PÁJARO DE CHINA
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jueves, 23 de junio de 2011

LA VOZ CRUCIFICADA



Fotograma de Freak Orlando, Ulrike Ottinger, 1981



cristo fue una mujer barbuda.
Freak City ya existía en Judea.
para ella afeitarse no era natural. 
buscaron dos maderos semejantes, 
pulieron y lustraron la madera, 
la frotaron hasta dejarla lisa. 
aplanaron con rigor los accidentes. 
afilaron los ángulos, arrancaron los brotes, 
(la madera no grita al ser violada, 
convertida en madera de mandar). 
cruzaron los maderos
en cruz de dar ejemplo
en las alturas.
ella tenía los ojos cerrados. 

con horquillas de plata
perforaron sus sienes y clavaron sus manos
a la cruz.
ataron sus tobillos con medias de seda.
le calzaron
un vestido hirviente de organdí.
amontonaron muñecas a sus pies.
hundieron en su sexo muselina.
le dieron de comer
barras de lápiz labial.
iniciaron el fuego en su mentón.

cristo es una mujer barbuda.
Freak City llora en los confines de Galilea.

yo me cobraré, con un lirio negro,
la risa de todo aquel que te hizo daño.
iré casa por casa hasta el fin de mis días, 
con esta flor dulcísima,
anómala,
voraz.  




domingo, 12 de junio de 2011

LA VOZ FASCISTA





Fotograma de Freak Orlando, Ulrike Ottinger, 1981



Habla a los gritos. Ordena en blanco o negro.
El animal no te mordería si no está de acuerdo. 
Ella sí. Hasta despedazarte.
Dicta textos rígidos y rectos. No reescribe.
Adora las concentraciones masivas.
Domestica y adiestra a los enanos.
Caza y mastica a los enanos disidentes.
MUEVE LA LENGUA EN MAYÚSCULA.
(TREPADA AL PEDESTAL).
Trepa la lengua a los plurales.
Adjetiva. Repite.
Se enamora del número 1.
Destierra el nombre propio.
Hace del nombre un símbolo.
Pinta con el falo erecto su estandarte.
Se unta con alquitrán el falo.
El estandarte pareciera flamear pero está quieto.
Se excita con lo petrificado.
Se hace pis mientras diseña un enemigo.
Centra
sus
textos
así.



miércoles, 2 de febrero de 2011

PARÍS



Cuando estamos tristes,
pensamos en París.

En París,
yo hubiera tenido el pelo corto.
Una remera a rayas,
como Jean Seberg en A bout de souffle.

Vos hubieras escrito tu novela.
Quizás nunca te hubieras puesto una corbata.

Probablemente no hubiéramos tenido hijos.

París ha sido, durante todos estos años,
nuestra excusa perfecta.
Pero ninguna excusa es duradera.
A veces, París arde. Insoportablemente.
Y en el espejo vemos, cubierto de cenizas,
el avión.



(incluido en Rehenes, inédito)



Imagen: Revolutionary Road, Sam Mendes, 2008.



sábado, 16 de enero de 2010

HAITÍ

Franz Hals, Retrato de familia holandesa, 1648

Hemos vendido collares de plata.
No solo para perros.
Henrietta de Lorraine
tenía una mascota pequeña
de dos patas
que le alcanzaba las frutas
en una cesta.
John Locke era accionista
de la Compañía Real Africana.
En los boudoirs parisinos
amenizaban las tertulias
junto a los monos.
Los negros no han sido pintores.
Los negros han sido pintados.
Los negros no han sido filósofos.
Los filósofos despreciaron a los negros.
Aunque la Revolución Haitiana
inspirara la Fenomenología del Espíritu,
los negros desaprobaban el examen teórico.
Ah, no.
No caigamos en la falacia del anacronismo.
No caigamos en la falacia
de la reducción ad hominem.
Y entonces,
¿de quién hablamos
cuando estamos hablando?
¿en quién pensamos
cuando estamos pensando?
Haití alimentó a las potencias coloniales,
hasta quedar exhausta.
Ahora las estrellas de Hollywood
donan millones frente a la catástrofe.
La catástrofe es hija natural
de un pecado de origen.
¿A cuántos poetas negros
has leído?
Corren rápido.
Hacen buena música.
Tendrán que huir y cantar
para sobrevivir,
si es que ya no están muertos
bajo los escombros.
La tierra ha repetido,
atronadoramente,
el movimiento
de la cultura occidental.

jueves, 14 de enero de 2010

FUI YO

La plage de Pourville
Claude Monet, 1882

 
Ella se sentaba cada tarde en un banquito de madera, en un ángulo invariable de la sala. Su expresión era, también, invariable. Yo me sentaba en un banco en diagonal al suyo, más grande, frente al cuadro. Jamás intercambiamos una sola palabra. Ella tenía la vista perdida en el vacío. La mía se entregaba al mar que se deshacía en la playa.

Bajaba atropelladamente las escaleras interminables del edificio, deslizando una mano temblorosa por las paredes descaradas de esa espiral semejante a la de mi cabeza, pero quieta. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Me tapaba desesperado las orejas pero no se iba. El tic-tac no se iba. Se aceleraba mecánicamente, ajeno a mi deseo y desprendido de mi voluntad. Era como Glenn Close apagando y encendiendo con movimientos de autómata una lámpara, con un camisón parecido a un chaleco de fuerza, en la penumbra obsesiva de Atracción Fatal. No importa si esa película es buena o es mala o lo que sea. Pero yo era Glenn Close en esa época. A pasos de convertirme en un inconsciente e indetenible bunny boiler, aferrado a los blisters de Lorazepan, desesperado por meterme una pastilla debajo de la lengua. Para que parara el tic-tac.

La pastilla rara vez funcionaba. Ya nada parecía funcionar, excepto ir al museo y dejar que ese mar me lavara el córtex. Me lo hubiera puesto debajo de la lengua, para que me inundara y me enseñara a flotar, sin padecer. Boca arriba con los ojos colgando dulcemente de unas nubes vivas. Nubes fugitivas de materia orgánica, desplazándose en un cielo constantemente conjugado en apacibles variaciones. Dios, si existe, muchas veces mira para otro lado. Dios no miraba mi cerebro, descarrilado como un tren que se quedó sin frenos. Ese cielo, sí.

Cuando el ruido empezaba de noche, me revolvía en la cama intentando recordar la playa. El museo estaba cerrado. Tic-tac. Tic-tac. El ruido no respetaba el horario de apertura del museo. Ahora alternaba con un serrucho. Y con una máquina de cortar carne. Con uñas que rasgaban insoportablemente una pizarra.

Entonces contraté al supuesto estudiante de bellas artes y le señalé la imagen en un libro. "Quiero una igual", le dije. Sabía que nunca podría ser igual, por más diestro que fuera en su oficio. Habría deslizamientos, matices dispares, mínimos movimientos erróneos en su pulso. No se trataba solo de la imagen tangible expuesta a la mirada. También lo que estaba lejos de la playa, ausente pero a la vez presente en ella de un extraño modo, no existiría en la copia. No estaría allí, como si la playa hubiera succionado lo que reverberaba en mí frente a ese cuadro, convirtiéndose en un agujero negro. Pero esa copia sería un original para los otros, en los que evocaría, en el mejor de los casos, otras intraducibles reverberaciones.

Ella se levantó y se encaminó hacia el baño. No dudé. Salí del museo con la playa agitándose bajo mi sobretodo enorme y dejé a la hermana bastarda en su lugar. Fue como conectarme a un tanque de oxígeno.

No fui un ladrón profesional sino un enamorado. Dejé la marca de mi amor bajo la forma de huellas dactilares. Y la copia comenzó a despegarse en una esquina, a revelar su falsedad con el paso del tiempo. Así es, así pasa.

