PÁJARO DE CHINA

viernes, 30 de octubre de 2009

III.



Soy como mis perros ante la caricia.
Un roce en el lomo y están entregados.
Ojalá fuera íntegramente como mis perros,
en lugar de parecerme a ellos de a pedazos.
Ojalá fuera perro.
El Sr. Starbucks conoce las necesidades
de mis terminales nerviosas.
Incluye en el precio del café
el aro de cartón que protege mi mano.
La cuida del café que quema.
Le entrega la tibieza infantil del café
que destila el cartón del aro.
Mis dedos se apoyan sin temor
en un círculo donde no hay traición,
se suspende la lluvia, no cabe el desamparo.
Voy hacia el vaso plástico
en estos días de nieve,
anticipando entusiasmada
la promesa
que instantáneamente cumplirá
la cinta de calor en mis falanges.
De las falanges pasa al corazón.
Las arterias se arropan y agradecen
la sencillez del acto que las pone a secar,
a salir, a sentir
el sol.
Son mis tiras de tela cobijadas
por la delicadeza del Sr. Starbucks.
En la ciudad se decreta la tregua olímpica.
Respeto el reglamento y concurso desnuda.
Quiero jugar al juego del aro de cartón.
He llegado a meterme cuatro o cinco
en los bolsillos,
por las dudas, porque no sé,
por si se acaban.
Cuando se acaba el café,
me guardo el aro.
Ganaría si la competencia
fuera anudarse aros a los tobillos,
pegárselos alrededor de la cabeza,
amurallar la cintura
o comérselos hasta forrarse
el reverso del cuerpo,
con hambre
de puro cartón recalentado.
Es que es la guerra, afuera.
Con qué poco me compra
el Sr. Starbucks y me hace compañía.
Con qué poco podría, si supiera,
cazar mis propios aros
y cuidar de mí misma.
"Sos una buena chica",
me dice, complacido.
Será por todos los cafés
que me ha vendido.
Yo suspiro y me rasco
las orejas.
Me acurruco y me duermo
a los pies del Sr. Starbucks.
Los muertos empiezan a llegar
a Atenas.


miércoles, 28 de octubre de 2009

II.


Ella, él y la que está en el medio
están muy solas. De veras.
Necesitan que las quieras,
salvajemente.
Es desolador no encontrar
la propia cara.
Preguntarse
"¿dónde la habré puesto?"
Buscar detrás de las cortinas,
abajo de la cama.
Preguntarle a los taxistas
si la vieron.
Recorrer el parque
con el corazón en la garganta,
temiendo que la hayan secuestrado.
Pensar que está en el fondo del lago,
que los patos la mean,
que una piedra le ha partido
la sien.
Preparar los afiches y enterarse
de que realmente no se sabe
cómo es la cara que debe
difundirse.
Perdida o arrancada.
Revisar la caja de las fotografías
y descubrir que la cara está
cortada.
"¿Y si en un momento 
de excitación o desesperación
me la borré?"
"¿Si en realidad tengo viento
donde se acaba el cuello 
y no puede aparecer
lo que no estaba?"
Y por dónde será
que estoy hablando.
Y por dónde te miro
y te huelo y te escucho
y te mastico de amor,
desconsolada.
Para mí es un agujero
sobre el que monto máscaras.
Tengo pilas de pestañas postizas,
de pelucas, de lápices labiales,
de trucos y de telarañas.
En este juego
de repetición en serie
(que puede parecerte
tan gracioso,
que puede combinar
con tus paredes)
grito
que se adelgaza y se escurre
mi singularidad.
Date cuenta y decime
lo que ves.
Yo no lo sé.
Yo me perdí hace rato.
Sea lo que sea
que encuentres,
te pido que me abraces.
Que intuyas cómo ha sido
la ruta de la purpurina y del exceso,
la represión del aullido y del deseo,
el reemplazo impiadoso de las identidades.
Que detengas el viento y que me abraces,
después.


Foto: Andy Warhol, Self-Portrait in Drag, 1980.

martes, 27 de octubre de 2009

I.



Parecía
que la hubiera mordido
un perro.
Era evidente
que la cicatriz
estaba antes de estar.
Ahora se veía. Eso era todo.
Bajo las falsas rosas
amarillas
de tela,
la cabeza que empuja
suavemente el pasado,
los párpados
levemente entreabiertos
que esperan la moneda
y el cuello expuesto al beso
y al desgarro,
una promesa
huérfana.
Parecía
que los dientes
hubieran tironeado
sin piedad,
hasta cumplir
espléndidamente
su tarea.
El estigma en el vientre
contraído,
de ensueño.
El tajo en el paraíso
sin ventanas.
El billete era de segunda
y en el hotel las sábanas
estaban sin cambiar.
El pelo era demasiado rubio.
En la última sesión
la mano se apartó
y expuso la belleza
extrema.
Ese labio deforme,
esa sutura inútil
que es la firma
del límite,
la expresión
de la circunstancia
fuera de control,
se está moviendo.
Habla y eclipsa
su boca de muñeca.
El perro no quiso
salir en la foto.
Está sentado,
de espaldas,
lamiéndole los caramelos
de las piernas.


Foto: Bert Stern, 1962 

sábado, 24 de octubre de 2009

¿POR QUÉ SON ASÍ LAS RAYAS DE ESTAS CEBRAS?


¿Por qué son así
las rayas de estas cebras?
Fui y revisé tu manual
de zoología.

¿Por qué es así
la rama de este árbol?
Fui y revisé tu manual
de botánica.

