PÁJARO DE CHINA
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jueves, 5 de agosto de 2010

XIX.


Nado de noche bajo un cielo de tormenta eléctrica.
No llueve todavía. Ella es.
Mi brazo empuja el agua como una pala mecánica,
un aspa de molino sin edad.
Ella viola mi córnea desde la cornisa,
cuando el perfil se alza para respirar.
El amor es la última pata de rana,
es el último palo de escoba.
Se volaron los techos de todos los reinos,
soplo las miniaturas innecesarias,
las evidencias están detrás de mí.
Nado de noche bajo un cielo invertido,
abro los ojos escritos por sus lápices,
a lo lejos mi línea de la costa
es una cinta entrecortada de estrellas.
Corté mi línea para que empezara.
El amor son los restos contra la corriente.
Ella es.



martes, 3 de agosto de 2010

XVIII.


Los expertos se sirven
mis pedazos.
Estoy subdividida,
de acuerdo a la cartilla actualizada.
Un órgano como un ex-voto en cada altar.
Una opinión en cada estantería.
Cada sensación,
examinada y puesta en su lugar
por un hermano
de la cofradía del conocimiento.
Ya no puedo coserme sola.
Ya me olvidé lo que sabía.
Cualquier necesidad está cubierta
por un área de investigación.
Pero puedo meterme
el talón en la boca.
Acostar
la longitud entera de mi lengua
sobre una imagen que nació astillada.
Yo no estoy despegada.
Que no estoy despegada ya lo he dicho.
Es una ley que cuando esto me duele,
no reconozco su aura, no podría
expresar sus síntomas.
Pega, trepida y duele en todas partes.





viernes, 30 de julio de 2010

XVII.


Las cosas han cambiado.
De niña,
me secuestraron mansamente
en un supermercado,
mientras mi madre buscaba las monedas.
Ahora sospecho de todo.
Vi la tremenda fisura. La olí.
Vi el horroroso desajuste,
deliberado, que la ensancha.
Lo que me sorprende, sin embargo,
es por qué sigo haciendo lo que hago.
Lo que me aterra, realmente,
es por qué sigo haciéndolo
sin necesidad de que me pongas
una pistola en la cabeza,
sin tener madre ni padres,
sin tener,
luego de preguntármelo,
prácticamente nada que perder.
Ahora sospecho de todo.
Y pulo mis articulaciones de autómata
para que me secuestren,
como quien pule y guarda,
en una caja,
una pila de monedas
inútiles.
Mis patéticos treinta denarios.


viernes, 14 de mayo de 2010

XVI.


This is porno.
Entonces dame porno,
dame duro, dame espasmos en tiempo real.
La industria no para. Es la codicia.
Me pongo de rodillas, ofrezco mi nuca,
me pongo en cuatro patas, es todos contra todos,
este coito en cadena no ha tenido lugar.
Ha penetrado todos los lugares.
Multiplicar es la tarea.
Los orificios, los desperdicios,
las medidas de seguridad, los flujos de intercambio,
las lenguas que anestesian la conciencia,
las manos excitadas que se llevan
la comida a casa.
Quiero comer tu cara,
los conductos despegados de todas las caras,
las membranas húmedas y calientes,
nómades y anhelantes de todos los conductos
en la línea de succión fordista,
en el área wi-fi de visión congestionada,
quieren atarme, les pido que me aten,
todos de acuerdo en la Disolución Final.
This is hardcore.
El músculo no duerme, la ambición trabaja,
me baja la cabeza, me trabaja, me lubrica,
me estimula a bajar
hasta la triple
X.

Abro la boca para que me la llenen.
Si no tuviera dientes sería
mucho mejor.

viernes, 5 de marzo de 2010

XV.



