PÁJARO DE CHINA
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jueves, 30 de septiembre de 2010

VIVIR PARA CONTAR, CANTANDO


Tengo tres hermanas imaginarias. Susy, Virgi y Male. De ficción. Nos visitamos los miércoles a la noche, sin falta. Dudan, aman, lloran, vuelven a dudar, ríen y se desesperan. Súbitamente, comienzan a cantar. Estoy enamorada de mis tres hermanas, de sus novios y de sus novias.

Cantaban los personajes de Alain Resnais en On connait la chanson. Cantaban los de Woody Allen en Paris, je t'aime. Muchos cantaban.

Yo canto, mucho. Como me sale e imprevistamente. A la madrugada, en el balcón, en los pasillos de los hospitales y en los funerales, también. Aprendí italiano manejando y cantando con Mina, a dúo. Pagué todas las infracciones de tránsito correspondientes, con orgullo. Aceleré con Francoise Hardy y Jane Birkin (a la que habrá que bajarle el volumen en la barra lateral derecha para escuchar a mis hermanas) durante años. He sido, en el living y en pelotas, en noches de hastío, Lili Marleen.

Compartimos este hábito con mis tres hermanas. Cuando era chica salía al patio de mi casa, me reclinaba contra la pared donde daba el sol y cantaba durante horas. A mi mamá le repetían el repertorio cuando entraba a la panadería (que estaba a varios, varios metros de ese patio) y en casi todas las tiendas del barrio ("¿es su nena la que canta, no?").

Cuando ingresé en las filas de la educación formal, fue a los alaridos. Salía al patio del jardín de infantes y de pie en su exacto centro aullaba como una posesa. Era mi resistencia-lobita. Mi mamá me retiró del jardín, donde acepté quedarme, sin aullar, sólo cuando aprendí a leer.

Me gusta empezar a cantar, espontáneamente. Como venga. El pecho se abre, el cuerpo se distiende y uno se saca flores, peces, promesas y melancolías de la boca. Se transita mejor, se respira más lentamente, cantando. Uno se afloja, se deshace y se sale de sí mismo para ir hacia el otro, que es lo más hermoso que puede pasarle.

No importa cómo, no importa qué (excluidas las marchas militares y los himnos fascistas), cantar cicatriza y, quién podría asegurar lo contrario, a veces, también, sana.


Imagen y videos: Para vestir santos.

jueves, 15 de julio de 2010

MALPARIDA, DAME MÁS



No me pierdo un solo capítulo de Malparida, la telenovela que hace estragos en el rating televisivo argentino que todo lo tritura, hasta nuestras cabezas. Con mi cabeza triturada la sigo como una adicta, porque el género telenovela es uno de los géneros sociológicamente más ricos que la televisión ha dado. Y además, porque soy telenovelera vieja y desde que usaba flequillo con colitas me sentaba los viernes a la noche a mirar con mi abuela todas las obras cumbres de Alberto Migré.

Mis ojos de niña jamás olvidarán el final apoteótico de Piel Naranja, con los amantes adúlteros y el pobre vejete traicionado cosidos a balazos y tendidos sobre unas epifánicas hamacas paraguayas. Gracias a Piel Naranja supe, con ojos rendidos y azorados, lo que era la tragedia amorosa.

Malparida es la expresión más notable del Zeitgeist, muchachos. No sé qué esperan para hacer una tesis doctoral con honores sobre este caramelo envenenado que derrocha sintonía fina no sólo con lo más putrefacto de nuestros inconscientes, sino con el mundo temible que nos toca vivir.

Convengamos de entrada que, como heroína, una bien nacida es un embole y una malparida, el talonario completo de acceso a la satisfacción deluxe de nuestros más bajos instintos y una fuente continua de morbosa diversión garantizada. Renata Medina, por más que intenten redimirla con un amor genuino sacado de la galera, no sólo es mala: es una víbora escapada de un serpentario triple X. Adviértase el ofidio enroscado en su rutilante logo.

Un logro fenomenal de esta telenovela es que, siendo su actriz protagonista tan naturalmente bella como inexpresiva (hecha de madera balsa e incapaz de coordinar dos párrafos seguidos), la sigamos igual en su devenir monstruoso. O sea: Renata Medina es un significante vacío que opera como brazo ejecutor de nuestras fantasías más salvajes. La heroína es un témpano en todos los sentidos. Esta ahí sólo para satisfacer nuestros deseos homicidas. 

La chiquita ya carga con tres muertos y no hay rastro de culpa. Le soltó la mano, en sentido literal, a su primera víctima, que se hizo moco en caída libre contra el cemento. Al segundo que fue boleta, lo envenenó al mejor estilo Yiya Murano (ese ícono de la criminología nacional que todavía espera su película), pero sin masitas de por medio. Y al tercero le clavó en el pecho, en pleno coito, el palito japonés que le sujetaba el rodete, en un descarado afano al modus operandi de Assumpta Serna en Matador. Como la justicia es ciega, sorda y bastante pelotuda (perdón por mi francés), Renata viene zafando.

Ella, como si nada. Todo avanza tan rápidamente que no hay tiempo para el remordimiento. O ya está tan naturalizada la enseñanza maquiavélica de que el fin justifica los medios que los fiambres son efectos colaterales, destinados a pasar al olvido en el instante mismo en el que quedan boqueando. 

La velocidad de la trama pasmaría a Paul Virilio. Los adeptos al género esperábamos meses para un beso de lengua y, a veces, hasta un año para un traca-traca bajo las sábanas. Ahora los tenemos en cadena, con raya del culo a la vista, planos como una sesión de aerobics o una carta pasada debajo de la puerta y repartidos por todo el árbol genealógico: Renata se transa al padre y se transa al hijo. Al padre, para vengarse; al hijo, porque "redepente" (como diría Catita) se enamoró. Las acciones se ven venir porque son ilógicas. Es notable. No hay carnadura ni evolución psicológica alguna de los personajes que las justifique. Pero las vemos venir.  

Malparida es, también, una muestra innegable del hundimiento alla Titanic del "galán" de turno: acá el supuesto "galán" es Gonzalo Heredia (en el rol penoso de Lautaro), un imberbe que está para ir a la cama, pero con una aspirineta y un termómetro, y no te afloja las bragas ni a cañonazos. Que parezca sucio y transpirado, con el pelo aullando por champú desde la última vez que lo bañó la madre, no alcanza. Mi primer gran amor fue el Mario Kempes del funesto Mundial '78; mi sesera infantil entraba en trance cuando transpiraba, en sentido literal, la camiseta. Pero Kempes chivado era, claramente, otra cosa (y cuando se casó en España con una tal Vicenta, mientras yo lo esperaba en casa con mis zapatos nuevos, aprendí lo que era la traición amorosa).

Lo confieso: yo le rogaba a mi mamá salir de compras para sorprender a Mario con mis vestiditos, cuando viniera a buscarme al barrio y me tocara el timbre sin aviso previo. La tragedia y la traición no la bebí de los griegos ni los grandes poetas, sino de Marito Kempes y Piel Naranja. 

Como el "galán" juvenil de Malparida hace agua (ganaría con su heroína, por goleada, un concurso de momias), sale en su auxilio su papá: el inoxidable Raúl Taibo, que se carga la historia a sus espaldas. Es Lorenzo, pero Lorenzo el Magnífico. Estoy convencida de que duerme en un frasco con formol o es la versión rediviva de Dorian Gray. Creo que, como Nosferatu, no morirá jamás. 