¿Por qué es así
la curva de tu índice?
Fui y revisé tu manual
de anatomía.

Y no había nada,
nada en los manuales
que pudiera darme
una respuesta.

Había cebras, árboles y dedos.

Ni rastros de estas rayas,
de esta rama,
de tu índice
que acaricia las páginas
de los manuales.

En los manuales hay historias
que ordenan el mundo.

El mundo es inmenso, inmenso.

A las cosas del mundo
solo pueden mirarlas
tus ojos.

jueves, 22 de octubre de 2009

EL OJO DEL QUE SUEÑA



René Clair, Paris qui dort, 1924

Nadie subirá a la torre, porque París está dormida. Cuando sueña París, todo se detiene y la torre no tiene visitantes. Cuando se sueña no se habla. Los sueños son películas mudas. Están hechos con retazos de la vigilia pero no necesitan su banda de sonido. Se puede tomar el té sin ruido de cucharitas y salir a la calle sin rumor de tránsito. Los automóviles tocan una bocina que suena pero no se escucha. La lluvia cae silenciosamente.

Las palabras no caben en el sueño. Por eso son tan breves los manifiestos revolucionarios. El sueño es el lugar del hueco, la fisura y la puesta en abismo. El lenguaje no penetra en la grieta como penetra el agua. Me desplazo sin dificultad de un lugar a otro entre objetos traídos de la realidad, que componen un conjunto imaginario. La esperanza es algo que no está, construido con lo que está entre nosotros.

Los protagonistas de los sueños hablan, pero el viento se ha llevado su voz. En los sueños no hay viento. Las cosas son como las cosas que veremos al despertar pero no son esas cosas. Son restos diurnos corridos de lugar y puestos a funcionar en otro orden, donde lo que menos importa es la palabra.

Las pedagogías suelen ser interminables y los llamados a la acción consistir en un par de líneas. Cuanto más se habla, menos se imagina. La poesía no describe un acontecimiento, lo provoca. Evoca lo ausente y nombra lo que falta. Leer a Maiakovski es soñar su sueño.

Chaplin se negó a que Charlot hablara cuando nació el cine sonoro. Todos hablaban menos Charlot. Chaplin sabía que Charlot moriría si lo sacaban del cine mudo.

El guardián de la torre baja de la torre para ver qué pasa. Para soñar hay que bajar y también para ver a los que sueñan. Se sueña en dirección descendente porque los sueños viven en los túneles, los sótanos y los laberintos subterráneos. Están mucho más cerca de las ratas y los topos que de los cisnes y los pájaros. El mago saca al conejo del fondo de la galera. Alicia baja a la madriguera con el conejo blanco.

El suicida recurre a la altura y el que renace recoge sus pedazos del piso. Son operaciones silenciosas. Uno se gesta y se esfuma para siempre sin hablar. Como si vivir fuera una cinta sonora entre dos extraordinarias secuencias mudas.

Los animales han prescindido del lenguaje. Los recuerdos no hablan y la utopía tampoco. Ni lo que perdimos ni lo que soñamos se pronuncia.

El amante que habla mientras mira a los ojos está perdido. Para entregar el corazón hay que quitarse la lengua y guardarla en el cajón de las cartas.



lunes, 19 de octubre de 2009

LA AUTÉNTICA CIRUGÍA DE CRISTINA

Esa mujer

Todo se repite dos veces en la historia, dijo uno de los próceres del Triunvirato del Pensamiento en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. En algunos casos se repite doblemente como farsa. Porque el odio visceral hacia la mujer que ejerce poder político afectando el interés de las minorías opulentas es farsesco.

Nadie disparó esa calaña de odio tanto como Evita. Fue denigrada e insultada hasta el hartazgo y hasta se vivó su cáncer con graffitis obscenos en las paredes. No le perdonaron el "aluvión zoológico" mojándose las patas en las fuentes de Plaza de Mayo. No le perdonaron que tantos pobres dejaran de serlo.

Ni los dictadores genocidas que implantaron un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de miles de argentinos, al servicio de un plan económico salvaje que condujo al país de una economía industrial (con todas sus taras y viento a favor) a la especulación financiera y la masacre privatista, fueron destinatarios de un odio de tan baja estirpe y tamaña magnitud.

Pero eso sí: nadie reconocía las auténticas razones de ese odio. Evita era "soberbia", "autoritaria" y "ofendía a los humildes" con sus joyas estentóreas y su vestuario de diseñador. Era, sobre todo, la apariencia de Evita la que cargaba las lenguas de veneno. Ella jamás retrocedió. Se calzó uno de sus mejores tapados de piel para subir al descapotable oficial en el que acompañó a Perón el día de su segunda asunción presidencial. Agonizaba y el tapado escondía un arnés metálico que la mantenía en pie.

Entre las serpientes integrantes del coro de las diatribas, miles llevaban falda. Eran mujeres desmelenadas por la furia contra otra mujer. En los hombres se activaba una misoginia atávica, exacerbada hasta la ceguera. Y en esas mujeres odiantes, ¿qué?.

Cristina Kirchner no es Evita. Pero recibe constantemente ese mismo calibre de odio, explicitado por idénticas razones. La apariencia de Cristina es lo primero que viene a la boca femenina que la detesta.

El juicio basado en la apariencia no solo es tan superficial como el objeto juzgado (un Rolex o una sesión de bótox) sino que, proferido por una mujer, revela en este caso una patología siniestra: el resentimiento hacia una mujer que básicamente no necesita leer sus discursos y, además, se preocupa por estar en forma.

