. La transgresión de la ley de la distancia desata su mandíbula interior, esa que no te causa miedo sino espanto. Vela tus crímenes, quema tus banderas en la noche. Por favor no te duermas en la torre de control.

¿Qué esperar de una figura al pie de una crucifixión, sino un acto amoral? Vimos los clavos y la cruz, vimos cómo crecía el niño mártir. Fuimos espectadores de la flagelación, público en las sesiones de tortura, detrás del cristal de nuestros cascos de astronautas. ¿En qué esperaban que nos convirtiéramos? Rompo el cristal en caso de emergencia, cuando el casco pesa y es tan grande. Pero ya soy un alien, ya estoy transfigurada. No hay niños mártires para las niñas monstruos, a las que les gusta comer flores. Mi taller es la voracidad. Como a los hombres, como a los antropófagos, solo  me interesa lo que no es mío. Yo, todavía, como. Sagrada trinidad de todo dolor, toda esperanza: yo/como/todavía.  

El patriarcado del Nostromo sucumbirá al alien, construido con tubos del sistema de enfriamiento de automóviles Rolls Royce. Tubos montados en su espalda, vueltos ávidas trompas de Falopio. Alien está hecho de cables y bisagras, nació de la contemplación de fotos de karatecas, modelos anoréxicas y altísimas, integrantes de la tribus Nubas, es flexible y veloz como un insecto. Alien como collage y resultado de un procedimiento de ensamblaje. Alvéolo. Pozo para llenar, celda para matricular al condenado, agujero en el que se incrusta el diente. Monstruoso en su elegancia, monstruo porque es elegante, es decir, irresistible sin esfuerzo, sin conciencia siquiera de su cualidad, tocado por la gracia de ser sin saber cómo. Vino para hacer colmenas, como una peste del amor.

Mi monstruo es hermafrodita. De su vagina dentada asoma y amenaza un falo. La amenaza se asoma, no se muestra. Mi monstruo no se puede demostrar, es el derrumbe de la matemática. Es mi madre y mi padre a la vez, no sé dónde empezó pero sé que conmigo se termina. Soy técnicamente la última de mi estirpe, no habrá acta donde conste un Ripley. Nadie lo escribirá y a duras penas sé por qué lo escribo.

Lo escribo por sus penas pero sobre todo por su risa. Escribirte es como encestar de espaldas, quiero decir, la bienaventuranza del “-te” que da sentido al verbo, como el destinatario imaginado de la botella al mar, pero con tu rostro y tus palabras. La imagen del mar me pesa a veces, como un casco. Te escucho decir: “la pesada imagen del mar/sube al agua en tu mano rota por la espuma/es martes de piedad no entiendo que te marches ahora pero/está bien”. No es la mano la que parte la espuma, lo sabés, es la mano afectada por la espuma la que se deshace hasta hacerse agua. La mano intervenida por burbujas de sal. Yo quise ser la novia de la naturaleza y el monstruo me escuchó, todos los monstruos sueñan una boda. La cría que perforó el pecho de Kane se esconde y respira en los pliegues del carguero, en posición fetal. El polivalente hijito de Kane, esa anomalía hipersexual, dominará el reino: la corporación ya armó la lista de los vencidos.

La Special Order 937 es el plato de la casa. Según sus instrucciones (“for Science Officer’s eyes only”), el Nostromo fue redirigido hacia la cueva para que la tripulación recolectara extraños especímenes, nuevas formas de vida cuyo regreso a casa debemos custodiar para su posterior análisis. Vi la orden que no hubiera debido ver. Sé que cualquier otra consideración es secundaria. “Crew expendable” es la última frase telegráfica, nuestra fosa común. Fuimos desde el principio los sacrificados, somos estrictamente prescindibles. La corporación se excita ante la novedad, babea ante sus ganancias potenciales. Mamá se quedó en casa y nos mandó a la guerra. Nuestra Madre Coraje pule las libras de carne filial con las que saciará la sed de la gran máquina trituradora y dará por cumplida su misión. Las madres incuban astronautas descartables. Nos entregan a la máquina como si fuéramos papel.

Sobre el papel te escribo porque tengo tiempo, mientras ellos hacen sus negocios. Tiempo para pensar por qué perdí, tiempo para contarlo. Yo no quiero correr y escaparme del monstruo, como Lambert. No quiero examinarlo, como Ash. Como Parker, yo quiero matarlo. Parker es un obrero, en la base del escalafón. Parker es negro, es el único negro en el Nostromo. Baja a la sala de máquinas como quien baja a remar en las galeras. Quiere cobrar su sueldo, no le interesan las probetas de la ciencia ni los parques temáticos de la tecnología. Parker necesita su salario. Yo necesito a Jones y que llegue el invierno para poder usar mis medias viejas, las de lana a rayas de colores. Ir al bar y sentarme a solas, hilar las imágenes de este fracaso, en la rueca mental. Porque esta nave es un laberinto, no hay cueva ni huevos en el exterior sino una cría que crece en la penumbra, un octavo pasajero. Sabemos que está adentro pero ignoramos dónde. El carguero transporta siete paranoicos y un espectro.

