PÁJARO DE CHINA
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lunes, 8 de agosto de 2011

TU FRÁGIL CABEZA VENDADA, TUS FRÁGILES VENDAS






Poemas de Héctor Viel Temperley 
(Hospital Británico)


                
                                                  Mes de marzo de 1986

                                                  (Versión con esquirlas
                                                  y “Christus Pantokrator”)



Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre
      vino al cielo a visitarme.

Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas.
      Soy feliz. Me han sacado del mundo.

Mi madre es la risa, la libertad, el verano.

A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara -en Tu llanto- para
      comenzar todo de nuevo.

HOSPITAL BRITÁNICO

      La muchacha regresa con rostro de roedor, desfigurada por no querer saber
            lo que es ser joven.

      Llevando otro embarazo sobre las largas piernas, me pide humildemente
            fechas para una lápida. (1984)

HOSPITAL BRITÁNICO

      ¿Quién puso en mí esa misa a la que nunca llego? ¿Quién puso en mi
            camino hacia la misa a esos patos marrones -o pupitres con las alas
            abiertas- que se hunden en el polvo de la tarde sobre la pérgola que
            cubrían las glicinas? (1984)

HOSPITAL BRITÁNICO

      Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo. (1984)

PABELLÓN ROSETTO

      Aquella blanca pared nueva, joven, que hablaba a las palmeras de una playa
            -enfermeras de pechos de luz verde- en una fotografía que perdí en mi
            adolescencia.

PABELLÓN ROSETTO

      Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa
            lentamente y que de nuestras sombras de color verde claro huían los
            tiburones. (1978)

PABELLÓN ROSETTO

      Si me enseñaras qué es el verde claro... (1978)

PABELLÓN ROSETTO

      Es difícil llegar a la capilla: se puede orar entre las cañas en el viento debajo
            de la cama. (1984)

      "Christus Pantokrator"

      La postal tiene una leyenda: "Christus Pantokrator, siglo XIII".

      A los pies de la pared desnuda, la postal es un Christus Pantokrator en la
            mitad de un espigón larguísimo. (1985)

      "Christus Pantokrator"

      Entre mis ojos y los ojos de Christus Pantokrator nunca hay piso. Siempre
            hay dos alpargatas descosidas, blancas, en un día de viento.

      Con la postal en el zócalo, con Christus Pantokrator en el espigón larguísimo,
            mi oscuridad no tiene hambre de gaviotas. (1985)

      "Christus Pantokrator"

      La postal viene de marineros, de pugilistas viejos en ese bar estrecho que
            parece un submarino-de maderas y latas- hundiéndose en el sol de la
            ribera.

      La postal viene de un Christus Pantokrator que cuando bajo las persianas,
            apago la luz y cierro los ojos, me pide que filme Su Silencio dentro de una
            botella varada en un banco infinito. (1985)

      "Christus Pantokrator"

      Delante de la postal estoy como una pala que cava en el sol, en el Rostro y
            en los ojos de Christus Pantokrator. (1985)

      Sé que sólo en los ojos de Christus Pantokrator puedo cavar en la
            transpiración de todos mis veranos hasta llegar desde el esternón, desde
            el mediodía, a ese faro cubierto por alas de naranjos que quiero para el
            niño casi mudo que llevé sobre el alma muchos meses. (Mes de Abril de
            1986)

LARGA ESQUINA DE VERANO

      Alguien me odió ante el sol al que mi madre me arrojó. Necesito estar a
            oscuras, necesito regresar al hombre. No quiero que me toque la
            muchacha, ni el rufián, ni el ojo del poder, ni la ciencia del mundo. No
            quiero ser tocado por los sueños.

      El enano que es mi ángel de la guarda sube bamboleándose los pocos
            peldaños de madera ametrallados por los soles; y sobre el pasamano de
            coronas de espinas, la piedra de su anillo es un cruzado que trepa
            somnoliento una colina: burdeles vacíos y pequeños, panaderías abiertas
            pero muy pequeñas, teatros pequeños pero cerrados -y más arriba ojos
            de catacumbas, lejanas miradas de catacumbas tras oscuras pestañas
            a flor de tierra.