Cortaremos el cordón umbilical de tu niño.
Lavaremos sus sábanas.
Lo bañaremos con jabón. Blanco.
Custodiaremos tiernamente sus monedas.
El prado geométrico sostendrá sus pies.
No caerá del árbol.
Las vendas serán innecesarias.
También los acreedores.
El viento no volará las tejas de la casa.
Tendrá peine, cepillo y uñas cortas.
Su lengua rozará apenas el dedo del pastor.
Las teclas del piano no cambian de lugar.

Tenemos un oso atado en el establo,
pero no temas. Está atado.

La Gran Depresión no toca este tridente.
Confíanos tu niño.
El boogie-woogie es malo.




Imágenes: American Gothic, Grant Wood, 1930.
Broadway Boogie-Woogie, Piet Mondrian, 1942-1943.

miércoles, 27 de enero de 2010

XIV.


Un espejo cualquiera me devuelve
la imagen de una extraña.
Alguien que desconozco
vive sobre mis hombros.
Me calzo los zapatos,
me pongo la camisa,
intercalo mis rasgos
con las estatuas, las tiendas y los árboles.
Se mezcla con la piedra, el cristal, la madera
el rostro imperturbable de una mujer ajena
a lo que me traspasa.
A un remolino de pájaros cautivos
le cuesta convertirse en una cara.
A un filo refulgente. A una antigua medalla.

Entre una colección de terrores dormidos
se levantan por dentro las espadas.
Saldrán a devorar viejos rencores vivos,
harán saltar al cielo
el polvo de oro de una flor decapitada.
Y eso no puede ser mi boca.

Desde una torre en llamas
se aprestan los arqueros
a recoger el mundo en el extremo
de una flecha oxidada.
Tensan el arco con mano decidida,
con mano temblorosa, mano desesperada.
Resuelven lo que fue presentimiento.
¿Serán esto mis ojos?

Me parece tan raro que el desorden interno
desencadene una expresión determinada.
Que se viertan en gestos definibles
sensaciones que quedan lejos de las palabras.
Lo impronunciable se suelta y ya no vuela
en el salón a oscuras
atravesado por círculos de fuego.
Lo que está afuera ya no me pertenece.
Pero todo está afuera. Y nunca podré ser mía.  
                                                                                                                       (Verano, 1990)

Llamo a casa en la noche pero no me responden.
Desconectaron el teléfono hace años,
hace Edades y túneles,
hace siglos que duermo, inmóvil y perpleja,
con esta extraordinaria multitud.

(Verano, 2010)

viernes, 22 de enero de 2010

XIII.


Desde arriba todo se ve
ordenado.
En la torre de control
se impide la colisión de luciérnagas.
La inmensidad acuna al suicida.
El rey de la colina cuenta sus aldeas.
La brisa agita el camisón del sonámbulo
que habla una lengua ajena en la cornisa.
No lo despiertes, no te acerques.
No lo toques. No toques, no.
Desde arriba solo se puede
mirar
(porque para tocar
hay que caer).
Arriba se esfuma el desastre.
Se aplanan los agujeros.
Retrocede y desaparece el ruido.
En el último piso de los rascacielos
hay cajas repletas de Clonazepam.

Entre los pies de Goliath y de los apóstoles.
Al pie de la cruz, para el crucificado.
En la boca del padre que ordena crucificar.
Hay pastillas y mapas marcados.
En el monte Ararat luego del diluvio.
Posa tu arca en la palma del campanario.
Perforando las nubes, no llueve.
La nieve se deshace en la cima.
En el último piso no duele.
No te muevas, no extiendas
los brazos.

El ascensor te escupe y te entrega
a la geometría.
Las ciudades fueron planificadas.
Se construyeron puentes
sobre los ríos.
Bulevares para aplastar
las barricadas.
Arriba todo está tranquilo.
Es como si pudieras comprender.

Como si no pudieras perder.
Como si no vinieran
a buscarte.

jueves, 31 de diciembre de 2009

XII.


