PÁJARO DE CHINA
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domingo, 23 de octubre de 2011

DOMINGO ELECTORAL




Esta es la imagen de la boleta que llevarán nuestros sobres. Es un acto meditado y visceral. Pancho no es nuestro líder: es nuestro compañero cotidiano de ruta, táctil y silencioso, incondicional y ajeno a la manipulación emocional y los discursos que aplanan y tranquilizan nuestra visión del mundo. No necesitamos madres ni padres protectores, mitos ni héroes, intérpretes o escribas genuflexos de supuestas verdades ocultas. 

Buscamos deliberadamente la impugnación de nuestro voto porque impugnamos una democracia reducida a la supuesta representación de nuestras voces por una constelación de egos repugnantes, el fundamentalismo  ideológico de cualquier calibre y la perpetuidad de un orden económico y social radicalmente injusto borrado de las estadísticas.

Vomitamos sobre los millones invertidos en campañas proselitistas de retórica vacua, mientras otros millones nacen y mueren mordiendo el polvo. Que uno solo lo mordiera debiera ser suficiente para sublevarnos frente a la sonrisa impostada de los candidatos a un cargo. Vomitaremos, en consecuencia, sobre cualquier festejo posterior a un resultado electoral con cánticos y comparsa sobre los escombros. Bastaría un puñado de escombros para que ese festejo fuera vergonzoso.  

No estamos "indignados" sino salidos, por voluntad propia, de una forma mecanizada de vivir. 

No creemos en los relatos fundacionales, los monumentos y los mausoleos, la apelación a entelequias totalitarias como el "ser nacional", "la voluntad popular" o la "idiosincrasia patria", la distribución oportunista de rosas rojas, los patéticos mendicantes de votos revolucionarios y la instalación de antenas parabólicas en el rancho del pobre. No creemos en nada ni en nadie, excepto en la distribución equitativa del ingreso, la libertad irrestricta de pensamiento y los ojos de los animales.  




viernes, 21 de octubre de 2011

LA "REVOLUCIÓN" TECNOLÓGICA





Que alguien me indique la dirección del mundo "global" y "líquido". ¿El mundo "global" vive en las marcas de las gorras de los ciudadanos que alzan la pistola de oro? ¿El "líquido" vive en la sangre del cuerpo que fotografían los celulares?





domingo, 2 de octubre de 2011

MAÑANA IREMOS A TRABAJAR CONTENTOS



"El árbol de la vida" (The tree of life, Terrence Malick, 2010) es la suma de todo lo que debo destruir para sanar. Hablo de mí porque soy lo único que conozco. Apenas. Mi cuerpo ha reaccionado a las imágenes de "El árbol de la vida" como si intentaran sumergirlo en un baño de pestilencia cinematográfica. En el extremo aparentemente superior de mi cuerpo está mi cabeza, a la que el cuerpo envía sus señales para recordarle que esa superioridad aparente deriva del hecho de que aún no he aprendido, por desgracia, a pensar con los pies y a andar apoyada sobre mi cerebro.

Desde ese analfabetismo sé, porque mis huesos terminan imponiéndose a la educación y el dolor no se deja compartir, que cualquier discurso sobre una comunidad es una mentira. Mi "semejante" es radicalmente distinto. Lo único que puede rozarlo es mi soledad, contaminada fatalmente por el lenguaje. Porque no vengo de un útero ni de una organización celular ni de un big-bang cósmico sino de un relato. A veces me pregunto cómo me enamoraría si no me hubieran hablado del amor. 

Todo relato que pretenda incluirme es un ejercicio fascista. En "El árbol de la vida" no hay lugar para mi desorden genético. No hay lugar para lo pequeño, lo anómalo y lo impuro. Alguien supone cómo soy y me relata que hay detrás y más allá de los dos hechos que menos me importan en mi vida y de los que no tengo ni tendré registro alguno: dónde estaba antes de nacer y a dónde iré cuando me muera. Me lo cuenta (es decir, habla por mí y me miente) como si lo supiera y como si esa información pudiera redimir este mientras tanto. Este mientras tanto es mi única experiencia y para que me pertenezca de algún modo debo emanciparla de los mandatos, de la tradición y de la propiedad. 

Tengo que matar a Dios, a mis escuelas y a todos mis gobiernos. Tengo que matar a mis padres para quererlos después, si mi cuerpo decide aproximarse a sus cuerpos que ya han cambiado de estado, sin que yo pueda ver ahora a mi padre con estos ojos o comprender el lugar desde el que mi madre habla con las cosas. Debo matarlos aunque supuestamente se hayan ido, para que no sigan hablando por mi boca. 