      Un tiburón se pudre a veinte metros. Un tiburón pequeño -una bala con
            tajos, un acordeón abierto- se pudre y me acompaña. Un tiburón -un
            criquet en silencio en el suelo de tierra, junto a un tambor de agua, en una
            gomería a muchos metros de la ruta- se pudre a veinte metros del sol en
            mi cabeza: El sol como las puertas, con dos hombres blanquísimos, de
            un colegio militar en un desierto; un colegio militar que no es más que un
            desierto en un lugar adentro de esta playa de la que huye el futuro. (1984)

LARGA ESQUINA DE VERANO

      ¿Nunca morirá la sensación de que el demonio puede servirse de los cielos,
            y de las nubes y las aves, para observarme las entrañas?

      Amigos muertos que caminan en las tardes grises hacia frontones de pelota
            solitarios: El rufián que me mira se sonríe como si yo pudiera desearla
            todavía.

      Se nubla y se desnubla. Me hundo en mi carne; me hundo en la iglesia de
            desagüe a cielo abierto en la que creo. Espero la resurrección espero su
            estallido contra mis enemigos -en este cuerpo, en este día, en esta
            playa. Nada puede impedir que en su Pierna me azoten como cota de
            malla -y sin ninguna Historia ardan en mí- las cabezas de fósforos de todo
            el Tiempo.

      Tengo las toses de los viejos fusiles de un Tiro Federal en los ojos. Mi vida
            es un desierto entre dos guerras. Necesito estar a oscuras. Necesito
            dormir, pero el sol me despierta. E1 sol, a través de mis párpados, como
            alas de gaviotas que echan cal sobre toda mi vida; el sol como una zona
            que me había olvidado; el sol como un golpe de espuma en mis confines;
            el sol como dos jóvenes vigías en una tempestad de luz que se ha
            tragado al mar, a las velas y al cielo. (1984)

LARGA ESQUINA DE VERANO

      La boca abierta al viento que se lleva a las moscas, el tiburón se pudre a
            veinte metros. El tiburón se desvanece, flota sobre el último asiento de la
            playa -del ómnibus que asciende con las ratas mareadas y con frío y
            comienza a partirse por la mitad y a desprenderse del limpiaparabrisas,
            que en los ojos del mar era su lluvia.

      Me acostumbré a verlas llegar con las nubes para cambiar mi vida. Me
            acostumbré a extrañarlas bajo el cielo: calladas, sin equipaje, con un
            cepillo de dientes entre sus manos. Me acostumbré a sus vientres sin
            esposo, embarazadas jóvenes que odian la arena que me cubre. (1984)

LARGA ESQUINA DE VERANO

      ¿Toda la arena de esta playa quiere llenar mi boca? ¿Ya todo hambre de
            Rostro ensangrentado quiere comer arena y olvidarse?

      Aves marinas que regresan de la velocidad de Dios en mi cabeza: No me
            separo de las claras paralelas de madera que tatuaban la piel de mis
            brazos junto a las axilas; no me separo de la única morada -sin paredes
            ni techo- que he tenido en el ígneo brillante de extranjero del centro de
            los patios vacíos del verano, y soy hambre de arenas -y hambre de
            Rostro ensangrentado.

      Pero como sitiado por una eternidad, ¿yo puedo hacer violencia para que
            aparezca Tu Cuerpo, que es mi arrepentimiento? ¿Puedo hacer violencia
            con el pugilista africano de hierro y vientre almohadillado que es mi pieza
            sin luz a la una de la tarde mientras el mar -afuera- parece una armería?
            Dos mil años de esperanza, de arena y de muchacha muerta, ¿pueden
            hacer violencia? Con humedad de tienda que vendía cigarrillos negros,
            revólveres baratos y cintas de colores para disfraces de Carnaval, ¿se
            puede todavía hacer violencia?

