PÁJARO DE CHINA
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sábado, 17 de septiembre de 2016

LA COMUNIDAD ORGANIZADA



¿Querías "followers"? Acá están. 

"It follows" ("Está detrás de ti", David Robert Mitchell, 2014). 

Una auténtica comunidad organizada. 

En Shangrila. 




lunes, 23 de mayo de 2016

MISS AMÉRICA


Quentin Tarantino escribe su discurso sobre el estado de la Unión en The Hateful Eight (2015).

Que junto a la Estatua de la Libertad coloquen a Daisy Domergue, rumbo a la horca.

Daisy Domergue, "Miss América".

En Shangrila.



lunes, 16 de mayo de 2016

NUNCA ME SENTARÍA A TU MESA




Un debate son dos tipos frente a frente, a la buena de dios. Y estos dos se odiaban. William Buckley Jr. vs. Gore Vidal en "Best of Enemies" (Robert Gordon - Morgan Neville, 2015).

En Shangrila.


miércoles, 18 de abril de 2012

INSTRUCCIONES PARA AHORCARSE CON UN RELOJ




Cómo oficiar de obediente ventrílocuo del Cine (Así, con Mayúsculas, como si se tratara de una Verdad Revelada). Y aplaudir emocionado el suceso, con trajecito, corbata y zapatos relucientes. Benditos sean los huérfanos que escaparon de esta tiranía edulcorada, si luego pudieron escapar de la jaula de hierro de la auténtica tiranía caza-niños. 

Hugo (Martin Scorsese, 2001), en el mar virtual de nuestro buque de tormentas, Shangrila. Así iniciamos un viaje, sin brújula ni plan, por la infancia en el cine. 



martes, 28 de febrero de 2012

HOOVER & THATCHER: EL MONSTRUO FILMADO





Cómo filmar un monstruo. "J. Edgar" (Clint Eastwood, 2011) - "The Iron Lady" (Phyllida Lloyd, 2011). No vienen de París, toman la sopa, nos hacen sentir tan, tan protegidos.

En la bitácora on-line de Shangrila.



sábado, 25 de junio de 2011

UN TIBURÓN SOLO QUIERE COMER






Un tiburón solo quiere comer. Y a veces, comerte. La persistente mandíbula de Tiburón (Steven Spielberg, 1975) en Shangrila. 



martes, 12 de abril de 2011

ANTICRISTO: APARTA DE MI ESTE CÁLIZ





Anticristo, de Lars von Trier (2009).

La mujer en el bosque. El bosque de los cuentos infantiles, la hermandad imbatible de las brujas y el descenso al infierno del placer. En Shangrila.

Dedicado a Say, que diseñó y habita una casa dorada para pájaros. "Decir", en cualquier lengua, se dice Say.





sábado, 26 de marzo de 2011

LOS OJOS DE CLEOPATRA





Cleopatra tenía los ojos color violeta.
Liz Taylor se sacó sus ojos y se los puso
a la reina del Nilo.
Los antiguos ojos de Cleopatra
se hundieron en el agua.
Así fue,
aunque así no haya sido.
Los manuales de historia no conocen
la ley de la transmigración.
Los manuales de historia se disuelven
en mis ojos anfibios.








miércoles, 2 de marzo de 2011

PASA EL REX





Nada fue como te lo imaginaste.
Nada.
Pero eso no importa, si viste pasar el Rex.
No importa que el Rex fuera el orgullo
de la Italia fascista,
que lo alcanzaran 123 misiles
de las tropas aliadas
y cayera recostándose mansamente
sobre la costa adriática,
incendiándose de punta a punta.
Que los pilotos de los Beaufighters sintieran,
mientras lo bombardeaban durante tres días,
que era demasiado bello para hundirlo. 
Y continuaran, durante tres días,
bombardeándolo,
aunque no hubiera nacido para la pólvora
sino para el placer.
Ya había cruzado el Atlántico,
llegado a Nueva York.
Por su cubierta se paseaban
elegantes señoritas con sombrilla,
que enviaban postales desde un Rex
dibujado en colores;
imágenes de un álbum infantil,
con matasellos de encanto.  
Si te sentaste a esperarlo sobre un mar de plástico
agitado por los ventiladores de tu Cinecittà,
en un modesto botecito de madera
bajo una falsa noche de estrellas terminales.
Si esperaste y lo viste pasar,
majestuoso, inalcanzable y colosal.
Iluminado como una catedral
que recibía, como pobres monedas, tus plegarias.
No importa que el Rex fuera de cartón pintado.
Que súbitamente apareciera y te ignorara.
El paso del Rex acaba donde la vida empieza
y empieza para que se suspenda la metralla.
Yo también vi pasar el Rex.
El acordeonista ciego preguntaba
“¿cómo es?”
mientras retrocedían las palabras.
El Rex era tan bello que dolía.
Y los Beaufighters lo perseguirían
porque el milagro es mentira y no puede durar.






(incluido en Rehenes, inédito)






miércoles, 16 de febrero de 2011

JACK & ROSE





Jack & Rose sellan mi pasaporte
a un mundo de campanas de cristal y pasamanos
donde se salvan los dibujos naufragados,
donde las cosas duran en el fondo del mar.
Zapatos y juguetes, porcelanas y pianos.
Lloro descontroladamente mientras se descubren,
deslumbrados. En la heladera me queda
un cartón de leche sin abrir. Restos de chocolate.
Sé que Jack se hundirá aterido en el Mar del Norte.
Que Rose vivirá y parirá y envejecerá sin olvidarlo.
Que esta bengala será silencio y polvo.