El único tópico en el que Malparida no acompaña a la realidad es el previsible: Lorenzo es un Jefe Bueno, que es algo así como ponerle el pastito y la lechuga a los camellos de los Reyes Magos. Maneja su oficina con una bondad que me da risa (sí, a esto hemos llegado), sin psicopateadas ni verticalismos. Por supuesto, enfermos como estamos, no nos da look de bueno sino de boludo. 

El resto son tres esferas pétreas como los mármoles del Vaticano. La corte de personajes secundarios (buenos actores que compensan la debacle gestual de la pareja del cuento), divididos en: 

(i)   los siervos de la plebe, dóciles, nabos y agradecidos de su miserable condición: Lino (el chofer cuyo mayor orgullo es lustrarle el auto al jefe) y Olguita, la empleada doméstica multiuso. Detesto los diminutivos, porque denotan condescendencia y falsa familiaridad. Los esclavos siempre ligan un diminutivo y estarían dispuestos, por una sonrisa del patrón, a hacer hasta un número vivo de caniche circense o arrastrarse para oficiar de alfombra. A ninguno se le ocurre empuñar las armas que empuñan los que los oprimen, como a las inolvidables empleada doméstica y empleada postal encarnadas por Sandrine Bonnaire e Isabelle Huppert en La ceremonia (¿la última película marxista de la historia, firmada por Chabrol?). 
 

(ii)  el "mundo tumbero" del arrabal de provincia, donde todos son delincuentes, toman vino barato y se tragan las eses. La cristalización de ese mundo, donde en la realidad se la pasa muy mal y la vida no vale nada, en un "género" donde a la gente parece encantarle vivir así, me repugna. Detesto la "poesía tumbera", la "música tumbera" y afines. No es prejuicio de clase. Es el rechazo a ver "estetizado", sin sombra de piedad y bajo el manto maloliente de una complicidad falsa, un  mundo de la vida impuesto de prepo por la lógica perversa del capitalismo salvaje, como si ahí hubiera estado desde siempre y así fuera a existir, de aquí a la eternidad. Como el apelativo "Olguita" para la esclava moderna.

(iii)  el ámbito de la oficina, donde todos se sonríen aunque se odien, caminan con el serrucho bajo el brazo y el mayor gesto de solidaridad es que te tengan la puerta del baño. Es, además, una oficina dedicada al negocio inmobiliario: barrios privados, emprendimientos de lujo y torres de alta gama (una vivienda social, ni por asomo, ni siquiera para cumplir con el lavado de conciencia burguesa bautizado como "responsabilidad empresaria").  

¿No es maravilloso? Todos orbitan en torno a una grácil momia sin memoria (que ya ni se acuerda de los muertos que enterró), en satélites podridos hasta la médula. El efecto caricatura es tan marcado que la macchietta sería para llorar, si no causara una gracia tremenda. 

Porque Malparida no para y empezó hace poco. Imagino pactos suicidas, tecitos bien cargados como el que le convidaron a Juan Pablo I, peleas de las mechas en el baño de chicas, hasta que corra sangre como ketchup, y amores incestuosos como aquel por el que Edipo se arrancó los ojos, pero acá se bajen los pantalones y después se sienten a ver la tele.

No miro Malparida sólo para descomprimir mi día. Es como asistir, gratis y sin salir de casa, a un seminario acelerado sobre la obra de Michel Foucault.



 
 
 
 

domingo, 4 de julio de 2010

AMANDO A MARADONA



En el origen hubo un don y también infiernos. El don es una medalla: de un lado está la Iglesia Maradoniana y sus feligreses que velan en la puerta de los hospitales; del otro, los carniceros y los dientes de los carniceros, que han retomado prontamente, ávidos y lascivos, la previsible faena de tajear y colgar las libras de carne de los ganchos.

Si pudieran, los carniceros maradonianos exhibirían sus nauseabundos trofeos fragmentarios en un museo, para deleite de todos aquellos que se relamen ante la supuesta caída del que odian. No usan cuchillo de corte quirúrgico. Van por la dentellada y el colgajo que no para de chorrear.

Los infiernos son, por definición, privados. Pero los infiernos destilados por el don son expuestos con soberbia y saña y con el mismo frenesí de los cuervos que mastican en éxtasis la carroña. Hasta The New York Times, cuando pide disculpas, no se priva de exponer en detalle, una vez más, la naturaleza de las sogas que enredaron y mordieron los pies con alas.

En Argentina no se perdona la partida de nacimiento villera ni el más mínimo gesto dirigido a atenuar el hambre de la villa. En Argentina la palabra "izquierda" causa espanto, como si en cualquier momento vinieran a rematarte tus propiedades. Diego porta el estigma del villero, a Evita le vivaron el cáncer y el Che Guevara es un ícono de camiseta, un anacrónico souvenir del pasado o un iluminado autoproclamado e idiota seguido por una corte de portadores de la misma tara, aptos para la parodia literaria cínica. 

Nos especializamos en devorar a nuestros hijos y nos encarnizamos con los mejores. Traban el aceitado movimiento de los engranajes establecidos y naturalizados, nos interpelan y nos intranquilizan. Nos encanta cuando se convierten en fetiche y se aplanan en comedias musicales. Pagamos entrada para ver "Evita", pero internamente es un alivio que esté muerta. 

Una legión de parásitos come de esos hijos pero nadie pone en práctica la forma que tienen o tuvieron de estar en este mundo. Captan votos posando delante de la gigantografía de La Gran Muerta, pero siguen haciendo negocios con los mismos que La Gran Muerta detestaba. Pintan banderas con la cara del Che, pero no actualizan, resignificándolo con sus seseras, su legado. Viajan a acompañar a Diego o disertan sobre las bondades de este gobierno con pasajes regalados por el Estado. Y lamen el culo de este gobierno con fervor, trazando paralelismos vergonzantes y desatinados entre el fútbol y la actualidad política. 

Navegan en la celebración opiácea de la superficie, sin redimir con el análisis en presente a los muertos del pasado o a los millones de muertos en vida a los que les arrojan, como migajas, asignaciones por hijo, conversores digitales o plasmas televisivos en cuotas. 

Apelan al lirismo o a la épica, sin ensuciarse las manos.

No me entristece que Argentina haya sido eliminada de este mundial de fútbol. Me entristece que Maradona no haya podido besar, en nombre del riesgo que asumió nuevamente en su ley y en carne propia, otra copa.

Porque ese riesgo es hermano de su irreverencia, la misma que hace que su lengua no tenga filtro ni editor posible y embista contra papas y mafiosos.

Quisiera que sepa que ya es y será leyenda y que, domando su propia sed como ha domado tantas veces sus demonios, se empequeñeciera para hacerse más grande todavía. Que se retirara del césped de las corporaciones hacia el refugio de los potreros incontaminados e ignotos, donde patean los niños-cebollitas.

Que definitivamente jugara sólo por la belleza lúdica de jugar, sin competencia ni tablas de posiciones. Sin el veneno de un sistema de ganadores y perdedores, del que el deporte organizado no es más que un servidor obediente.

Y que los niños-cebollitas dijeran, algún día, "yo aprendí a jugar con Maradona; cuando me equivocaba, me abrazaba y me besaba igual, como si hubiera descosido la red con una lluvia de goles".



lunes, 28 de junio de 2010

LA EDAD DE LA FUGA


Vivo en la edad de la fuga. Alguien se ocupará de bautizarla, dentro de algunos años, "alta posmodernidad", "posmodernidad tardía" o "posmodernidad promedio". Sólo sé que en un principio fue el miedo y que el miedo es el origen de todas las cosas. Nada hay más pavoroso que los desajustes y el deterioro del cuerpo y ese stop final e irreversible que nos convierte en muertos. El miedo es la respuesta primaria a los trabajos implacables del tiempo.