"El árbol de la vida" intenta inocularme su pedagogía venenosa. Su veneno no es la grandilocuencia, porque si así fuera habría que dinamitar la ópera o el marxismo. Hay ambiciones que pueden aflojar algún eslabón de mis cadenas. Su veneno tampoco es el kitsch, entendido como la negación absoluta de la mierda del mundo. Su veneno es el conservadurismo, esa vocación de hablar de todo para que nada se mueva de su sitio, ese magisterio tranquilizador que tiene la respuesta a las Grandes Preguntas y las responde con letras mayúsculas y música clásica. No desprecio "El árbol de la vida" porque funcione en un plano anestésico. La desprecio porque despliega como una bandera todo lo que tengo que volar para poder sentirme. Porque es una película de banderas, que ofrece protección a cambio de soberanía.

Como buena soga voluntaria de ahorque, está impregnada de confortables destellos luminosos, regada constantemente por una manguera o una catarata purificadora y afectada por la peste de la larga duración. Un Gran Relato no puede contarse corto. Tiene que decir a chorros, subrayar lo que dice con una voz en off que recite un manual inofensivo y volver a subrayarlo con la banda sonora de la Alta Cultura. Para eso molestaron a un especialista en efectos especiales no digitales que se había jubilado, le pidieron malabarismos de iluminación en luz natural a un experto en fotografía y le encargaron partituras de ocasión a un compositor que aceptaría en su programa de mano cualquier teatro de Prestigio (definir un término equivale a gritar, es decir, a hacer ruido). 

Un Gran Relato aplana las historias bajo el peso opresivo y protector de la Historia, se pasa por el culo la sociología y vocifera desde su estrado sin miedo ni mugre que pasamos de los dinosaurios a la familia monogámica, aria y heterosexual. Papá nos pega pero es bueno, mamá garantiza la continuidad de la prole con su Gran Vagina Virginal Parlante que repite el cuento de las buenas noches y al final todos nos vamos al cielo, que es una playa que queda allá arriba, donde no hay tsunamis y recaló con expresión beatífica la troupe entera de los muertos del barrio.

No quieren que estemos solos ni en la muerte. Es peligroso. A ver si se nos ocurre interrogar por lo concreto y cuestionar las humillaciones terrenales. Además, antes de morirnos, papá y mamá nos hablan desde el más allá, como los difuntos líderes políticos.  

Quien tenga el lujo de un rato de tiempo libre debería aplicarse a dar miedo y no Belleza. "El árbol de la vida" da miedo por lo que niega y no por lo que desenmascara, aunque su director también incluya una máscara teatral subacuática en su repertorio de fuegos de artificio. Están las velas de De la Tour, los girasoles de Van Gogh y también la puertita en el desierto de Magritte, todos reducidos a la estética del poster. Está la colección completa de postales de la tienda de souvenires, con perfume a agua de colonia y atardeceres dignos del Día de los Enamorados. No recuerdo tamaña atrocidad multipremiada desde los días en los que Roberto Benigni declamara que La vida es bella entre los decorados de un campo de concentración. 

Mamá es una lánguida vestal prerrafaelista, adecuadamente pálida y pelirroja, habla de sus niños como "su todo" y le dice, supuestamente a Dios, "te doy mis hijos", como quien transfiere un inmueble. Es una escena particularmente espeluznante, considerando que los delegados tangibles de Dios mandaron al cartero al Hogar, para comunicarle que uno de esos tres hijos era cadáver joven en un Vietnam que jamás se nombra. Vietnam no se menciona pero se sobreentiende. Es un lugar geográfico específico y "El árbol de la vida" no está para experiencias singulares sino para el Mensaje Global.

Si tus Vietnam personales te destrozan, es obra de Dios que da pero también te quita y por eso Sean Penn (el hijo sobreviviente rebeldón que osó romper un vidrio a pedradas) deambula atribulado por los ambientes asépticos de una corporación hipermoderna, en cuya superficie acristalada se reflejan las nubes y les dieron licencia a las entrañas donde se cocina la explotación. "El árbol de la vida" es una superficie acristalada que salda el conflicto por gracia divina.

Hace como que no es maniquea pero sí. Porque hay dos caminos y mamá y papá se los repartieron: ella es la Gracia y él, la Naturaleza, con cara de Brad Pitt impostando prognatismo para hacer de severo veterano de guerra. Deberíamos desconfiar de cualquier proyecto en el que Brad Pitt oficie de productor (aunque haya puesto 1 dólar), de cualquier texto de más de unas pocas páginas, de cualquier película que dure más de una hora y de cualquier persona a la que se levante un monumento. Desconfiar de padres que tocan el piano y en cualquier momento te asestan un sopapo porque te reíste en la mesa.