Desconecté el teléfono. El agua succiona las palabras.
Me envolví en una frazada quitapenas.
Me calcé las medias de lana con agujeros.
Lloro porque se aman y hay un iceberg gigante a la deriva.
Sé que la catástrofe no repara en daños.
Pero aprendí a llorar, como en la infancia, 
a escondidas, 
tragando despacito el azul metálico.

Mañana tengo que remendar las medias, ahuecar la frazada,
ir al mercado a procurarme los panes y los peces.
He visto los escasos botes de emergencia.
La brevedad aterradora de los plazos.
Lloro porque la intensidad angelada de ese amor
invertirá el sentido de las olas que me tapan.

Me mienten. Me destripan. ¿Debo llorar o reír?
¿Por qué no dejar ir los pedazos de hielo?

En todo caso, debería revisar la noción de lo superfluo.
Apollinaire recordaba
la puerta del culo femenino en la trinchera.
En un trineo infantil cabe una vida entera.
Debería escribir
sobre la vida silenciosa de las cosas.
Los cartones de leche, las medias, las frazadas.
El mínimo equipaje del exilio.

Jack & Rose suspenden los relojes y la guerra,
el accidente y la melancolía, 
las esquirlas de obús en la cabeza,
estas horas menudas y terribles,
las horas del desastre que nadie filmará. 





(incluido en Rehenes, inédito)




  

miércoles, 1 de diciembre de 2010

MI CLUB, MI TELESERIE





Me inclino ante Dr. House y Damages. Pero éste es mi club, ésta es mi teleserie preferida y está en http://inkout-laserie.blogspot.com/. 
Sí, creo que así debería ser la escritura. 
Y la vida. 





martes, 30 de noviembre de 2010

TI STRINGONO FORTE


Existe lo genial y lo entrañable.
¿Lo entrañable se hace desde las entrañas?
Las entrañas se intuyen, se revuelven, se besan.
Los desconocidos de siempre te abrazan
mientras tu cuerpo cae.
Las ventanas de los hospitales son tan tentadoras.
Las ventanas de los hospitales son aterradoras.
El mundo da más miedo todavía
adentro de los hospitales.
Los desconocidos de siempre balbucean.
Buscan tu boca en la caída.
Ríanse. Es triste. Por favor, ríanse.
Detrás de la puerta están los nuevos monstruos.
Apoyo la palma de mi mano contra un afiche
encontrado en un puesto destartalado del Lido,
colgado desde hace años en mi cuarto.
He venido a escuchar la noche junto al mar.
He leído cartas de mi padre.
"Mi compañero de cuarto me habla
de cuando estuvo en Norteamérica.
Yo le cuento algunas cosas del pueblo".
Mi padre escribe: "Norteamérica",
a donde nunca irá.
Nos subíamos al metro en traje de baño,
con las gafas de sol y la heladerita.
Las chicas se sentaban
sobre las rodillas de sus novios.
Ellos jugaban con las tiras
del corpiño de las bikinis.
El metro rumbo a las playas del Lido
parecía un bar.
Uno cae, realmente, en cámara lenta.
Ríanse.
Hoy se acabó el mundo
que yo conocí.




(estos hombres fueron mi república)

domingo, 31 de octubre de 2010

I LOVE YOU STEVEN RUSSELL



Steven Russell: Te amo. Has demostrado que, por amor, uno es capaz de hacer, literalmente, cualquier cosa. Y cuando digo "cualquier cosa" me refiero a inducirse un coma hasta quedarse seco, pasearse por los pasillos del presidio vestido de drag-queen o afanarse todos los marcadores de tinta verde que existan en la cárcel para teñirse el uniforme y rajarse vestido de enfermero.

Has demostrado que, por amor, uno es capaz de convertirse, literalmente, en cualquier cosa. Y cuando digo "cualquier cosa" digo falso abogado, médico o asesor financiero de una megacorporación. Más eficiente y creativo que los profesionales verdaderos. O sea que ... nada de falso. El límite entre la realidad y la ficción se borra continuamente. Y tu copia del original no es una copia boba sino crítica, porque demuestra cuán aburrido y bobo (como la mala repetición de un chiste) es, en definitiva, el original al que los diplomados entregan como ofrenda su sistema nervioso.

Finalmente, has demostrado que, armado de tenacidad y de optimismo, un modesto ciudadano de a pie puede llevarse puestas todas las instituciones de Texas, tocarle el culo al sistema sin inmutarse y dejar al sistema con el culo al aire exhibiendo al viento la leyenda: "Querido Sr. Sistema: eres tan imbécil". Todo eso operando por teléfono, sin salir de casa y con calzones de red. Chapeau!. Quiero clases a domicilio, aunque no puedas dármelas. 


Tengo una teoría particular acerca de ciertos robos y estafas, Steven Russell. Cuando a uno le arrancan un pedazo, sale a robar para que se lo devuelvan. Para recuperar, de algún modo, lo que le pertenecía. Ese robo no es un delito ni es una venganza. Es un acto de redención. Robar es reapropiarse de lo que nos robaron. El botín es la compensación simbólica de una herida fundante que no cierra.

Por la misma razón se fraguan tarjetas de crédito o cédulas de identidad, con una displicencia a prueba de bala. Se actúa como un auto-Robin Hood y no se duda de que el supuesto robo o la aparente estafa es un acto de justicia que nadie ejecutará por nosotros.

Es fantástico que te hayan filmado en planos cortos que no dan respiro, porque la vida dura tan poco que más vale montarla con aceleración. Además, uno jamás sabe dónde estará parado en el próximo minuto, que ya es este minuto en el que te escribo, pero tampoco es éste ni este otro; en realidad, eran esos minutos que ya se fueron.