El tiempo, sin embargo, ha sido bueno conmigo. Me ha concedido una década de comunión sensorial con la playa que me había robado. Obviamente no pedí permiso y tampoco debo pedir perdón. Es posible que Dios, si existe, haya sujetado con su mirada el pegamento barato de una playa apócrifa expuesta en un museo. Una playa que, además, se ofreció auténtica hasta ayer a todos los que se detuvieron a mirarla.

Durante diez años, pasé horas sentado en el borde de mi cama, contemplando el mar que lame esa arena de Pourville. Como ese axolotl del acuario del que habló Cortázar, he llegado a ver, convertido en un hombre que flota suavemente como un nenúfar, a un hombre que mira una playa sentado en el borde de su cama. He puesto dosis de ese recorte de Pourville en mi boca, día tras día. He consumido blisters enteros de ese recorte de Pourville que colocó cada vagón del tren sobre las vías, cada filo en su funda, cada carta en su sobre.

Golpearon a mi puerta hombres de absurdos rifles y pasamontañas. "Fui yo", confesé, antes de ser interrogado. Ahora espero, en una celda, que crean que deciden por mí. Las lámparas y los conejos están a salvo. El tic-tac, el serrucho, la máquina, las uñas y la pizarra fueron retrocediendo, deslumbrados, hasta desvanecerse. Me llevarán a una dirección falsa. Cualquier lugar al que me lleven no será, siquiera, una copia, sino un evidente sustituto del lugar auténtico que pisan y pisarán mis pies. La arena de una playa de Pourville, donde lo único que se escucha es el silencio del agua.

jueves, 24 de diciembre de 2009

ENAMORADOS DE LA VIDA, AUNQUE DUELA


Hace nueve meses nacía el Pájaro de China. Antes, había escuchado durante nueve meses a Patti Smith cantando China Bird. La escuché para no morirme y con decir esto es suficiente. Esta patria virtual, tan necesaria y entrañable para mí, no podía llevar otro nombre. Mañana será Navidad. En casa no profesamos religión. En casa vivo con un hombre, desde la noche que lo conocí. Hace siete años, hace siete siglos, hace siete minutos, desde que el mundo fue mundo para mí.

Y veo amanecer este parque entre lápices y cuadernos. Y este balcón trasero, al que salgo a pararme en la oscuridad, a escuchar la música que suena en mi cabeza.

Nos custodian tres perros, nuestros mejores pedagogos y terapeutas. Plantas amigas de los perros. Durante un año fuimos pasajeros en tránsito, hasta que encontramos este lugar que pintamos de colores y poblamos de objetos que respiran y tienen una historia. Aquí nos quedaremos hasta el penúltimo día, porque no existe el último. Esta madrugada diluvia en Buenos Aires. Con Hernán hemos vivido gran parte de nuestra historia en hospitales. Entre pérdidas. ¿Pero quién no es un sobreviviente? Las cicatrices jamás serán tan profundas como nuestra perseverancia en la alegría.

Cuando la ruta se puso violenta, nos aferramos a todo lo que amábamos. Hemos visto milagros, hemos temblado de emoción y la hermosura nos ha arrasado los ojos. Y se empecina en hacerlo, cada día. Esta orquídea se abrió recién desmesuradamente, mientras yo la contemplaba perpleja junto a una ventana en la cocina. No se puede ser tan, tan sexy. Pero qué bien que lo hace.

Insomne, rescaté desordenadamente fotografías de múltiples tiempos felices. Van revueltas y mezcladas. Dicen que en estos territorios es bueno mantener el anonimato o inventarse una identidad, para cultivar el enigma. Pero todos somos un enigma, aunque mostremos la cara y andemos en pelotas. Nuestras fotografías se parecen porque somos viajeros solitarios. El brazo de Hernán es más largo que el mío y él dispara la cámara.

Improvisé esta peliculita desordenada de nuestras epifanías, para estar más cerca de ustedes, más cerca, todavía. Escribo para entrar en comunión y para no enloquecer. En la escritura se me va hasta el cuerpo, porque escribir es para mí una experiencia física. Y lo que escribo es una criatura incompleta sin quienes la leen, que son quienes terminan de escribirla.

Quienes pasan por acá me dan mucho más de lo que reciben, lo sé. De algún extraño y extraordinario modo los conozco. A quienes pasan en silencio los presiento, los intuyo. Los necesito y los quiero, a todos. Ahora no solo arrecia la tormenta sino que además me seco los mocos.

Detenerse a leer es un acto de fe. Es un regalo. Me como el regalo que me dan, me lo guardo en el pecho.

Somos deseo. Estamos atravesados por el deseo. La lluvia y esta insistencia en la floración me estremecen los huesos.

Aun en verano, llevo botas de caña alta. Porque esto es una guerra. A medianoche levantaremos nuestra barricada, como todas las noches.

Nos diremos que somos más fuertes. Y será verdad. Porque hay una fe que sí, que profesamos, sí señor, y es la de la vida que nos pega imperdonable y espléndida en la cara, como el viento.

Hay relámpagos, en este instante, que agitan insolentemente el corazón.





domingo, 1 de noviembre de 2009

LAS PALABRAS DE LAS QUE VIVE EL PÁJARO - PLAN DE VUELO


Cuando alguien llega con su regalo de palabras al umbral de esta casa, hay un mensaje que dice: "El pájaro se come tus palabras. De eso vive".

La moderación de comentarios es un recurso al que el pájaro acude solo para que ningún comentario se le escape, comérselo y seguir trazando líneas.

El pájaro publica todas, todas las palabras que recibe. Esas palabras envueltas en tela de comentario son su sustento. No existe una casa sin lectores (silenciosos o comentaristas). El lector la sostiene. El lector completa, amplía y enriquece lo escrito. Empuja sus límites. Es el otro lado del puente. Sin lector no hay escritura ni puente posible.

El pájaro ha nacido bendito. Tiene la gloria de recibir alimentación de lujo. Los comentarios que recibe son de una belleza tal que constituyen auténticas entradas, en sí mismos. Son comentarios que revelan la inmersión en el texto, la lucidez de la lectura y una inmensa sensibilidad.

No es justo que no exista la posibilidad de que los comentarios brillen como notas al pie. Para el pájaro tienen la misma estatura que lo escrito.

Si no los responde, es porque realmente se muere de ganas de volar hacia la casa del lector que dejó el regalo e intentar devolverle allí, en su casa, aunque sea una parte de lo que recibió. Empápandose las alas en esta noche de diluvio, siente que es más justo extenderse en las casas amigas y no en la propia. Y seguir entregando en la propia lo mejor que le salga, al mismo ritmo que hasta hoy.

Yo, que soy el pájaro y ya no quiero seguir hablando en tercera persona como si fuera una persona importante (considerando lo aburridas que son esa clase de personas) no tengo palabras para agradecer la hermosura de lo que recibo. De todas las maneras posibles, estoy rodeada de inteligencia y generosidad. Y de amor y vocación de resistencia, que para eso se escribe y se lee, para entrar en comunión con el prójimo en un mundo hostil.

Leo y leeré todos los comentarios. No olvido ni olvidaré ninguno. Con las líneas de cada uno de ellos haré cada tanto un poema-manta, un poema-quilt, que nos arrope a todos y lleve la marca de cada uno.

Y volaré a responder cada comentario recibido en la casa de donde ha llegado, comentando las palabras que se escriban en esas casas. Porque esas palabras también me las como. Con la mano. Y de ellas también vivo.


viernes, 16 de octubre de 2009

LOS COLECCIONISTAS DE TRAPOS

Antonio Berni, Juanito ciruja, 1978 (serie Juanito Laguna)

"De todo lo que ocurrió nada debe considerarse perdido para la historia" (Walter Benjamin)


Los coleccionistas no descansan. Se despiertan y salen a cazar tesoros, que posiblemente el resto de la humanidad consideraría trastos viejos, reliquias inútiles o radicales inmundicias. No hablo de los coleccionistas de obras de arte, automóviles de primera marca o piedras preciosas. Son los infatigables coleccionistas de trapos, que enfrentan los inviernos agazapados del día con la esperanza del encuentro fortuito con el objeto de sus devociones.