Me imagino rodeada de cintas de estrellas. Restos de cuerpos celestes, deflagrados. Polvo que destella como las luciérnagas. Un recinto negro infinito, sin puertas ni ventanas, que contiene el recinto sellado del Nostromo, que me contiene a mí que lo atravieso con un pedazo de vidrio entre las manos, con la insolencia y la precisión de los sonámbulos. Cajas adentro de cajas, cajas chinas. Busco una salida, porque libertad ya sé que no tengo. Para ser libre tendría que eyectarme, de mí.

Encuentro la cornisa del cielo. Camino sin casco, hecha de tus fotos de camisas tendidas al sol en una cuerda, habitadas por un viento que les infla las mangas, les sacude los puños, les agita la tela que debiera envolver un cuerpo que no está y es un fantasma. Solo se ve realmente un cuerpo en la ropa vacía. Solo allí no es imagen sino pura ausencia. Un gran vidrio, o una pluma que cae.

El secreto de la pluma que cae es caer blando.         


viernes, 4 de septiembre de 2015

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - IV




My newly-moved Pep,

¿Dónde está tu casa? No puedo salir para verla. Tu casa es un pulso en el espacio, alineado y ajustado a la tierra según las leyes de la ingeniería. No puedo salirme de mí para tocarla y esto configura ya mi doble límite. Tendrás que susurrármela y confiar en que pueda oírte. Pasa el mensaje a un animal, que está vivo pero es de otro orden. O a una piedra, que es también de otro orden y no está viva ni muerta. Ellos entenderán. No tienen nombre y no saben su edad, no conocen el tabú ni han fundado una civilización. Un ecosistema basta. Me trepé al carguero para huir de casa. A medida que el Nostromo avanza, el ruido se apaga detrás de mí. Y las pastillas son xilocaína sobre el haz agitado de mis fibras nerviosas, carne de la industria química en la fisura interhemisférica. Allí las pongo a rodar. Mis lunas diminutas, mis fichas circulares sobre el paño ávido. Caen en el canal como señuelos. “Lobo, ¿estás?”. Ya está, ya lo dije. El miedo es una invitación.

Mi primer recuerdo es el acto de fabricación de un recuerdo. Tenía cuatro años y un tapado rojo, estaba en la esquina de una calle, a pocas cuadras de la casa de la infancia, tomada de la mano de mi madre. Pasaba un automóvil. El sol de la tarde reflejó por un instante las ramas de un árbol sobre su superficie. La sombra en el metal, como un chasquido. Había anticipado la sombra y preparado los ojos que cerré, sincronizados. Mis relicarios, mis inconscientes nadadores. Mi instrumento de caza. Guardé el reflejo que vi, para que no se fuera. El reflejo de un árbol fuera de mi campo de visión, la sombra de lo que no podía ver, como tu casa. Los recuerdos se guardan detrás de los párpados. Tu casa debe reflejarse en alguna parte.

Algo nos llama cada doce segundos. Emite una señal extraña. Kane se inquieta, quiere salir a nadar del otro lado. Prepara su exploración lúdica, es decir, su expedición invariable de conquista. Sale equipado para dominar. Pero no previó lo que lo espera, no lo fabricó, no lo incubó, le es ajeno. Hay otros constructores. Mamá lo sabe, y la corporación que es su ventrílocuo. Pero nosotros, no. Ahora te diré parte de lo que vive fuera del Nostromo. El resto de lo que vive, no lo sé.

Es pura humedad, metal y niebla. Modelos a escala de maquinaria bélica de la Segunda Guerra, puestos a sudar en la ficción de un paisaje en ruinas. Naves y tanques, bombarderos, réplicas desplazadas de su escenografía habitual. Un piloto petrificado en su butaca de comando, desfigurado hasta la alienación. Un piloto alienígena. Y huevos perfectos, de considerable tamaño, alineados con delectación. Un huevo es una cosa terrible. Tiene cosas adentro, como una caja, pero no sabemos quién las puso. Y se mueven. Todo parece respirar a la vista de Kane. Como las ramas de un árbol oculto. Dentro de una inmovilidad aparente, se expande, se contrae. Henchido de vapor, se relaja, desea. Se pega y se desliza, como una sombra. Hubo una vez otro orden. Se estrelló. Sus muertos tendían a reproducirse; sus sobrevivientes, también. Kane camina entre una voluntad. Kane, tan recto y vertical, aguijoneado por una persistencia. Invitado como un corderito. “Kane, ¿estás?”. Kane está. Doblemente puesto en el frente, por la curiosidad intrínseca a su especie y su rol de obrero de esta construcción. 