Razonablemente, lo que importa es lo que Cristina haga y no lo que se ponga. Por mí que gobierne en pelotas si redistribuye la torta y reivindica el rol del Estado. Que vaya de gótica o post-punk si gatilla contra el país de La vaca desollada y La tiranía de las sotanas, el país Fascista y Sodomita que no trepida en triturar al prójimo para multiplicar su patrimonio.

Pero no. Su despliegue ornamental ultraja a los indigentes y es objeto de sesudas investigaciones, como la que ofrece el último número del semanario Noticias como nota de tapa (Las Cirugías Secretas de Cristina). Adviértase que dicho semanario pertenece al mismo grupo editorial cuya cara visible no solo es una máquina de escupir citas extraídas de los caducos números de Selecciones del Reader's Digest sino una suerte de máquina facial hiper-restaurada, en pareja con una pseudo-conductora televisiva que silabea penosamente las supuestas reglas del glamour (tópico profundo si los hay).

Ese mismo grupo editorial engendra productos íntegramente destinados a la exhibición como res del cuerpo femenino y afines (la revista Caras o el suplemento dominical Luz del diario Perfil) o a la abierta canonización de la dupla culo turgente/teta siliconada del gato de turno como cenit del imaginario masculino (revista Hombre).

Estas otras

Por cierto, las defenestradoras de Cristina no se enardecen contra la vedettonga que se lleva la portada de Hombre o cuenta sus rebusques talleriles de chapa y pintura en Caras. Las enardecidas son las rehenes de la industria cosmética, los últimos electrodos milagrosos del mercado y las tendencias de la moda. O sea, le censuran a Cristina el recurso a los mismos tratamientos, productos y cazabobos con los que ellas mismas se aderezan o azotan para seducir. Porque alguien que se pase las formas por el sobaco no se preocuparía por las formas de Cristina.

Más allá de la ridiculez inmanente de la crítica y de su evidente hipocresía, ¿qué es realmente lo que las trastorna? Que Cristina piense. Hasta donde puede o donde se lo permiten, pero que piense. Y que no ejerza poder por obra y gracia de lo que se tira encima, como tantas que acceden a sus puestos por la exhibición y entrega del citado combo culo/teta, sino que piense y que además le quede tiempo para no dar pena.

Si Cristina fuera por la vida como Angela Merkel, se burlarían de ella conjeturando que es frígida o nunca le ha visto la cara a Dios. Si pesara 150 kilos, sería (sin lugar a dudas) la Vaca. Si repitiera modelito, sería la Roñosa que seguro que tampoco se cambia la bombacha.

No son las cirugías secretas de Cristina lo que ofusca a sus empecinadas detractoras. Es su cirugía más evidente: el implante de un chip cerebral que le permite plantarse por sí misma frente a quien cuadre y debatir y rebatir sin machete ni apuntadores con poronga en la arena argumental. Es eso lo que las vuelve realmente locas.

Y un detalle, que puntualmente redobla esa locura en momentos cruciales: que ese chip apunte contra determinadas billeteras (cuando lo hace, porque puede o quiere o en este caso no importa el por qué).

A María Julia Alsogaray, que salió mostrando sus nauseabundas carnes envuelta en pornográficas pieles en la tapa de (oh, casualidad) la revista Noticias, no la detestaban. Portaba un apellido patricio y laburaba para los sempiternos seguidores políticos de su papá.

Es patético que a la cabeza de una mujer que piensa no se le exija más y por donde corresponde, sino que sean sus propias y maquilladas compañeras de género las que cuelguen esa cabeza en la picota, alegando como primer pecado el grosor del rimmel en sus pestañas.

domingo, 18 de octubre de 2009

LOS OJOS DE BETTE DAVIS


A Mariano

En los '80 íbamos a bailar a New York City, en Colegiales. Había bolas de espejos, una réplica inmensa de la Estatua de la Libertad y un perfil de la ciudad de Nueva York, de cartón pintado. Ahora la discoteca reabrió, es para mayores de 35 y conserva sus reliquias (entre ellas, nosotros mismos). En los '80 sonaba como un himno Los ojos de Bette Davis, cantado por Kim Carnes, cuando se abrían las puertas de La City. Kim tenía una voz rasposa, ronca y curtida, que ella atribuía a las noches gastadas en clubes y bares llenos de humo.


Randy The Ram Robinson tararea y baila música de los '80 en un bar mugriento frente a la adorable stripper Cassidy, en El Luchador. Randy lleva por rostro esa máscara deforme en la que se ha convertido Mickey Rourke. Ella es Marisa Tomei. Se detiene, la mira y le pregunta: ¿Por qué tuvo que venir Kurt Cobain a arruinarlo todo? Los '90 apestan. Y ella coincide y contesta: Nosotros queríamos divertirnos un poco. ¿Qué hay de malo en eso?

Nosotros también queríamos divertirnos bailando música disco. Además, soñábamos. Habíamos crecido bajo una dictadura militar que torturó y desapareció a los mejores de una generación en llamas. Mientras en París arrojaban piedras contra La Sorbona, en nuestro país se pasaba a la clandestinidad, se portaban armas y se guardaba una pastilla de cianuro en el bolsillo, para matarse antes de que te mataran. Crecimos con una pila creciente de cadáveres a nuestras espaldas, con paramilitares en ronda nocturna y fogatas de libros prohibidos en la oscuridad. Los muertos eran nuestros hermanos mayores. Aunque jamás los hubiésemos visto, estaban tatuados en nuestra memoria histórica.