Ya no quedan estrellas de rock con finas capas de maquillaje. En mi adolescencia bailábamos como descosidos los temas de Kiss (especialmente, I was made for loving you) pero nos burlábamos de esas cuatro mascaritas de rostros ignotos, una de las cuales se había cortado un cartílago para ofrendarnos una lengua ofídica. Eran una gran banda de rock, carnaval aparte. Una excepción estética en estadios dominados por hombres sin máscaras, prótesis ni deliberadas ortopedias.

Rod Stewart sigue derrochando seducción en vivo con sus coristas de piernas interminables y sus pelos revueltos. Sting destila glamour made in England sin tener que recurrir a artificios más sofisticados que una polera o un sweater de invierno. A Bruce Springsteen el sudor le resbala por la camisa rutera. No hablo de músicos entrenados en delicatessen. Hablo de los que revientan la taquilla y hacen trepidar estadios. Y aún así ven pasar la pelota del show-business, porque las que la descosen son las chicas.


Las chicas se los llevaron puestos. Desde mediados del siglo pasado la revolución tiene cara de mujer. De ahí a que Stefani Germanotta (aka) Lady Gaga, la indiscutida sucesora de Madonna y emblema del techno-pop, tenga algún sesgo revolucionario, hay un largo trecho. Comparte con Madonna un rasgo indiscutible: estamos tratando con mujeres virtuales. No tenemos idea de cómo son sus cuerpos. Madonna lo planchó y lo modeló a fuerza de photoshop salvaje y horas de entrenamiento. Su hijita pródiga se adosa cuanto artefacto típico de la sociedad de consumo le salga al paso, hasta desaparecer bajo un inventario remixado de signos de la alta y la baja cultura (a sus gafas hechas de cigarrillos las combina con un tatuaje de versos de Rilke).

Como en el caso de Andy Warhol, buque insignia del movimiento pop, uno puede preguntarse si Gaga reafirma o denuncia. De lo que no cabe duda es de que su cuerpo no-está-ahí y lo que vemos en su lugar no es sino la summa de lo que la literatura de la fuga nos viene prodigando desde hace tiempo: bobaliconada de trazo grueso con olor a wikipedia y malabares tarantinescos (cita, cliché, parodia, collage, ironía y afines). Una canción de Gaga nos toma unos minutos y puede abrir un interrogante. La escritura posmo no tiene remedio y un video como el de Telephone muestra todas sus cartas.

Cuando la vena lúdica de la Srta. Gaga vira al ridículo, seguimos bailando con ella. ¿De qué nos sirve leer novelitas hechas de estos mismos materiales, si para bailar tenemos a la Srta. Gaga? Mejor entregarse a los clásicos muertos y envolver los huevos con el after-pop.

Ah, sí, el Zeitgeist. Si la novedad es la tecnología 2.0 y el batido wikipédico, me quedo con Sófocles. Ya sabemos que el "fenómeno" de las redes virtuales es una variante del capitalismo salvaje: es estrictamente conservador, tu privacidad lo tiene sin cuidado, busca como de costumbre los billetes de la publicidad y sólo nos sirve para batallar desde adentro. Millones de chinos trabajan 16 horas al día para fabricar tu Ipad mientras los chicos se divierten en Silicon Valley. O sea: Proust continúa siendo inagotable y, si queremos relajarnos, ahí la tenemos a la Germanotta.

La Germanotta no envejecerá. Enchufada como un árbol de Navidad inclinado bajo el peso de estrellitas y bolas, vivirá en una suerte de estado de hibernación permanente producto de la sobrecarga. Cargará con tantos accesorios y adefesios extraordinarios que su cuerpo, borrado, no dará señales de fatiga ni de artrosis. No se trata del alisado permanente de Madonna en Erotica, sino de una erótica del cambalache como fuente de la eterna juventud.

Y cuando la Germanotta muera, todo sucederá muy rápido, porque la velocidad sí que es parte del Zeitgeist. Porque, en términos de Philippe Ariès, hemos pasado de la "muerte amaestrada" a la "muerte excluida". Los muertos de la Edad Media eran dueños de su final, organizado naturalmente como una ceremonia doméstica. La habitación del moribundo era un lugar público al que acudían abogados y notarios para tomar nota de las últimas voluntades y el sacerdote, para enterarse de la última confesión. La muerte les tocaba a todos y, en su rol de pedagoga, al funeral también concurrían los niños, para aprender que era parte de la vida.

Hoy no morimos en nuestra casa sino, en el mejor de los casos, entubados o sedados en hospitales. Las enfermedades impiadosas continúan siendo, pese a las batallas de Sontag, metáforas penosas que evitan el cara a cara y enmascaran el tránsito. Las casas velatorias, piezas aceitadas de un ritual mercantilizado, no permanecen abiertas toda la noche. Se muere a escondidas de una muerte seca y el duelo es mejor cuanto más corto sea. La muerte es un tema de mal gusto y de esos temas no se habla.

Porque el show de la producción y el consumo debe continuar. El show del aturdimiento.



miércoles, 23 de junio de 2010

JABULANI


Por, al menos, un doble de vida para Mujer de Olé


Viejo, acabado, the end.
Fuera de juego, diseño obsoleto, pesado.
Demasiados parches, demasiadas costuras.
El equipo de expertos universitarios
manipula piezas de cuero y material sintético,
trabaja día y noche en un producto
más refinado y veloz,
menos resistente al viento. 
Avanzamos hacia el círculo perfecto,
elaborado por la corporación en base al triángulo.
No se deja tocar, se obstina en no doblar.
En la base hay invariablemente una línea de dos.
Será la anacrónica línea de dos la que decida.
Como a la corporación, los mueve el hambre.
Pero es un hambre a contrapelo y a la inversa.
No hay una mano de dios.
Es la desguarnecida línea de dos
la que se suelta, corre y se mete el césped
en la boca.


martes, 30 de marzo de 2010

ME HICE FAN DE RICKY (PERO AMO A MELISSA)


Ricky Martin acaba de comunicar oficialmente su homosexualidad. Y yo acabo de ingresar a su club de fans, o de redoblar mi condición de tal, considerando las veces que me ha hecho compañía bajo la ducha o me ha puesto en quinta para bailar alguno de sus "lentos", abrazada a mí misma, en las noches de insomnio.

Intermezzo de Ricky-adolescente dedicado a Miss Frescura: Mujer de Olé


Ya sé que no es un acto heroico. Ya sé que acumuló de sobra para vivir de rentas, él y sus gemelos y los niños de sus gemelos (salidos o no de un vientre alquilado o de un pulcro útero bendecido con aguas del río Jordán), el resto de sus días. Ya sé que ahora se gana abiertamente el apoyo de la comunidad gay. Ya sé que "todos lo sabíamos". Pero él, aunque nunca lo negó (ni cuando Barbara Walters lo puso contra las cuerdas cual despiadada marabunta), tampoco lo había dicho. 

No lo había dicho. Y hay una enorme diferencia entre insinuar y decir. Entre dar a entender y confirmar. Entre silenciar y poner una palabra en el discurso. Y que esa palabra no sea una metáfora o un eufemismo. La diferencia radica, supongo, en liquidar la histeria, derogar la hipocresía y llamar a las cosas por su nombre. El gesto inverso al de la señorita que muestra el escote y después se queja porque se lo miran o exhibe el culo apenas velado por un símil-hilo dental, pero después se espanta cuando le preguntan si el sexo anal se cuenta entre sus preferencias.

Por eso las putas son tan admirables. Por su: "Sí, soy puta. ¿Y qué?"