Dame un deshecho de texturas cristalizadas, un fósil que alguna vez fue una tela con estampas de ruido, una estampita con forma de frazada. Cuelgo sábanas viejas de mis párpados, para proyectar la película de la buena fortuna.

Los coleccionistas no tienen paz. Por cada trapo que entra, hay un trapo que está esperando y hay que salir a buscar. Pasan de largo ante el organdí y la seda, los etéreos y anémicos volados de gasa y las orquídeas difuntas en los escotes que no dan batalla. Quieren mugre.

Resbalan en el barro de los barrios bajos y se hamacan a oscuras en el fulgor irredento de la podredumbre. Llevan las suelas gastadas y dedos en el ojo, para recoger con la delicadeza del amante experto los jirones al paso y los dobladillos pobremente cosidos por las costureritas que dieron el mal paso.

Se enfervorizan con los restos de chalecos sin botones y los bolsillos castigados por un viento que mejor no hubiera soplado pero sí. Si está seco buscan paraguas enmohecidos, penosamente dados vuelta como el ala de un sombrero de cowboy; si llueve, tristes sombreros agujereados por la bala enloquecida del olvido.

Dame las hilachas de tu noche insomne y el ruedo irregular de tus radiografías. Tus contornos son difusos y se bifurcan en todas direcciones. Te me extendés, te me desbordás, ¿te acordás del vestido manchado de la novia, en la capilla en colores de los herejes?

El coleccionista revuelve en los desperdicios y se embadurna la cara con la caca no inventariada de la historia. No avanza en línea recta sobre una soga de pasos sucesivos. Va a los saltos como una película atascada en el proyector. No retrocede para encontrar un pasado ordenado y prolijamente etiquetado en el archivo. El pasado lo asalta como una imagen deslumbrante y entrecortada, en los sótanos y los vertederos.

No hay antes y después. No hay jerarquías. Cada época de tu vida soñó la siguiente. Los trapos pasan de mano en mano y guardan una esquirla refulgente, que eclipsa y desmantela las joyas de la corona. Cuando hace frío me envuelvo en un sweater gastado, con la lana horadada en los codos y los puños estirados por el uso hasta la punta anhelante de los dedos. Es un trapo. Escribo con un trapo puesto, para apartar la sombra y ver un poco más claro.

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA RESPIRACIÓN DE LOS OBJETOS



Así serán los objetos del futuro. La tecnología de los polímeros electroactivos los dotará de superficies táctiles cambiantes y un simulacro de respiración. Cuando vuelvas a casa, te estarán esperando. No habrán vaciado su parte del ropero y dejado una nota innecesaria. No se habrán ido llevándose un perfume del aire, un libro dedicado y subrayado, un disco compartido un domingo de lluvia. Llevándose una de tus piernas o dejándote ciego.

Te permitirán elegir el lado de la cama. No harán preguntas. Escucharán todo lo que quieras contarles. No temblarán al escucharte ni te dirán que no. Ni siquiera ensuciarán tu alfombra. Sobrevivirán sin alimentación. Podrás hundir tu cara largamente en su cuerpo y aferrarte a ese cuerpo como un náufrago, cuando todo sea un mar oscuro alrededor.

Se acercarán silenciosamente hasta tus manos, reptando sin errar la trayectoria. No te atormentarán con las tormentas de la memoria. No se pondrán a llorar. Serán disciplinados y previsibles. Te ofrecerán consuelo. Te darán calor.

No te pedirán explicaciones. No reprocharán tu ausencia. Bastará con pasarles un trapo para que mantengan la compostura. Jamás te aturdirán guardándose un secreto, faltándote el respeto, saltando a la soga de la desmesura. Cuando vos lo decidas se quedarán quietos. Y hasta podrás matarlos sin sentir culpa. Matarlos para hacer catarsis, para soltar y desahogar tus furias, para que tu cabeza entre (agotada) en un gradual estado de reposo.

Muertos serán reemplazables. Vivos, intercambiables si alguno no satisface tus deseos.

Son la versión contemporánea y comercial de El Golem. Así de bellos, así de monstruosos. No te enamores, corazón solitario, de la comodidad de un corazón-polímero. Te morirías de sed.

viernes, 2 de octubre de 2009

(SIN TÍTULO)

Francesca Woodman, Angel Series (Rome, Italy)


Las hormigas son hermosas.
Deberían vivir en el campo.
Antes se construían catedrales
inmensas.
Las esculturas tenían pliegues
de mármol.
Las hormigas no hacen ruido
cuando están
afuera.
Afuera anuncian
que hay líquido
pero mi cabeza se llena
de tierra
(donde las hormigas
van cavando
túneles).
El viento insiste en empujar
las cosas.
Y el sentido está depositado
en un único lugar,
precario.
Un lugar que se mueve
sin mí.
Si tu boca pudiera detener
el agua.
Si pudieran sujetarme
tus ojos.
Si las palabras pudieran tocarse,
aunque dolieran.
Quisiera tener una tarea.
Un pliegue donde recostar
mi espalda.
Una casa donde caer
para vivir.

jueves, 1 de octubre de 2009

LA PERSISTENCIA DE TU CALIGRAFÍA

Pierre Soulages, Peinture 23 mai 1969 (1969)

Lo que no tiene razón de existir es lo que queda. Porque no lucha contra el tiempo. No le ofrece combate. No opone resistencia y por eso resiste. No batalla desde un tiempo diverso. Está fuera del tiempo y el tiempo jamás podrá tocarlo y arrancármelo.

Es el soporte y el signo. No es el amor declarado y ofrecido en la carta de amor. Es tu caligrafía en la carta. Tu caligrafía no es el vehículo de tu mensaje, no es su medio. Es el núcleo refulgente y autónomo de un orden cuyas reglas intento descifrar, lo que queda después de haber renunciado a todo. Las piedras de Stonehenge. Un menhir.

"¿Qué es envejecer?", me preguntó Stalker hace varios días. "Es empezar a contar muertos", pensé. "Es darse cuenta de que el cuerpo puede sublevarse contra mí y hacerse evidente en sus trastornos". Cuando uno es joven no piensa en el interior alterado del cuerpo: modela y tonifica su superficie, broncea su piel y elonga y ejercita sus articulaciones. Pero no imagina el itinerario implacable de sus venas ni la textura y el pulso de sus órganos. No los piensa ni piensa que el tiempo los degradará hasta extinguirlos por completo.

Envejecer es abrir el cuaderno de pérdidas y es, en el mejor de los casos, aprender a mirar. Convivir con la sombra de lo perdido y depurar la mirada. Acercarse, sumergirse, ir hacia abajo deshaciéndose del equipaje, a la búsqueda del fondo del mar. En el fondo del mar está lo que no cesa, lo que no se pudre ni se esfuma ni se aquieta. Los menhires. Una piedra de Stonehenge. Lo que brilla.

El fuego no consume los huesos. Los huesos hablan pero no atino a explicarte lo que quieren decir. Son como tu caligrafía. Podría reconocerla entre todas las caligrafías de este mundo pero no pidas que te explique lo que me cuenta. Lo que me dicen los huecos y las curvas, la velocidad intuida de su trazo, el temblor entrañable de una línea. Porque no tengo respuesta.

Tu caligrafía evoca algo que no está aquí y es un secreto. Tu caligrafía es un enigma cuyas pistas no me cansaré de perseguir, maravillada. En tu caligrafía se interrumpe y se inmoviliza el tiempo. Recién a esta hora alta y violenta de la madrugada puedo responderle a Stalker. Y atreverme a decir que tu caligrafía no envejecerá. Porque no quise hablar solo de lo que se pierde sino también de la perseverancia infalible y prodigiosa de ciertos signos.

Es como un cuadro de Soulages, ¿lo ves?. El negro activa la luz y la imagen me interpela por contraste. Puedo decir "es un cuadro de Soulages" pero no puedo definir lo que hay adentro.

El cuerpo se acaba, como la música.