Entramos en la cuenta regresiva.
Impuesta
por la jaula temporal del calendario.
Te digo que la abro,
suelto el tiempo y lo cuento
en forma descendente
cada medianoche de todos los dias.
Tal como lo establece la numerología.
Pero no.
Disuelvo las unidades de tiempo
en mi garganta. Y me suelto a mí misma.

La cuchara en mi boca.
Los pies en movimiento.
Lavarme la cara
con agua.
Mi voz emancipada,
dirigida en el aire
por el cuenco resuelto
de mis manos.
El pecho liberado.
Haber aprendido a respirar.
Comerme las guirnaldas,
los muérdagos y las lamparitas.
Transcurrir la vigilia
electrificada.

Soñar con explosiones en mi espalda
que deshacen los mandatos
vampíricos.
Recoger el legado
de quienes me harán buena.
Custodiar los bordes temblorosos
de tu constante y callado corazón.

Correr en el museo, de entusiasmo.
Detenerme en la calle, fascinada
por un perfil de efigie, de medalla.
Que los perros me metan su lengua
hasta el esófago.
Hipnotizar a los lobos
con una ramita calcinada.

Treparme al árbol de los frutos
prohibidos.
Robarlos. Masticar hasta el cabo.
Mi tarea no será recordada.
Mi casa será ruina.
Mi cuerpo, hueso
en este flujo voraz e incomprensible.

Debo pintar.
Trazar mis líneas tribales.
Hacer musicalmente la tarea.
La provisoriedad es
irrelevante.

Que puedas ver
colores.
Salidos de tu pecho.
Ay, cuánto papel.
Cuántos escaparates.
Soplarlo todo,
soplar toda la noche.
Hasta que queden
los colores
verdaderos.

martes, 29 de diciembre de 2009

XI.


Esta noche te llevo a Katz. Prometo.
Para hablar de bobadas. Y pensar lo del gato.
Vamos con las bufandas y los gorros de lana.
Si te animás cantamos bajito nuestro blues
(el que inventamos mientras lavás los platos
y yo bailo y los seco con el repasador ... azul).

La señora de Katz nos dedica
una sonrisa enorme.
Le encanta señalarnos los salames.
Es su especialidad. Sonreír.
Señalar el botín y despejar
la mesa.
Tenés nieve en las botas.
Tenés nieve. Hasta el cuello.
Que el gato esté perdido,
así tiene un pasado misterioso.
Lo llamaremos Katz.

Cuando vuelvas del baño,
hacé como si no me conocieras.
Te sentás y me mirás a los ojos.
Con tus ojos de gato que no cesan
de arder, podés hablarme
en lenguas extranjeras.
Y yo en la servilleta te dibujo
un plan. Un tren, un libro,
una escalera.
Las cosas pueden convertirse en plan.
Las cosas pueden ser pan mientras se espera.
Migas que miran la ciudad desde el umbral
que antes fue precipicio,
duda o carta marcada, miedo a pensar.
A salir.
Miedo a que cierren Katz,
con nuestro gato olvidado
adentro de su nombre.

Ahora te enamorás
nuevamente de mí,
que claramente soy irresistible.
Rápidamente te empezás a derretir.
Te hago la mueca del chanchito Babe.
Escupís la Coca de la risa.
Me mojás la camisa a cuadros.
"Ahora me hablás en lenguas muertas
y escupís baba verde,
como hacía en El Exorcista Linda Blair".
Es que te sale fenómeno
el contorsionismo de los endemoniados.
Los vecinos se asustan.
"Ya se le pasa. Tuvo un día difícil".
"Finjo un orgasmo, mejor que el de Meg Ryan",
me secreteás, cebada, ya lo sé.
"Con Linda poseída es suficiente. 
Si nos echan nos perdemos el salame"
Te hago la mueca de la rana René.
Te tirás un pedito silbador.
Estoy muerto de amor por esta chica
que se tapa la boca
(como si los peditos salieran por ahí).
"Es el gas de la Coca", me decís
(como si te creyera).