Tengo para mí que en la familia versión Malick la salida sería el suicidio infantil o el parricidio o el Vaginicidio en masa excepto para el sexo sin código de producto. Pero las películas son como la gente. En el fondo no cambian. Se agravan. El fondo coincide fatalmente con la forma. Por eso "El árbol de la vida" es arteramente diáfana. Eso, su culto subterráneo a la autoridad, es lo imperdonable y no su carácter solemne y soporífero. 

Da para adjetivos de la calaña de "poética", "sublime" y "maravillosa" (todo eso que tiene que ver con una "esencia") y sería cómica si no encarnara el imaginario de tantos. Lo repugnante no es que la gente sea o no sea como la muestra "El árbol de la vida" sino que aspire a verse en ese espejo, que estetiza las maquinarias institucionales de la podredumbre y nos permite ir a trabajar contentos. Este mundo no es obra ni culpa de Dios sino de los padres, de los hijos que devienen padres y de esta necesidad de persistir hijo y buscarse padres de múltiples caras, pero padres al fin. Dios puede ser papá, mamá, la patria, el partido y después los hombres. La desgracia de no poder soltar y de soltar para Dios y no para tambalear y hacer pie por sí mismo. 

"Te doy mis hijos". No. Especialmente porque no los tengo. No doy los hijos que he decidido no tener, todos los hijos que solté pero en verdad jamás tuve, esta ausencia de instinto maternal, esta perplejidad atenazada por el "yo", en pie de guerra con "mis" posesiones y rendida ante el silencio animal. Saturada de imágenes sin nervios, atascada en aparatos fónicos que propagan conceptos, estaqueada en la rueda de una "comunidad". No me dejan entrar al hospital con perros, entro en el hospital porque no soy perro, el árbol de la vida es una sociedad a la que contribuyo perpetuando relatos. 

Tengo que matar el árbol de la vida, debería abrazarme a un árbol de nada que entienda, tengo que matar este cine en mí. 

   

domingo, 21 de agosto de 2011

NO IREMOS NUNCA A VISITAR AL PAPA



El Vaticano quiere canonizar a mamá, muerta a manos de un hijo desquiciado. Fue la sonrisa beatífica de mamá, sumisa y débil, la que nos envenenó a todos. Mamá no se rebeló contra la locura de su hijo; la soportó como quien expía un pecado y paga la culpa de un crimen que seguramente ha cometido. ¿Pero cuál es ese crimen? ¿Por qué debemos cargar una cruz y pagar un precio? Y nacer condenados, hasta que un desconocido baña nuestra frente con agua que llaman bendita y nuestra opción es berrear como corderos, sin comprender qué pasa. Porque no comprendemos lo que pasa, porque tenemos terror a lo que pueda pasar, la religión nos recluta desde niños como corderos. Como dice en su desesperado monólogo el pequeño hijo de Ernesto en "La hora de religión" (Marco Bellocchio, 2002), que bien podría ser el pequeño Ernesto antes de parir a su hijo: "Estoy pidiéndole a Dios que me deje en paz. Porque si Dios está en todas partes, en todas partes me mira y nunca puedo estar solo y nunca puedo ser ... libre". Por eso no iremos nunca a visitar al Papa, empeñado en la producción de santos que garanticen la continuidad de su negocio policial. 

La familia ha sacado cuentas y es conveniente cooperar con la Santa Iglesia. Como dicen las tías, en este mundo alguien tiene que protegerte: el Opus Dei, el Instituto Gramsci, el que sea. Pero no se puede andar por la vida sin un padre. ¿Y qué nos cuesta creer, después de todo? Los ateos no tienen evidencia a su favor, más que este mundo atormentado que mucho mejor iría sin el extravío de los ateos. Los creyentes tampoco la tienen, pero se la inventan. Como esta gigantografía de mamá en el patio de casa, un prototipo mayúsculo de futura estampita, que la familia deberá sumar a la ocurrencia de un sanación milagrosa y a la confesión exacta del asesino de que ella pedía, pedía, pedía que por favor no blasfemara y él la mató y ella, con una expresión de paz ultraterrena en su rostro susurró, antes de morir como la santa que quieren que sea y que será: "yo te perdono" (enterrando la versión de que el crimen ocurrió bajo el efecto nebuloso de los psicotrópicos). Nosotros no perdonamos el infierno asilado en la cabeza de mi hermano matricida, recluido indefinidamente en un loquero. Por eso no iremos nunca a visitar al Papa. 