El misterio de los huesos y de las piedras, no. Tus manos podrán acabarse un día. Pero los signos nacidos de esas manos persistirán, como pájaros, agitándose en mí.


domingo, 27 de septiembre de 2009

CINEMA VERITÉ


Duerme con una jirafa liberada de una caja de Mc'Donalds en la mano izquierda. Se la pongo en la mano izquierda mientras se queda dormida cuando viene a casa. La jirafa la quise hace un tiempo para mí y pedí una "cajita feliz". "Con la jirafa, porque el resto de los animalitos ya los tiene". ¿Quién? Un niño que me inventé. La abrazo (a ella que duerme), con la mirada perdida en sus medias de lana de colores. Flores y rayas. Me enternecen sus medias.

En unas horas me cortaré las uñas de los pies, que crecen inútilmente. Probablemente tome las tijeras y me corte también el pelo, que crece (como las uñas) solo para que me lo corte. Lo que crece corta el corazón, excepto lo que nace para ser cortado. En la madrugada hace un frío tan bello que corta el aliento. Si siento que estoy en Buenos Aires, voy ligera. Si pienso que estoy, así, sin más, al peso insoportable del mundo solo puedo oponerle este frío lisérgico y los tres platos metálicos de los que comen mis perros moviendo el rabo.

Está aprendiendo las letras del abecedario. La jota es el mango de un paraguas. No le queda claro por qué los pies de cada letra deben apoyarse en el renglón. A mí tampoco. Me pregunta cuándo debe dejar un espacio en blanco. "Entre cada palabra", digo. Para nadar en un brevísimo silencio y encaramarse luego a la geometría de la palabra sucesiva. "La 'efe' es la 'ffffff" de 'fe'". "¿Y 'fe' que quiere decir?". "Creer en algo". "Entonces es como el alma", afirma concentrada en sus dibujos, sin alzar la vista.

Sí, pienso, como todo lo que existe pero no se ve. "No necesito ver Constantinopla para saber que existe", dijo un rey. Ella tampoco lo necesita. Canto Cinema Verité. Me escucha atentamente. La primera vez canto sola. La segunda vez, juntas. El único verbo con el que tropieza, cuando canta Cinema Verité, es "compaginar". Me muestra orgullosa sus dibujos concluidos y los palotes desbarrancados: "Había una vez una princesa. Y tenía un reino". Yo estoy con la máquina de mirar, justo en el paraíso, para filmar.

La extraordinaria contundencia de lo invisible me estremece. El aire de la noche abre las piernas y caen al piso mis pulmones, palpitantes, convulsos y recién nacidos. Me los pongo con mucho cuidado, porque no quiero perdérmelos. A todos aquellos que ella dibuja y son así. Realmente. Otros no y eso (el reverso de Constantinopla, las uñas y el cabello largo) lo aprenderá más tarde. Los demás son así, todo lo demás es así, relámpagos impresionantes como sus medias.

Música: Cinema Verité, Seru Girán, álbum Peperina, 1981
Canta: Fabi Cantilo, 2009
Dibujos: Delfi


sábado, 26 de septiembre de 2009

NUESTRO ARTE POBRE


The best thing, though, in that museum was that everything always stayed right where it was. Nobody’d move ... Nobody’d be different. The only thing that would be different would be you.
(J. Salinger, The Catcher in the Rye)


Decidimos construir un iglú. El viento azota las tundras del norte de Alaska y nuestros borceguíes se hunden en la nieve. Recordamos a Holden Caulfield atravesando el Central Park hasta llegar al Museo de Ciencias Naturales, pero no somos el esquimal eternizado detrás de un cristal en el museo. Nosotros cambiaremos.

Comenzarán a doler las articulaciones, se reducirá la extensión de la ruta de caza, disminuirá gradualmente nuestra estatura. Cada vez seremos más pequeños y nos costará atrapar los osos y las focas. El corazón dirá basta, un día. Es una pena que el iglú esté tan lejos de la tranquilidad de los museos, donde todo permanece tal cual es mientras uno no puede evitar, cada día, perder algo. Un recuerdo o un diente, la tersura en la piel y el vértigo en los talones fatigados.

Me dijiste: "Que el iglú esté hecho de sobras y residuos, de restos ignorados; que esté hecho de piedras o pedazos de vidrio, de madera o de tubos metálicos". Si nuestro iglú no fuera así, no estaría a tu lado. Me dijiste: "Es como la mitad de una esfera sobre la superficie helada, pero no es exactamente la mitad de una esfera". Porque nada tiene exactamente una forma específica, nada es liso y previsible y par.

"Somos la progresión numérica de Fibonacci", respondí. "Todo lo que hagamos, todo lo que nos sobreviva, será la suma de nosotros dos. Será un desprendimiento del iglú primitivo, un nuevo iglú de modestos materiales bajo la cúpula castigada y envejecida del primero".


Iluminamos el iglú por dentro. No hay religión en la zona polar pero la luz se parece al fuego. En un iglú de mármol italiano nos moriríamos tristes y congelados. Me miraste: "Una vez estuvimos en Venecia. Y amaste la iglesia Santa Maria dei Miracoli, con sus mármoles blancos y rosados de vetas incontables y secretas". "La amé para recordarla. Y porque los mármoles eran mármoles sobrantes del interior de San Marco", contesté.

Una hija pobre y extraviada, en el sestiere subestimado de Canareggio, lejos del esplendor de la plaza central. No hay padres en las tundras y la zona es poco frecuentada. Guardo las fotos de la iglesia veneciana en un álbum debajo de una piedra. Aquí ninguna virgen rescató a un niño de un río y lo más próximo a un milagro fue el avistaje de una ballena.

No teníamos arpón, la canoa era frágil y queríamos preservar las piernas para enredarnos y donarnos calor en la noche continua. Queríamos, también, soñar que la ballena reaparecía y apenas se dejaba ver.


Las palabras que pronunciamos fuera del iglú son palabras políticas. Tienen la contundencia y las consecuencias de una navaja. Así son las palabras. Nuestro vocabulario es nuestro manifiesto y cada afirmación, una definición del material de nuestros huesos. De nuestra utilización del alfabeto dependen las tundras. Y la supervivencia del iglú, de nuestras estrategias. Sabemos, como los generales vietnamitas, que si el enemigo se agrupa pierde terreno y que, si se dispersa, pierde fuerza. Entonces alternamos aleatoriamente el método, para no aburrirnos y para desquiciarlo.

Me corté el pelo y me vi en el espejo. Mis ojos tienen un brillo criminal. A veces tengo accesos de fiebre y deliro en voz alta. Le pido a Holden Caulfield que guarde los momentos felices en una caja, para que no se los arranque el invierno polar. Acaricio la foto del viaje gastada por el tacto bajo una piedra. Me tomás la cara entre tus manos: "Todo está bien en el iglú. Es nuestra casa". Miro a mi minúsculo y tierno alrededor y sonrío con los ojos húmedos. Partes del iglú primitivo se han volado y la tela no resiste los embates impiadosos del viento.


Pero queda el iglú menor y cotidiano, el hijo de nuestras experiencias y nuestras esperanzas. Tiene cuadernos y lápices adentro. Está intacto pese a la catástrofe. Y dice palabras de color azul.


Iglúes: Mario Merz (1925-2003)

martes, 22 de septiembre de 2009

EL GRADO CERO DE MIS DÍAS


Kazimir Malevich, Cruz negra, 1914

Es más fácil ver tu mano si cierro los ojos. Porque tu mano no está. No está el circuito singular y sinuoso de tus venas ni las delicadas articulaciones de tus dedos. No hay falanges. Las líneas de la vida que en la palma de la mano trazan la forma de la muerte o al revés. Veo tu mano cuando la alumbra mi memoria. No imagino tu mano. La recuerdo. Y no es cierto que la vea, estrictamente. La intuyo, la presiento.