Mamá mira mientras se ajusta la pollera, la Corporación inclina sus múltiples cabezas sobre los formularios de patentes, se inclina toda ella a recoger y tirar esto que ha sido, hasta aquí, hasta ahora, la soltería de Kane. Siempre tuvo novias pero de una especie. Creía que el mundo estaba dividido en chicos y chicas. Se lavaba. Compraba jabón y hacía espuma. Se perfumaba con agua de colonia, se pasaba un peine y un hilo dental. Se cortaba las uñas. Yo también. Cuando éramos antiguos, hasta llegamos a pintarnos los rostros con savias, ungüentos y pigmentos vegetales, para atraer y copular. Emergíamos maquillados de la cueva, con collares de piedras y aros en la nariz, con penachos de plumas. El ritual del cortejo y el apareamiento exigían la máscara; percibíamos la necesidad de la repetición, hasta que de tanto ejercitarla, para fundar un orden y una ley, ya no la percibimos más. Nadie nos puso un revólver en la sien. Esa fue la cortesía de la casa. Ya lo viví, ya me cansé. Hoy me lavo la cara como quien se bautiza. Mi lujo es el agua y elegir mi nombre. El Nostromo corta cuerdas durante temporadas. Pero esta es la última que nos verá volver.

Porque Kane avanza con un puñado de tripulantes masculinos, dispuesto a profanar con paso firme el altar brumoso de esta civilización hiper-biológica, sexual, hecha de arena y yeso, fibra de vidrio, roca y lava de calculada utilería. Kane no lleva regalos diplomáticos, collares ni coronas. No exhibe animales ni especias exóticas, no tributa cráneos en nombre de un dios. Ni se le ocurre seducir y, mucho menos, aplacar. Con esa sonrisa boba de niño que se cuela en el jardín vacío del vecino, perfora una apertura vaginal que no le pertenece. Al ser de otro orden, la nave abandonada portaba en su cerrojo un himen. Eran las capas de niebla sucesivas que envolvían los huevos, la maquinaria derruida, los escombros de una organización hecha pedazos. También el desastre exige respeto. Es una composición quieta y silente, atemporal. Nadie sabe cuándo se termina. Lleva cartuchos guardados en la espalda, usa falsas banderas de rendición. Kane debió detenerse en la apertura de esas piernas metálicas, medir la consecuencia de sus pasos. Pero Kane no es un estratega, es un bendito que no piensa en el después. Es como si las hileras de huevos palpitaran. La nave abandonada exuda fluidos, incuba esa cría en su envoltorio, alimenta lo que sea que cargan esos huevos. 

Nave-nodriza, ruega por nosotros, los que empezamos a violar. Los que fumamos cigarros y escupimos en todos los espacios y olvidamos, acelerados y hartos, que todo cuerpo es un recinto sagrado. Podríamos reemplazarte la cadera, transplantarte un órgano, colocarte un marcapasos, fertilizar in vitro la cría de tus huevos espectrales, intervenir el mapa de sus genes. Seleccionar a los más aptos, ofrendarte un ejército de cyborgs, establecer alianzas y emitir nuevos certificados de acciones. Nuestro carguero refina petróleo, los pozos de petróleo financian cuchillos que decapitan niños, aceite que quema las carnes impías, latigazos hirvientes tallados en la espalda de la adúltera. Se inicia nuevamente una era de grandes migraciones. Después de las trincheras y los hongos atómicos, después de los campos de exterminio. Otra vez los trenes de los deportados. Y un cementerio marino, tan eficiente como la caja de un camión. Migran los que sobran. Nave-nodriza: ¿te interesan? Te los darían gratis, a cambio del huevo que está tomando Kane.   

Por supuesto, no te importan. Nada le importa a lo que sale del huevo que estalla, excepto sobrevivir en un ambiente inhóspito (no se culpe al monstruo, no se culpe a nadie). La salida es tan rápida que Kane no atina a moverse. Así funciona la Gran Interrupción. Después el jabón, el peine y el hilo dental adquieren un estatus mítico: lo de todo aquello que alguna vez fue, sin revelarse en su potencia, sencillo e ignorado, antes del daño. Objetos de una vida simple, arrojados en bolsas de basura. O conservados hasta la reanudación de las condiciones normales de existencia. Que ya no serán normales. Cada cosa pesará en la mano, preguntará el por qué de su función y quemará de autoconciencia, recargada como los revólveres.    