Estamos hartos de la literatura
que nos invita a tirarnos del balcón.
Hartos de los que recitan pero no estornudan.
Hartos de los que no paran de leer para avisar:
"me hago pis".
Hartos de los que no se saben
desvestir.

Piden salame desde el extranjero.
Señal de que nos quedan esperanzas.
Acunás mi dibujo en tu pollera.
Como si fuera Katz,
que lamerá tus dedos
cuando duermas.

Te abrazo antes de empujar la puerta.
Sé que no se abrirá si no te abrazo.
Es un truco de magia.
Es un truco probado de supervivencia.
"Quiero que me lleves a babucha".
Es como llevar la humanidad a cuestas.
La humanidad son tus brazos
que sujetan y esfuman
el peso insoportable de la realidad.
Lo convierten en avión de papel,
papel de servilleta,
cargado de planes que comienzan a planear.
Katz se acomoda sobre tu cabeza.
Tu diadema de gato rescatado
es mi modesto y entrañable talismán.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

X.


I.

En este hotel de mí,
del que no puedo salir, paso mis días.
Cuartos de mí, tercios, mitades, pedacitos
inasibles y desobedientes
como el mercurio que se parte y se pierde
al romperse un termómetro.
Astillas, temblores, ácidos y escaleras.
Escaleras de mí, por donde subo y bajo
según la predisposición del corazón.
Según el grado en la escala
de mi temeridad,
de mi patética y comprensible cobardía.
¿Todas las cobardías serán comprensibles?
¿Todas las puertas dan al corredor?
En cada espacio hay colores diferentes
que dejó la gente que pasó por aquí.
Yo puse lo mío. Yo soy la responsable.
Si el espacio es un páramo oprimente,
será que debí huir.
Si es el ojo en el caleidoscopio,
será que el paraíso son cristales dispares
en sorprendente y continua rotación.
En el sótano guardo la bicicleta.
Un colchón agujereado. Una pecera vieja.
Cuando el pecho declina, pedaleo,
me entusiasmo multiplicando agujeros,
pongo a flotar mis vértebras heladas.
Me gusta hacer girar la planta baja.
Me entusiasma hacer volar la lana.
Me serena rearmar mi columna,
como un rompecabezas.
El conserje me deja travestirme,
jugar a las muñecas,
patinar y escribir en las paredes.
Pero no me permite lastimarme.
Sabe cómo lo hago y está alerta.
Activa una sirena roja de ambulancia
y el rojo se dispara por mis venas.

II.

"Quédense quietas", les digo.
Está bien. Me quedo quieta.
Voy al deli de los inmigrantes.
Cuelgo las uvas frescas de mi axila
y me burlo de las naturalezas muertas.
El chocolate, disuelto en la garganta,
durará lo que dure la noche.
En este hotel de mí
se descubrió la rueda,
la electricidad y la pólvora.
Se inventaron los tratados teológicos,
se cartografiaron las repúblicas,
se avistaron los cuerpos celestes.
Vivió el señor feudal, el Papa y el monarca,
güelfos y gibelinos, dementes y cretinos,
jacobinos, girondinos. Proletarios.
En este hotel de mí
fue crucificado Jesucristo,
abrió las piernas María Magdalena
y se frotó contra el santo sudario.
Se montaron con sangre los imperios,
con sangre se cayeron como naipes.
Se tomó por asalto el Palacio de Invierno.
El Titanic hizo la vertical y se filmó la luna
y hubo un horror que no puedo decir.
Toda la historia transcurrió
en este hotel de mí.
Sería una ficción, un simulacro, un sueño,
si no mordiera con colmillos de lobo.
Cuando me baño me lavo los siglos
que empezaron cuando hice check-in.

III.

Tengo un mensaje urgente en recepción.
¿Vas a cuidarme siempre, de verdad?
¿Desde tu hotel de vos?

IV.