      Sin Tu Cuerpo en la tierra muere sin sangre el que no muere mártir; sin Tu
            Cuerpo en la tierra soy la trastienda de un negocio donde se deshacen
            cadenas, brújulas, timones -lentamente como hostias- bajo un
            ventilador de techo gris sin Tu Cuerpo en la tierra no sé cómo pedir
            perdón a una muchacha en la punta de guadaña con rocío del ala
            izquierda del cementerio alemán (y la orilla del mar espuma y agua
            helada en las mejillas -es a veces un hombre que se afeita sin ganas
            día tras día). (1985)

LARGA ESQUINA DE VERANO

      ¿Soy ese tripulante con corona de espinas que no ve a sus alas afuera del
            buque, que no ve a Tu Rostro en el afiche pegado al casco y desgarrado
            por el viento y que no sabe todavía que Tu Rostro es más que todo el mar
            cuando lanza sus dados contra un negro espigón de cocinas de hierro
            que espera a algunos hombres en un sol donde nieva? (1985 )

      Tu Rostro 

      Tu Rostro como sangre muy oscura en un plato de tropa, entre cocinas frías y
            bajo un sol de nieve; Tu Rostro como una conversación entre colmenas
            con vértigo en la llanura del verano; Tu Rostro como sombra verde y negra
            con balidos muy cerca de mi aliento y mi revólver; Tu Rostro como sombra
            verde y negra que desciende al galope, cada tarde, desde una pampa a
            dos mil metros sobre el nivel del mar; Tu Rostro como arroyos de violetas
            cayendo lentamente desde gallos de riña; Tu Rostro como arroyos de
            violetas que empapan de vitrales a un hospital sobre un barranco. (1985)

      Tu Cuerpo y Tu Padre 

      Tu Cuerpo como un barranco, y el amor de Tu Padre como duras mazorcas
            de tristeza en Tus axilas casi desgarradas. (1985)

TENGO LA CABEZA VENDADA (texto profético lejano)

      Mi cabeza para nacer cruza el fuego del mundo pero con una serpentina de
            agua helada en la memoria. Y le pido socorro. (1978)

TENGO LA CABEZA VENDADA

      Mariposa de Dios, pubis de María: Atraviesa la sangre de mi frente -hasta
            besarme el Rostro en Jesucristo.
 (1982)

TENGO LA CABEZA VENDADA  (textos proféticos)

      Mi cuerpo -con aves como bisturíes en la frente- entra en mi alma. (1984)

      El sol, en mi cabeza, como toda la sangre de Cristo sobre una pared de
            anestesia total. (1984)

      Santa Reina de los misterios del rosario del hacha y de las brazadas lejos
            del espigón: Ruega por mí que estoy en una zona donde nunca había
            anclado con maniobras de Cristo mi cabeza. (1985)

      Señor: Desde este instante mi cabeza quiere ser, por los siglos de los siglos,
            la herida de Tu Mano bendiciéndome en fuego. (1984)

      El sol como la blanca velocidad de Dios en mi cabeza, que la aspira y
            desgarra hacia la nuca. (1984)

TENGO LA CABEZA VENDADA  (texto del hombre en la playa)

      El sol entra con mi alma en mi cabeza (o mi cuerpo -con la Resurrección-
            entra en mi alma). (1984)

TENGO LA CABEZA VENDADA  (texto del hombre en la playa)

      Por culpa del viento de fuego que penetra en su herida, en este instante, Tu
            Mano traza un ancla y no una cruz en mi cabeza.

      Quiero beber hacia mi nuca, eternamente, los dos brazos del ancla del
            temblor de Tu Carne y de la prisa de los Cielos. (1984)

TENGO LA CABEZA VENDADA (texto del hombre en la playa)

      Allá atrás, en mi nuca, vi al blanquísimo desierto de esta vida de mi vida; vi
            a mi eternidad, que debo atravesar desde los ojos del Señor hasta los
            ojos del Señor. (1984)

ME HAN SACADO DEL MUNDO

      Soy el lugar donde el Señor tiende la Luz que Él es.

ME HAN SACADO DEL MUNDO

      Me cubre una armadura de mariposas y estoy en la camisa de mariposas
            que es el Señor -adentro, en mí.

      El Reino de los Cielos me rodea. El Reino de los Cielos es el Cuerpo de
            Cristo -y cada mediodía toco a Cristo.