Es fantástico, también, que la banda de sonido de tu vida subraye y enfatice, porque ... ¿qué son las grandes y desatinadas historias de amor sino un subrayado de nuestra voluntad y un énfasis de nuestra obstinación en entregarlo todo, a quien usualmente no nos pide tanto?

Phillip Morris te dijo que le bastaba que estuvieran juntos. Le bastaban cartas de contrabando, chocolates con versitos en el reverso del papel plateado y bailar un lento adentro de la celda. Pero no podías, siendo hijo del abandono, no regalarle Key West.


Curando tu carencia involuntaria con la deliberación ilimitada de tu exceso. Por eso te amo, Steven Russell: porque lo ilimitado no fue tu exceso de novela, sino la determinación con la que saliste a buscarlo, para compartirlo con Phillip Morris. Que no es en este caso una marca vulgar de cigarrillos, aunque genere adicción, sino una forma posible del amor inalcanzable en South Beach, cuando se nos murió el Visconti que filmó a un delicadísimo Tadzio frente al Adriático.


Porque al ver a Phillip Morris recordé a Tadzio y pensé que, en estos tiempos, probablemente Tadzio sólo podría reencarnar en Phillip Morris y las playas del Lido podrían mudarse a Miami, si y sólo si les ponen esas nubes. Esas nubes de cuaderno escolar que son el corazón de tu película y evocan el futuro encerrado en las vísceras o el vuelo de las aves que descifraban los augures y arúspices romanos.

Ellos vaticinaban prosperidades o batallas. Vos invariablemente encontrabas una nube con forma de pene. Esa es otra de las razones por las que te amo, Steven Russell, en la medida en la que uno pueda afirmar que existe algun raciocinio en el amor: porque al ver un pito en una nube tuviste claro, de niño, tu destino. Y porque donde algunos ven princesas o unicornios, vos viste un nítido pito de tamaño XL.

Además, sos la evidencia ambulante de que somos huérfanos. No bastará repetirlo hasta el hartazgo. No te bastó hacerte policía para investigar dónde estaba tu madre. Cuando la encontraste y como suele pasar, casi te parte la puerta en la cara. La escena formidable en la que el turro de tu hermanito te revela tu origen es una demostración no sujeta a debate de lo horrible que puede ser la vida mientras te caen las lágrimas de la risa. Por eso tu película es el maridaje, en dosis imprevisibles y desproporcionadas, del mar de melodrama y comedia inescindibles donde intentamos nadar mientras nos tapa el agua. Ese mar que pretendiste controlar en una impecable casa con piscina casi pintada por David Hockney, donde uno salta del trampolín sin temor a partirse el cráneo.












Alguien de tu linaje dijo: "Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mí, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo es tal la aglomeración de las que me rodean que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda".

Tus personalidades, Steven Russell, no brotan en simultáneo como las de Girondo. Florecen en cadena dependiendo de tu necesidad, como la serie de retratos de ocasión de mi reverenciada Cindy Sherman. ¿En cuántos nos convertiremos para llegar al final del día?












Jim Carrey, interpretándote, encontró finalmente sus máscaras. No era The Mask, burda y en singular. Eran varias y bajo todas ellas late la desesperación. Para ser querido y para que el amor dure.

Cuando te enterás, hecho percha, partido al medio y en la horizontal de la camilla, de que la mecha es corta y se apaga en cualquier momento, tu necesidad estalla y patea el tablero de simulacros ejemplares del pasado. Tu alucinada cabalgata sexual, al grito de "soy gay, gay, gay", es una sobredosis de esperma vital, un manifiesto existencial memorable. No me extraña que en tu patria, la bienventurada Land of the Free, les cueste soportarla.

Por eso uno se arma su patria propia, como se arma un rompecabezas para resistir el dolor y liberar de sus jaulas el placer, mientras irrumpe Gundula Janowitz o Nina Simone o la musiquita ligera de Dance Hall Days como cortina de fondo, sin que jamás te permitan oficiar de DJ.

El ballet de manos que trafica mensajes clandestinos en tu cárcel es el heredero posmoderno del que nos legó Pickpocket. Te amo porque lo desdramatizaste incluyéndole un reparto de sándwiches de medio pelo, todo en honor a tu brújula llamada Phillip Morris. Si no fuera por amor la desdramatización sería para morirse (de revulsión, entre otras causas).

Pero cada uno de tus disparates te honra porque hay un prójimo, deseado hasta que duele el estómago, en la línea de mira, con profusión de colores pasteles, reinado del amarillo patito e irrupción de ritmos hawaianos.


Cuando no se mide, se hiere no sólo por avaricia sino también por derroche de regalos. Y de tanto empujar, haciendo uso de todos los recursos imaginables y deshaciéndose para que el otro salga, uno termina metiéndose adentro. Te amo porque ni eso te importa, Steven Russell, de tan indigno que sería amar con la calculadora en la mano y sin asegurar que uno se ocupará de solucionar las cosas para abolir la condena ajena. "No te preocupes que yo me ocuparé" es la bandera sin red de Steven Russell, que le inflige una condena a perpetuidad, en la prisión física y en la de su cabeza.

Deseo con toda mi alma que te escapes, por quinta vez. Que veas la nube y corras sin mirar atrás y los de gorra no puedan alcanzarte. Que el recuerdo de Phillip Morris (tu Humphrey Bogart, tu Ingrid Bergman) te sostenga. Pero, básicamente, quiero que vuelvas a escaparte amparado por la nube que te corresponde.


Porque sé que para sobrevivir hay que escaparse, cuando el aliento de una pantera invisible te roza la nuca. Sé que hay que hacer del escapismo, que es la antítesis de la evasión, un arte.