Si no hubiera recuerdo ni intuición no existiría tu mano abriéndose lentamente dentro de mi cabeza, como una flor en el agua, la boca del mudo que pronuncia su primera palabra o la ventana rescatada de una casa que se incendió en un sueño. Es como cuando cierro los ojos para escuchar cierta música. Tengo que depurar el paisaje de distracciones y desvíos, desmalezar el bosque hasta dar con la textura específica de un tronco, apartar todos los peces hasta que solo haya agua.

Kazimir Malevich, Blanco sobre blanco, 1918

Tengo que tallar, hendir y expulsar lo que sobra. Cavar hasta tocar el hueso. Frotar, frotar, frotar. Dinamitar los mecanismos y las prótesis. Exiliar la ortopedia y la cosmética. Liquidar apéndices y anexos. Borrar la espuma. Eliminar las notas al pie, la red, los accesorios. Desenroscar las algas enredadas en mi pelo y apartar las que asedian mis tobillos para seguir la lógica del cero.

Ir hasta el fondo apartando los restos del naufragio. Platos de porcelana y cubiertos de plata, zapatos solitarios sin su pie con sus cordones flotando temblorosos, una muñeca con un vestido a cuadros. Mirar el cuadro. Un cuadrado. Un cuadrado dentro de un cuadrado. Una superficie plana de color. Todo lo que no sea color es un obstáculo. El color debe ser liberado de toda materia que no sea su propio resplandor.

La lógica del cero es un credo. Cero mío que estás en los subsuelos, malditos sean los nombres, voy obstinadamente hacia tu reino. Hágase mi voluntad, para que en esta mierda de tierra asome el cielo. El pan nuestro de cada día, no lo pido. Lo robo hoy. Saldo la deuda y no perdono a mis perseguidores. Los tomo por asalto. Es ahora porque no hay otra hora. Y no hay amén.

Kazimir Malevich, Cuadrado negro sobre fondo blanco, 1915

El grado cero es recordar tu mano, tal como era antes del grado cero, e intuirla. Es un combate. Combatir desde el presente para hacer de este presente un pasado y simultáneamente la consumación de la promesa del futuro. Ver la mano que estuvo y parir tu mano. Con los ojos cerrados. No hay mímesis, no hay referente, no hay control. Estoy pujando, tu mano. Estoy ardiendo. El grado cero es abstracto y es irreductible, es el núcleo de tu mano que late mientras pujo, son tus dedos golpeando las paredes del útero que tengo en la mente. Tenso y contraigo los músculos de mi vagina cerebral y tus dedos se pegan a sus labios. Pujo para arrojarlos, bañados en la sangre de mi soberanía, al mundo.

Kazimir Malevich, Cuadrado rojo, 1915
La aparición de tu mano es un acto supremo. Una revolución. Amaré tu mano hasta el final, como Malevich amó su credo. Cuando su credo fue declarado un crimen, debió pintar violentándolo para sobrevivir. Entonces antedató sus obras, para decir: "esto, así, era el pasado". O introdujo en sus obras minúsculos emblemas de su credo (la geometría de un cinturón o de un sombrero), para decir: "esto, aquí, es el futuro que debiera estar en el presente".

Tu mano no tiene precio. Eclipsa a las sirenas venenosas y a los encantadores de serpientes. "Es anacrónica, está pasada de moda, es opresiva en este mundo repleto de innumerables y diversas manos hedonistas", cantan y escriben y firman los expertos en soltar la mano. "Tu parto fue un fracaso", predican, "tu parto no fue múltiple", garabatean con su mano invisible y homicida.

Afinaré la curva de tus pulgares, lameré el hueco entre tus dedos y puliré como una artesana infatigable la forma refulgente de tu mano, para hacerla más bella. No me la quitarán. Si algún día no estoy, quedan los ángeles caídos y entrenados en el arte entrañable de cuidarla. Montarán guardia, día y noche, nuestros perros.


sábado, 12 de septiembre de 2009

NO PUEDE ESTABLECERSE LA COMUNICACIÓN

Christian Boltanski, Los abonados telefónicos (instalación), 2000


Vino Susú y dijo: Imagino de los libros salir líneas que unieran cada nombre con sus queridos, amigos, familiares, conocidos... en diferentes tonos. Imagino la presencia de los nombres borrados, atestados por sus lazos, con permanencia indeleble. Registros de afectos, la lista de gente que queremos y que nos quiere, en diferentes intensidades, porque así son y se nos representan... "Señores del registro: hagan el favor de lanzarme una intensa línea color tomate hacia el capítulo 3, del tomo XXIV, apartado 15, que me he enamorado". "Tracen una nueva línea, de colorines, hacia donde estuvo mi padre, que hoy he recordado cuánto le gustaba leer cuando todos nos habíamos ido a dormir". "Línea azul cielo hacia mi perro, que hoy ha tenido frío por primera vez en el año, y se ha arropado con mis manos" ...



Lo que captura al ojo, entre tanta abundancia de papel de colores y cuando se mira desde cierta distancia, es el espacio vacío. Google Earth es irrelevante. Lo que importa es la distancia entre el ojo y el mundo y Google Earth no registra la distancia necesaria para ver el hueco. No es un dato cargado en su archivo. Un archivo de guías telefónicas es lo que tengo frente a mí. Las que faltan son más evidentes que las que están. Las que están muestran por contraste las ausentes. Es como cuando te inyectan líquido de contraste para ver los órganos con claridad. Claramente algunos no fueron registrados.

El mecanismo de control, clasificación e inventario es simultáneamente un mecanismo de exclusión. Sucede todo el tiempo. Abro la boca y digo una palabra en lugar de otra. En cada acto ejecutado hay un acto ejecutado. Ejecutar significa hacer y también matar. Elegir es sacrificar, necesariamente. Nadie debiera resultar un elegido. Hay luz suficiente para verlo. Abajo directamente no hay nada.

¿Quiénes faltan? ¿Quiénes decidieron no estar o no pudieron ingresar a este archivo? ¿Cuál es el nombre de los muertos, de los no nombrados, de los que se reservan el nombre para intentar no ser localizados? Especialmente, de aquellos que hubieran deseado estar y no pudieron o de los que quisiera que estén pero se han ido. Los nombres que contra su voluntad o a pesar de la mía no se escriben o ya no son escritos. Los nombres de los dados de baja.


En el espacio vacío, una vez visto, caben la indiferencia, la furia o la nostalgia. Algunos aprenden a sentir lo que no está. Ver es un estado emocional y una predisposición psíquica. Enfurecerse por las manos que apartaron a tantos de la lista, por la mano que se llevó a tantos que debieran estar del otro lado de la línea. Llorar por lo perdido. Seguir hablándole, al aire de los huecos. Gritar hasta quedarse sin aire, para que no haya aire donde se puso el grito. Hablar en nombre de los que no tienen nombre. Aferrarse al teléfono como un amante no correspondido.

A los muertos hay que soltarlos, hay que dejarlos ir para no irse con ellos y hay que seguir nombrándolos para que sigan vivos. Hay vivos muertos de múltiples muertes y muchos debieran resucitar. Otros, no.

Paso las páginas que siguen el orden alfabético. El alfabeto es un simulacro y todo está en desorden. No sé a quién busco. Miro las guías abiertas, abandonadas sobre las mesas a mi alrededor. Alguien se trepó a una escalera buscando un nombre. No hay nadie en la sala. Los huecos abren la boca y no pueden hablar. No hay señal, se cortaron los cables, no hay conexión, se perdió la llamada. No puede establecerse la comunicación.