      Cristo es Cristo madre y en Él viene mi madre a visitarme.

ME HAN SACADO DEL MUNDO

      "Mujer que embaracé", "Pabellón Rosetto", "Larga esquina de verano":

      Vuelve el placer de las palabras a mi carne en las copas de unos eucaliptus
            (o en los altos de "B.", desde los cuales una vez -sólo una vez- vi a una
            playa del cielo recostada en la costa).

ME HAN SACADO DEL MUNDO

      Manos de María, sienes de mármol de mi playa en el cielo:

      La muerte es el comienzo de una guerra donde jamás otro hombre podrá ver
            mi esqueleto.

LA LIBERTAD, EL VERANO (A mi madre, recordándole el fuego)

      Porque parto recién cuando he sudado y abro una canilla y me acuclillo como
            junto a un altar, como escondido, y el chorro cae helado en mi cabeza y
            desliza su hostia hacia mis labios, envuelta en los cabellos que la siguen.
            (1976)

      Vengo de comulgar y estoy en éxtasis aunque comulgué con los cosacos
            sentados a una mesa bajo el cielo y los eucaliptus que con ellos se
            cimbran estos días bochornosos en que camino hasta las areneras del
            sur de la ciudad -el vizcaíno, santa adela, la elisa. (1982)

      Por las paredes de los rascacielos el calor y el silencio suben de nave en
            nave: Obsesivo verano de fotógrafo en fotógrafo, ojos del Arponero que
            rayan lo que miran, Ser de avenidas verticales que jamás fue azotado.
            (1978)

      Después íbamos al África cada día de nuevo -antes que nada, antes de
            vestirnos- mientras rugían las fieras abajo en el zoológico, subía un sol
            sangriento a sus jazmines, y nosotros nos odiábamos, nos deseábamos,
            gritábamos... (1978)

      Instantes de anestesia, de lento alcohol de anoche todavía en la sangre de
            pie de una muchacha desnuda y más dorada que la escoba: Necesito
            aferrarme de nuevo a la llanura, al ave blanca del corpiño en la pileta de
            lavar, detrás de la estación y entre las casuarinas. (1984)

      Tengo la foto de dos novios que cayeron al mar. Están vestidos de invierno,
            los invito a desnudarse. En las siestas nos sentamos junto a la bomba de
            agua y nos miramos: de nuevo embolsan luz los pechos de ella; él amaba
            a los caballos v una vez intentó suicidarse. (1978)

      Necesito oler limón, necesito oler limón. De tanto respirar este aire azul, este
            cielo encarnizadamente azul, se pueden reventar los vasos de sangre
            más pequeños de mi nariz. (1969)

      Y a las siestas, de pie, los guardavidas abatían la sal de sus cabezas con
            una damajuana muy pesada, de agua dulce y de vidrio verde, grueso, que
            entre todos cuidaban. (1982)

YACE MURIÉNDOSE

      Toda la transpiración de mi cuerpo regresará a mis ojos cuando muera el
            tambor en donde fui formado y hablé con Él -como un niño borracho-
            entre sillas caídas, río crecido y juncos.

      Todas las lágrimas de mi vida volverán a mis ojos; y por las hondas sedas
            de un pecho de caballo querré internarme, huIr, refugiarme en mi casa de
            trozos esparcidos de ballenas: mi casa como cuerpo de varón recién
            nacido en el tórrido vientre del silencio. (1985)

YACE MURIÉNDOSE

      Nunca más pasaré junto al bar que daba al patio de la Capitanía. No miraré
            la mesa donde fuimos felices:

      El sol como ese lugar bajo las aguas de un río de tierra y de naranjas donde
            antes de aprender a caminar miré a Dios como un hombre que sabe qué
            es la guerra. El sol como esas aguas de tierra y de naranjas donde sin
            extrañar la respiración, el aire, lo miré de este modo: "Recuerdo una
            victoria lejana (tantos salvados rostros que después nadie quiere
            recordarme) y estoy en paz con mi conciencia todavía". (1984)

YACE MURIÉNDOSE

      La dejé sobre un lecho de vincapervincas altas, frías, violáceas.