Intermezzo con la entrañable La Mari, dedicado a Mr. Open-Minded: Pulgar (y a mí misma, ¡seeeee!, por todas las veces que la canté sottovoce en la oficina)


La comunidad artística se ha "solidarizado" con Ricky Martin, como si hubiera confesado que sufre cáncer. Algunas fans afirman esta noche que lo seguirán queriendo "a pesar" de su confesión. "Independientemente" de su sexualidad (o sea, de esta "larga y penosa" opción que cargará cual piedra al cuello durante toda su vida). Bueno, yo he empezado a quererlo porque ha confesado. 

En un mundo regido en múltiples formas por un Vaticano pederasta, con el modelo de familia tradicional hecho pedazos y nuevas constelaciones familiares en marcha, la declaración de Ricky no debería ser noticia. Pero lo es y supongo que ayudará a abrir un poco las cabezas jurásicas que nos rodean y a dotar progresivamente de "normalidad" algo tan "normal" como el número de zapato que uno calza. Que alguien me explique qué es la "normalidad", muchachos.  

Es posible que ciertas fans, que suspiraban por Ricky básicamente de la cintura para abajo, se batan en retirada. Es posible que muchas continúen siguiéndolo, liberando un instinto reprimido o una oscura vocación redentora. Que tire la primera piedra quien no haya experimentado una pulsión homosexual o no haya querido "redimir" a algún gay "desperdiciado" (o haya conocido o contemplado un afán de redención semejante - sin ir más lejos, la Mismísima Callas intentó denodadamente cambiar de bando a Pasolini).

Es posible, también, que muchos comencemos a transpirar y estremecernos por un tipo de belleza "desviada". Que sintamos que un gay no es bello "a pesar de" ser gay sino porque, simplemente, es bello, desde adentro hacia afuera. 

O, más aun, porque el coraje de ser gay en un mundo hostil implica un bonus track de belleza, del mismo modo que la cabeza calva de una paciente de cáncer no resplandece y atrae "a pesar de" la enfermedad (o por la atracción morbosa que el aura de lo borderline suele despertar entre ciertas criaturas), sino por el natural resplandor de una cabeza desprovista de cualquier ornamento o, inclusive, por las agallas con las que esa cabeza se mantiene erguida, pese a los cataclismos interiores y el recelo social.

No nos morimos de sexo ni de enfermedad catalogada. Languidecemos de miedo y de prejuicio.  

No dudaría, ni un solo instante, en estamparle un beso en la boca a una mujer que, en los dos campos que suelen confundirse (considerando al homosexual un enfermo y al enfermo un ser privado de sexualidad), ya lo hizo todo.

Porque Melissa Etheridge nunca fue más hermosa que cuando le mostró al mundo su familia sin reglas y su refulgente calvicie. En la foto familiar en la que está de pie y tiene todo su pelo hay un cerebro sin candado, que no se ve. Tiempo después se trepó a cantar a un escenario, rotundamente pelada, pasándole el trapo a Joss Stone y haciendo temblar los huesos de la mujer ignífuga que la miraba a sus espaldas, desde una foto.

Mientras cantaba había en la cabeza de Melissa una diadema de flores salvajes, que las cámaras no pudieron ni podrán captar. 





martes, 23 de febrero de 2010

A MÍ NO ME PIDAS PERDÓN


El viernes pasado la pasé posta. Me encantan los carromatos y me sé de memoria la historia del circo Sarrasani. La humanidad es una troupe y si no filtramos el espanto con humor, mejor suicidarse en masa a lo Waco. Estamos en deuda con Alexander Fleming y Buster Keaton, en idénticas dosis. No es casual que en los velorios siempre haya alguno que empieza a contar chistes sotto voce y un par que se mean de risa camuflándose entre las coronas. Es fantástico. 

El asunto es que el golfista estrella Tiger Woods, que según parece es más aburrido que una novia sin tetas (como diría la muchachada), convocó a una conferencia de prensa transmitida en vivo y en directo por la tele y vía Internet, para pedir perdón con la manita en el pecho por haber engañado a su pulcrísima esposa con cuanto gato con botas (de caña alta) se le cruzó en los alegres campos del puterío.

A las putas les tengo especial adoración y me sale de testigo mi amiguita Perséfone, aquí de látigo presente en la barra lateral. Casi escupo la mandíbula completa cuando vi al nabo al cubo de Tiger recitar su discursete de ocasión, ante su mami y amigos de expresión contrita. La esposa no estaba porque anda con diarrea.

Hace unas semanas Tiger se internó para superar este trance. Parece que la tararira, con perdón de la expresión, dijo basta y llamó a emergencias. Díganme si la foto de la derecha no es para la estampita. Le falta la aureola y tenemos al Cristo negro que nos robaron Franco Zeffirelli y todos los Papas que encargaron cuadros. 

Olía a podrido en Dinamarca. Cuando veo algo demasiado planchado, enseguida sospecho.      


La actuación de Tiger fue impecable, seguramente porque atrás de la cortina estaban todos sus sponsors con una escopeta. No solo volvió el circo, sino el barroco. Bajo la forma de puro teatro de cotillón y patética moralina conserva. Ahora no nos espantan las gárgolas, sino la pérdida de auspiciantes. Como dijo Carlitos Marx, todo se repite dos veces en la historia, primero como tragedia y luego como Tiger chupeteando a la madre para que lo filmen. Esta frase es genial porque es corta, se aplica a todo y te permite citar a Carlitos sin haber tocado Das Kapital. 
  

Por un momento me pareció que a Tiger se le iba la mano, o más bien la trompa, con la vieja (la señora producida de la foto) y rumbeábamos hacia el incesto. Me entusiamé imaginándome las estrategias de los asesores de imagen y comunicación de Tiger (y los de Nike y afines) ante un Edipo por fin desatado y unplugged para la CNN. Ahí los quería ver. Pero a Tiger un asistente le tiró del saco y se me acabó la fiesta.

Adviértase que la foto ut supra es una especie de Piedad reloaded, en la que a la vieja de Tiger le falta la túnica y la sacra aureola. Muchas nuevas tecnologías y jolgorio posmoderno, pero en el fondo no andamos lejos de nuestros hermanos de taparrabo y garrote, pidiendo explicaciones al prójimo por sus actos sexuales en lugar de aceptar el derecho de cada uno a hacer de su culo un pito y chiflar hasta que se le raje, según su pacto conyugal en vigencia. Faltó Lorena Bobbitt para convertir a Tiger en un Farinelli y mudarlo del golf a la ópera de un solo corte y sin tandas comerciales.  

Tiger se acusó de irresponsable, egoísta y tarado (en esto último estoy de acuerdo, escuchándolo recitar su mea culpa con la soltura de Arturito en Star Wars) y de defraudar no solo a su parentela y a los pibes del barrio, sino a todos los niños del mundo que lo tienen como ejemplo.

Qué pena para los niños del mundo, que después del café con leche se encierran a ver porno en la web y ya estaban levántandole a Tiger un altar cuando descubrieron que se patinaba los millones en profesoras como las de la foto (la actriz XXX Joslyn James, que también quiere que Tiger le pida perdón cara a cara). Y sí, ya que Tiger anda declamando perdones, que le tire a la buena de Joslyn alguno de los que le compró al mayorista.


¿De qué tiene que pedir perdón este tirifilo y para qué sirve su perdón, más que para satisfacer a los hipócritas que viven de su ubre?. Asumo que fue feliz en cada revolcada "adúltera" y que no se revolcó a propósito para dañar a su prole. Supongo que en tales circunstancias alguien prepara la valija y se toma el piróscafo o se sigue adelante sin pase de facturas. Montarse un carnaval carioca con la Srta. Joslyn y sus amiguitas no es algo que alguien "le hace" a otro. A Tiger le daría un sopapo por esta mise-en-scene patética, por la carita que pone para la foto y por recurrir a mami para que lo ayude a sacar las papas del fuego.

