La plage de Pourville
Claude Monet, 1882
Ella se sentaba cada tarde en un banquito de madera, en un ángulo invariable de la sala. Su expresión era, también, invariable. Yo me sentaba en un banco en diagonal al suyo, más grande, frente al cuadro. Jamás intercambiamos una sola palabra. Ella tenía la vista perdida en el vacío. La mía se entregaba al mar que se deshacía en la playa.
Bajaba atropelladamente las escaleras interminables del edificio, deslizando una mano temblorosa por las paredes descaradas de esa espiral semejante a la de mi cabeza, pero quieta. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Me tapaba desesperado las orejas pero no se iba. El tic-tac no se iba. Se aceleraba mecánicamente, ajeno a mi deseo y desprendido de mi voluntad. Era como Glenn Close apagando y encendiendo con movimientos de autómata una lámpara, con un camisón parecido a un chaleco de fuerza, en la penumbra obsesiva de Atracción Fatal. No importa si esa película es buena o es mala o lo que sea. Pero yo era Glenn Close en esa época. A pasos de convertirme en un inconsciente e indetenible bunny boiler, aferrado a los blisters de Lorazepan, desesperado por meterme una pastilla debajo de la lengua. Para que parara el tic-tac.
La pastilla rara vez funcionaba. Ya nada parecía funcionar, excepto ir al museo y dejar que ese mar me lavara el córtex. Me lo hubiera puesto debajo de la lengua, para que me inundara y me enseñara a flotar, sin padecer. Boca arriba con los ojos colgando dulcemente de unas nubes vivas. Nubes fugitivas de materia orgánica, desplazándose en un cielo constantemente conjugado en apacibles variaciones. Dios, si existe, muchas veces mira para otro lado. Dios no miraba mi cerebro, descarrilado como un tren que se quedó sin frenos. Ese cielo, sí.
Cuando el ruido empezaba de noche, me revolvía en la cama intentando recordar la playa. El museo estaba cerrado. Tic-tac. Tic-tac. El ruido no respetaba el horario de apertura del museo. Ahora alternaba con un serrucho. Y con una máquina de cortar carne. Con uñas que rasgaban insoportablemente una pizarra.
Entonces contraté al supuesto estudiante de bellas artes y le señalé la imagen en un libro. "Quiero una igual", le dije. Sabía que nunca podría ser igual, por más diestro que fuera en su oficio. Habría deslizamientos, matices dispares, mínimos movimientos erróneos en su pulso. No se trataba solo de la imagen tangible expuesta a la mirada. También lo que estaba lejos de la playa, ausente pero a la vez presente en ella de un extraño modo, no existiría en la copia. No estaría allí, como si la playa hubiera succionado lo que reverberaba en mí frente a ese cuadro, convirtiéndose en un agujero negro. Pero esa copia sería un original para los otros, en los que evocaría, en el mejor de los casos, otras intraducibles reverberaciones.
Ella se levantó y se encaminó hacia el baño. No dudé. Salí del museo con la playa agitándose bajo mi sobretodo enorme y dejé a la hermana bastarda en su lugar. Fue como conectarme a un tanque de oxígeno.
No fui un ladrón profesional sino un enamorado. Dejé la marca de mi amor bajo la forma de huellas dactilares. Y la copia comenzó a despegarse en una esquina, a revelar su falsedad con el paso del tiempo. Así es, así pasa.
El tiempo, sin embargo, ha sido bueno conmigo. Me ha concedido una década de comunión sensorial con la playa que me había robado. Obviamente no pedí permiso y tampoco debo pedir perdón. Es posible que Dios, si existe, haya sujetado con su mirada el pegamento barato de una playa apócrifa expuesta en un museo. Una playa que, además, se ofreció auténtica hasta ayer a todos los que se detuvieron a mirarla.
Durante diez años, pasé horas sentado en el borde de mi cama, contemplando el mar que lame esa arena de Pourville. Como ese axolotl del acuario del que habló Cortázar, he llegado a ver, convertido en un hombre que flota suavemente como un nenúfar, a un hombre que mira una playa sentado en el borde de su cama. He puesto dosis de ese recorte de Pourville en mi boca, día tras día. He consumido blisters enteros de ese recorte de Pourville que colocó cada vagón del tren sobre las vías, cada filo en su funda, cada carta en su sobre.
Golpearon a mi puerta hombres de absurdos rifles y pasamontañas. "Fui yo", confesé, antes de ser interrogado. Ahora espero, en una celda, que crean que deciden por mí. Las lámparas y los conejos están a salvo. El tic-tac, el serrucho, la máquina, las uñas y la pizarra fueron retrocediendo, deslumbrados, hasta desvanecerse. Me llevarán a una dirección falsa. Cualquier lugar al que me lleven no será, siquiera, una copia, sino un evidente sustituto del lugar auténtico que pisan y pisarán mis pies. La arena de una playa de Pourville, donde lo único que se escucha es el silencio del agua.