      Por su final de arroyo, la herida de mi frente llora en las flores y agradece.

YACE MURIÉNDOSE

      Dentro de cuatro días llegará a Tu Océano con uno de mis soldaditos
            dormido sobre sus labios. Y se dirá, sonriéndome: "Es lo poco que hace
            que este hombre iba al centro del sol cada mañana con un puñado de
            soldados de plomo. Es lo poco que hace que en el centro del sol, cada
            mañana, su corazón era un puñado de soldados de plomo entre gallos" .

Dormido sobre sus labios

      Pequeño legionario, ¡cuánto viento! Pedacito de plomo, pedacito de Sahara:
            Vendrán veranos no obsesivos; pasarán los hijos de mis hijos. (1978)

      Yo puedo hachar todo el día pero no puedo cavar todo el día. No puedo cavar
            en ningún lado sin estar esperando que aparezca de pronto un soldado
            de plomo entre mis pies desnudos. ( 1978 )

PARA COMENZAR TODO DE NUEVO

      Es mi parte de tierra la que llora por los ciruelos que ha perdido.

PARA COMENZAR TODO DE NUEVO

      El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca con un chorro
            blanquísimo sepultado en la vena. (1969)



lunes, 7 de febrero de 2011

ACABA DE PASAR EL QUE VENDRÁ







Acaba de pasar el que vendrá
proscrito, a sentarse en mi triple desarrollo;

acaba de pasar criminalmente.

Acaba de sentarse más acá,
a un cuerpo de distancia de mi alma,
el que vino en un asno a enflaquecerme;
acaba de sentarse de pie, lívido.

Acaba de darme lo que está acabado,
el calor del fuego y el pronombre inmenso
que el animal crió bajo su cola.

Acaba
de expresarme su duda sobre hipótesis lejanas
que él aleja, aún más, con la mirada.

Acaba de hacer al bien los honores que le tocan
en virtud del infame paquidermo,
por lo soñado en mí y en él matado.

Acaba de ponerme (no hay primera)
su segunda aflicción en plenos lomos
y su tercer sudor en plena lágrima.

Acaba de pasar sin haber venido.



                                                                         César Vallejo

miércoles, 26 de mayo de 2010

DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS







Imagen: Alberto Greco
Inventario de bienes de Juan José Castelli: Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno

lunes, 1 de febrero de 2010

QUISIERA SENTARME A ESCUCHARLO


Alejandro Ricagno (Buenos Aires, 1962)


Pedagogía y distancia

A Franchi

Viene y dice: “Enseñame; quiero aprender.
El deseo de crecer en el deseo. Enseñame cómo.
La manera de mirar el mundo. Enseñame qué
mundo mirar, o qué mundo miro cuando miro.
Las palabras, dice; enseñame. Los otros; dice.
Cómo hacen; cómo saben; saben qué; hablar,
trasladarse de un pensamiento a otro. De una red
a otra red”. Entonces -¡otra vez!- soy el que debe
desprenderse de sus dudas,
de la cáscara de sus certezas otra vez.
Cuaderno abierto sus ojos - la sed, la clara, la profunda
en sus ojos cuando pide.

Debo tener cuidado de lo que escriba
en él. Cuidado de regar las dudas como plantas de invierno,
de cortar qué mala hierba en las pocas semillas de mis certezas;
pelusa en los bolsillos. Deshacer debo la red de mis trampas;
evitar caer en la pregunta que su sed -la clara, la profunda-
lastima en mí la enorme distancia en el tiempo enorme.

Si trastocara distancia en años por kilómetros, menor sería
el riesgo y la fatiga. Cualquiera puede desandar veinte kilómetros;
parar en esa posta, abrir la habitación que dejó,
airearla y mostrar los cuadros de la exposición.
Veinte kilómetros no hacen un pasado;
apenas un recorrido exploratorio. Puede, entonces, enseñarse el lugar
como contemporáneo del lugar a un huésped contemporáneo y próximo.

Pero él dice: “enseñame”.
Y el mapa se vuelve calendario.
¿Afinar la distancia, el tiempo, para que sea posible plantar semillas,
desechar cáscaras, cortar malas hierbas en jardín ajeno?