En un cuaderno anoto mis deseos.
Los suelto como pájaros desde el último piso
y miro como caen en espiral
desbordando los círculos
de la polvorienta balaustrada.
El día que se adapten estaré internada
en mi propio veneno de cuerda de remate.
Que el conserje me inyecte
un riff de rock pesado
y empuje el límite
de mis calamidades del pasado
hasta que se deshagan.
Los límites, la inercia, los candados.
Los caminos marcados
en ese cuarto del que deserté
y me fui.

V.

No tiendo las camas.
Duermo en la que me dicte
la meteorología.
Hacer fondo blanco
con las copas de vino que nos ceden.
Y decir: "Death shall have no dominion".
Y después cualquier espléndida bobada.
Alguien está tocando el piano. Ladra un perro.
Juego en los ascensores,
con botas y una falda de colores.
Me visito.
Esto puede llevarme a cualquier parte.
Quiero mis partes. No vendo lo que es mío.

VI.

El conserje me pide que te cuide.
Te pide que me cuides, que me cosas
las cosas que no debí rasgar.
Que me pegues las cosas
que no debí romper.
Es hermosísimo lo que has restaurado,
lo que has equilibrado y desatado
hasta hacerme reír.
Vivimos juntos como dos tarados
que van de fiesta en siesta
por los corredores.
No me apodero del hotel de vos.
No gobernás sobre el hotel de mí.
La intersección bombea y destila resplandores.

jueves, 17 de diciembre de 2009

IX.


A este banco del parque
he venido a buscarte cada día.
Desde que el sol duplicó
los árboles
hasta que la nieve
tomó posesión de mis arterias.
No era un gorro de lana
ni unas botas de piel
lo que necesitaba.
Yo te esperaba,
yo quería hacerte compañía.
Hizo frío cuando fue verano
y apoyaba las manos impacientes
sobre el arco impar de mis rodillas.
No quería olvidar tus formas.
No sabía quitar de mi memoria
tu arrasadora y tierna enfermedad.
Yo quería llevarte conmigo
a todas partes.
Y no dejarte era parar e insistir,
ahuecarme y decidir quedarme,
ahí, donde estuvieras.
No tenerme piedad.

Al oido te escuché susurrar:
"no es así, no está bien".
¿Pero qué estaba bien
en esos años
en los que fuimos tres?
Una chica amarrada
por el arsénico de la melancolía
a la sombra tristísima
de un hombre
que no quiere perder.

Te hablé, te hablé.
Nombré para alcanzarte
todo lo que veía.
En el banco tallé
la geografía lejana de tu nombre
para que vieras que te pertenecían.
La chica sobre el banco,
las figuras de viento,
el círculo de nieve
que empezaba a caer.

Yo no pude salir del círculo.
No cabían más hijos.
No podían gestarse
sin juguetes.
No cabían juguetes.
Mis muñecas de trapo
se blindaban los ojos
para no contemplar ese desastre
en el que puede convertirse
mi deseo
cuando se queda ciego,
cuando se obstina y no puede
ni siquiera llorar.
Yo quise ser tu parque.
Pero un parque es un parque,
no una chica que lleva
una venda invisible
oprimiendo hasta el córtex
su cabeza.

No veía nada que no fueran
tus camisas a cuadros.
No veía nada que no fueran
tus poquitas cosas.
Me sacaron del banco
los guardianes;
era tarde pero no del todo,
yo pisaba tu noche, la hacía mía,
cuando me pusieron a dormir.

"No vuelvas a hacerlo",
me tatuaste en la nuca.
Guardo en el bolso
la venda
que mi obstinación
volvió real.
Cuando amanezca
iré otra vez al parque,
me prometo.
Me prometo a mí misma.
A enterrar la venda
bajo el banco,
a sentir cómo entibia la madera
las rarísimas floreces que aparecen
en la autopista de mi cicatriz.

viernes, 4 de diciembre de 2009

VIII.



