PÁJARO DE CHINA
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miércoles, 15 de agosto de 2012
miércoles, 29 de julio de 2009
CÓMO DESCUBRÍ A MARY FAY (I)

Agua, Mary Fay, 1947
Una tarde, hace ya muchos años, a bordo de un tren y pasando las páginas de una vieja revista francesa de ilustraciones que había encontrado olvidada en un bar de la estación, vi por primera vez un dibujo de una tal Mary Fay, a quien jamás había escuchado nombrar. Era el dibujo de un par de zapatillas gastadas y con los cordones flojos, trazado con grafito sobre un papel ajado y de modesta calidad, calzadas por un ser de rostro y sexualidad inasible, ya que el dibujo se acababa a la altura de sus rodillas. Llevaba un pantalón descuidado que dejaba al descubierto parte de las piernas. Me impresionaron esas piernas de autómata. Parecían salidas de un diseño industrial de la Escuela Bauhaus o hermanarse con las del Pinocho de Carlo Collodi. Las zapatillas de maratonista impenitente, ese fragmento de extremidades disruptivas y extrañas y el pantalón displicente de entrecasa podrían haber protagonizado, separadamente y con idéntico rango jerárquico, un único dibujo. Recorté la página que los incluía y la metí en un cuaderno, dentro de la mochila.
No sabía cuándo ni dónde había nacido Mary Fay. Lo cierto es que no podía encuadrarla en escuela académica o movimiento artístico alguno. No era una Artemisia Gentileschi ni una Berthe Morrisot. Tampoco se dejaba adueñar por las vanguardistas del último siglo. Parecía escapar a cualquier intento de sistematización periódica y a todas las enciclopedias y manuales, porque no había dejado rastros en ninguna de ellas. Visitaba por unas semanas a una amiga en Londres y llevé el dibujo al Departament of Prints and Drawings del British Museum. "Lo único que sabemos de Mary Fay es que nació en las afueras de Dublín, que nunca salió de los alrededores y que está viva. Aparentemente dibuja y pinta pero no tenemos ninguna de sus obras en nuestros catálogos".
Mary Fay era una artista fantasma y yo no estaba lejos de Dublín. Al día siguiente, me fui a la prima pobre y literaria de Londres, donde las monedas tenían imágenes de animales o instrumentos musicales, me quedé sentada un rato a orillas del río Liffey y caminé instintivamente hacia el Trinity College. Entré en la biblioteca más hermosa que había conocido pero pasé de largo ante los manuscritos iluminados irlandeses. El dibujo de Mary Fay era un imán más atrayente que la caligrafía exasperantemente cuidadosa del Libro de Kells. Se lo mostré a uno de los viejos bibliotecarios, en silencio. Le pregunté si conocía a la autora. Sonrió y me dijo qué interés podía tener alguien venido de tan lejos en una mujer que rara vez salía de su casa y no tenía el más mínimo interés en vender su obra. "Simplemente quiero conocerla". Me miró a los ojos, escrutándolos. Sobre un papel tan ajado como aquel que parecía haber utilizado Mary Fay para su dibujo escribió una dirección y murmuró: "Trabaja hasta tarde".
Me habían confiado un tesoro. Tomé un tren y llegué a una casa con un jardín delantero poblado de árboles de dos copas y azaleas en flor. Llamé a la puerta y apareció en el umbral una mujer que había pasado largamente el medio siglo, con zapatillas notoriamente gastadas y un jogging gris. Tenía el pelo blanco y sedoso y un cigarrillo en las manos. Le mostré la página de la revista y ella se señaló las zapatillas y los pantalones. Había dibujado una parte de sí misma sentada en la mesa de la cocina. Vivía sola y tenía una tortuga llamada Cleopatra y una cara cincelada de rasgos duros e inolvidables. Acumulaba desordenadamente varios atriles, óleos y telas en su habitación. No entendía por qué yo estaba allí. Y yo miraba fascinada esa república en miniatura, como si fuera una cámara de maravillas. Vi un cuadro de bañistas antiguas, recostadas y erguidas en un puente sobre el agua, frente a una construcción que parecía ser un viejo hotel balneario europeo. Eran crisálidas o libélulas, desplegando telas como banderas al aire, impecablemente diversas hasta en sus minúsculas torsiones musculares. Los colores brillaban e invadían como un perfume indescifrable, hasta marear. "No está terminado", comentó, exhalando el humo del cigarrillo. "Nunca logro terminarlos. Y se nota. No hay nada más difícil que pintar el movimiento del agua. Puedo pasarme días persiguiéndolo".