Ofrecemos como prueba de ateísmo nuestra historia de amor, porque es muchísimo más difícil amar genuinamente a un único ser humano que amar a todos los pobres de esta tierra. La historia de un ateo se escribe con claroscuros, como la filmó Bellocchio, claroscuros como pliegues en los que uno tropieza, se desgarra, sangra, se lame, no sabe exactamente cómo sigue en pie. Nada de luz celestial atravesando los vitrales. Se escribe con ambigüedad, como la filmó Bellocchio, porque el límite entre ficción y realidad es tan difuso que a veces creemos tocar criaturas nacidas de los sueños. Como Ernesto, dejamos la puerta entreabierta para propiciar su aparición. 


No es enloquecedora la belleza del mundo, sino su fealdad. Los opresivos monumentos colosales en la vía pública, el culto vertical al líder, los bustos y los bronces que provocan unas ganas tremendas de salir a dinamitar verdades absolutas. Algunos lo intentan y fallan y su destino es el mismo loquero donde nuestro hermano dura. El resto de la familia jura profesar una fe de la que calcula sacar ventajas. El rebelde se ha convertido y se ha integrado al rebaño, lo que no es sino una forma aproximada del suicidio tácito, pero no es el suicidio real. Quiero decir, no es poner el cuerpo. 

Los cardenales y los obispos no ponen el cuerpo y cubren con sus ropajes genuflexos el del Santo Padre, ungido en el secreto de un cónclave que es la negación perfecta de la democracia. Si la modernidad es el paso hacia una vida laica, donde nadie ejerce su poder por mandato divino, ¿de qué fumata pestilente ha salido este hombre? Todo poder es político, por definición. En su nombre se mata y en su nombre se muere y Dios baja a la tierra para participar en campañas electorales. Por eso no iremos, jamás, a visitar al Papa. 

Ernesto dice a su hijo que no irá, porque no cree en Dios. Es decir, es un hombre sin Padre. Un hombre sin Padre necesita, para sobrevivir, una red. Ernesto pinta e ilustra libros para niños. Deja la puerta de  su cabeza entreabierta, ya lo dije, para que entre alguien a quien amar. Ernesto ha dinamitado, en su pantalla, el horrendo monumento que trastornó a un hombre. El catecismo está pariendo un Dios ubicuo que persigue a su hijo en los jardines. Blande un látigo de siete puntas cuya imagen el diccionario personal traduce como culpa. ¿Culpa de qué? ¿De qué somos culpables, si no es de incoherencia ante nuestros hijos y falta de caricias a nuestro hermano torturado por su sistema nervioso? ¿Qué ha hecho el Papa al respecto, más que dar misas en latín y orar por todos nosotros, cuando si somos tantos la plegaria no alcanza y no nos toca a cada uno ni siquiera media sílaba de petición supuestamente bienintencionada, salida de la boca de un corrupto elegido endogámicamente por sus pares? Ser ateo es entreabrir la puerta, a nuestros propios demonios. Ningún Papa nos asistirá en este combate cuerpo a cuerpo. Por eso no iremos a visitarlo.

Si no creemos en su Dios, ¿qué le diríamos? Tendríamos que reírnos, con una sonrisa que no sería precisamente la de nuestra santa madre. No iremos porque hacerlo sería ser, sencillamente, unos incoherentes. Nos piden que creamos, que oremos, que nos inclinemos, que besemos anillos y entreguemos la custodia de nuestro pensamiento. Pedimos coherencia. Nos la exigimos, a fuerza de insomnios y renuncias, a nosotros mismos. El hijo de Ernesto tendrá que aprender a disentir, en su clase de catecismo. En su hora de religión donde le enseñan a temer. Súbitamente, la Iglesia, el Estado, la Familia (esas fábricas continuas de Madres y Padres), se complotan como soga de ahorque de Ernesto, que habitaba el exilio de sus pinturas, haciéndose sus propias preguntas sin respuesta. Que nos dejen en paz. No nos pondremos el traje oscuro ni la corbata de seda, no haremos ningún gesto reverencial. Avanzan como cazadores engalanados por el luto, voluntarios integrantes de una cotidiana República de Saló. No nos verán sus ojos. 


Quizá algún día tengamos el coraje de Ernesto, para dar prueba de la certeza de nuestras convicciones batiéndonos a duelo. No verbal, no de prensa barata, no de simposio de intelectos de alquiler. A duelo de espadas y de padrinos, de los que dejan tajos en la carne (¿soñados?, ¿vividos?, ¿cuánto se sufre al dormir?). Abajo, bien abajo en la tierra de los desesperados, y no arriba de una cruz. 