Que no se acabe la noche
de esta noche
ni la boca que mastica mi boca
sin saber que llueve.
Que no se acabe la lluvia
de esta lluvia
que me lava la lengua de palabras
que no saben decir.
Que no se acaben los intrépidos gatitos
que nacen empapados
entre los pliegues
suaves e hipnotizados
de mi falda de colores en coma.

Estoy en coma de amor,
hoy me como la cama donde te vi dormir.
Las colas de los gatos, ya maduros,
se enlazan a tu sien.
Ondulan sus enigmas hasta mis pies en celo.
De mi talón a tu sed dispara cielo el cielo.
Tiene celos de mí. Y quién me viera.

Soy la arquera del rey.
La flecha del espasmo te ha dictado su ley
y no hay manera de desobedecer. No hables.
No paro de parar mis piernas
sobre tu corazón
siamés.
De mi pañuelo de seda
no hay salida posible. ¿Y para qué?
La linterna se pone su guante,
el que no mide y roza tu costado
como una sombra de gato
que no ves.

Ten piedad de Hollywood, porque quiere durar.
No te lo tomes todo. A rehabilitación ... falté
desde el primero de los últimos días.
Ten piedad de mis arcabuceros
a ciegas en la sala donde nadan
mis sogas.
Me cuelgo de los nervios
de tu indomesticable grado cero.
Se acabó la anestesia,
por la gracia del dios de los corderos
de Dios. Soy la cinta que gira perforada
atada al aro de tu zona de riesgo.
Me quiero resbalar. Y me resbalo
y patino en la nieve de tu estremecimiento.

En tu cabeza triangular de animal
me salgo de la fila de los crucificados.
Al acomodador lo soborné
con mis treinta denarios
robados en el reino del Nunca Jamás.
Nunca, jamás, te atrevas a decirlo.
El cine mudo es inolvidable.

En el banco del parque
no sé hacer otra cosa que mirar
la diagonal que sostiene tu pómulo
imperfecto.
Ten vocación de Hollywood
para quedarte quieto y sostener
el tiempo.
Que no pienso salirme de este cuadro.
De este lado no duele y de aquel otro
está lloviendo de veras, no para de llover
y ya no sé dónde sentar
mi cuerpo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

VII.



Nos hicimos ricos
gracias a ciertas transacciones ilegales.
De alguna forma estábamos ahí,
de alguna forma
recogimos las sobras
del piso.
No era nuestro plan,
no lo hubiéramos ejecutado.
Pero las sobras están ahora
en nuestro cuarto
de hotel.

Me calzo las botas y me voy.
La velocidad me lava la cara,
el desierto se come las botas,
el polvo de la ruta golpea
el círculo perfecto del neumático.
Porque nací una sola vez
es mejor que lo deje girar,
enloquecido.

El cactus se refleja
en el cristal plateado de mis lentes.
Un reflejo no te puede herir.
Ya escupí las agujas
de la garganta.
¿Quién sos para decirme
cómo debiera escribir,
qué palabra elegir,
cuándo cerrar la boca?
¿Qué estuviste haciendo
últimamente?

Algún perdido
te quiere acompañar.
Dejás que te acompañe
porque estás
perdido.
Porque nació una sola vez
quiere ver cómo en un carnaval
todo se pone al revés y se suspende
la insoportable tortura del sentido.

Del carnaval al cementerio
hay un paso, mi amor.
Los muertos agradecen
que te tragues la pastilla
de colores
sobre sus tumbas.
Que cuelgues tu jean
sobre la lápida y te vayas,
te vayas, te vayas
a otro cielo.

Antes de que el avión
se estrelle contra la torre.
Antes de que aparezca
lo que viene a golpearte
la cabeza
contra el asfalto.
El sol de tu cerebro
se refleja
en un cactus.
El desierto no se puede
parar.



Foto: Easy Rider (Dennis Hopper), 1969.

lunes, 16 de noviembre de 2009

VI.



I.