Pero en mi bolsillo todavía pelusas, redes sin desplegar,
kilómetros y kilómetros de gestos que fueron oxidando el cuerpo.
La erosión, no en el camino, en los pies. Y el alma impura
de limpiarse en ojos como esos.

Qué palabras, digo, gestos qué. Con qué manos señalar
lo que los ojos deben mirar; y cómo entre asperezas deletrear
al menos algo de esperanza,
o la elegante seguridad de caminar erguido;
las manos en los bolsillos sin pelusas de los años.

Mi pobre saber detenido en estaciones, no suma, no agrega;
y si lo hace es con una transparencia que no borra en el cuaderno;
empaña apenas la figura inicial, el garabato borroso.
Me descanso en estas enseñanzas de irresponsabilidad limitada
por los años detenidos, por los veinte kilómetros, por los ojos del amigo
que podría ser mi hijo o mi amante;
nunca un contemporáneo.

Porque en su cuaderno fulgura una plenitud sin hojas arrancadas todavía;
así la muerte incluso haya soplado cerca suyo, de mí,
o de la historia.
Esta es mi biografía, podría yo decirle.
Entre cáscaras, entre pelusas, entre redes.
Esta es mi biografía:
enseñar lo que no sé.
Y señalar el horizonte donde los otros crecen.

(Negocios de estos días, Eloísa Ediciones, 2002)



Soliloquio del hermano doble

A Max

Mi hermano doble de la fidelidad del sol,
que siempre nos traiciona,
también está, y a su pesar, fatigado.

Me dice:
“A veces quisiera irme con los muertos.
Que se me entienda bien, quisiera. No darme
la muerte lenta o brusca.
Quisiera irme con los muertos a una vida más alta.
Por eso, y porque no pienso matarme,
cada tanto me voy lejos de esta ciudad malsana,
donde todos piden consuelo
empuñando una garra mezquina.
Me voy a los desiertos con su campanario invertido;
a las salinas infinitas donde un hombre
sólo dice las palabras necesarias. Dice; por ejemplo: “agua”
porque necesita agua. Y necesita su lengua sentir la humedad
de esa palabra.
El veneno de las ciudades me sofoca más que cualquier sol.
Si viviera en otro tiempo…
Ah; si pudiera
-me dice mi hermano doble-
elegiría aquel de los constructores de las catedrales;
los anónimos, que tras fatigas de estructuras perfectas
como músicas de órgano,
perdían el nombre porque Dios lo sabía
y sólo eso importaba.
O el de los trovadores,
el de los cátaros y su épica herejía,
el de las princesas venecianas
sin cuya presencia en las ventanas
perdían belleza góndola y canales.
O el de los cuatreros de capa negra
que sólo guardaban el puñal
frente a las astillas del cielo.
No es orgullo ni hosquedad lo que me aparta.
Es tan vasto el misterio del mundo,
el misterio de las manos en la tierra…
Como la distancia que tejen las pestañas
de una niña que vi hablar en el silencio de un mar de olivares.
Quisiera, apenas,
rozar la sabiduría del ojo profundo de una yegua preñada
que recorre un país sin nombre y sin dueño.
Silenciar el ruido de las máquinas del mundo.
Quisiera, y sin rencor,
acallar los millones de quejas de los que viven sin sangre
y luego lo escriben con orgullo.
Dar un golpe en la mesa de las tertulias literarias
y aplastar las palabras que no despidan belleza.
Pero belleza áspera y espléndida.
De ese murmullo sin sentido
en que las hemos sumergido,
a ellas,
las sencillas, las sagradas,
es que estoy tan fatigado…”

-susurra mi hermano doble-

“Sólo los muertos hablan una lengua más clara.
Los muertos,
y los niños altivos de ciertas provincias
donde el viento se sorprende de tanta inmensidad,
y la creación no dispone aún de otra poesía
que un árbol que esconde una manzana.
La niña y la yegua descansan a su sombra.
Y allí, con el viento puedo,
a veces, un instante,
yo también
descansar…”

(inédito)

miércoles, 2 de diciembre de 2009

LA PALABRA DE LAURA GIORDANI


En tiempos de país desmemoriado, cuando tantos convocan a ignorar el pasado olvidando los cuerpos que temblaron y se dieron por otro presente, es necesaria la palabra persistente de Laura Giordani, poeta argentina residente en España. Así, generosa como su casa, debería ser la nuestra, cada día. Vuelen hacia ella, para salir mejorados.