Kane se salió de la rueda de la repetición, esa garantía de felicidad precaria. Esta es una revolución guionada. Mamá la aplaude encerrada en el baño, la corporación imagina un parque de atracciones, un sucedáneo de los viejos barracones, de la feria medieval de atrocidades; llama a concurso de proyectos. Del huevo salta un organismo vivo, pegajoso y de alta lubricidad, que se adhiere a la cara de Kane como una ventosa. Es horrible porque no es un cisne, porque nos enseñaron que los cisnes son hermosos. Dice el guion, adánico: “facehugger”. Kane se debate con un “abraza-caras”. Imposible arrancárselo, lo chupa, lo presiona, le busca con un falo erecto, pequeño, resbaladizo y presuroso el único orificio disponible: la boca. Por la boca lo penetrará, le cobrará con intereses la violación inaugural de este paseo a ciegas y desventurado. Esta sesión de sexo oral es entre machos. Precisa y eficiente, como el patriarcado del Nostromo.     

Todo monstruo sabe lo que hace, dónde se prende para consumir, qué partes debe mostrar para aterrar y qué partes ocultar para aterrar el doble. El facehugger trabaja de volar las certidumbres (la ciencia ficción le paga el sueldo). Sé que no debo permitir que Kane vuelva al Nostromo, que traiga esa peste con él. Puede infectarnos a todos, tengo que funcionar en modo-cálculo, tengo que trabar las puertas y darlo de baja. Debo ser maquiavélica: Kane es un medio que nos pudre el fin. Debo ser la cruel, pero soy solo la teniente Ripley, la segunda en la línea sucesoria. Ya es tarde, el monstruo está adentro. La señal no era de socorro sino de advertencia.   

Entran a toda velocidad, rumbo al quirófano. Es la hora del uniforme blanco, el bisturí y la biopsia, el frasco con formol y la jerga de Ash, que por esta vez se ha quedado sin palabras. Rápidamente las acuñará, hasta crear una especialidad rentable. Tendrá que esmerarse, esta vez. A Kane se le parte el pecho. Se le parte la caja torácica. Kane se parte en un trabajo homicida de parto. El interés punitorio de la penetración fue esta fecundación forzada: de las entrañas desgarradas de Kane sale eyectado un no-sé-qué-decirte. Dice el guion, creativo: “chestburster”. Kane ha parido un “estalla-pechos”. El hijito de Kane, lustroso y saltarín, nauseabundo, se escabulle en los corredores del Nostromo.  

Extrañarás a Òscar, su forma divisada a la distancia hasta llegar a la mesa del café en las últimas tardes del verano, junto a Oli. El lomo sedoso de Oli, sus impensadas orejas de murciélago, su rabito adorable y su contextura de maorí. Nadie puede más que un hombre junto a un perro. Oli crece en la isla, Oli con “o” de Òscar, aros donde caerse y resbalar en la lógica insular de un hombre-búfalo que se desprendió del continente. Y es puro contenido ahora, témpera derramada, grafito sin correa, tinta china sobre un papel de agua circundante. Oli está dentro de Òscar que está dentro de Pep.

El otro, Pep, está adentro. Pero este no es el otro que suelen devolvernos los espejos. La lucha no es del hombre contra la naturaleza, sino de lo humano contra lo no-humano. Es lo no-humano lo que hizo nido en nuestro tórax, hasta partirlo como un palo viejo. Es el recién llegado, la antiquísima amenaza, el extranjero. Tendremos que hablar del alien, que solo quiere hacer entre nosotros lo que nosotros mismos no hemos dejado de hacer desde el comienzo: pujar para reproducirnos a toda costa, a pesar de todos los obstáculos, a cualquier precio.          



(jones sueña y se agita; sueña con un lanudo que duerme en tu galería, sueña tu mano sobre el lomo del sueño de los dos)