Te amo y te agradezco que, una madrugada insomne, tu vida filmada no sólo me haya quitado el dolor del estómago, sino el miedo del cuerpo. Es una las tantas dichas tremendas que nos concede el cine. Y el empecinamiento de escapistas irredentos como Steven Durrell.

Esta historia realmente sucedió. Realmente.





Imágenes: I love you Phillip Morris (Glenn Ficarra-John Requa, 2009) - el distribuidor local que rebautizó este film Una pareja despareja debería ser ajusticiado.
David Hockney, A bigger splash, 1963. 
Cindy Sherman, autorretratos sin título.



jueves, 21 de octubre de 2010

SER MALOS


Esta noche muchas bocas políticas discuten a quién le arrojarán un muerto. Hay un nuevo cadáver en Argentina y ninguna boca política quiere que le caiga encima. O sea, es un muerto equivalente a una mancha, una pestilencia, un pedazo de carne podrida que nadie acepta tener en su campo. No habrá campo santo para este muerto. Mariano Ferreyra fue asesinado de un balazo en Barracas, en una manifestación pública en la que reclamaba el cumplimiento de derechos laborales.

Tenía 23 años. Tenía dientes, estudiaba Historia, le crecían las uñas, había trajabado como tornero y ahora estaba desocupado, tocaba el órgano, usaba pantalones con los que su madre no sabrá qué hacer, tenía hambre y también tenía sed, alguna vez habrá sentido que se hacía pis antes de llegar al baño, el sol le habrá pegado en los pómulos de una manera determinada una determinada tarde a una hora precisa, se cortaba el pelo.

La muerte deja un cuaderno de imágenes. No se lo lleva, no lo arrasa. Lo deja, para que oprima ciertos corazones hasta dejarlos sin aire. Deja también cinturones, libros, boletos de tren, monedas en los bolsillos, camisetas. Cada uno decidirá qué hacer con lo que la muerte deja. Los "recuerdos" y las "cosas" de los muertos.

Ya aprendí que vivo en un país que se especializa en matar a sus hijos. Cada tanto les arroja una limosna para que la cosa no se vaya de las manos o les entrega computadoras, para que vean en una pantalla lo largo y ancho que es el mundo que no les pertenece. Casi la mitad de los argentinos son pobres. A chicos pobres de toda pobreza, enterrados bajo cruces blancas en Puerto Darwin, les debemos esta democracia que implica, básicamente, poder decir lo que uno piensa sin que lo descuarticen o lo arrojen vivo y anestesiado al mar.

¿Qué boca política habrá tocado esta noche el timbre de la casa de Mariano Ferreyra, para abrazar, sin decir una sola palabra, a los que deben seguir adelante con un tajo en el pecho? ¿Qué boca política se habrá movilizado espontáneamente para consolar a quienes deben estar arañando las paredes resbaladizas de un pozo negro?

Presiento que ninguna. Porque las bocas hablan, pero no tocan. No se desplazan físicamente para estrechar un cuerpo, intentar sedar una cabeza trastornada hundiendo los dedos en su pelo, sentir una puntada insoportable en el corazón.

Las bocas políticas no tienen corazón. Hacen cálculos, revisan cuánto mide su imagen, encomiendan encuestas, contratan asesores y planifican fiestas para hacernos creer que quieren que seamos felices. Si realmente lo quisieran, no habría fosas comunes, ni cruces en Puerto Darwin ni millones de pobres.

La boca política carece de la emoción primaria de la empatía. Esa carencia radical y aterradora no se advierte en los diarios, sino en la cocina de la casa de Mariano Ferreyra, esta noche. No basta la retórica del repudio ni la promesa repetida hasta el hartazgo de hacer justicia.

En Vincere, la historia de la amante clandestina de Benito Mussolini y su hijo primogénito, el "bastardo", filmada por Marco Bellocchio en 2009, se entra a la vida del Duce en diagonal. El Duce es la hipérbole de la boca política. Empieza queriendo cambiar el mundo y termina convertido en carroña.

Las masas se rinden ante el líder carismático al que el poder no sólo vuelve una caricatura patética, sino una pura dentadura maquínica y ubicua. El actor que personifica al Duce no necesita actuar en la segunda parte de la película, el núcleo de su apogeo y entronización, porque el Duce está, en los diarios y los archivos fílmicos de época, los bustos de mármol y la arquitectura monumental que dejó a su paso, en todas partes.














Ida Dalser, la amante de un furibundo socialista anticlerical y antimonárquico que desafía a Dios con los ojos puestos en el más allá hasta cuando la penetra, la incondicional que vende todo lo que tiene para financiarle la carrera política dándole los billetes con los que se imprimirá Il Popolo d'Italia, termina encarcelada en un manicomio en estado de absoluta lucidez, cargando una pistola con una sola bala destinada al Duce y arrojando, a través de las verjas de un pabellón digno de un zoológico, las cartas que cuentan una verdad que nadie escuchará.











Su hijo, jamás reconocido por Il Duce, será entregado en custodia a un burócrata fascista y terminará imitando a su padre a la perfección hasta que su boca parezca quebrarse, como desfigurada por el pincel de Francis Bacon. Ahora será el mismo actor que interpretó a un Mussolini en ascenso el que interpretará a su hijo, cosido a muecas horrendas y totalmente loco, recluido en el manicomio en el que morirá a los 26 años.