Mary Fay tenía que irse al bar, donde solía quedarse un rato cada noche. "Podés llevártelo", dijo encogiéndose de hombros. "No creo poder terminarlo nunca". Reparé en que firmaba con seudónimo pero no me explicó por qué. Le comenté que tenía ganas de escribir un libro de cuentos para niños y que sabía que pedírselo era un atrevimiento, pero creía que ella era la única que podía ilustrarlo. "No hay problema", asintió, sonriendo. "Podés enviarme los cuentos por correo".
La acompañé hasta la entrada del bar con mis bañistas bajo el brazo, envueltas cuidadosamente (por mí, no por ella) en una bolsa de supermercado que rescató de un cajón de la cocina. "No se trata de las bañistas", me dijo. "Se trata de lo que les provoca el agua". La fotografía no hace justicia al cuadro de Mary Fay que viajó hasta casa. Es la primera imagen que deseo mirar cuando estoy triste, para que el agua me lama las puntas de los pies y me permita recuperar la noción del color mientras extiendo los brazos, en puntas de pie, sobre un puente que no puede partirse.
sábado, 6 de junio de 2009
ESOS ZAPATOS ROJOS
Su adorable hija mayor me dijo: "Mamá se compró un par de zapatos rojos". Afirmé y pregunté: "Qué reina. ¿Siempre usó zapatos rojos?". Me contestó: "Rojos solamente, no. En realidad, a ella antes la libertad se le escapaba por los colores de los zapatos". "¿Y ahora?". "Ahora sospecho que por todas partes". Pero los zapatos rojos ya los tenía puestos desde hace rato. Si así no fuera, no hubiera podido sobrevivir sus propios tornados personales y seguir adelante. No es el dolor quien le coloca a uno los zapatos rojos. Existen, simplemente, ciertas criaturas dotadas con el don de llevarlos puestos y usarlos como un arma, un escudo y un instrumento para atravesar el dolor. Como a Dorothy, a ella no podrán quitarle esos zapatos mientras esté viva. En el camino amarillo que conduce a la Ciudad Esmeralda, ella vivió los hospitales, que son como noches que no tienen fin. Las despedidas, que son como los aeropuertos cuando están vacíos y uno se sienta y mira a su alrededor y pide que le devuelvan lo que le han robado. Y nadie le responde. Las pérdidas, que son como trenes que se van mientras uno corre y corre y no logra alcanzarlos y se queda de pie, atravesado por el desconcierto y el desconsuelo, en el andén. De alguna manera, ella lo ha visto todo. No necesitó que el Mago de Oz le concediera sus deseos. El Mago de Oz no existe y ella supo ser la mujer que, a diferencia del espantapájaros, no pidió un cerebro: usó el propio con un grado máximo de lucidez, para encontrar su modo independiente de estar en este mundo; a diferencia del hombrecito de hojalata, no pidió un corazón: entregó el suyo y le quedó resto para quererse erguida y espléndida y con el entusiasmo intacto; y a diferencia del león, no pidió coraje: ya lo tenía y con él se subió, por amor, a aviones que iban a enigmáticas zonas polares. Ahora se consiguió un autito de cuento, aparentemente inofensivo pero aguerrido como el de Thelma y Louise y bautizado Greta, como si llevara a la Garbo, también polar y misteriosa, escondida y fumándose un puro en la caja de cambios. En realidad, la Ciudad Esmeralda no queda al final del camino amarillo, sino en cada una de sus baldosas. Como el Mago de Oz, la Ciudad Esmeralda tampoco existe y tenemos que inventarla. Es como el viento de la libertad que entra por la ventanilla aventurera de Greta, mientras ella avanza con Greta por el camino amarillo pisando resueltamente el acelerador, con el taco exquisito e indomable de sus zapatos rojos. miércoles, 3 de junio de 2009
SO SO SEXY
Viene segunda. Viene detrás de La Otra. Ella lo sabe y lo acepta. La Otra es la reina y ella es la princesa. La Otra es gélida y tiene músculo. Ella quema y le sobra piel. La Otra es capaz de partirte la boca. A ella se la partirías. La Otra empuña la guitarra como un falo (propio). Ella acaricia el micrófono como un falo (ajeno). La Otra se para sobre el escenario con los brazos clavados en la cintura y las piernas abiertas, como un boxeador. Ella se desliza sobre el piano como si fuera una sábana húmeda. La Otra dicta cátedra de todo. Ella, de sensualidad. La Otra se reinventa todo el tiempo. Ella tuvo que reinventarse, básicamente para no morirse. De La Otra puede decirse lo que se te ocurra. De ella que es tan ... tan sexy.