No puedo ver lo que hay en mí
aunque me parta el pecho
y meta la mano y saque
las piezas de cartón,
los pentagramas,
el verso interceptado
por la velocidad
enloquecida
de las cosas.
No distingo las casas
debajo de las cintas de cemento
que se superponen sin tocarse,
se cruzan sin mirarse y sin saberse
planificadas.
Tendría que acostarme
a solas, desventrada,
toda una larga noche boca arriba.
Lanzar al aire mi cabeza
y colgarla de un puente,
para ver.
La forma de las autopistas
de Los Angeles.
Las zonas
tan distantes y dispares
coaguladas y reconocibles
en el territorio dividido,
excavado y marcado
por mi boca.
No puedo sostener
Los Angeles
sin desdoblarme.
Solo puedo leerme
pegando una cara
que no es mía,
que no habla,
que no ha vivido
nada,
a la ventanilla inmóvil
de un avión.

II.

La extensión inasible
de ese día.
La cadencia variable
de tu respiración.
El nudo en la garganta,
la traqueotomía,
nuestra donación
recíproca
de oxígeno.
Es esa ínfima luz
que parpadea,
brilla y me hace llorar,
tiembla y me hace reír
apartándome el pelo
de la frente,
tan menuda y tan frágil,
ahí abajo.

III.

De la estación de tren
se sale al vacío.
Por el vacío dicen que pasa
un autobús
rumbo a la playa.
Hay que sentarse en un banco
a esperar.
La temperatura es estable
en esta solitaria y súbita
intemperie.
Hay que ser paciente
hasta que llegue
un autobús en miniatura.
Hay que cruzar
innumerables barrios,
interminables filas
de casas quietas y bajas,
hasta golpearse los ojos
contra el mar.

IV.

En esta sala de cine
se pueden estirar
las piernas
totalmente.
Los actores te hablan
al oído.
Te hablo al oído
mientras ellos
nos miran.
Los pies se ponen tibios.
Al salir, llueve y resbalo
porque no los tengo.
El cine es un país
donde quedarse a vivir.

V.

"Vengo a buscar mis pies".
"No están".
Me lo temía.
Tendré que inventarme
un nuevo par,
calzarme la cabeza
que colgué en el puente.
Para trepar a los trenes,
para esperar en el centro
del vacío,
para frenar y acelerar
según mi instinto,
para rozar, pisar y caminar
el arco imprevisible de mis horas,
la tierna soga de plata
tendida entre mis sienes
sobre la tentación maldita
del abismo.
La duración
desangelada y desmesurada
de Los Angeles.
Mi propia duración,
el celuloide
de cada fotograma,
las cenizas y el sol
sobre mi cama,
el plano irrepetible
de mis anárquicas e imprevisibles
autopistas.

domingo, 8 de noviembre de 2009

V.



Dice que mis dientes rechinan de noche.
Que tenso la mandíbula y no logra abrirme
la boca.
No sé. No me doy cuenta.
Hay unos protectores dentales de plástico
que impiden el desgaste progresivo
de las piezas.
Ayer apareció con uno
y me obligó a ponérmelo.
Las fracturas son hijas
de mínimas fisuras.
El agua se filtra lentamente,
como una lengua anémica.
Se encarniza y derriba las puertas,
se traga la vajilla, arranca los enchufes
y ejecuta por electrocución.
El bruxismo es un síntoma.
Su tratamiento,
un paliativo provisorio del dolor.
La sierra actúa, imperceptible y voraz,
aun en el sueño.
Clava sus incisivos de metal
sobre la carne,
se mueve rebanando.
El agua no para de subir.
Yo debiera decir que no.
Pero digo que sí.
Porque no sé
que me estoy ahogando.
Hasta que escupo
el último molar
y salen chorros frenéticos
que expanden
el diámetro de todos mis agujeros.
Erosionado.
Saturado de un líquido
que no puedo volver
a meter adentro.
Sale mezclado
con gritos, uniformes,
cadenas, órdenes y reglamentos.
Vomito tradiciones,
préstamos, hipotecas,
manuales de instrucción,
alaridos envueltos en la forma
de alfabetos enteros.
Alguien aprieta el gatillo
oportunamente alojado
en mi cabeza
(para acabar con esto).
Aparece con una bata blanca
y yo le doy mis brazos
para que pueda
ponérmela.
Queda en el aire
porque no hay nadie en mí,
todo limado, todo vaciado
y simultáneamente desbordado
por el agua que ejerció presión
hasta estallar, hasta llevárselo todo.
También el protector dental
porque esta noche
ya no haré, ya no seré
un ruido.
Ya tuve mi crack-up, tuve mi Columbine,
mi Texas, mi Fort Hood,
mi protagónico.
Conmigo descansan muchos otros,
otros de adentro y de afuera de mí
que naufragaban
y entraban en la noche callados y dormidos.