La posmodernidad es re-progre. Sus Torquemada cotizan en bolsa, se divierten con Joslyn sin que nadie se entere y televisan las confesiones del reo, para que sintamos que la casa está en orden. Aunque apeste.

domingo, 14 de febrero de 2010

PONÉ LOS FIDEOS QUE ESTAMOS TODOS



Ayer a la noche revolvía los fideos escuchando el último disco de Rickie Lee Jones. Rickie terminó Wild Girl, una canción largo tiempo inconclusa según la cual está intentando, porque intentar es el único juego, vivir para contar el cuento, porque de eso se trata. Yo intentaba que los fideos no se me pegaran a la cacerola cuando miré el piso.

Sobre el piso vi mis pies descalzos (porque el más chiquito de los cachorros me escondió una ojota), un pantalón pijama descolorido agujereado por el amor efusivo de los perros y una musculosa negra que algún vez tuvo una forma y ahora podría fungir de mantel.

Pensé en el instante en el que Tom Waits se enamoró perdidamente de Rickie y cantaban en la vereda de The Trobadour en West Hollywood, después de que Rickie se escapara del hielo de Chicago para comerse el sol de las playas de Venice. Un rato después Tom la abandonó porque Rickie se había convertido en la chica del título de la canción: una chica salvaje a la que se le despegaban los fideos.

Pensé también que a mí Stefano Dolce y Domenico Gabbana jamás me llamarán para posar revolviendo la pasta. Qué suerte. Le pegaron un tubazo a Madonna para que se disfrace y evoque con revoque el neorrealismo italiano en la campaña Dolce & Gabanna primavera-verano 2010. Una pena. Yo tenía el pijama listo y la ojota todavía no la encuentro. Naturalidad pura.

Las feministas pueden, como todos, mear fuera del tarro. Decir que la campaña es machista porque la que lava los platos es una prostituta de lujo cama adentro. ¿Qué esperaban? La publicidad es una fábula que invariablemente nos muestra lo que no tenemos para que corramos a comprarlo. No está en sus planes romper el status quo que le permite cerrar balance con ganancia. Problema nuestro si nos creemos la pantomima y del sistema educativo si no nos educa para sospechar.


Lo que me llama la atención de la campaña exquisita y rígidamente fotografiada por Steven Meisel es que, además de las rodillas dignas del Pipa Higuaín exhibidas por la protagonista, no corre aire. Parece que estuviéramos en el museo de cera de Mme. Tussaud, ese muestrario de réplicas de pesadilla clase B diseñadas por un taxidermista aficionado.

Lo más natural es el agua que sale de la canilla, porque hasta los fideos parecen alambres y no se huele la salsa. Me parece bien que Madonna parezca a punto de entregarse a un blow job en lugar de catar los spaghetti. Pero no solo le falta ambigüedad. Da la sensación de que hubiera palmado en pleno pete.

La leche, el pan y el cruficijo hundiéndose en la canaleta de las tetas alzadas a presión son tan ... obvios. Supuestamente son la referencia a la carnalidad mediterránea de las divas filmadas por Visconti. O De Sica. No se trata de que Madonna jamás haya lavado un plato ni de que vivamos en el tiempo de la cita, sino de que no hace falta citar con peluca (¡Monica Vitti, te extraño!), salvo que parodiemos espléndidamente como sabe hacerlo Cindy Sherman, para denunciar. Y éste no es el caso.

Cindy está encerrada con cacharros en una celda doméstica de la que quisiera huir. A Madonna, por más que se esfuerce en hacer trompita, le sale una trompita post-mortem y en cualquier momento le tocan el timbre los de la funeraria. Asumamos, por otra parte, que además de una cita del neorrealismo, la campaña pretenda ser una oda a la atracción de la mujer madura. Tampoco tiene suerte.

Sería, en todo caso, una evidencia más del futil esfuerzo de perpetuarse joven, saliendo del quirófano con un nuevo cargamento de bótox y prótesis de alta calidad pero presencia innegable. La naturaleza no admite copias sino recreaciones en las que deja de ser, simplemente, naturaleza. Una cosa es un labio de plástico y otra, muy distinta, un jarrón con flores pintadas por Renoir.

Como el niño de Sexto Sentido, sigo viendo gente muerta. Sofía Loren transpiraba y el hilo de sudor que le impregnaba el escote era una epifanía. Cuando se reía, la tierra dejaba de girar y se detenía el viento. Sofía se vestía con trapos sucios y exudaba nervio.

Y Anna Magnani, que también ha sido citada en este revival fashion con aroma a cementerio, tenía el cansancio del mundo en sus ojeras y un cuchillo escondido en el batón. Anna bien podría haberse sentado en el centro de un anfiteatro griego y mirar, solo mirar, a los espectadores. Hay que sostener, sin desmoronarse, la interpelación desmelenada y persistente de Anna.

Madonna no puede moverse y no solamente porque esté en una foto. Cuando se mueve, hace aerobics y mímica. ¿Querés nadar? Escuchá a Cyndi Lauper. Cyndi ganó una guerra que no le importa, estoy segura, haber ganado.

Anna también mostraba las piernas. Como la vida de los cuerpos va de adentro hacia afuera, los perros se enamoraban de las piernas de Anna. Y ella sabía mirar con la intensidad de un perro. Hay algo en esos ojos que jamás podrá domesticarse y escapará del mandato.

Como un fideo despegado del fondo de la olla, que uno prueba cerrando los ojos mientras escucha a Rickie hablándole a su chica salvaje. Una chica que hace de un harapo un vestido rojo, mientras tantos vestidos rojos tienen menos gracia que un harapo.



Fotos: Campaña Dolce-Gabanna 2010, Steven Meisel
Sofía Loren, Matrimonio all'italiana, Vittorio De Sica, 1964
Cindy Sherman, Untitled Film Still Nº 84, 1980
Anna Magnani, Correva l'anno di grazia 1870, Alfredo Giannetti, 1972

martes, 5 de enero de 2010

TU NENA



No te arrojé mi lencería ni esperé pacientemente tu salida a la calle desde la fortaleza mítica de Banfield, cada día de tu cumpleaños. No te vi en un teatro. Nunca te vi en persona. Qué sexy sos, Roberto. Qué doblemente sexy te volviste al mover la pelvis, al subirte a un escenario por primera vez y al salir del quirófano, brutalmente entubado, con los pulmones y el corazón que viajaron apresuradamente en una heladerita hacia tu cuerpo (boqueante como un pez arrebatado al agua) desde el espléndido cuerpo veinteañero de un suicida. He pensado a menudo en tu donante. En los demonios internos que lo habrán asediado, en la irremediable crisis de sentido que voló su cabeza.

La desesperación de un chico que no encontraba su lugar en este mundo nos permitió soñar, un último ratito, a las nenas que buscamos lo que no está ahí. Lo que se ansía y no se puede tocar. El pan tibio que sacia el deseo irreprimible y sutura el agujero de lo insoportable. La mayoría de las veces las cosas son tan aterradoramente simples. Somos nenas que reciben sobres envenenados, que calzan alpargatas de liquidación, que se inventan en la ducha vidas paralelas. Nenas que cierran los ojos para que no los atraviese el alfiler del mandato, la hipoteca imposible y el vapor de las verduras puestas en la olla.