El tono de Vincere es melodramático, grandilocuente, operístico. A ese tono sucumbió también la vanguardia futurista de Marinetti, encandilada por la tecnología del "progreso". Il Duce se comió a su hijo. Como en los cuentos infantiles, Il Duce era un lobo malo, con la diferencia de que en la realidad los lobos son buenos y no se comen a sus hijos y los hombres, sí. Especialmente cuando chupan ávidamente el veneno del poder en cuyo ejercicio brutal han sido adoctrinados.

En Il Duce había maldad y, en su hijo, demencia. Sólo la demencia es inimputable. La maldad es el conocimiento e ignorancia olímpica y a conciencia del sufrimiento del "otro": la anulación del "otro", convertido en un número alienado y codiciado a la hora del voto en la urna.

No creo una sola palabra de todas las que salgan de bocas políticas que no hablen con números confiables a la vista. Maldigo esas bocas (y su corte de babeantes bocas adictas repetidoras de discursos vacuos en cadena) que ni siquiera pueden imaginar, a esta altura, lo que es echar palas de tierra sobre un cuerpo de 23 años.

No conozco otro límite para aspirar a algo mejor, en un país que alimentaría a unos cuantos otros y donde se regalan subsidios de escándalo, las rentas de toda clase crecen y se extranjerizan sin gravámenes ni restricciones, se pagan deudas ilegítimas sin revisarlas y el aparato represivo del Estado se cobra 1 muerto por tortura o gatillo fácil cada 28 horas, que no sea la voluntad política.

Es porque esto puede ser mejor que Mariano Ferreyra estaba ayer en Barracas, luchando por lo que le correspondía a sus prójimos. A la verdad que quema se entra oblicuamente. Mariano Ferreyra no estará en Tecnópolis y dudo de que hubiera estado. La verdad en nombre de la que tantos mueren y otros tantos languidecen en vida está en los apuntes, el torno, los pies, el arco de la cejas y la temperatura de las manos de Mariano Ferreyra, multiplicado en todos los que quedan para redimir la bala que le partió el tórax.





Imagen: Alberto Heredia, serie de los Amordazamientos.

lunes, 13 de septiembre de 2010

QUIRÓFANO OCUPADO



Claude Chabrol (24 de junio, 1930 - 12 de septiembre, 2010)

La alta burguesía se estira en la camilla.
Quisiera acurrucarse
pero en estas camillas no se puede.
Se le enredó el esófago al estómago,
se le pegó el estómago a los intestinos.
El cuerpo de la alta burguesía roza el techo.
Empuja las paredes.
Los análisis indican raquitismo.
Una enfermera entra al quirófano;
está medio dormida, está medio despierta.
Parece que el cirujano decidió irse de viaje.
Confiemos, entonces, en la empleada doméstica
que no descifra la lista de las compras.
Tiene enterrado un bisturí en el pecho y no lo sabe.
Confiemos en el complementario bisturí
de las hastiadas empleadas de correos,
que traducen la lista y acompañan
a los analfabetos tímidos.
Las hijas de la escuela del hartazgo
sabrán dónde cortar.


La ceremonia, Claude Chabrol, 1995

miércoles, 18 de agosto de 2010

LA REINVENCIÓN DEL ORGASMO


Catherine, ginecóloga, examina maquinalmente genitales femeninos. Para Catherine el orgasmo es una mera contracción muscular. Esa es la tarea corrosiva de la convivencia prolongada sobre el mapa corporal de una mujer. Cubrirlo de impotencia y de nieve y empujarlo, lenta e impiadosamente, a olvidar los espasmos de sus ciudades. ¿Cómo eran los tiempos conyugales en los que temblábamos? ¿Cómo eran los días en los que la espera desesperaba el tacto?

En algún momento, quienes conviven se pierden como amantes. David envejece flirteando, cada vez más deseable, a salvo del martirio de la sociedad de consumo. La cosmética, en cambio, desprecia el cataclismo de la menopausia. Catherine, que todo lo controla (incluidas las hormonas de su hijo adolescente), no pesquisará la fidelidad de David pagando los servicios de un detective sino los de una joven prostituta de lujo, para que aborde a David y le cuente a Catherine cómo se hace para seducirlo y cómo él la "toca". O sea, para que le restituya el recuerdo de un tacto.

Porque David ha llegado a estar demasiado cerca, durante demasiados años, para preservar esa cuota imprescindible de extranjería que alimenta la sexualidad.


El sexo es la proyección mental de una película sin cortes ni censura. Un relato en aguas abiertas y sin tanque de oxígeno, protagonizado por extraños a nosotros mismos. Catherine cita periódicamente a Chloe para escuchar la narración detallada de cada estremecimiento íntimo de su marido, aunque la narración se revele finalmente falsa, es decir, una pieza de ficción bordada. La realidad no supera a la ficción. Es la ficción lo que permite que la realidad emerja y fluya sin coagularse ante la norma.

El detalle es crucial y confirma al puñal como un doble instrumento: de la agonía al éxtasis hay un paso (lo saben las beatas esculpidas por Bernini). La narración dispara y verifica la arrasadora potencia sexual de las palabras, que no solo aplazan la muerte de las Scherezade: resucitan a las mariposas muertas. De niña me encerraba a leer en voz alta las historias de Little Birds que Anaïs Nin me susurraba al oído. Del reposo silente en el estómago, las mariposas se precipitaban en línea directa a fregar sus alitas sobre el monte de Venus.


La irrupción real e imaginaria de Chloe  (descendiente menor y directa del Terence Stamp de Teorema) en la vida de los Stewart remite instantáneamente a la desestabilización familiar provocada por la llegada del "extraño", destinado a subvertir el orden, arrancar las máscaras y abrir la puerta, en este caso, al adulterio y la homosexualidad. Chloe es el "otro" que gatilla la imaginación, el tercero que la fantasía sexual reclama para sacudir el tabú y el combustible fresco del voyeurismo.  