Los 80' de la música disco eran los años del regreso de la democracia, propiciada por la derrota en una guerra incomprensible en el sur del mundo, que se cobró más suicidados que muertos e hizo ver el mar por primera vez a cientos de muchachos pobres, que jamás lo habían visto y fueron tragados por el mar o perdieron brazos y piernas por congelamiento. Esa guerra dejó un páramo azotado incesantemente por el viento en el que se levantan desamparadas cruces blancas y una fosa común, donde duermen los huesos de los "soldados argentinos solo conocidos por Dios".     

Los '80 eran una primavera. Votábamos por primera vez. Algunos nos aprendíamos de memoria el Manifiesto del Partido Comunista y nos vengábamos de una infancia en blanco y negro bailando sin parar. En los '80 se bailaba. Se bailaban, inclusive, "lentos", como Honesty, de Billy Joel. Esperabas que "vinieran" los lentos para sentir el roce y el estrechamiento de los cuerpos. Deslizabas las manos y rodeabas una nuca. Te atraían desde la cintura con los brazos. Olías un perfume irresistible y desconocido. Te dejabas llevar bajo la antorcha combustible de La City.

¿Por qué tuvo que venir Cobain a arruinar la fiesta? En realidad, la fiesta se arruinó y Cobain se calzó el grunge para dar cuenta de esa ruina. Los '90 del neoliberalismo salvaje apestaron. Todo se podía comprar en cuotas, a cambio de los sueños que habíamos tenido. Sonaba la música techno, la house, el chill-out. Esa música no te acercaba. Desaparecieron los lentos. La gente bailaba sola. Nadie te tocaba.

El sábado a la madrugada La City organizó una Retro Party. Para que volviéramos atrás, al menos por un rato. Kim Carnes vino por primera vez a Buenos Aires y cantó en La City su viejo himno, Los ojos de Bette Davis. Todo se veía a través de una bruma y no era solo por obra del humo blanco que invadía el escenario para la ocasión. Era la bruma que enfrenta quien gira la cabeza para encontrar el pasado.


Ahí estábamos muchos de nosotros. Marcados, por dentro y por fuera. Volviendo a bailar disco hasta la extenuación. Fui con mi hermano, el de sangre. Un chico de más de cuarenta bailó conmigo y me habló de sus pérdidas y me confesó que ya nada peor podía pasarle.

A mí, creo que tampoco. Pero a nosotros, sí. A nosotros, esa forma extendida del "yo", retorcida y hecha pedazos en los '90, sí que puede pasarnos algo peor que la miseria obscena de esa década. Aceptar la vacuidad del lounge, acomodarnos en el progresismo glamoroso de las tiendas de baratijas y olvidarnos de nuestros hermanos mayores, los que no conocimos pero llevamos tatuados.

El sábado a la madrugada estuve, a solas, frente a Kim Carnes. Su cara está surcada de arrugas como canales. Hace rato que no está de moda y todavía vive en Nashville, una comunidad musical. Una comunidad. No tiene los ojos de Bette Davis. Tiene los ojos de Kim. Y, contra todo pronóstico y a pesar del viento que parece llevárselo todo, esos ojos brillan todavía.


Kim Carnes, Bette Davis Eyes, 1981


viernes, 16 de octubre de 2009

LOS COLECCIONISTAS DE TRAPOS

Antonio Berni, Juanito ciruja, 1978 (serie Juanito Laguna)

"De todo lo que ocurrió nada debe considerarse perdido para la historia" (Walter Benjamin)


Los coleccionistas no descansan. Se despiertan y salen a cazar tesoros, que posiblemente el resto de la humanidad consideraría trastos viejos, reliquias inútiles o radicales inmundicias. No hablo de los coleccionistas de obras de arte, automóviles de primera marca o piedras preciosas. Son los infatigables coleccionistas de trapos, que enfrentan los inviernos agazapados del día con la esperanza del encuentro fortuito con el objeto de sus devociones.

Dame un deshecho de texturas cristalizadas, un fósil que alguna vez fue una tela con estampas de ruido, una estampita con forma de frazada. Cuelgo sábanas viejas de mis párpados, para proyectar la película de la buena fortuna.

Los coleccionistas no tienen paz. Por cada trapo que entra, hay un trapo que está esperando y hay que salir a buscar. Pasan de largo ante el organdí y la seda, los etéreos y anémicos volados de gasa y las orquídeas difuntas en los escotes que no dan batalla. Quieren mugre.

Resbalan en el barro de los barrios bajos y se hamacan a oscuras en el fulgor irredento de la podredumbre. Llevan las suelas gastadas y dedos en el ojo, para recoger con la delicadeza del amante experto los jirones al paso y los dobladillos pobremente cosidos por las costureritas que dieron el mal paso.

Se enfervorizan con los restos de chalecos sin botones y los bolsillos castigados por un viento que mejor no hubiera soplado pero sí. Si está seco buscan paraguas enmohecidos, penosamente dados vuelta como el ala de un sombrero de cowboy; si llueve, tristes sombreros agujereados por la bala enloquecida del olvido.

Dame las hilachas de tu noche insomne y el ruedo irregular de tus radiografías. Tus contornos son difusos y se bifurcan en todas direcciones. Te me extendés, te me desbordás, ¿te acordás del vestido manchado de la novia, en la capilla en colores de los herejes?