Ser cursi es hacerse el cursi para marcar tendencia. Hacerse el cursi porque se ha puesto de moda. Es decapar o patinar el mueble nuevo, para que simule antigüedad. Los cursis hacen que hacen el amor. Hacen que dicen y hacen que teorizan.

Qué recién estrenado estás, Roberto. A toda hora de la juventud con los pantalones ajustados hasta el paroxismo, marcando ese bulto que conduce directamente hacia tus ojos de animal y de escudo (sin desviarse jamás a la calamidad inversa), a toda hora de la senectud con la robe de chambre de estrepitosa seda, la copa de champagne y la rosa roja. Adentro y afuera de la fortaleza. Con y sin el tubo de oxígeno amarrado, como un recordatorio de tu perseverancia (aun en el faso), a tus espaldas de guerrero que a todas nos puede proteger.

No participé en las cadenas de oración. No pegué una incendiada declaración de amor en las paredes perplejas de un modesto hospital de provincia. No viajé a esa provincia para estar más cerca de tu ring. Tantas veces canté bajito tus canciones, para mí sola y para mí misma. Que no es lo mismo eso que es "uno mismo" que estar solo. Me quedé acunada por tu voz, rendida ante el encantador de las serpientes. Trepada al hilo de tu conversación, evadida, fugada. Qué idéntico a Roberto sos, Roberto.

Miles de mujeres que lloran por la misma razón no pueden estar equivocadas. Mucho menos cuando las consuelan sus maridos, esos Robertos de pie en la república de la realidad, que pierden por nocaut ante la dimensión del ídolo pero le ganan por puntos en los días de a pie. La democracia puede no ser aplicable al arte, pero sí a las lágrimas incontenibles y multiplicadas de ciertos lutos. Hay un destello de verdad en ese llanto y muy pocos destinatarios de esa ofrenda, visceral y desnuda.

Los académicos deberían guardar silencio y meterse la noción de "cultura afirmativa" de Marcuse en el rosquete. Deberían entender que somos nenas, como lo entendiste vos senti-pensando, que vivir es terrible y que a veces necesitamos ese jardín de rosas (rojas) que por las dudas nadie nos prometió.  Las que friegan el piso y las que pueden darse el lujo de pagar para que se lo frieguen.

Los musicólogos deberían encerrarse en el baño y entender que, en contadas ocasiones, la flecha da en el blanco y hay que rendirse ante la evidencia.

No somos cursis sino sencillas. Fue como derretirse escuchando All you need is love, pero recibiendo ese amor en lugar de escuchar cantar acerca de su necesidad, en tu propio idioma y de los labios de churrasco de un caballero que te cuidará de los dragones.

Sos hermoso, Roberto. Y así te quisimos y te vimos en todas las etapas de tu aventura. No te liquidamos en tu apogeo. No abandonamos a un objeto de histérica obsesión. Vimos toda la foto (la que incluía el deterioro y la agonía) y te hicimos brillar hasta el final. En eso, las nenas hemos sido extraordinarias: te hemos amado, con igual intensidad, hasta la traqueotomía y el shock séptico.

Al fin y al cabo, no queríamos convertirte en leyenda. Queríamos que envejecieras serenamente con nosotras, casado con esa mujer invisible que nos encantaba y esperando el día de tu aniversario.

Ahora las penumbras se hicieron de noche. Pero serán penumbras soberanas otra vez. Sobre la frente te dejo un beso de chica que pide ansiosamente que la besen y, en la mano, mi puñado desordenado de bombachas. Se las das a San Pedro, para que mire y aprenda. Y de un paso al costado y te ceda las llaves.





domingo, 18 de octubre de 2009

LOS OJOS DE BETTE DAVIS


A Mariano

En los '80 íbamos a bailar a New York City, en Colegiales. Había bolas de espejos, una réplica inmensa de la Estatua de la Libertad y un perfil de la ciudad de Nueva York, de cartón pintado. Ahora la discoteca reabrió, es para mayores de 35 y conserva sus reliquias (entre ellas, nosotros mismos). En los '80 sonaba como un himno Los ojos de Bette Davis, cantado por Kim Carnes, cuando se abrían las puertas de La City. Kim tenía una voz rasposa, ronca y curtida, que ella atribuía a las noches gastadas en clubes y bares llenos de humo.


Randy The Ram Robinson tararea y baila música de los '80 en un bar mugriento frente a la adorable stripper Cassidy, en El Luchador. Randy lleva por rostro esa máscara deforme en la que se ha convertido Mickey Rourke. Ella es Marisa Tomei. Se detiene, la mira y le pregunta: ¿Por qué tuvo que venir Kurt Cobain a arruinarlo todo? Los '90 apestan. Y ella coincide y contesta: Nosotros queríamos divertirnos un poco. ¿Qué hay de malo en eso?

Nosotros también queríamos divertirnos bailando música disco. Además, soñábamos. Habíamos crecido bajo una dictadura militar que torturó y desapareció a los mejores de una generación en llamas. Mientras en París arrojaban piedras contra La Sorbona, en nuestro país se pasaba a la clandestinidad, se portaban armas y se guardaba una pastilla de cianuro en el bolsillo, para matarse antes de que te mataran. Crecimos con una pila creciente de cadáveres a nuestras espaldas, con paramilitares en ronda nocturna y fogatas de libros prohibidos en la oscuridad. Los muertos eran nuestros hermanos mayores. Aunque jamás los hubiésemos visto, estaban tatuados en nuestra memoria histórica.

Los 80' de la música disco eran los años del regreso de la democracia, propiciada por la derrota en una guerra incomprensible en el sur del mundo, que se cobró más suicidados que muertos e hizo ver el mar por primera vez a cientos de muchachos pobres, que jamás lo habían visto y fueron tragados por el mar o perdieron brazos y piernas por congelamiento. Esa guerra dejó un páramo azotado incesantemente por el viento en el que se levantan desamparadas cruces blancas y una fosa común, donde duermen los huesos de los "soldados argentinos solo conocidos por Dios".     

Los '80 eran una primavera. Votábamos por primera vez. Algunos nos aprendíamos de memoria el Manifiesto del Partido Comunista y nos vengábamos de una infancia en blanco y negro bailando sin parar. En los '80 se bailaba. Se bailaban, inclusive, "lentos", como Honesty, de Billy Joel. Esperabas que "vinieran" los lentos para sentir el roce y el estrechamiento de los cuerpos. Deslizabas las manos y rodeabas una nuca. Te atraían desde la cintura con los brazos. Olías un perfume irresistible y desconocido. Te dejabas llevar bajo la antorcha combustible de La City.

¿Por qué tuvo que venir Cobain a arruinar la fiesta? En realidad, la fiesta se arruinó y Cobain se calzó el grunge para dar cuenta de esa ruina. Los '90 del neoliberalismo salvaje apestaron. Todo se podía comprar en cuotas, a cambio de los sueños que habíamos tenido. Sonaba la música techno, la house, el chill-out. Esa música no te acercaba. Desaparecieron los lentos. La gente bailaba sola. Nadie te tocaba.

El sábado a la madrugada La City organizó una Retro Party. Para que volviéramos atrás, al menos por un rato. Kim Carnes vino por primera vez a Buenos Aires y cantó en La City su viejo himno, Los ojos de Bette Davis. Todo se veía a través de una bruma y no era solo por obra del humo blanco que invadía el escenario para la ocasión. Era la bruma que enfrenta quien gira la cabeza para encontrar el pasado.


Ahí estábamos muchos de nosotros. Marcados, por dentro y por fuera. Volviendo a bailar disco hasta la extenuación. Fui con mi hermano, el de sangre. Un chico de más de cuarenta bailó conmigo y me habló de sus pérdidas y me confesó que ya nada peor podía pasarle.