martes, 5 de mayo de 2015

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - III




My-still-visible-Pep, 

La sala del hipersueño del Nostromo es el jardín donde salimos a jugar y nos quemamos las manos. Monto un caballito de madera sobre un mar en calma, recojo flores silvestres al pie de un volcán, arrastro una mano por mi sombra reflejada en una larguísima pared. Llevo zapatos de charol rojo, con hebilla, y una hebilla negra, metálica, con un estampado de florcitas brillantes en el pelo, peinado con una raya al costado y resueltamente corto hasta donde se inicia el cuello que nadie verá, porque estoy sola. Cuando cae la noche se encienden las velas, huelen a racimos de uvas. Hace frío y se deshace el mar y el caballito de madera se balancea en el aire y cae muy lentamente en la garganta del volcán donde huele a azufre. Mastico uvas imaginarias que desaparecen en mi paladar, como si fuera una pared que se roba las sombras. Me concentro con todas mis fuerzas en las llamas impávidas que alumbran los corredores del volcán, desciendo hasta la base de su lengua, con la pollera sucia y las medias rasgadas - mis primorosas medias blancas y caladas, que una tía embarcó para mí en Niza. Me acuno a mí misma en posición fetal, oprimo mi cruz de plata contra el pecho, me hablo en voz muy baja para no perderme, me digo que todos mis recuerdos están hechos de formas que hablaban en voz baja. El resto era forma atormentada por el ruido y desapareció. Pego el oído al suelo del agujero en el que estoy, quiero escuchar el paso de los peces, el roce de las algas, el contacto parcial y provisorio de monedas, cucharas y peines contra la plataforma de arena submarina, un mechón de pelo en su cinta de seda, mis juguetes de madera, un resto ennegrecido de cordón umbilical, el papel de seda que envolvió en Niza mis medias caladas, dientes de leche sueltos de sus relicarios.  

No confío en mi madre. MU/TH/UR 60000 es el cerebro del Nostromo, esta casa embrujada en cuyo vientre estoy. Mi madre es una desconocida que en cualquier momento puede escupir su lava. Sumergir mi cabeza en el agua mientras ríe, deleitándose en sujetar mi nuca; ignorar lo que golpea en mi cabeza hasta que estalle y se astille y la clausure el candado del coma; burlarse de mi diario íntimo en la mesa, dejar en claro que es la dueña del candado. Transpiro en el sueño, ¿por qué ella debería saber quién soy? Quizá yo no haya sabido hablarle en voz lo suficientemente baja. Mi pericia se agota en los umbrales.

Pero ella, Pep, es el ordenador que dirige el Nostromo; y el Nostromo es la nave de una corporación. Estamos a bordo de un carguero. Mi madre está controlada por una compañía. Eso es el mundo y todo lo que me dieron es una cruz de plata. Mi forma es solo mía, la hice yo. 

Una torre se inclinó cuando tu hijo la vio por primera vez. Giró la cabeza y te buscó. No hay una línea de tiempo en esta historia, sino instantes que absorben los tiempos verbales como el remolino implacable en el que se hunde un buque naufragado. La historia es el buque. El remolino es nuestra oportunidad de ver de frente el ojo amoral y arrasador de la naturaleza, ese ojo de cíclope que inexorablemente conduce a todo a su lugar, es decir, al fondo. En ese ojo en espiral giran la torre, el hijo y el padre. El hijo se vuelve en silencio, para confirmar al padre, que es su ley, que la torre ha desafiado las leyes de su arte sin derrumbarse todavía. Cada mirada inaugural funda la forma que la espera, que ojos sucesivos tallarán al cavar pliegues, desplazar apenas partículas de polvo, plumas de arcángeles y mensajes cifrados. Tu hijo busca la soga de tus ojos. Sonríe. De pie en el centro de una línea donde lo único que sobrevivirá es una torre, con una hebillita de flores a sus pies. Ese instante es una parcela extraordinaria de eternidad, antes de la desaparición de nuestras formas. 

La camisa a cuadros de tu hijo buscó la forma de Òscar, una forma habitable hacia la que migrar. Así se trenza la arquitectura formidable de las telas. Así duelen hasta lo insoportable las camisas vacías de los náufragos, los zapatos sin pies, el vestido de ahora en más deshabitado. Heredar es inútil, los trapos del desaparecido se mueren con él. Las cosas deben circular entre formas vivas. Como regalos o trueques, como robos. 

A las 4:54 a.m., los lobos salen a comer al parque de mi psiquis. Son dos o tres pero nunca fallan. No van en manadas. Andan solos. Con los años he aprendido a respetarlos. Por eso abro mi cofre y salgo de mi tallo y escribo. La consigna es no enloquecer. Por eso tengo a Jones, enredado a mis pies, mi cuaderno de apuntes, el lápiz de grafito y esta desconfianza. Y un cuenco de madera, con sopa de sobre. Apoyo mis manos en el exacto círculo del cuenco, para sentir el calor primordial de mi brebaje. A la forma de mi cuenco se sobreimprime la forma del cuenco de cerámica de Òscar, en el que recoge la lluvia que cae en su terraza; el cuenco bebe-lluvias. A veces sueño con un monstruo, elusivo y húmedo. Su maestría reside en mostrarse de a partes, en concederme la graciosa y desesperante majestad de vislumbrarlo, y en vivir sepultado dentro de mí, la teniente entrenada en la estrategia. Cuando toque a la puerta, yo le habré dado de comer, lo habré creado. Es a mi obra a quien daré la bienvenida.