El coleccionista revuelve en los desperdicios y se embadurna la cara con la caca no inventariada de la historia. No avanza en línea recta sobre una soga de pasos sucesivos. Va a los saltos como una película atascada en el proyector. No retrocede para encontrar un pasado ordenado y prolijamente etiquetado en el archivo. El pasado lo asalta como una imagen deslumbrante y entrecortada, en los sótanos y los vertederos.

No hay antes y después. No hay jerarquías. Cada época de tu vida soñó la siguiente. Los trapos pasan de mano en mano y guardan una esquirla refulgente, que eclipsa y desmantela las joyas de la corona. Cuando hace frío me envuelvo en un sweater gastado, con la lana horadada en los codos y los puños estirados por el uso hasta la punta anhelante de los dedos. Es un trapo. Escribo con un trapo puesto, para apartar la sombra y ver un poco más claro.

miércoles, 14 de octubre de 2009

PARIRÁS ENTRE LAVARROPAS

Ya sé dónde voy a ir cuando necesite un transplante, además de una heladera. Así Papá Garbarino (el de la cadena de electrodomésticos) le ordena a Gerónimo que me done un pulmón y se apropia no solo del laburo sino también de la bondad de sus empleados. Está visto que con la plusvalía ya no les alcanza.

Ah, y menos mal que el empleado se llama Gerónimo (un nombre tan cool y con "G" de Garbarino) y no Matildo. Que ya quisiera ver yo a los papis en el trance del bautismo. O que no es empleada y se llama Adelaida y en la furgoneta nació una niña (que ya quisiera verla perseguida hasta el fin de sus días por el simpático adagio "Adelaida, la de las tetas cáidas").

Lo que me queda claro es que Garbarino paga sueldos de rata, porque al pobre Gerónimo no le alcanza más que para un modesto ramillete de regalo. ¿Por qué Papá Garbarino no envía un mega-ramo a maternidad?

Ese pianito de fondo me da ganas de llorar. Ay, San Gerónimo Apóstol ...

lunes, 12 de octubre de 2009

LOS REGALOS

Cada lunes a la mañana uno debiera tener un regalo. Cada martes. Cada día de la semana. Nadie debiera irse a dormir a la noche sin que el día hubiera sido un regalo o sin un regalo recibido, ese día.

Los regalos no necesitan envoltorios de papel plateado, fechas especiales ni inversiones extraordinarias. No salimos a buscarlos. Vienen a nosotros, de la manera más inesperada pero secretamente establecida por la matemática inasible de la existencia.

No llegarán si los puños están cerrados o los ojos abismados en las tentaciones estrepitosas de las tiendas o las posesiones de los otros. No se acercan a quienes acumulan o miden. Las estadísticas les dan fiebre y las ferias de vanidades, dolor de panza. No están hechos de plástico, resinas sintéticas ni metales preciosos. No son intercambiables ni transferibles.

Los regalos no gritan. No se hacen desear. Están fuera de la lógica perversa del mercado y huyen hasta del trueque. Son unilaterales y terminan impregnando nuestra experiencia como la témpera que se derrama en la tela. No están en un lugar específico de nuestra casa. Se esparcen como un virus milagroso por todas las habitaciones de nuestra anatomía.

No los elegimos. Somos elegidos por ellos y algo bueno debemos haber hecho para merecerlos. De todas formas, no está de más darles las gracias, porque hay tantos que hacen cosas buenas y tantas veces andamos distraídos que nuestros regalos bien podrían haber seguido de largo.

Como no cotizan ni entienden de números, no exigen un precio. Tampoco les podría ser adjudicado, porque no hay nomenclatura ni taxonomía donde inscribirlos. Hace bien convencerse de que los regalos no van por autopista y no se paga peaje por disfrutarlos. No pertenecen al reino mentiroso del premio y el castigo.

En tiempos de declaraciones subrayadas, codazos para salir en la foto y estériles retoques digitales, ver y escuchar a Soledad Villamil es un regalo.

Gira en su propia órbita, sin cosmética ni fulgores de alquiler. Soledad es, para mí, una de las definiciones posibles de la belleza. Serena, coherente y fresca como una sábana recién colgada de una cuerda, fuera de la ventana. Cuando busca se va hacia atrás. Y hacia abajo. A rescatar rosas negras e investirlas de su luz natural. Así.



La canción y el poema (Idea Vilariño - Alfredo Zitarrosa)
(Álbum: Morir de amor, 2009)

viernes, 9 de octubre de 2009

YO SALGO Y MATO. LA NOCHE PAGA.

Dr. Lo Tengo Claro (y a Lacan, de hijo)

Sigue cayendo gente al tren fantasma. Ya teníamos a Papá Doble Sentido ("Soy huérfana de padre"), que exhibía su degradante y variopinto humor proto-sexual, morcilla en mano, en el esperpéntico asado dominguero, y al Tío Calentón ("Maté a mi tío"), cuyo sistema nervioso colapsaba ante tragedias tales como la visión de un pan dulce con fruta abrillantada (lo escupía en la cena de Navidad y todo).

Como si a la tiendita del horror le faltara quórum para sesionar a pleno, los anunciantes de H2Oh (gaseosa que a esta altura bien podría incluir una eficaz dosis de estricnina) nos presentan a dos nuevos integrantes de "la familia que ellos volverían a elegir" pero yo instintivamente saldría a matar, con saña, premeditación y alevosía, todo por el mismo precio y en ejercicio de la legítima defensa de mi psiquis.