Hacen un esfuerzo extraordinario, veo las mandíbulas en movimiento de las que no se cae ni una palabra, se concentran y vuelven a intentar pero es como si estuvieran cosidas o como si fueran transparentes. Son bocas mudas, son bocas de viento. Y los estantes de abajo están llenos de bocas, son agujeros de los que salen bocas, son estantes desesperadamente llenos.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

NO ME SUELTES

Paul Klee, Angelus Novus, 1920


no me sueltes, me dijo una vez el miedo.
no me sueltes, me dijo un perro.

sólo hablé con el perro. tranquilo, nunca te amarré.
Òscar Solsona



I.     A tu angel se lo lleva el viento

No hay un cuadro. Hay ojos que lo miran. En este cuadro, Walter Benjamin vio un ángel y puso en palabras su visión en su novena tesis sobre el concepto de historia. Porque fue el "Angel de la Historia" lo que vio, levitando con las alas desplegadas y los ojos teñidos de impotencia y dolor, contemplando las ruinas del pasado que trepan hasta el cielo y con la espalda vuelta hacia un futuro inenarrable, adonde el viento de la tempestad lo arrastra aunque no quiera.

El ángel quisiera quedarse de pie frente al pasado e inclinarse a lamer sus heridas, a reparar los trabajos sangrientos de la historia, a cauterizar los tajos de la destrucción. La historia que ve el ángel espantado no es la línea recta luminosa pregonada por Hegel, cuyos crímenes son legitimados por el avance natural de la razón hacia el progreso. No es una historia que asiste imperturbable a la caída de los imperios, sino al escándalo de las masacres. No caen Cartago, Persépolis ni Roma. Jerusalén es arrasada por los romanos y la Luftwaffe descarga sus bombas sobre Guernica.

El pasado es catástrofe. El presente, también. Porque es el infierno de la repetición constante de lo mismo, travestido de moda para que abramos la boca y mastiquemos sin asco sus mercancías. La reiteración mecánica del gesto del obrero, del paso del burócrata, de la transacción efímera del consumidor. Es esto el infierno, le dice Marco Polo al Kublai Khan en el último relato de Las Ciudades Invisibles que imaginó Calvino: mientras muchos se acostumbran a él hasta no verlo y convertirse en lo que ya no ven, otros resisten y aprenden a detectar las "situaciones de no infierno". A reconocerlas, a darles un espacio y a hacerlas durar. ¿Cuáles son tus "situaciones de no infierno", en una vida en la que Sísifo arrastra la piedra una y otra vez?.

El futuro es esta tempestad que sopla en el presente y abre a la fuerza las alas del ángel. La tempestad que nos expulsó del Paraíso, que nos ahogó en un diluvio y que azotó Sodoma y Gomorra con su fuego. El futuro será, para Benjamin, la repetición del pasado. Sus ojos sublevados no llegarán a ver Auschwitz ni Hiroshima pero ya pueden presentirlas en la mirada alucinada del ángel.

Aspiramos la peste de las flores del mal. La revolución no es la locomotora de la historia. Debe ser, piensa Benjamin, el freno de emergencia que ponga fin a esta carnicería silenciosa. Una sociedad sin clases, que nos devuelva la dignidad que hemos perdido y redima a sus muertos. Un mundo en el que cada muerto digno sea devuelto a la vida, porque hemos recogido y puesto en acto su legado. Porque no permitimos que el viento se lleve impunemente, junto al ángel, nuestros recuerdos.

II.     A tu cámara la asedia el olvido

Hace un mes que vuelve recurrentemente con la cámara a la vieja casa de sus padres. Hace un mes que murió su madre y su padre comenzó a desvariar. Dice que filma para su hermano que vive en el extranjero. Pero yo sé que filma para sí mismo. Porque veo lo que está filmando y sé que lo etiqueta y no lo entregará, a nadie.

Fragmentos de una mesa, tazas apiladas, las teclas de un piano, los lomos de los libros ordenados en una biblioteca, una lámpara. Vuelve invariablemente a filmar dos lugares precisos de la casa, que se clavan como estacas en su corazón.

Un pasillo poblado de fotografías de sus padres, enmarcadas, de distintas épocas. Una boda, algunos viajes, brazos rodeando las espaldas de los hijos. La imagen de la madre, en cada foto. Acerca estremecido y atormentado la lente de la cámara, como los ojos del ángel, a esa imagen. Filma una madre fotografiada, concentrándose exasperadamente en los detalles, como si fueran a robárselos en cualquier momento. Se inclina como quisiera inclinarse el ángel y filma la curva de los párpados, los pómulos, las manos. Los nombra mientras filma.

Dice: "Acá está mamá, éstos son sus ojos, está apoyando las manos sobre la baranda de un puente, se ríe, ésta es su boca". Después entra con la cámara al hombro al cuarto de la madre. Filma una cama angosta de bronce, con un edredón modesto hecho de retazos de telas de colores y un par de almohadones floreados. La lente roza las flores hasta descomponerlas. Filma una pintura inconclusa de su madre, sobre un atril inestable de madera. Se sumerge en el verde de los árboles, se aleja, gira y enfoca insistentemente unos estantes con latas y pinceles, un manojo de llaves, un pañuelo. Pareciera la habitación de alguien que eligió exiliarse del mundo para construir uno propio. Y, también, la habitación de una asceta. La exigüidad de las cosas filmadas hace que cada una de esas cosas asuma una dimensión demencial y conmovedora. Le pido que no siga, que no vuelva a la casa con la cámara.

Hasta que entiendo que su cámara no es la piedra de Sísifo y que sus filmaciones son un intento de detener el viento. Está de pie frente a la catástrofe privada, como el ángel frente a las ruinas de la historia. No quiere que a su madre se la lleve la tempestad. No quiere despertar, un día, intentando desesperadamente recordar sus rasgos. Sabe que esa casa tendrá futuros y desconocidos ocupantes. No quiere que el futuro le arrebate la cama donde durmió y soñó su madre, que en las alas pavorosamente extendidas del ángel se mezclen sus pinceles y las latas y un atril de madera.

¿Cuál es, pienso mientras intento dormir, nuestra utopía? Si históricamente es esa sociedad sin clases en la que Benjamin creyó con sus entrañas, ¿cuál es la nuestra, la íntima y personal que evitará la caída del ángel? No puedo separar el sueño del hombre que se pegó un tiro en la frontera franco-española del sueño que debe habitar esta casa. ¿Cómo protegerlos de la destrucción?

Miro la cámara con las baterías exhaustas, miro mi pila de cuadernos desordenados. No le cedamos al viento nuestros muertos. Dejemos testimonio de lo que nos rodea. Huérfanos y a oscuras, protejamos lo que brilló como un relámpago en nuestro pasado. Perpetuemos las situaciones donde no hay infierno. Y cuando la tempestad arrecie y no tenga piedad y arranque los árboles de cuajo y yo apoye mis pies sobre la tierra con toda la fuerza de la que soy capaz, dame la mano. No me sueltes. La cara del ángel será una mueca congelada de horror, sus alas frágiles se abrirán de a poco, lastimadas, y no podrá quedarse con nosotros. No podrá cuidarnos.

Somos nosotros quienes debemos custodiar las ruinas y acariciar y amar las cicatrices. Como el viento también nos llevará, atémonos a la cintura las películas y las palabras. Para que nos ayuden a recordar. Uno solo no puede. No mires hacia atrás, donde está el futuro. No dejes de mirar cada una de las batallas que hemos librado. El viento nos levantará dándole la espalda a lo que viene, para no olvidar lo que hemos tenido.  Para tatuarlo en nuestra memoria y plantarlo en los días venideros. Hubo poesía después de Auschwitz. Una rara especie de flor floreció en Hiroshima. No escuches a los traficantes de la peste. No tiembles. No tengas miedo.

No me sueltes.

domingo, 6 de septiembre de 2009

MEZCLARSE HASTA NO SABER

Yves Klein, Azul monocromo, 1961

Para Òscar Solsona, que sabe de qué se trata. 