Como yo, el monstruo se esconde en posición fetal, en espacios húmedos y oscuros. Alguna vez fue cachorro, fue pequeño. No quiere esclavizarme ni comerme, no quiere mis escrituras, no le importan mis ahorros; creció para violarme. Violarme para reproducirse es lo único que le interesa. Con la bendición de MU/THUR/6000, debidamente adoctrinada, para el beneplácito de la corporación. 

Todo transpira ahora. Es como si lloviera en el carguero sellado, es el presagio de la lluvia que se desatará más tarde sobre una ciudad. El agua rezuma en la red de galerías, chorrea por los tubos de ventilación, empapa los pasadizos y los túneles. Me quito de la frente la transpiración. Llevo el pelo largo. Si no fuera así, se diría que soy un hombre. Pero no. Doblada en cuatro en mi cuaderno de apuntes, llevo la lista de las chicas muertas. Alguna tendrá que ser la final girl. 

El sudor es sexual, se infiltra en el Nostromo desde alguna parte. Desde un planeta aún desconocido, alguien envía señales cada doce segundos. Kane es curioso, quiere salir a ver. "Curiosity killed the cat", digo para mí, que bailé durante los '80. Dondequiera que esté, quiero volver a casa. El resto de la forma de esa casa dependerá de mí. "Down to earth", les digo a cada uno de los siete, incluidos los cinco que, a su debido turno, me odiarán. "Down to earth", repito airadamente, alzando a Jones y escondiendo su cabeza en mi hombro. No se lo llevarán. "Down to earth", los miro fijamente, pero sin esperanza. Siempre fue tarde, ahora que lo pienso. Mamá decide. Mamá, con pulso implacable y voluntad de acero, guía a sus hijos vírgenes en el espacio. Mamá se limita a transmitir decisiones. Estamos en manos de una marioneta. 




           

(bailar desorienta al monstruo. bailemos). 






viernes, 24 de abril de 2015

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - II





Never-forgotten-Pep, 


En esta cámara individual del hipersueño, mi cuello no está expuesto a colmillos afilados, dispuestos a que el semen se derrame sin hijos a la vista. El semen malgastado es imperdonable, por eso vive del lado de la sombra. Los astronautas, Pep, somos reclutas vírgenes; como los ángeles, no tenemos sexo. Vamos vestidos de un blanco virginal, no desgarrado. Si el sueño de la razón produce monstruos, el hipersueño de esta razón que ya lidió con monstruos es una concepción tecnológica e inmaculada, en la que la mujer, eterna incubadora, definitivamente sobrará. Nosotras, el recordatorio del ciclo irrevocable de las estaciones, con nuestra indetenible sangre menstrual que hay que obturar y tapar para que no se note y anotar en el calendario lunar de los días fértiles, como quien lleva un registro de libros de comercio; con nuestros órganos sujetos a control, extirpación y criopreservación in extremis, para salvar y congelar en el último instante la posibilidad de la reproducción que todo proyecto de futuro necesita. ¿Qué pasa si no puedo? ¿Qué pasa si, además de no poder, no quiero? Por eso estoy en el Nostromo, donde mi sexualidad es prescindible. Es fantástico haber comprendido que no quiero después de haber aprendido que no puedo, que mi cuerpo no pudo porque yo no quería. Mi cuerpo expulsó proyectos de hijos muertos, con poca soga vital, mal alojados. Y después dijo basta. El cuerpo dice primero lo que la cabeza entiende después. Ya somos demasiados, Pep, ya hemos hecho demasiado daño. Mejor hacer espacio gradualmente a un mundo de glaciares y mareas, rinocerontes lanudos y silencio. No me gusta sacar fotos con gente. Busco la ruina industrial que pueda asilar una nueva especie, sin rasgos comunes con su antecesora. Sin trompetas de Jericó ni Juicios Finales: un lento sustraerse al mecanismo impasible de la rueda, negándole los pedazos de carne que tritura, mastica y escupe en sus instituciones. No echar simiente ni dejar herencia. Que no te importe en absoluto la posteridad. Que la inexistencia de la posteridad te resulte finalmente un gran alivio, la balsámica sustracción mayor, el corte de manga radical al imperativo de la producción (la producción de recuerdos incluida), el punto final a este cansancio. ¿Quién puede estar tan seguro de sí mismo como para aspirar a ser recuerdo? Otros amarán las cosas que yo amé, eso es todo.