¿Qué es este revival del sentimentalismo berreta de Criollitas (perfecto para dictaduras que necesitan familias-como-células-madre-del-ser-nacional) recargado con dosis extra-large de los más deleznables derrapes  humanos? Y todo bendecido por jovencitos cool de estirpe palermitana, que elegirían nuevamente a los responsables directos de su evidente e irreversible retraso neuronal, con una música incidental tipo cajita de música que me pone los pelos de punta y me hace mear frascos enteros de Reliverán.

Abran paso a las dos nuevas especies del criadero, que Dante (el guía turístico del que aprendieron todos los que nos llevaron a Bariloche en viaje de egresados) no condenaría al infierno, sino que exhibiría espantado a su turista Virgilio (que todavía espera las Cataratas del Iguazú) encerrados en un terrario con tapa termosellada y un ínfimo agujero obra de la piedad. Porque Dante era piadoso. Pero a mí se me acabó la paciencia.

Es la noche, la de la pedorra luna que rueda por Callao, la de los poetas, sabiondos y suicidas, la que libera mi Mrs. Hyde.

Con el pelo revuelto y la mandíbula tensa, escuchando Marylin Manson en Dolby Stereo con las chanclas de peluche y los calzones a rayas (sí, soy nena pero son más cómodos que las bombachas y eso jamás lo difundirán las marcas que insisten en torturarnos el orto con la ley mordaza de la "vedettina"), mis mecanismos inhibitorios se disuelven en la pasta dentífrica, los colmillos deciden rendirle tributo a Nosferatu, la yugular se me inflama y no acepta Bayaspirina y las articulaciones se retuercen y repudian el Reumosán (ciertamente, si llego a vieja y hago las payasadas patéticas del venerable Max Berliner en el comercial de marras, se los pido ... ¡ejecútenme!).

Mis demonios interiores dicen presente y me pregunto a cuántos escopetazos estoy de la felicidad. Los apóstoles de Barreda (cuyo blog me ceba divinamente) me responderían: a 4, querida, solo a 4.

Recordemos que el prestigioso Dr. Barreda, víctima del vulgar mecanismo de la olla a presión y harto de las burlas de todo calibre a las que era diariamente sometido, se cargó sin que le temblara el pulso a la suegra, la esposa y las dos hijas, que seguían humillándolo con sus postreros alientos mientras les disparaba. Hay gente que no aprende. El Dr. Barreda escuchó: "Conchita, hoy te toca podar la parra". Tenía los huevos por el piso (en verdad, los sacaba a pasear con una cadena) y no dudó. Años después declararía preferir la cárcel a la tortura familiar a la que era continuamente sometido. En la cárcel no hay parra, por ejemplo.

El asunto es que esta elegía kitsch a la familia disfuncional me tiene harta. Mi abuelo tenía un escopeta (creo que nunca la usó pero ya sabemos que todos tenemos un muerto en el ropero) y yo sé donde está guardada. Recordarán que, simbólicamente, a Papá Morcilla le clavé el tridente del asado en la garganta y al Tío Calentón le sazoné unos canapés con insecticida. No va más, dice el croupier de mi casino en bancarrota. Hoy salgo y mato. Y que pague la noche, que es la que atiza y libera mis reprimidas fantasías homicidas.

La primera bala, perfumada en la sempiterna casita de la costa por la única que ha laburado (o sea, yo), irá cual ace de Roddick a la frente de la cuñada-yarará que nos obsequió la familia paterna. Es así y duerme enroscada en la pata de la mesa sobre la que sirve con una sonrisa sibilina la H2Oh:


Nada de Guerras Púnicas de opereta sobre el mantel de hule. Apunto y listo. La segunda bala, cultivada como la rosa blanca que me tiene los huevos como al Dr. Barreda, irá cual flato sobre ruedas de Barrichello contra el abuelo de una amiguita que yo me sé, según el cual encarné las siete plagas de Egipto versión S. XXI (comunista, degenerada y afines) pudriéndole la sabiola a su virgen nieta (que buena yegua resultó ser y no precisamente porque yo la llevara al hipódromo). Es así:


Para la ocasión, le apuntaré en pelotas y con la mano con la que no sostengo la escopeta le exhibiré una pantalla de Interné (clavada en una porno) y una pléiesteishon con teclas adhesivas.

Tengo balas de reserva y sé que la gente no cambia. Se agrava. Así que, dado que pienso inmolarme en homenaje a mi querido Segismundo (que siguió escribiendo mientras se le pudría la lengua y ahora se la arrancaría si viera a esta caterva hogareña), pasen la data que quiera y aprovechamos.

Ah, tengo una bala de plata, también. Esa la guardo envuelta en uno de los calzones a rayas (cual estampa de San Expedito). Advertirán que en la saga de H2Oh falta la que le da de comer a todos los psiquiatras de este mundo y lanzó a la fama a todos los pensadores y artistas que serán y han sido (Sócrates y Almodóvar viajan en el mismo bondi). Sí, falta ELLA. Falta ... LA MADRE.

Cuando aparezca el aviso en su honor, métanse abajo de la cama. Las tengo identificadas, porque sus desastres están a la vista. Esa bala irá cual Katrina en nombre de todos los hijos abandonados y apuntará directo a los corazones de hielo. Esa noche me emborracho, salgo y mato y la noche vuelve a pagar. Tenemos crédito de sobra.

miércoles, 7 de octubre de 2009

LA RESPIRACIÓN DE LOS OBJETOS



Así serán los objetos del futuro. La tecnología de los polímeros electroactivos los dotará de superficies táctiles cambiantes y un simulacro de respiración. Cuando vuelvas a casa, te estarán esperando. No habrán vaciado su parte del ropero y dejado una nota innecesaria. No se habrán ido llevándose un perfume del aire, un libro dedicado y subrayado, un disco compartido un domingo de lluvia. Llevándose una de tus piernas o dejándote ciego.