No, no vamos. No forma parte de este puñado de pasiones que llamamos, con grandilocuencia, "nuestra vida". Realmente, no lo registramos. Alguien, exactamente a nuestro lado, un paria expulsado de todo paraíso, el hermano que creció a nuestro lado y a nuestro lado se perdió porque no vimos cuán profundo y cuán negro era ese pozo, blasfema y pide, a los gritos, un abrazo. No hay patria, no hay líderes, no hay túnicas ni templos. Somos huérfanos que encuentran, tras años de arrancarse de los ojos venda tras venda, su tabla de náufrago en un extraordinario gesto mínimo.   







martes, 26 de julio de 2011

NIÑOS DE OSLO





Como en la inversión exacta y horrorosa de una fábula infantil, Anders Behring Breivik reemplazó un viernes en la apacible Noruega al guardián alerta en el centeno para rescatar a los niños de un accidente y, luego de detonar un coche bomba en el distrito político de Oslo, se dirigió hacia un camping juvenil en la isla de Utoya, disfrazado de policía con patéticas condecoraciones caseras al hombro ("Cazamarxista"), decidido a atraer y luego a fusilar a cualquiera que le saliera al paso. La única opción para sus azorados blancos era esconderse bajo los cadáveres, refugiarse en una cueva, treparse a los árboles, conseguir un bote o arrojarse al lago. Anders susurraba "no sean tímidos, vengan a mí, yo los cuidaré" y luego aullaba "todos merecen morir" y remataba con un segundo disparo a los agonizantes, buscándolos entre las rocas o en el agua helada. 

Ante la mayor masacre de la historia noruega ejecutada (al menos visiblemente) por un solo hombre, el primer ministro de ese país donde parece que nunca pasa nada más que buenas estadísticas declaró que Breivik había convertido un paraíso en un infierno. Como si el infierno no se cocinara a fuego lento en las entrañas mismas de lo que parece ser un paraíso. No tenemos noticias de un francotirador haitiano que se cobre casi cien vidas en Puerto Príncipe. El hambre debilita y desgasta y es en las sociedades opulentas donde surge, para estremecer, el justiciero mesiánico que acumula seis toneladas de fertilizantes en su granja     "bio" para volar los edificios de gobierno o el escolar apático que recibe un arsenal por correo para volarle los sesos a sus compañeros de escuela. No son hechos aislados. 

Breivik dejó servida la explicación a cualquiera que intente abordar su caso, desde cualquier disciplina, al transcribir en su cuenta de Twitter la frase de John Stuart Mill: "una persona con una convicción equivale a la fuerza de 100.00 que solo tienen intereses". Breivik, un conservador cristiano, tenía la convicción de que debía barrerse el marxismo y el Islam de Europa y el suficiente narcisismo descontrolado como para considerar esa limpieza su misión estelar. Si una convicción es en definitiva un pasión que dota a la vida de sentido, Breivik estaba tan desbordado de sentido que resolvió entregar su vida (y acabar con decenas en el proceso) en nombre de su convicción. 

El marxismo todavía infunde miedo (ese ateísmo, esa vocación de dar vuelta las reglas del juego ...) y el Islam   es la religión amenazante y en competencia, con sus propios fundamentalistas armados dispuestos a estrellarse en avión contra una torre. Breivik es la evidencia de un terrorismo rubio sin turbante, pulcro y de extrema derecha, que encuentra en ese "extremo" la razón de vivir y de matar. ¿Qué convicción podríamos oponerle a Breivik, en tiempos signados por el supuesto fin de la historia y las ideologías y entregados a la anestesia continua del consumo?

¿Cuántos niños de Oslo leen o dibujan o miran una hormiga o un pájaro con una intensidad tal que marcará irreversiblemente sus pupilas? ¿Cuántos sienten que no podrían vivir sin escribir, sin deletrear el catecismo del cine que interroga, sin cantar, sin abismarse en el silencio de los animales o en el sencillo tacto de los prójimos? ¿Cuántos vibran de la cabeza a los pies en nombre de pasiones menudas que justifican la existencia y que por sumatoria de experiencias quizá puedan cambiar sus desastres?  

Esas pasiones menudas, que anhelan compartirse sin el veneno de la imposición, son la cueva y el árbol, el lago y los botes, el tejido que anuda, sin retener ni presionar, a cualquier sociedad que pretenda no parir un Breivik. No son solo un escudo o una escapatoria en la isla donde el cazador acecha, sino la única manera, quizá, de vivir sin durar y rechazar, por el puro placer de seguir explorando lo que el otro alumbra, la mera idea de darle y darse muerte.