No voy a contarte cómo llegué hasta aquí. La trayectoria estaba marcada, de algún modo; su origen, como el origen de todo lo que alguna vez comenzó a existir, fue amoral, salvaje. Los mapas militares, los usos y costumbres, las tradiciones familiares, los reglamentos y los protocolos se montan sobre actos de enorme prepotencia. Son el intento, tedioso y opresivo, de domesticar un puñado hirviente de pulsiones. Sentimos que teníamos una ley. Qué tarados. Estoy en un cielo donde desaparecen los aviones, donde los pilotos estrellan su avión contra los Alpes y quedan ositos y cuadernos y piernas y dentaduras en la roca, que nadie podrá recomponer. Dentaduras y piernas, cuadernos y ositos flotan en la cabeza partida del piloto, resuelto y deflagrado, atrincherado en la cabina de comando donde al fin es rey. Si el bien está en las cosas, ¿por qué se angustian y se enferman los que pueden tenerlas? Mi aliada es la industria farmacéutica, que me promete el equilibrio que aprendí a desear. (Philippe Petit en la cuerda floja, su capacidad extrema de concentración, la delicada curvatura de sus pies, hecha de todas las cuerdas de su historia). Aparto lo que no puedo digerir; si me lo meto en la boca y rumio, lo regurgito con un simple e inevitable movimiento peristáltico. Me entreno en las delicias de la Coca sin gas. Como quien se inclina a beber, con desesperación, agua estancada. No es un consuelo, es un descubrimiento impensado, es el placer de lo liso y de lo quieto. Como quien lame una piedra y la atesora, sabiendo que jamás hará de ella una naranja.


El día comienza con el reflejo de una instrucción de ordenador en un casco vacío. La proyección de un fragmento verde que titila, bellísimo e incomprensible (como los carteles luminosos de las metrópolis) en el lugar en el que debería haber una cabeza. Ese casco es Shangai. Y el muñón remite al brazo más que el brazo mismo; también las prótesis y la ropa vacía. Los nudos en la garganta se hacen con la tela de la ropa de los ausentes. No los he visto por aquí. Pero en un convento terrenal se conserva como una reliquia una pluma del arcángel San Gabriel. Creo en esa pluma porque nos la inventamos. Porque es leve y es frágil y es mentira.

Yuri Gagarin tenía apenas 27 años y el traje de astronauta le quedaba demasiado grande. A todos nos queda así, vamos perdidos adentro, como niños que heredan la ropa de los primos prósperos. De la tela de la ropa heredada también se hacen los nudos que nos dejan sin palabras. ¿Palabras para qué? Un momento histórico para la humanidad se reduce a la menudencia de un dolor de huevos, o a las tremendas ganas de hacer pis y no poder. O poder y mearse al fin, entregado y dichoso, para no perderse la fiesta de ahí afuera. Salir a ver los cráteres lunares, hundir los pulgares en la estela de la Vía Láctea, cazar falsas luciérnagas como un alucinado, esquivar las jabalinas de basura espacial, cerrar los ojos y dejarse ir, todo meado por dentro y que traspase. El pis del terror y el de la vergüenza, el pis de la ansiedad y el de la risa. La suma de todos los meos en el pantalón de Yuri Gagarin. La filosofía es una nota al pie de un pantalón meado.


La libertad que no puedo ver vive en el descampado del cielo. Si el mar es una tumba, el cielo está virgen, como los astronautas, de urbanización, de turismo y de lealtades. No conoce las estampillas ni los rublos con la cara heroica de Gagarin. No sabe qué son los mausoleos, las columnas trajanas, los altares. El cielo es el cielo porque no ofrece ni impone nada a lo que asirse. Su falta de horizonte podría enloquecerte. Siete años después de su proeza, Gagarin se estrelló en un vuelo de rutina, por obra y gracia de un error humano. Quizá el cielo sea la cabeza de un casco vacío; el casco refleja un número determinado de constelaciones, una jerarquía de cuerpos celestes, una manera de orbitar. Pero la cabeza del cielo, vertida como Coca sin gas en ese páramo, está llena de piedras que no vemos. Reina la dispersión y el caos en la cabina del piloto que inicia una imprevista maniobra de descenso. Es como si llevara un casco demasiado ajustado, que lo asfixia. Su sistema nervioso se acelera. Los nervios del cielo, mientras tanto, cuelgan de sogas como pantalones, se mueven apenas, no guardan estampillas ni rublos en los bolsillos, no saben lo que es no poder aguantar. No irán a ninguna parte a llevar flores. Los nervios del cielo son pantalones que nunca se mojaron, salieron de talleres donde nadie manda, están secos.