El sobretodo azul

A mi papá


el sobretodo azul que pusiste

sobre los hombros de la muchacha aquella

volvía empapada del interrogatorio

temblando

la mojaban la picaneaban

cada noche

la dejaban junto a tu colchón

con un llanto parecido al de un cachorro

ese gesto a pesar del miedo

a pesar del miedo te sacaste el sobretodo azul

para abrigarla

no poder dejar de darle ese casi todo

en medio del sobretodo espanto

la dignidad puede resistir azul

en apenas dos metros de tela

y en esos centímetros que tu mano

sorteó en la oscuridad hasta sus hombros



sobre todo

(del libro Sudestada)

viernes, 17 de julio de 2009

PARIR EL MUNDO



Balada de las Madres (Pier Paolo Pasolini, 1962)

Me pregunto qué madres tuvieron.
Si los vieran ahora, trabajando
en un mundo para ellas desconocido,
presos en un ciclo siempre inacabado
de experiencias tan distintas de las suyas,
¿qué mirada tendrían sus ojos?
Si estuvieran allí mientras escriben
un artículo, conformistas y barrocos,
o lo entregan a redactores vendidos
a cualquier compromiso, ¿entenderían quiénes son ustedes?
Madres viles, que llevan en sus rostros el temor
antiguo, ese que, como una enfermedad,
deforma los rasgos en una blancura
de niebla, los aleja del corazón,
los encierra en el viejo rechazo moral.
Madres viles, pobrecitas, preocupadas
de que sus hijos conozcan la vileza
para pedir un empleo, para ser prácticos,
para no ofender almas privilegiadas,
para defenderse de cualquier piedad.
Madres mediocres, que aprendieron
con humildad de niñas, de nosotros,
un único, desnudo significado,
con almas en las que el mundo está condenado
a no dar ni dolor ni alegría.
Madres mediocres, que jamás tuvieron
para ustedes más palabras de amor
que la de un amor sórdidamente mudo,
de bestia, y en él los criaron,
impotentes ante los reales deseos del corazón.
Madres serviles, acostumbradas desde hace siglos
a agachar sin amor la cabeza,
a transmitir a su feto
el antiguo vergonzoso secreto
de conformarse con las sobras de la fiesta.

Madres serviles, que les han enseñado
cómo puede el siervo ser feliz
odiando a quien, igual que él, está atado,
cómo puede ser beato traicionando,
y seguro, haciendo lo que no dice.
Madres feroces, ocupadas en defender
lo poco que, como burguesas, poseen,
la normalidad y el salario,
casi con la rabia de quien se venga
o se siente acorralado en un absurdo asedio.
Madres feroces, que les dijeron:
¡Sobrevivan! ¡Piensen sólo en ustedes!
¡No sientan jamás piedad o respeto
por nadie, guarden en el pecho
vuestra integridad de buitres!
¡Ahí tienen, viles, mediocres, siervas,
feroces, a vuestras pobres madres!
Sin ninguna vergüenza de saberlos
-en vuestro odio- incluso altivos
en este valle de lágrimas.
Así es cómo les pertenece este mundo:
hermanados en pasiones opuestas,
o patrias enemigas, por el profundo rechazo
a ser distintos, a responder
del dolor salvaje de ser hombres.

lunes, 13 de julio de 2009

TU DULZURA EXTRAORDINARIA

Todo lo que uno recibe es pasión
(Jacobo Fijman, Molino Rojo, 1926)