lunes, 25 de mayo de 2009
LAS VARIAS VIDAS DE SUSAN BOYLE
Su biografía oficial es conocida. Susan nació en un parto complicado que le dejó un leve retraso de aprendizaje. Tiene 47 años pero parece tener muchos más. Es virgen, jamás besó a un hombre, vive en una de las regiones más pobres de Escocia junto a su gato Pebbles y hace tareas comunitarias en una parroquia. Se presentó al concurso Britain's Got Talent. Todos se burlaron de su apariencia hasta que abrió la boca y deslumbró al mundo cantando I dreamed I dream, con una voz exquisita que parecía no salir de su cuerpo y contradecía con su belleza la que a su cuerpo le había sido negada. Millones de personas asistieron al supuesto milagro vía YouTube y Susan, ahora, es famosa.
Susan dice que no tiene la menor intención de cambiar su aspecto y ha cedido a la fama apenas el largo de su pelo, algunas canas y el ancho de sus cejas. Si logra resistir el canto de sirenas y no quema sus inocentes vestidos antiguos y sus cómodos zapatos de tacón para permitir que la disfracen de alguien que no es ya habrá ganado, probablemente sin saberlo, una batalla.
Pero esto es apenas un poco de lo que sabemos de Susan Boyle. Cuando Susan canta, no solo afina y modula extraordinariamente, sino que imagina, siente y vive las vidas no incluidas en su biografía oficial. Es un mujer fatal, una encantadora de serpientes o una gata en celo iracunda y desesperada. Ella, que siempre durmió sola o abrazada a Pebbles.
Posiblemente Susan encarne una definición posible del artista: aquel que puede experimentar con una intensidad radical mundos que jamás pisó pero que nadie pisaría con tamaña densidad y entrega. Susan no necesitó ir más allá de su soledad, Pebbles y la parroquia para arder por amor y recorrer con el alma encendida cada escalón del abandono y la esperanza.
En eso, y no en el prodigio de su voz, radica su incomparable e hipnótica belleza.
viernes, 8 de mayo de 2009
ESA MUJER (NACIDA UN 7 DE MAYO)
Pinturas: Mark Rothko.
Música: "Palabras para Julia". Letra: Juan Goytisolo. Música: Paco Ibáñez.
Canta: Liliana Herrero.
jueves, 7 de mayo de 2009
COLA DE CABALLO
La cola no es la del caballo, sino la de ella. Su cola de caballo. De amazona y de rito tribal. Un huracán de la naturaleza suave como la seda, intimidatorio y atrayente como un relámpago y dotado de un estatuto propio y altamente enigmático y perturbador. Ella ha convertido algo funcionalmente inútil como una cola de caballo en un devastador instrumento de seducción que nunca ve, porque lo lleva rozándole la espalda. Cuidado, puede rodearte el cuello. Convirtiéndose en un lazo que te entibia o una soga que se tensa hasta asfixiar. Ella es implacable y conmovedoramente vulnerable; por eso, su cola de caballo es un látigo que te enloquece y te pone a sus pies, o un pañuelo larguísimo que se inventó para secarse, a escondidas, las lágrimas. Todo su carácter puede condensarse en una imagen: la calma de una playa desierta y un cielo despejado, atravesada por el pulso y el impulso del paso decidido y pasional sobre la arena. Ella, como este caballo, no se detiene ni se domestica. Su cola de caballo se entrega al viento como una bandera. Acá estoy yo, te dice. Por favor, peiname dulcemente hasta que llegue el sueño. Mi cola de caballo se enredará delicadamente entre tus piernas, será tu talismán de la buena fortuna, anudará tu corazón al mío y nunca, nunca, te olvidarás de mí. Fotografía: The Pony Tail Girl.
martes, 28 de abril de 2009
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