(jones se acaba de despertar; 
pasa su lengua y sella el sobre donde va esta carta)

  


lunes, 13 de abril de 2015

LOS CUADERNOS DE LA TENIENTE RIPLEY - I




My dearest Pep, 

A una hora establecida, me tiendo a dormir en mi cofre transparente. Como se tienden a dormir los presos en las celdas y los enfermos en sus cuartos de hospital y apoyan sus cabezas en la cuna precaria de los brazos, con instrucciones expresas de dormir, los niños sentados a la mesa en el jardín de infantes, cuando se impone el descanso de la pequeña siesta que los entrena en la suspensión del mundo. Todos hacemos gala, a una determinada hora, de la virtud fundamental de esta cultura: la obediencia naturalizada. Los insomnes son palos en la rueda del capitalismo, son los que llegan tarde a todas partes. Los ataúdes también son un cofre pero ocultan el cuerpo que preservan, que ya no tiene nada que decir y ningún lugar al que moverse. Lenguaje y movimiento en retirada son las maniobras últimas del cuerpo, exhausto. Ya se cansó de ellos, no los quiere. Y, por otra parte, ¿quién quisiera asistir a lo queda? Solo un amante necrófilo y en vela, una vez consumado por el taxidermista el simulacro módico de una eternidad. Sin embargo, dirás, un hombre cavó un día como un perro hasta estrechar contra su pecho demolido un manojo de huesos, silenciosos e inmóviles. Sí, Heathcliff quería todavía que Catherine le hablara, que alzara un brazo para tocar su rostro lavado por las lágrimas. Pero los dos sabemos que era un desobediente. Un romántico. Tengo mi vieja edición de Cumbres Borrascosas, aquí, en mi mochila en el Nostromo. Lo leía en la tierra hasta el amanecer. 


Te escribo ahora como una Bella Durmiente en este tallo, este estuche de alta tecnología para mi cabeza, que resbala y se suelta y siente caer las cajas de todos los estantes, se descompone y se abre como una cicatriz. Sueña esta carta. Soy la segunda en la línea sucesoria. Sueño que, a su debido tiempo, los cinco que queden me odiarán. Hoy somos siete, listos para dormir en torno a una corola mecánica. Y Jones. Jones que, hecho una dona en el triángulo de aire que forman mis rodillas flexionadas hacia la izquierda, hace de mis rodillas flexionadas una caja. Extraño Dunkin Donut's, el magenta. Amo a Jones porque me ofrenda el tesoro de lo que no conoce: la bipedestación y las palabras. 


¿Qué hora es? ¿Hace frío? Cosas que ya no me pregunto y que me dejan tiempo libre para pensar. Esa clase de tiempo desesperante. Sin filtros, sin bobinas, sin cajas ni cofres. Tiempo que se hace peso y no conoce sin embargo la ley de gravedad (en el Nostromo levitamos con los ojos húmedos). Tiempo con dedos de navaja. Si pudiera salir a caminar el espacio no sería este viento que me empuja aunque esté encerrada. El tiempo que me pasa bebe de mi cabeza, sopla cuando se inclina en este estanque eléctrico. Me hago fuerte como un hombrecito. Y siento un poco de ternura por mí, que ojalá fuera pena (la pena se puede combatir). 


Pienso si es eso que era una tarde en tu ciudad, si Òscar hace una siesta en el sofá, con Oli, y ninguno de los dos se sabe, aunque compartan esa forma extrema de la intimidad que es dormir juntos. Con Jones ya tenemos el agua de la mitad del plano para abajo, yo la sujeto con la espalda y él con el piso de su cuerpo vuelto cero, cero de rosquilla americana. Es terrible que hayamos decidido erguirnos y que nuestros cuerpos no tuvieran piso, a quién se le ocurre exponerse así, así no se caza más fácil. Si en lugar de estatura tuviéramos metraje y viéramos la cintura de los planos y sintiéramos que también un plano puede ahogarse o flotar como un tronco en el agua, si esto no fuera el imperio de los cuerpos, el magisterio de los cuerpos mal cosidos. Pero no. Me digo "no es así", soy una suma de órganos, de naipes, y lo sé. Estoy tan cerca de las estrellas que no puedo verlas, quizás estoy adentro de una pintura abstracta. 


Hago de mis párpados una ventana, tengo una córnea encendida en el cerebro. Alguien dejó un ramo de jazmines, envuelto en papel plateado, entre las rejas verdes del parque. Como una doble decapitación, un tallo que se corta dos veces. Tuvo que alzar un brazo para hacerlo, para que fuera a la altura de la garganta. Yo jamás me lo hubiera imaginado. Hago de ese ramo una estampilla. Afuera es cada día la noche estrellada. Y la segunda vez está tan, tan arriba, que nunca se puede tocar.