Te permitirán elegir el lado de la cama. No harán preguntas. Escucharán todo lo que quieras contarles. No temblarán al escucharte ni te dirán que no. Ni siquiera ensuciarán tu alfombra. Sobrevivirán sin alimentación. Podrás hundir tu cara largamente en su cuerpo y aferrarte a ese cuerpo como un náufrago, cuando todo sea un mar oscuro alrededor.

Se acercarán silenciosamente hasta tus manos, reptando sin errar la trayectoria. No te atormentarán con las tormentas de la memoria. No se pondrán a llorar. Serán disciplinados y previsibles. Te ofrecerán consuelo. Te darán calor.

No te pedirán explicaciones. No reprocharán tu ausencia. Bastará con pasarles un trapo para que mantengan la compostura. Jamás te aturdirán guardándose un secreto, faltándote el respeto, saltando a la soga de la desmesura. Cuando vos lo decidas se quedarán quietos. Y hasta podrás matarlos sin sentir culpa. Matarlos para hacer catarsis, para soltar y desahogar tus furias, para que tu cabeza entre (agotada) en un gradual estado de reposo.

Muertos serán reemplazables. Vivos, intercambiables si alguno no satisface tus deseos.

Son la versión contemporánea y comercial de El Golem. Así de bellos, así de monstruosos. No te enamores, corazón solitario, de la comodidad de un corazón-polímero. Te morirías de sed.

lunes, 5 de octubre de 2009

NO VUELVO


I.

Ya les dije que no vuelvo. "Estás loco", fue la respuesta del otro lado del teléfono. "Te volviste completamente loco". Quique me miraba fijamente, como diciéndome "Está todo bien, vos seguí con tu plan, yo te banco". Es increíble cómo la vida puede darse vuelta en un instante. Quique parece estar de acuerdo. Leo en sus ojos un contundente "Decímelo a mí". Quique estaba en las últimas cuando lo encontraron. Yo también, aunque no lo pareciera. En Buenos Aires están azorados y esto les parece el fin del mundo. Geográfica y existencialmente.

Yo, en cambio, me siento recién nacido. Hasta me divierte imaginar las caras familiares de indignación y estupor declinadas en sus múltiples variantes. Mi madre anticipando el infarto que nunca llega y mis hermanas azoradas, contemplando cómo, según sus convenciones, tiro mi vida decididamente a la basura.

Menos mal que mi padre está muerto aunque (el ejercicio contrafáctico es tan previsible) si estuviese vivo para presenciar esto se volvería a morir. "Para esto estudiaste, para esto te recibiste, para esto tenés una carrera exitosa que envidiarían tantos". ¿Y qué pasa si "esto" (elevado al concepto de elección demoníaca) es realmente lo que yo quiero? "¿Eh, Quique, qué pasa?" ¿Qué pasa si en casa gastaron bibliotecas pero no les alcanzó ni les alcanza para leer mi deseo?

La buena salud de la relación paterno-filial reside en algo tan simple como la capacidad de leer el deseo del hijo. El mío lo leyeron como el culo y me convencieron de que estudiara Derecho. Terminé trabajando en un estudio jurídico de lujo, calzándome el corset del protocolo y las buenas costumbres.

A media tarde me encerraba en el baño con un libro de poemas de Dylan Thomas y una puntada en el pecho. Me lavaba la cara y volvía la oficina, intentando convencerme de que todo estaba bien y de que muchos hubieran matado para estar donde yo estaba. Ahora me digo: "allá ellos". Y que mi madre y mis hermanas salgan de shopping y se compren una vida, que yo bastante tuve con la mía.

II.

Mi decisión no volver no sale de la cabeza sino del corazón y toma posesión del cuerpo. Es el cuerpo, finalmente, el que dice basta. Es el cuerpo lo último que se retira. No quiero más horarios ni rutinas que me pesen como un chaleco de plomo. Venderé todo lo que tenga que vender para viajar más ligero y liberarme de las mochilas del pasado.

No extraño mi departamento decorado según el último alarido del interiorismo. Nada me pertenecía allí, aunque todo lo hubiese comprado. Allí yo estaba de paso y pasaba la mayor parte del tiempo en un bar decadente del centro, donde me regalaban las medialunas recién salidas del horno y me reservaban la mesita del fondo.


Emilio y Antolín me conocían mejor, creo yo, que mi familia entera. Si me notaban triste me deslizaban en el bolsillo del saco una montaña de chocolates en miniatura, que iluminaban, hasta acabarse, el departamento de soltero. Soltero codiciado. Mal adjetivo. ¿Qué puede florecer de la codicia? Cactus ásperos al tacto y flores sin aroma.

Si no vuelvo a tiempo, la carroza de cristal se convertirá en calabaza. Qué placer. Quiero vivir en esta calabaza el resto de mi vida.


III.

