I.
En este hotel de mí,
del que no puedo salir, paso mis días.
Cuartos de mí, tercios, mitades, pedacitos
inasibles y desobedientes
como el mercurio que se parte y se pierde
al romperse un termómetro.
Astillas, temblores, ácidos y escaleras.
Escaleras de mí, por donde subo y bajo
según la predisposición del corazón.
Según el grado en la escala
de mi temeridad,
de mi patética y comprensible cobardía.
¿Todas las cobardías serán comprensibles?
¿Todas las puertas dan al corredor?
En cada espacio hay colores diferentes
que dejó la gente que pasó por aquí.
Yo puse lo mío. Yo soy la responsable.
Si el espacio es un páramo oprimente,
será que debí huir.
Si es el ojo en el caleidoscopio,
será que el paraíso son cristales dispares
en sorprendente y continua rotación.
En el sótano guardo la bicicleta.
Un colchón agujereado. Una pecera vieja.
Cuando el pecho declina, pedaleo,
me entusiasmo multiplicando agujeros,
pongo a flotar mis vértebras heladas.
Me gusta hacer girar la planta baja.
Me entusiasma hacer volar la lana.
Me serena rearmar mi columna,
como un rompecabezas.
El conserje me deja travestirme,
jugar a las muñecas,
patinar y escribir en las paredes.
Pero no me permite lastimarme.
Sabe cómo lo hago y está alerta.
Activa una sirena roja de ambulancia
y el rojo se dispara por mis venas.
II.
"Quédense quietas", les digo.
Está bien. Me quedo quieta.
Voy al deli de los inmigrantes.
Cuelgo las uvas frescas de mi axila
y me burlo de las naturalezas muertas.
El chocolate, disuelto en la garganta,
durará lo que dure la noche.
En este hotel de mí
se descubrió la rueda,
la electricidad y la pólvora.
Se inventaron los tratados teológicos,
se cartografiaron las repúblicas,
se avistaron los cuerpos celestes.
Vivió el señor feudal, el Papa y el monarca,
güelfos y gibelinos, dementes y cretinos,
jacobinos, girondinos. Proletarios.
En este hotel de mí
fue crucificado Jesucristo,
abrió las piernas María Magdalena
y se frotó contra el santo sudario.
Se montaron con sangre los imperios,
con sangre se cayeron como naipes.
Se tomó por asalto el Palacio de Invierno.
El Titanic hizo la vertical y se filmó la luna
y hubo un horror que no puedo decir.
Toda la historia transcurrió
en este hotel de mí.
Sería una ficción, un simulacro, un sueño,
si no mordiera con colmillos de lobo.
Cuando me baño me lavo los siglos
que empezaron cuando hice check-in.
III.
Tengo un mensaje urgente en recepción.
¿Vas a cuidarme siempre, de verdad?
¿Desde tu hotel de vos?
IV.
En un cuaderno anoto mis deseos.
Los suelto como pájaros desde el último piso
y miro como caen en espiral
desbordando los círculos
de la polvorienta balaustrada.
El día que se adapten estaré internada
en mi propio veneno de cuerda de remate.
Que el conserje me inyecte
un riff de rock pesado
y empuje el límite
de mis calamidades del pasado
hasta que se deshagan.
Los límites, la inercia, los candados.
Los caminos marcados
en ese cuarto del que deserté
y me fui.
V.
No tiendo las camas.
Duermo en la que me dicte
la meteorología.
Hacer fondo blanco
con las copas de vino que nos ceden.
Y decir: "Death shall have no dominion".
Y después cualquier espléndida bobada.
Alguien está tocando el piano. Ladra un perro.
Juego en los ascensores,
con botas y una falda de colores.
Me visito.
Esto puede llevarme a cualquier parte.
Quiero mis partes. No vendo lo que es mío.
VI.
El conserje me pide que te cuide.
Te pide que me cuides, que me cosas
las cosas que no debí rasgar.
Que me pegues las cosas
que no debí romper.
Es hermosísimo lo que has restaurado,
lo que has equilibrado y desatado
hasta hacerme reír.
Vivimos juntos como dos tarados
que van de fiesta en siesta
por los corredores.
No me apodero del hotel de vos.
No gobernás sobre el hotel de mí.
La intersección bombea y destila resplandores.