Frente a Catherine, invita a quitar el pie del freno y constatar que la pérdida extrema equivale paradójicamente a una libertad mayúscula, que desvanece cualquier mecanismo inhibitorio. En su papel de supuesta "médium" entre los amantes extraviados, Chloe no es sólo el hilo que devuelve a Catherine la esfumada imagen sexual de su marido, sino también la propia. Sólo moviendo la boca para articular un relato, en uso y goce permanente de los sentidos y con una desenvoltura que resalta y relaja la rigidez corporal de su interlocutora.


Hasta que Catherine se astilla y se hace caleidoscopio que puede componer nuevas figuras. ¿Hasta dónde somos capaces de llegar cuando creemos que todo está perdido? ¿Qué cristales inadvertidos de identidad afloran a una superficie emancipada de mandatos y convenciones y puesta de cara al "fantasma de la libertad"?


Tendría que ser hombre para indagar y atribuir la exclusividad a mi género, pero existe definitivamente una complicidad femenina más alta que la ola perfecta para el surfer, que desborda los límites de la sábana lésbica. Una especie de confraternidad fuera del molde que se lleva puestos todos los candados e incluye el rol intercambiable de madre e hija. El roce femenino es el fetiche del macho que espía por el ojo de la cerradura. Un lazo femenino, innominado, podría sobrevivir y sobrevolar los escombros del mundo.

Que el mundo de este film sea insoportablemente estilizado no es sorpresa. Los vínculos se descomponen en una zona residencial de Toronto, entre interiores minimalistas con muebles de diseño y orquídeas solitarias, enormes superficies de cristal y una distribución previsible de asépticos objetos en el espacio. Los hoteles son de lujo; los restaurants, sofisticados y el vestuario, una sucesión de texturas lisas de alta calidad. Una pátina de laca parece cubrirlo todo, con un fondo de música incidental enfática. ¿Qué esperábamos? Los ricos también lloran y María Antonieta no andaba en bikini.

Catherine retrocede y Chloe avanza mientras su psicosis se sale de pista y deviene amour fou. Uno de los jugadores dementiza y los restantes restablecen su "normalidad". Chloe quiere poseer todo lo que huela a Catherine, hasta caer en una toma en cámara lenta imperdonable. No porque estemos hartos de la metáfora del ángel caído, sino por cómo cae.

Elipsis y perturbadora escena final, en la que una horquilla de Chloe recoge el cabello de Catherine. ¿Qué dice esa horquilla? ¿Qué relata? La miro y no sé si es el signo de una evocación o una amenaza. Porque el cabello de una mujer se suelta, se escapa y se suelta en cualquier momento.



Imágenes: Chloe (Atom Egoyan, 2009). Están las pecas irresistibles de Julianne Moore, Amanda Seyfried en los zapatos de una Lolita naufragada y un Liam Neeson con los ojos más tristes que últimamente ha dado el cine (durante el rodaje perdió a su mujer, Natasha Richardson, en un accidente de esquí - el dato biográfico sería irrelevante si no estuviera, intuyo, en el origen de estos ojos). El film es supuestamente una remake de Nathalie X (Anne Fontaine, 2003). No lo es y, si lo fuera, el análisis comparativo lineal no sólo sería aburrido sino inútil.

lunes, 12 de julio de 2010

UN PERRO NECESITA UN TRAPO CON TU OLOR



Mirar por la ventana de una casa que no es tuya, a un par de vecinos que usan, como si les perteneciera, la piscina de esa casa. No saber nadar ni conducir. Los vecinos se bañan en el agua que supuestamente te pertenece y sólo conocés sus nombres. Sólo conocés la superficie del agua. 

Ir a una fiesta llena de hombres vestidos de niños y niños vestidos de superhéroes. Una fiesta de madres que hablan de niños. Sentirse definitivamente perdido en esa fiesta. No saber con quién hablar. No saber dónde poner las manos. Todo está lleno de gente con caras que pasan como en la ventanilla de un tren. El tren va demasiado rápido. 

Pasar los 40 y estar al margen. Que tu hermano rico te llame para que le cuides el perro durante las vacaciones y le construyas una casita de madera. No saber hacer otra cosa. Ser, en consecuencia, un cero a la izquierda. 

Aterrarse entre adolescentes. Que las líneas de cocaína casual y el sexo casual y la música casual de esos adolescentes te aterre. Los adolescentes criados escuchando Babies Go Mozart. Que te aterre que no recuerden nada del pasado reciente. Que no les importe otro tiempo que no sea el tiempo presente rápido como un tren y liso como la superficie del agua. Reírse mientras dura el efecto de tu linea y, después, mirarlos y, después, tener ganas de ponerse a llorar.

Atrás está la banda de rock que quisiste tener y la novia que ahora se casó y tiene hijitos vestidos de superhéroes. A tu lado, la casita inconclusa del perro. El perro se enfermó y los adolescentes le dan de comer cualquier cosa. Festejan pegando saltitos que un animalito extraño apareció muerto flotando en la piscina. Todo en diminutivo. En la superficie del agua.


Dios santo, la vida se desperdicia en gente. ¿En cuánta gente vale la pena poner la vida?

Las calles están llenas de autos. Como las fiestas están llenas de gente. Todo parece estar lleno. Alguien le pregunta a los semáforos si lo dejarán pasar. ¿Cuánta gente te dejará pasar y cuánta gente merecerá tu hueco?