Foto: Taxi Driver, Martin Scorsese (1976)

jueves, 5 de noviembre de 2009

IV.



Hay zonas de experimentación nuclear
bajo el desierto donde queman los cactus.
No esperes que llueva.
Nos sentamos a la misma mesa,
como si fuéramos dos desconocidos.
Sabemos sostenernos la mirada.
Me pinté la boca de un rojo
violento.
Nos hiela la tensión de la espera
porque jugamos con cartas marcadas.
El signo en el naipe nos arañó la cara
como el zarpazo impiadoso
de una pantera.
Es hora de invertir la apuesta
en la que nos colgaron de la cruz.
Alrededor parece
que todos
juegan.
Es hora de limpiarse
las lágrimas
de la nuca.
Para no darle carnada
de pasado
al sicario del crimen
organizado
contra mí.
Decidiste seguirme y bien sabemos
dónde escondieron los relojes.
Nos ofrecen oxígeno prestado.
Nos consuelan con vino.
Pero no estamos con ánimo
de súplica
en este paraíso del pecado.
Puse el trotyl en la garganta
del casino.
Cuento hasta tres,
empujamos las torres de fichas
hacia el centro.
Salimos caminando a paso sostenido.
No miramos atrás y empezamos a correr,
cantando,
como niños que tocaron los timbres,
hacia la protección adusta de los cactus.

Me aliso un pliegue
en el vestido ajustado
de satén.
La luna ilumina
la nada.
La hebilla de tu zapato
brilla, alucinada.
Yo soy quién, sí,
para haber planificado
este desastre.
Vos sos quién, sí,
para llevarme enamorada
hacia el cadalso.
En segundos estallarán
las réplicas, los dobles
y las exasperantes miniaturas.
Se acabará la tortura
de languidecer,
el terror de dar un paso
en falso.
Para poder construir
sobre tierra arrasada
el nombre inimitable
de otro modo
de estar.

Vuelan las ruletas y los paños del poker.
Caen las estatuas gigantescas de cartón pintado.
Saltan los baños donde se maquillan
putas y mucamas.
Son ceniza las camas de los hoteles,
las enaguas de seda y las medias de red.
Qué maravilla de catástrofe.
Estoy plena de estrépito y de sismo.
Una vez que jugaste con fuego no es lo mismo,
después.
Quiero sexo sobre otra cornisa.
Para eso tienen que estallar los simulacros
y prenderse fuego hasta la última copia
de lo que todavía no hemos visto.
Te declaro responsable del abismo
donde se hunde balbuceante
la mímica.
De la resurrección en la que convertiste
mis días.
Del coraje suicida con el que refundaste
mis ganas
de ver.

Es que es a todo o nada, mi amor.
No se apuesta por menos en Las Vegas.
A Las Vegas se la hace desaparecer.
Amanece sobre los escombros.
Queda el desierto áspero y bellísimo,
la verticalidad inconmovible de los cactus
y este viento que empuja nuestros pies.