I.     Cómo se entra a un color

A un color no se entra como a una habitación. No se empuña el picaporte de la puerta y se empuja hacia abajo y se da un paso adelante cerciorándose de que la luz está encendida. A un color se entra con el cuerpo y con todo lo que hay adentro. Del cuerpo y del color. Puede irse de a extremidades, gradualmente, para sentir una tremenda transformación irreversible operándose en la punta de tus dedos, en tu talón, en la curva intrigada de tu rodilla. Un color te opera. Te alza y te acuesta en la camilla, te rasga y te tiñe sin pudor. Mejor que dejes tus pudores afuera. Un color se desliza fatalmente por todos tus orificios. Mejor que no te selles los agujeros. Porque un color te invade. Tendrás el coxis y el estómago, las muñecas y la cinta espiralada de los intestinos impregnados hasta el fondo de las vísceras y dulcemente entregados a su suerte. No se trata de líneas. Las líneas se inscriben y se trazan. El color te habita. La línea es una letra del lenguaje, una turista extraviada en tránsito. El color es una cura de silencio, ha succionado y abolido el lenguaje.

El color no tiene límite ni forma. Es una zona infinita de sensibilidad. Se activan todas tus terminaciones nerviosas, abriéndose como flores en el agua. No hay juicios ni clasificaciones. No hay dolor. En el color el pasado y el peso se deshacen, se esfuman las alambradas que dividen los campos, no hay servidumbre ni sometimiento. Hay deslizamiento y flotación. Penetración, inmersión y ascenso, hasta un lugar donde jamás se termina el color. En el color no se lleva luto ni se mastican duelos. Uno se chupa la nuca, se lame los tobillos, se muerde las orejas y se escupe el ombligo, con tierna saliva de color. Es como si hubiera nacido contorsionista. Como si se trepara a trapecios invisibles. Podés comerte el color, como Van Gogh se comía los colores del tubo. Podés inhalarlo como una droga. El te comerá, también. Será un canibalismo igualitario. La deglución entre estrictos semejantes y recíprocas antenas y transmisores. Porque tu carne y el color son un bosque de esponja.


II.     Cómo se nada un color

Dejándose llevar. Si no sabés nadar y flotás boca abajo no importa, porque a esta altura estarás inundado de color. Es como si te lo hubieras tragado todo. Aunque está claro que no te lo tragaste. Los dos se bebieron mutuamente. O se comieron, donándose a bocados. Las distinciones conceptuales ya dejaron de tener importancia. Pero un color no es plano. Tiene accidentes geográficos. Remolinos hondos e imprevisibles, concentraciones que emergen como piedras volcánicas, oquedades y texturas dispares, al tacto y en su temperatura. Sentirás espasmos. El arco genital se tensará al máximo. Un color es sexo. Y el inmenso reposo que sucede al sexo, eso es, también. Flotarás con los brazos en cruz, aliviado. El color se ríe del madero y la corona de espinas. Un color no es sublime. Es prosaico como el pasto que rumian las vacas, como los ojos de las vacas que reflejan las nubes, como la sombra de las nubes que duerme en el lomo de las vacas. Un color es sagrado como un animal.

Se anuda a tus pies, te calienta el pecho, te lava la cara. Busca el refugio de tus manos abiertas. En un color se ahogan los prudentes de puños cerrados. Pero son náufragos que no verás. El color los expulsa para no mancharse. Un color es un templo que exilia a sopapos a los fariseos. Solo recibe a los intrépidos que no han medido. A los que no especulan ni trafican. A los que se sacaron los calzones antes de entrar y entregan todas las monedas por un gato (de tiza). A los que se aferran a un gato como quien se aferra a los mástiles de un buque, mientras se enardece y estalla la tormenta. Un color te abriga y te espera. Te sutura intradérmicamente la cicatriz.

Un color se deleita asediando el culo. Que para eso está. Tu culo. Además de para el pedestre oficio de sentarse, en diversos tronos. Imaginate el entusiasmo del color apoderándose, sin resistencias (obviamente), de tus cachas que no han visto el sol. Para un color no hay mayor desafío que el blanco de la estepa siberiana, de los parques helados en invierno, de la anestesia y el horror vacui de las pantallas mudas. Igual, te imagino niño, revolcándote alegremente en el color y ofrendándole el culo cual cabeza de San Juan Bautista. Pero acá nadie decapita, nadie corta, nadie sacrifica ni amputa neurotransmisores ni los cables ardientes del corazón. Un color es entrega.

III.     Cómo se sale de un color

No se sale. Y bueno, ¿qué esperabas? Tampoco se sale de la infancia ni de los grandes amores. Uno se queda así, coloreado in eternum. Que no es lo mismo que "colorido", que para eso alcanza con cambiarse de ropa. No hay camino de regreso. Presiento que tampoco quisieras intentarlo. El que se da no se quita, el viajero no abandona el viaje (no es la línea, nómade y retráctil). El que ingresó en el color sin pasar por la revisación médica, dejando sus modestas posesiones en el vestuario y guardando lo que debía guardar en la memoria sabía, cuando la primera partícula de pigmento se adentró en su psiquis y en su anatomía, que seguramente no podría volver. Por eso el color lo dejó entrar.

Así estás ahora, empapado de color como por una lluvia, con tu sangre vuelta sangre del color que elegiste para comulgar. Y yo creo que no te das cuenta y es esa inconsciencia lo que te hace bello. Porque tus incursiones no son excursiones ni tus cartas se envían con sellos de correo. En cada uno de tus gestos va toda tu vida por detrás y está Dios adelante, convertido en una espléndida manada de búfalos. Es posible que extiendas tu mano y no lo toques. Tocarlos es, en definitiva, lo que menos importa. Lo que importa es extender la mano y ver los búfalos, aunque no existan. Porque tampoco la existencia de los búfalos es importante. Lo que importa es verlos, hechos de la materia del deseo y la revelación.

No necesito ver Constantinopla para ser que existe, dijo una vez un rey. No necesito ver un muerto para llorar. Me basta con ver subir a la gente a los autobuses. No necesito que me cuenten un chiste para reír. Me sobra con mirarme en el espejo.

Lo que quisiera es, simplemente, un color. Mezclarme en él, como vos te mezclás con cada cosa, hasta no saber. No saber dónde acabo ni dónde termino, dónde dejé mis brazos y mis piernas, dónde quedó mi cabeza cansada de la lógica y mi corazón abatido por los autobuses. No saber si soy yo o si soy el color o si somos, al fin, el mismo estremecido y liberado asombro. Saltar y que me lleve el color, que será mi red, aunque la gente tropiece con mis pedazos dispersos en la calle.

No estoy aquí, me decís, donde pueden tocarme. Me fui al color y que me mire el que pueda verme.

Yves Klein, Salto al vacío, publicado en un Diario de un solo día
Domingo, 27 de noviembre de 1960


Dijo Pilar, volviéndose verde-Federico 
mientras navegaba en el azul Klein:

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

Y dijo Arturo, mezclándose en la mezcla de Oliverio,

porque Arturo es pura mezcla con el mundo:

No sólo
el fofo fondo
los ebrios lechos légamos 

telúricos entre fanales senos
y sus líquenes
no sólo el solicroo
las prefugas
lo impar ido
el ahonde
el tacto incauto solo
los acordes abismos 

de los órganos sacros del orgasmo
el gusto al riesgo en brote
al rito negro al alba 

con su esperezo lleno de gorriones
ni tampoco el regosto
los suspiritos sólo
ni el fortuito dial sino
o los autosondeos 

en pleno plexo trópico
ni las exellas menos 

ni el endédalo
sino la viva mezcla
la total mezcla plena
la pura impura mezcla 

que me merme los machimbres 
el almamasa tensa las tercas hembras tuercas
la mezcla
sí
la mezcla con que adherí mis puentes


Y llegó Portinari y dijo, abriéndose la garganta,
desde el fondo del mar:


A un color se entra desnudo, sin cuerpo, de sí.
Lleno, sin embargo, el recipiente de deseo,
locura, vibración emotiva.
Lleno de lágrimas.
Lleno de búfalos que no se ven,
de los pedazos nuestros esparcidos
al ser cortados por la red que nos sujeta.
De ojos abiertos sin ser ojos,
de pupilas dilatadas dispuestas
a recibir el color en ellas, por entero.
Un color se devora a dientes llenos,
a boca abierta de mandíbula desencajada.
Con manicomio enfurecido allá,
donde vigilaba la testa,
al mismo tiempo que te engulles a tí mismo
y recibes el color de un soplo,
suspiro, de una ola, voz, o tortazo.
Un color se vive con, en y por el color.
Perdido en cada ausencia de su esencia,
inasible, incapaz de ser medida.
Una vez realizada la pérdida
ésta no es reparable.
Uno está perdido
sin nada más que uno mismo,
que es el color.
Esencias que se difuminan
en el suspiro o tortazo,
lleno de pupila agigantada
por la vivacidad llena.
El color es todo,
dónde buscarse, dónde perderse,
cada cifra del “no” y del “sí”,
medida y sin medir.
Un color es la sombra de nuestra caída.
Y todo lo que no se ve
y se extiende en el horizonte
de nuestros prismáticos para divisar colores.
Puedo sentir tu color,
con mi prismático de pérdidas,
de sombras de caída,
antes de que el cuerpo se engulla,
antes de que el beso queme,
antes de que el ojo se cierre.
Klein no salta al vacío,
hay un color que le espera,
en ese momento que ilustra mi habitación
en un lugar sagrado,
como un animal de nubes.
Guardado todo con tanto celo.

sábado, 5 de septiembre de 2009

FONTAINE STRAVINSKY


Fontaine Stravinsky - Niki de Saint Phalle / Jean Tinguély

I.     Hay una fuente

Niki de Saint Phalle empuñaba el rifle, disparaba sin titubear y hacía estallar latas de colores que se derramaban violentamente sobre la imagen. Niki armaba colosales novias desencantadas y se ponía triste y no sabía qué hacer. Un día Niki empezó a pintar. Inmensas y extravagantes muñecas de papel maché. Hedónicas y sensuales nanás. Chasis de aviones último modelo. Figuras de naipes de tarot en su propio y lujurioso jardín en Toscana. Supongo que, aunque los cambios ignoran las líneas rectas, Niki comenzó de a poco a sonreír.

Llego a la Place Igor Stravinsky y lo primero que busco son las coloridas esculturas giratorias, de poliéster y fibra de vidrio, que Niki inventó para su fuente. Pienso en la Place Igor Stravinsky, sobre todo cuando estoy triste, y lo primero que viene a mi memoria son esas esculturas de Niki. Junto a las esculturas móviles de Tinguély, en acero y aluminio pintado de negro. Niki y Jean montaron la fuente sobre el techo de una escuela de música, aligerando el peso del agua, frente al gótico flamígero de la iglesia de Saint Merry.

Sobre la fuente desplegaron las lúdicas estrellas de la constelación-Stravinsky. Hay un elefante, una serpiente, un sombrero de clown. Pero yo voy, instintivamente, hacia el demencial y cinético pájaro de fuego. Podría parecer un conjunto de restos de materia muerta, un simulacro de criatura viviente dotado de un movimiento mecánico producido por motores eléctricos. Un fulgurante pájaro investido de una vida ficticia, gracias a un dispositivo técnico oculto bajo el agua.

Sé que ese pájaro está animado por un soplo superior al del motor invisible que lo hace girar. Porque si yo puedo ver con total nitidez a cierta gente que amé y a quien se le detuvo el corazón (es decir, el motor del pájaro de Niki), seguiría viendo el pájaro de Niki aún si el motor se rompiera, si la escultura dejara abruptamente de girar y desapareciera de pronto la Place Igor Stravinsky.

Rescataría de mi cabeza el movimiento de ese grácil pájaro incendiado, como Monet rescató el de sus plácidos e inquietantes nenúfares de la suya, encerrándose a pintarlos en un lugar donde no podía verlos. Porque era un lugar cerrado y porque estaba prácticamente ciego. Sé también que la alegría que me provoca el pájaro de Niki no proviene del hecho de que hoy esté girando, sino de la certeza de que seguiría girando para mí aun cuando técnicamente no lo hiciera.

Daría vueltas y soplaría agua dentro de mi memoria, del mismo modo que los nenúfares flotaban no sólo debajo de un puente japonés en Giverny, sino en la memoria de quien los pintaba recordándolos. El desmedido pájaro de Niki no tiene el peso histórico, la densidad estética ni el perfume sagrado de la vecina Saint Merry. Es tan profano y banal como un simple puñado de nenúfares. Sin embargo insiste en su movimiento y lo hará aún cuando ese movimiento haya cesado, frente a la solemnidad radical de la iglesia cercana.

Y dentro de esa iglesia seguirán hospedándose, tal vez, los inmigrantes, los pobres y los enfermos mentales de París. A esa isla de resistencia, con su liturgia marginal y su credo iconoclasta, llegarán las vueltas en colores del pájaro de Niki. Llegan y llegarán, cuando nos asomemos tristes a la ventana, cuando cerremos los ojos y aunque nos dure tan poco.

II.     Hay una imagen

La Place Igor Stravinsky me remite inmediatamente al mundo de Felipe. No es la Place, exactamente, lo que me remite a su mundo, sino las coloridas esculturas giratorias de Niki.

Tengo una imagen recurrente de papá. Aprendí a esta altura a no hacer esfuerzos para que esa imagen le de paso a otras, sea sustituida o complementada o acompañada por otras. Hay dos círculos imaginarios en una playa, que forman un 8. Yo estoy en uno de esos círculos; papá está en el otro. Está en traje de baño, con el cuerpo espléndido como en sus mejores tiempos. No me presta atención; me ignora. No sabe que estoy allí. Construye un castillo de arena de dimensiones notables cerca de la orilla del mar. Alrededor del castillo coloca sobre la arena páginas de novelas que leí. El mar puede rozar, acariciar o golpear el castillo. Sopla el viento. Pero el castillo no se inmuta y las páginas no se vuelan. En el otro círculo yo asisto, bajo múltiples formas, a la construcción del castillo. Asisto niña, asisto adolescente, asisto como esto que soy, ahora.

A veces papá se pone en cuclillas y mira el mar. A mí no me mira. La imagen me resulta extraordinariamente útil para recordar los mínimos detalles de su cuerpo: las venas marcadas de las manos, las pecas en los hombros, la línea agitada de su columna vertebral, los dedos cuadrados de los pies. A papá le gustaba el mar y le hacía bien. Quizá por eso su círculo está frente al mar y nunca lo sueño en otra geografía.

Como papá está muerto (aunque a mí me sobren las evidencias en contrario) y yo estoy viva, los círculos del 8, aunque se intersecten, son incomunicables. Yo no puedo moverme de donde estoy. Pero Felipe puede correr alrededor del círculo de papá, aunque no pueda penetrarlo (porque está vivo). Yo desconozco todo lo que anima ese círculo. Papá sabe todo, absolutamente todo, lo que habita el mío. Por eso no necesita mirarme, mientras yo lo observo continuamente.

Si la diferencia entre los dos círculos del 8 residiera en que en un círculo viven quienes mueren y en el otro quienes están vivos, bastaría simplemente que mi corazón dijera basta para poder cruzar al círculo donde está papá. Pero eso no explicaría cómo, a pesar de que a papá se le detuvo el corazón, yo lo veo con total nitidez desde mi círculo.

Que Felipe sea el único que pueda recorrer el círculo de acceso prohibido significa que solo una criatura de cuatro patas dotada de la más elemental inocencia (inconsciente los peligros que la acechan y poseedora del don del juego) puede recorrer y entrelazar, invistiendo el doble círculo del 8 de una luz inefable, el límite radical e inasible entre lo que comúnmente se llama vida y lo que comúnmente se llama muerte.

La figura de mi padre contemplará el mar mientras yo esté acá, en mi ignorado círculo del 8, para verlo. Eso se llama memoria. Así seguiría viendo las esculturas giratorias de Niki, aunque se rompieran y las arrumbaran en un depósito. Rescatando en la sombra, abrazada a un perro, el destello en colores que sobrevive a la desolación del accidente y la voracidad del desperfecto mecánico.