Alguien que sepa que un perro necesita un trapo con tu olor cuando pasa la noche solo, en la clínica veterinaria. Un gesto basta para definirse. Alguien que no te haga demasiadas preguntas. Que te escuche. Que escuche, como quien se prepara para recibir un regalo, el monólogo inconexo que le dejaste en el contestador automático. 

Alguien con quien hayas tenido sexo automático pero no casual, porque los dos tenían la cabeza en otra parte. En la necesidad de reclinar la cabeza sobre un trapo con un buen viejo olor, toda la noche. 


Alguien sin grandes aspiraciones, sin la menor idea de cómo vestirse a la moda, con la cara lavada. Alguien que quiera vivir, por ejemplo, con un carpintero. En un lugar donde todo parece estar vacío. Sin la menor idea de lo que es el éxito. Terminando la casita del perro. Comprando títeres de papel maché para los niños. Sin la menor idea de qué es un superhéroe.

Mejor solos que con los pies pegados al alquitrán de lo único aparentemente sólido que podemos aferrar. Mejor solos escribiendo continuamente cartas de queja a los servicios públicos, a los servicios privados, a los servicios mixtos. Mejor solos en un loquero. Nada de Van Gogh, nada de Walser. Un vulgar y anónimo pobrecito, desajustado, sin nombre ni legado póstumo.

Que espera, aun sin saberlo, que alguien le cambie los blisters de pastillas por un trapo inocente, elemental y tibio, donde poner a descansar el agotado sistema inmunológico y dotar de un sentido a las bolsas cargadas de gente, cargadas de trenes, cargadas de cosas.


Imágenes: Greenberg, de Noah Baumbach (que filma lentamente, sin prédicas, dogmas ni manifiestos, en forma aparentemente relajada pero quirúrgica, sin pensar en el premio ni la posteridad), 2010. Con Ben Stiller (serio), Greta Garwig (para demostrarnos que sin Kate Winslet no estaríamos perdidos) y Rhys Ifanis (aquel adorable Spike de Notting Hill). 

P.S. Hace un tiempo a Hernán se le ocurrió que, para nuestros cuatro perros, sería mejor dormir sobre una sábana, con nuestro olor. Yo voy mucho mejor con las pastillas.



domingo, 30 de mayo de 2010

DENNIS HOPPER MANTIENE LOS OJOS CERRADOS


Sigue escuchando el rumor de las olas.
Ya lo sabe. El cuero se pudre. El metal se oxida.
Los órganos no se sobresaltan. Se dejan comer.
Nada quedará de todo esto.
Otros escuchan, también, el rumor de las olas.
Ya lo saben. No tengo las fotografías ni los nombres.
El peso de sus órganos toca el límite de la arena.
La arena no lo sabe. Los órganos, ya descosidos,
se inclinan a escuchar.
Están sosteniendo las olas.
El mar cumple sus ciclos entre mis parietales.
El mar no puede tocar los órganos.
Toca los bordes de formas que se escapan,
la estela de este nervio, un temblor.
En el extremo de la soledad
los cuerpos se entregan al agua.
El agua hace de los cuerpos su lugar.



domingo, 18 de abril de 2010

DOMINGOS DE SUPER BAJÓN



"Quique, cortála". "Me llamo Enrique", nos dice, fulminándonos con la mirada. "Bueno, Enrique, nos tenés los huevos al plato". Caminamos enredándonos con nuestros propios huevos, lo juro. Estamos hartos de que "Enrique" nos trate de burros. No somos burros. Vamos al cine a pasarla bien, viendo cómo otros la pasan pésimo (ejemplo: 2012). ¿Está mal?

Es domingo a la tarde, llueve a cántaros, hay una humedad que parece que estuviéramos sumergidos en el culo de un elefante y es la hora en la que el cuchillo Tramontina (el gigante, el del asado) nos mira enamorado. O sea, no sabemos si cortarnos las venas o dejárnoslas largas. ¿Es posible que a Quique le cueste tanto entender que nos cruzamos con Bergman y al toque somos placa roja de Crónica?

Quique es culto, se supone, pero no caza la onda del momento. El Zeitgeist. Va a todas las retrospectivas de la Lugones pero se le escapa el culo del elefante, es así. Cuando éramos chicos veíamos por la tele Sábados de Super Acción. Ahora, los domingos a la tarde, nos viene el super bajón. "Hoy por lo menos es la última de Scorsese", le espetamos. "Hace tiempo que Scorsese viene patinando", contesta con aires de suficiencia. "Por eso vamos".

Rodolfo quiere funciones a sala llena. Y no precisamente porque se trate de pelis exitosas. Aceptamos porque fue él quien tuvo la brillante idea de filtrarnos en un par de velorios antes de volver a casa, para tomarnos el café de arriba y comprobar que, efectivamente, al menos alguien está mucho peor que nosotros. El Monumental de Lavalle está que explota. Rodolfo también.

Mientras dos pagamos, dos entran gratis. El Mono improvisa un ataque aterrador de tos y se cubre la boca con un pañuelo manchado de sangre (de cuando se afeita) mientras retrocede hacia la sala en cámara lenta, sujetándose el estómago y haciéndole gestos al que pide la entrada de que se quede tranquilo.

Cuando el Mono está por desaparecer en la oscuridad y el que pide la entrada a punto de desmayarse, Beto entra como un rayo diciendo que se olvidó adentro al pibe que está diarreico. "Flaco, entro, me lo llevo y salgo, porque te caga la sala mal".

Sabemos que la memoria de la gente es frágil menos para la desgracia ajena, así que con la escena de esputo terminal de El Mono el anfitrión del Monumental tiene para toda la tarde.