A mí, creo que tampoco. Pero a nosotros, sí. A nosotros, esa forma extendida del "yo", retorcida y hecha pedazos en los '90, sí que puede pasarnos algo peor que la miseria obscena de esa década. Aceptar la vacuidad del lounge, acomodarnos en el progresismo glamoroso de las tiendas de baratijas y olvidarnos de nuestros hermanos mayores, los que no conocimos pero llevamos tatuados.

El sábado a la madrugada estuve, a solas, frente a Kim Carnes. Su cara está surcada de arrugas como canales. Hace rato que no está de moda y todavía vive en Nashville, una comunidad musical. Una comunidad. No tiene los ojos de Bette Davis. Tiene los ojos de Kim. Y, contra todo pronóstico y a pesar del viento que parece llevárselo todo, esos ojos brillan todavía.


Kim Carnes, Bette Davis Eyes, 1981


lunes, 14 de septiembre de 2009

DECÍMELO DE FRENTE


(Fragmentos omitidos por Monsieur Barthes - "peu sérieux", dijo. Vamos, Roland, Monsieur Roland Garrón, las cosas como son ...)

I.      No seas ganso

El diálogo se torna sospechoso cuando el otro elige el teléfono en lugar del cara a cara. Y eso ya es un lujo, considerando que bien podría borrarse sin dejar pistas o cortar el cable con un Tramontina. En cuanto empieza a hablarte en clave, en código morse o como un testigo encubierto de la camorra o, peor aun, a asestarte las consabidas e inverosímiles declaraciones "estoy confundido" (equivalente a "estoy ido") o "sos demasiado para mí, no te merezco" (equivalente a "estoy ahogado, sí, desaparezco"), suena la alarma de toda la flota del SAME y el Titanic se hunde de punta.

¿Por qué, en la mayoría de los casos, no registramos la patada en el culo? ¿Porque nos la prodigan con pantufla de peluche en lugar de botines con letales tapones, porque la amortiguan con manifiestos psicológicos de supermercado chino, porque sufrimos una acelerada regresión neuronal y nos tragamos sin dudar la píldora discursiva envenenada?

¿Por qué editamos, ponemos notas al pie, leemos entre líneas y analizamos hasta el lenguaje corporal del emisor del dardo para convencernos de que, o bien es cierto la soberana ridiculez que nos está diciendo en un patético tributo a Gassman o, inclusive, nos ama profundamente pero no se atreve a manifestarlo, porque le teme a los riesgos y al compromiso del amor, que nosotros vamos a enseñarle con vocación redentora digna de Santa Clara de Asís hasta que los huevos le lleguen al piso y no nos abra la puerta no solo porque no quiere sino porque se tropezaría con sus propios huevos?

Ay, sí. Porque no queremos que se termine, por más que apeste. Porque se nos trastornó temporariamente el sentido del olfato y confundimos el barandazo del final con el infame patchouli de la duda o el exótico perfume del miedo a la entrega (últimas dos fragancias que alzan los bracitos como el operador de pista que guía a los aviones con sus señales fosforescentes y gritan como el croupier de la ruleta "no va máaaaas", "no va másssss"). Fragancias dignas de un Nabocop irrecuperable, no solo privado de coraje sino de un mínimo de creatividad.

Te pido que no seas sogán, aunque sea en nombre de la semana de lujuria que hemos vivido. Que me lo digas de frente, aunque sea grave. Mamerto, my dear mamert, decime la verdad, aunque duela (como el psiqui cuando se hartó de Lacan y me habla en lenguaje de cancha, para que lo entienda).

II.     No me ofenda

Voy al cine sola, ¿y qué? Puede ser la paranoia, pero siento que me miran como si fuera El Hombre Elefante, sin la bolsa en la sabiola. Como si me faltara media gamba y el muñón todavía chorreara sangre. Como si tuviera los bigotes extra-large de Frida Kahlo. Estoy susceptible, lo sé. Además, todos tuvieron la ocurrencia de venir en pareja o en vocinglero grupete. Tendría que haber ido a la Lugones, donde esto no pasa porque van los jubilados a zafar del frío o pasan las pelis mudas de Pabst, a las dos de la tarde.

Pero me hice la cancherita y vine a un horrendo Village Cinema un sábado a la noche a ver la comedia dramática de la semana. De masoquista, nomás, con tres paquetes de Kleenex en el bolsillo. Para irme en llanto y salir como Galíndez después de los tortazos de Richie Kates, en el Rang Stadium sudafricano. Por lo menos él se bañó de sangre. Y de gloria. Yo salgo envuelta en mocos y con la cara lista para ganar el casting del tren fantasma, si el Italpark volviera. 

Lo peor, sin dudas, es el boletero infame. “¿Una sola?”, pregunta. ¿Es ciego, ve doble?. No, pretende humillarme en público. Entonces se la devuelvo. “Sí, vengo sola porque no necesito a un mequetrefe que me haga la gamba o me pague la entrada, que se ría en la escena del velorio o saque del bolsillo un paquete mata-pasiones de confites Sugus, que se atragante con un Sugus rosa y me escupa el Sugus masticado en el jean que no me saco desde hace un mes”. “Vengo sola y me la banco”, le espeto, masticando un Sugus a lo guapo.

Sr. Boletero, ¿acaso no es obvio que todavía no peso lo suficiente como para ocupar dos butacas y entradas necesito una, una nomás, sin agregados que subrayen mi condición? Mr. Boleterou, no sea redundante, se lo pido por mi honor.

III.     Podría cortarme las venas (o dejármelas largas)

Podría leer chick-lit o comprarme dos kilos de helado mientras miro hasta el amanecer los exorcismos en directo de las pastores brazucas nacidos en Lugano que animan Pare de sufrir (parechisofrir, así, todo junto). Pero no, quiero algo más heroico. La bañadera llena de sangre, mi mano aferrada a la cortina de plástico a la que se le suelta la argolla y el hilito de sangre que se va en remolino por el agujero, como en Psicosis. Pero lo bueno de estar sola es que puedo dejarlo, como tantas cosas, para mañana.

Estar sola se parece tentadoramente a la libertad.

IV.     Podría empezar una actividad física

Así libero endorfinas y quemo calorías, todo por el mismo precio. El solo hecho de pensarlo me cansa. Me agoto antes de arrancar. Llego al gimnasio y me mareo. Me rodean sílfides esculpidas que no necesitan venir al gimnasio. ¿A qué vienen? A humillarme, como el boletero del Village. Y, por supuesto, lo primero que hago es trastabillar y llevarme por delante todas las pesas. Las grandes, ésas que cuando se estrellan dan la sensación de que el gimnasio implosiona, como el Warnes o las Twin Towers. El clímax del oprobio. No vuelvo más.

V.     Podría reírme

De mí misma. Pensar en lo que el paparulo se perdió. Bueno, epa, no es para tanto. Sonarme los mocos y despegarme el jean. Quemar la chick-lit y mirarme al espejo. Y sí, un airecito a la Cuccinotta (jibarizada y después del accidente) la verdad que tengo. Reírme, hasta llorar. De risa. Es lo que nunca falla.



martes, 1 de septiembre de 2009

AGARRÁ LA CAMPERA QUE NOS VAMOS


Ya casi no voy a reuniones de gente que no conozco. Tengo una tendencia marcada a las catarsis públicas. Tiendo marcadamente a sentir que gozo de impunidad para dedicarlas. No me importa nada. Seguramente me estoy perdiendo muchos descubrimientos pero también me estoy ahorrando otros. No me llevo bien con el concepto de reunión. No sé muy bien dónde ponerme (como en las fotos) cuando hay mucha gente. Es precioso cuando hay, por ejemplo, una persona, o dos. Ya casi no voy a reuniones.