No soy enfermo. Me han recluido. Me consideran un incapaz.
Quiénes son mis jueces…
Quiénes responderán por mí.
Hice conducta de poesía. Pagué por todo.
Sentí de pronto que tenía que cambiar de vida. Alejarme del mundo.
Y me aislé.
Me fui de todos, aun de mí…
Hoy es la demencia un estado natural.
Todas las palabras son esenciales. Lo difícil es dar con ellas.
El delirio son instantes. Puede durar toda la vida.
Mi poesía es toda medida.
El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad.

martes, 30 de junio de 2009

NO SABEMOS ENCONTRAR NUESTRAS MANOS

Del otro lado
(Paco Urondo, Del otro lado, 1967)

Cuando estuvimos desesperados, alguien
contó la historia. No se la puede escuchar serenamente, tiemblan
las manos, el corazón se encoge de dolor;
da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse.

Ocurre lo de siempre.

Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada
tenía que ver con la certeza, ni
con el muslo de la bataclana. No intervinieron traiciones; no
es una vulgar historia de fervores o de mantenidas.

Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También
aquella vez (siempre aquella vez) apagaron
las luces y fue necesaria la presencia de tu mano.

Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos
ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca
llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino
de otra manera. Nuestras manos
procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico;
y todo porque Humphrey Bogart había resucitado.

Estábamos perdidos en aquel
cine y él no era como el redentor; su cruz
no era un mandato, era
la inteligencia del hombre, era la resurrección
de la ciencia y de nuestros queridos finados.

Hace mucho que nos pasó esto; la mano
fría del cadáver impenitente
rozaba los sueños,
acariciaba nuestros tiernos rostros despavoridos.

Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias,
con los muertos que no
aceptan su desdichada condición, no sabemos
qué hacer con el miedo; no sabemos encontrar nuestras manos, nuestra
tristeza. El mundo inconsistente.

Hubo muchas anécdotas como ésta. ¿Quién
no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene
su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo
qué hacer, cuando alguien contó la historia.

Seguramente al escucharla buscarás una mano; será
como antes, pero enseguida
intentará olvidar que estuvimos tristes o asustados.

Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre:
tendrás ganas de llorar, y nada más.

Nadie esperaba una historia como ésta, tan lamentable. ¿Por qué
no llorar entonces? ¿Por qué no perderse en la
espesura de la sala?

Se derramará sobre tu memoria,
como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada;
la historia sobrevolará tu linda cabecita,
será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas,
que despeinará cariñosamente tu pelo.

jueves, 25 de junio de 2009

LA INVENCIÓN DE UN LENGUAJE ES CONDICIÓN NECESARIA DE LA VANGUARDIA

Devenir Marta
(Néstor Perlongher, Hule, 1989, © herederos de Néstor Perlongher)

A lacios oropeles enyedrada
la toga que flaneando las ligas, las ampula
para que flote en el deambuleo la ceniza, impregnando
de lanas la atmósfera cerrada y fría del boudoir.

A través de los años, esa lívida
mujereidad enroscándose, bizca,
en laberintos de maquillaje, el velador de los aduares
incendiaba al volcarse la arena, vacilar

en un trazo que sutil cubriese
las hendiduras del revoque
y, más abajo, ligas, lilas, revuelo
de la mampostería por la presión ceñida y fina que al ajustar

los valles microscópicos del tul
sofocase las riendas del calambre, irguiendo
levemente el pezcuello que tornando
mujer se echa al diván.

miércoles, 24 de junio de 2009

EL ACTO QUE NO CESA

El niño proletario

(Osvaldo Lamborghini, Sebregondi retrocede, 1973, © herederos de Osvaldo Lamborghini)


Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.

En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.

Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado!. A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.

Evidentemente, la sociedad burguesa se complace en torturar al nino proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.

Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo. La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.

Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror, oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.

A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro y nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado! y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.

No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.

Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.

Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.

Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.

Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpito de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.

Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmemente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.

A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.

Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.

Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.

-Yo quiero succión- crují. Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos falanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza. Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.

Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí. Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado!. Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:

-Habrás de lamerlo. Succión.

¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer. A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación.

Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria. Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he con- templado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra. Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto. Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes, Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal. -Ahora hay que ahorcarlo rápido- dijo Gustavo. -Con un alambre- dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados. -Y adiós Stroppani ¡vamos!- dije yo. Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.