Di Caprio y Ruffalo nos caen bien porque empatizamos. Nabos hasta la médula. "Atenti con la hawaiana", tira el Beto en la penumbra, haciendo corneta con la mano para ilustrar a la concurrencia. "Al que se le saltó la cadena en serio es a Dicarpio". Dicarpio es el gerente del banco donde trabajamos y Beto tiene un don para los detalles. Nomás ver la corbata hawaiana que pela Di Caprio para aterrizar en La Isla Siniestra (ver foto arriba) para darse cuenta de que su cadena, efectivamente, está en el aire.

La Isla Siniestra es una especie de Alcatraz pero para compradores de hawaianas Dicarpio. Rayados de alto riesgo recluidos en una tapera gigantesca que hace honores a la neuropsiquiatría moderna. El que nos cae definitivamente mal es Ben Kingsley, el bochólogo en jefe del loquero.

No sólo porque por mera portación de jeta curró con Gandhi (es como Morgan Freeman con Mandela, así cualquiera) sino porque la va de pelado finoli. Además nos da look baboso, invariablemente. Y tiene un aire reptil que nos recuerda al serpentario del zoológico, al que de chicos entrábamos apretados, de la mano y cerrando los ojos. Era evidente. No queríamos toparnos con un Ben Kingsley. Ahora nos parece que en cualquier momento abre la boca y desenrolla una bífida de un metro.


Estos dos nabis (no los na'vis, que son los anórexicos azulino-Alba Látex de Avatar, ni los Nabis, que pintaban cuadros), supuestamente tienen que resolver un caso en el depósito de locatis. Si Scorsese fuera políticamente correcto o mínimamente sensible, haría que nos mire (y no que miremos morbosamente) gente "con capacidades diferentes". Pero muestra locatis de maqueta y cartón pintado.

La hawaiana Dicarpio avisa a gritos que este "tema" es un mero McGuffin (la explicación está en wikipedia, como todo; hacés catanpéist de wikipedia y sos culto, como Quique). La verdad de la milanesa es darse cuenta de si Dicarpio "es" o "se hace" (el locati). "Es", obviamente. No lo digo yo, arruinándoles el efecto sorpresa, lo grita la hawaiana en cuanto empieza la peli.

Y lo es por las dos únicas y harto previsibles razones que pueden ocurrrírsele a Martincito (¡volvé a las de capomafias, por favor!): tiene varios muertos en el paredón (de fusilamiento de la Segunda Guerra Mundial - obviamente, nazis con todos los clichés colgando) y en el jardín de su propia casa conyugal - esa extensión personal de las islas siniestras ...

En el fondo no todo está perdido si lo salva la forma. Pero, ay ... las alucinaciones alla flashback de Dicarpio .... "Este travelling es inmoral", sentencia Beto, parándose y agarrándose la cabeza, demostrando de paso que algo de cine leyó (en wikipedia y para cerrarle el culo a Quique). Es inmoral, sí, que Dicarpio recuerde los campos de concentración con estilismos de todo calibre. Preferiríamos esto:


Y es imperdonable que Dicarpio recuerde su tragedia privada con tomas como ésta, donde sólo falta la música de Fausto Papetti:


"Che, apretá el pomo que empezó el carnaval", lanza Rodolfo ante la invasión de papel picado en pantalla, rajándose un pedo epifánico cuyos efectos se apoderan de la sala al segundo. "¿Quién fue el asqueroso que amasó este gas?", interpela uno, mientras todos se tapan la nariz. Sí, la toma es para tapársela. Y es por esta disolución de la responsabilidad gaseosa que a Rodolfo le encantan las salas a pleno.

Acá no es como en el banco, donde cunde el mostaza y al instante todos lo miran a él. El cine es la comunión de las almas y, también, la zona neutral de los flatos liberados a piacere y a escala masiva. Acá no hay policía de las buenas costumbres que castigue el delito. Por eso amamos el cine, entre otras razones.

Relojeo a Rodolfo, a sus anchas e impunemente de coté sobre la butaca, mientras una vieja pide una escafandra. Beto está cebado: "Igualito a la economía de recursos bressoniana; aguanten que está llegando Richard Clayderman".

El Mono no llora. Impresionante. Se vinieron las escenas mélodramatiques con efectos especiales incluidos y el Mono, ni una lágrima. Es evidente que Scorsese no pega una. Mejor, pensamos, así el Mono se descarga a full en el velorio donde cafetearemos gratis. En el que está a diez cuadras a veces hasta invitan con sanguchitos (cortesía de la casa).

Aguantamos hasta el final porque una última oportunidad no se le niega a nadie y, mientras tanto, Rodolfo libera y el Mono, amontona. Beto, además, la tiene servida para dictar cátedra. "Viendo altos emboles también se aprende a ver cine", remata satisfecho cuando se encienden las luces.

Quince minutos después, el Mono se aferra desesperado a un jonca. Se va en llanto porque no puede pagar el crédito hipotecario y para otras cuestiones se le acabó el crédito. Alguien le apoya la mano en la espalda y susurra "por lo menos se nos fue sin sufrir". "No es poco", asiente Rodolfo, sorbiendo el café negro mientras Beto reparte sanguchitos entre los deudos.

"A mí pongánme una hawaiana Dicarpio para la ocasión", me instruye, después de haber separado una bandeja de triples para nosotros. "Cosa de levantar el ambiente". "No es poco", repite Rodolfo pegado al Mono, aceptando las tazas de café que el Mono, arrasado en lágrimas, no puede tomar.

No, no es poco. Por un final sin sufrimiento y con hawaiana Dicarpio en el pecho pago entrada, pienso. Pago entrada y agradezco haber participado en la película.



Fotos: Shutter Island, Martin Scorsese, 2010