Intentan pararme en las reuniones, que es el mejor aliciente para que siga. Todo lo que me prohíben hacer me ceba, obviamente, para perfeccionarme en su irreflexiva ejecución. Es extraordinariamente liberador cuando el manual del protocolo y ceremonial se hace añicos estrepitosamente, salta la tapa de la olla a presión y el sentimiento sale desbocado, sin mediación y sin el filtro de la diplomacia.

Ser la vergüenza de los organismos internacionales y del cocktail del Sr. Embajador. Y de la fiesta de fin de año en el club del barrio, levantándose para largar lo que venimos reprimiendo, mientras los choripanes se atragantan en las bocas y a alguien se le vuelca la Coca-Cola.

Lanzar como una jabalina envenenada, por ejemplo, un "orto" bien colocado en un contexto que realmente se lo merece y con las "erres" redobladas y potentes como en "ferrocarril" (para delicia de las fonoaudiólogas que nos torturaron en la infancia). Decir "orrrto", con perdón del francés, y que esas "erres" concentren más potencia que los apocalipsis bíblicos, los rollos del Mar Muerrrto y las confesiones de los asesinos seriales.

Y que él, tras verificar desolado que la tierra se resiste a tragárselo (seguramente porque vivimos la hora gloriosa de la escupida y la tierra también se la venía guardando) diga en un susurro imperceptible "agarrá la campera que nos vamos". Y agarrar la campera e irse. Con la cabeza en alto y la satisfacción del deber cumplido.

Un novio para mi mujer, Juan Taratuto, 2008

martes, 7 de julio de 2009

LO QUE QUEDA

Nadie recordará cómo jugó Vélez este campeonato. Alguien recordará, probablemente, cómo lo jugó Huracán. Y la idea que esa forma de jugar al fútbol representa.

domingo, 14 de junio de 2009

MIENTRAS PREPARÁS LA MERIENDA

Hace mucho frío en Buenos Aires. Y ella canta y encanta Amapola. Es muy simple: estoy enamorada de ella y de su gabinete de curiosidades (mi adorado concepto de Wunderkammer, ese ecléctico repertorio de maravillas dispares no catalogadas). De su cortecito de pelo a la Louise Brooks y su cara angulosa y rotunda de esfinge egipcia, que gira sobre un cuerpo de bailarina mecánica de caja musical. De la manera en la que se pasea con un sol de noche envuelta en una capa medieval por bosques de E.T.A. Hoffman y se interna en un museo de especies embalsamadas que volverían a la vida nada más que para rozarle la boca. Su flequillo resuelto y sus cejas en perfecta simetría. Su manera de recuperar el ojo de El Perro Andaluz y los engranajes de Metrópolis. Me gusta desde sus épocas en Man Ray, cuando cantaba a las que se pasean solitas por los bares. Es precioso escucharla mientras uno prepara un chocolate caliente y riega las plantas refugiadas del invierno dentro de la cocina. Trae la Amapola que faltaba.

sábado, 13 de junio de 2009

SÍ, SÍ ... OH YEAH!

Es unos de esos días en los que el mundo transpira y conspira contra vos. Simplemente, tenés ganas de pelear. Tenés ganas de romper todo. Como decía aquel viejo tema, no sabés si cortarte las venas, o dejártelas largas. Te subirías al auto, pondrías quinta y que nadie te encuentre. Nadie te encontraría: irías en cualquier dirección. Por la ruta más despejada, la que te permita arrojar el freno por la ventanilla. No te estrelles contra un árbol. Ellos se encargan de pasarte por encima como un Scania y dejarte sedado, liso, como nuevo. No les pidas, por el momento, solos virtuosos ni letras elaboradas. Hay un Red Hot en la bata (Chad Smith), un Van Halen como frontman (Sammy Hagar), otro en el bajo (Michael Anthony) y la viola de Joe Satriani plegándose a una banda. Son cuadrados y duros. Es solo rock 'n' roll. Y nos gusta. Para comérselos con la mano. Después de todo, se llaman pata de pollo: Chickenfoot.

martes, 9 de junio de 2009

LAS AMPUTADAS

Hay mujeres que, por desperfectos técnicos o decisión soberana, hemos decidido no traer niños a este mundo, ni siquiera de Namibia o de Camboya. La tendencia va en ascenso en los países centrales, donde existen agrupaciones denominadas, por ejemplo, "No Kidding", pero en los arrabales del mundo todavía parecemos padecer una suerte de capitis diminutio involuntaria. Vemos así portadas de revistas semanales con títulos como el siguiente: "Este bebé me completó como mujer". Algo está mal, muy mal, en esta declaración. Los bebés no completan a una mujer. No son una pierna ortopédica que le permite salir a dar la vuelta al perro ni la figurita que faltaba en el álbum. Una mujer que necesita un niño para "completarse" ha vivido parte de su vida "incompleta", lo que realmente es una pena. Y las que no hemos arrojado críos a la existencia vendríamos a ser una especie de mutiladas permanentes, condenadas a la exclusión absoluta en esas amenas reuniones sociales donde las madres, vueltas una cofradía, intercambian interminables consejos y experiencias en materia de pañales, biberones, avances idiomáticos inolvidables y experiencia escolares varias.

De esas reuniones me autoexcluyo al instante, porque nunca pude comprender por qué las mujeres arman grupete por un lado y los hombres por otro. O sí. Supongo que porque esas letanías maternales inducen a un sopor terminal. Como los videntes acaban por olvidar a los ciegos y los oyentes a los sordos, por la única razón de que los videntes y los oyentes son mayoría, esas madres no perciben que a otras mujeres esos temas no les importan ni les interesan, por lo menos salidos de sus bocas. Es mucho más enigmático y revelador escuchar el discurso opaco e inconexo de sus propios niños, en los que puede asomar un diamante filosófico en bruto.

Otra categoría definitivamente insufrible, con honrosas excepciones, es la de la mujer embarazada. Sufre un ataque de pelotudización instantánea, oportunamente agudizado por el mercado al acecho. Se compra libros sobre maternidad (que es como comprar un libro sobre cómo coger o cómo respirar), libros con nombres con los que castigará a sus hijos in eternum (nombres indígenas fuera de contexto, nombres de garcas consumados o nombres inapelablemente idiotas) y no mide, juro que no mide, el alcance de sus soliloquios monotemáticos.

He visto manadas de embarazadas en éxtasis comparar panzas y mostrarse escarpines sentadas a la espera de su turno en laboratorios, frente a pacientes oncológicas físicamente devastadas y con signos evidentes de su patología. Las he escuchado hablar del probable color del pelo de sus hijos, frente a mujeres que probablemente acababan de quedarse con los mechones de su pelo en la mano el día anterior. Existen madres formidables, pero no tengo dudas de que parir un hijo es un acto de narcisismo primario. Y esas conversaciones han sido la prueba más dolorosa de esta certeza. Marguerite Yourcenar afirmó una vez que ella prefería parir libros, porque ya había demasiados niños a la deriva en este mundo hostil.

Puede parirse, también, dignidad y coraje. La sensibilidad no es patrimonio de un género y la femenina excede largamente la sala de partos. En cualquier caso, no necesitamos dar explicaciones. Toda situación (impuesta o elegida) merece ser respetada. Es una sola quien se completa a sí misma. Quien necesite un bebé-Rasti para completarse será siempre un sujeto amputado, a quien le han arrancado las alas, o la sesera.