Harto de las playas de moda, este verano me vine solo a Miramar. Un oasis. Me quedaba tirado en la playa, con un libro, de la mañana al atardecer. Los dos días en los que se desató un temporal no me moví de mi sitio, empapándome hasta los huesos. Qué placer caminar descalzo sobre la arena, sin rumbo fijo, bordeando la línea arbitraria de la espuma y vaciando mi cabeza de pensamientos. Abandonar el pensamiento para respirar la brisa, hundir las manos en el agua gélida del Atlántico y buscar caracoles de formas raras. Qué placer estar solo, conversando conmigo mismo.

Una tarde abandoné la playa, descalzo, y me corté la planta del pie con un pedazo de vidrio abandonado sobre el cemento. Una enfermedad terminal no da señales pero un corte superficial provoca un instantáneo charco pavoroso y creciente de sangre fresca.

No había nadie a la vista, hasta que apareció Verónica. Bajita, con algunos kilos de más y un cola de caballo atada al descuido. La sangre se derramaba sobre el cordón de la vereda. "Hay que cortar la hemorragia", me dijo mirándome a los ojos, como el príncipe miraba a una Cenicienta deslumbrada (después recordaría esta escena, descubriendo quién le había enseñado a Quique a mirar).


"Soy enfermera y vino en un departamento acá, enfrente. Si querés te desinfecto y te vendo el pie en casa", dijo con una seguridad insólita después de asegurarme que el corte no había tocado un tendón.

Era la chica menos sexy que hubiera podido imaginar. Además ya no era tan chica. Me llevaba varios años. Iba a cara lavada, en sandalias franciscanas y con una túnica a rayas, de colores, totalmente anacrónica. Mis opciones eran o desangrarme en público o aceptar la propuesta de esa enfermera providencial. Crucé la calle con el pie en alto, mientras ella me llevaba de la mano.


Lo primero que vi al entrar al departamento minúsculo fue a Quique, dormido sobre un piano vetusto y bien lustrado que dominaba el living.

Verónica me hizo pasar a un baño de cerámicos blancos y negros, se acomodó sobre el bidet, me invitó a sentarme sobre el inodoro y sacó unos elementos básicos de enfermería de un botiquín en equilibrio inestable.

Me pidió que pensara en un color mientras me desinfectaba y cantaba bajito. Tenía unos ojos verdes en los que parecía haberse fugado el mar. Hice fuerza, me concentré en ese verde y no dolió tanto. Después empezó a vendar mi pie, con una delicadeza extraordinaria.
Hubiera querido que su tarea durara varios años. Lo hizo con mano experta pero como si fuera el primer pie que le tocara en suerte, apoyando decididamente mi talón sobre sus muslos y presionando levemente las gasas sobre la herida.

"¿Qué estás cantando"
, pregunté. "No sé", contestó, concentrada en su tarea. "Invento. Así duele menos".


Cuando terminó de vendar contempló satisfecha la tarea. "No vas a poder pisar por unas horas, porque te va a doler. Si querés me pasás la mano por el hombro y te acompaño a tu casa, a los saltitos. ¿Estás lejos?". Sí, estaba lejos de mis dos ambientes alquilados para el veraneo. Mucho más lejos que las dos cuadras que nos separaban. "Estoy verdaderamente lejos", murmuré. "Podés quedarte a cenar, si querés. Preparo pasta". La acompañé a una cocina diminuta. Todo el lugar disponible parecía estar reservado para el piano.

"Esperá que traigo a Quique". Quique era negro como la noche. Devoró media zanahoria como si fuera la última de su existencia. "Me llamo Verónica", dijo alzando a Quique y besando sus orejas extraordinariamente largas. "Y él es Quique. Le gusta cuando toco el piano y le gusta mirar el mar" (y eso sonó como una carta de presentación más que suficiente).

"No conocía esos hábitos en los conejos ... Nunca vi ..."
, atiné a responder. "No son hábitos de su especie", contestó resueltamente. "Son hábitos de Quique. Debe haber muchas cosas que no viste, todavía", agregó asaltándome las pupilas, con una sonrisa diáfana que parecía saberlo todo. Dylan Thomas y la puntada en el pecho en el baño de la oficina, la mesa en el fondo del bar y el bolsillo lleno de chocolatitos. Intuí que ella lo sabía todo, aunque no hubiera un solo libro a la vista.


IV.

Y fue en ese momento cuando decidí quedarme. Cené la pasta más rica de mi vida. No fue solo el pie lo que sanó. El que lo sabe de verdad es Quique, con quien escucho las piezas de Satie que ella le arranca al piano (es todo lo que toca por ahora pero alcanza y sobra) y nos quedamos mirando el mar sobre la arena, al anochecer.

Mientras esperamos que ella regrese del hospital y yo pienso en ella, en Quique, en el mar, en las melodías de Satie y en la mejor manera de traducir los poemas pendientes de Dylan Thomas, que duermen apilados sobre el mínimo escritorio que Verónica improvisó amorosamente para mí, en nuestra habitación exigua donde solo caben las cosas queridas, que no son tantas. Se pone blanco sobre negro, como los cerámicos del baño.

Somos más bien pobres. Y lo que pueda venir será para los dos, sea lo que sea, infinitamente mejor que lo que hemos tenido.

viernes, 2 de octubre de 2009

(SIN TÍTULO)

Francesca Woodman, Angel Series (Rome, Italy)


Las hormigas son hermosas.
Deberían vivir en el campo.
Antes se construían catedrales
inmensas.
Las esculturas tenían pliegues
de mármol.
Las hormigas no hacen ruido
cuando están
afuera.
Afuera anuncian
que hay líquido
pero mi cabeza se llena
de tierra
(donde las hormigas
van cavando
túneles).
El viento insiste en empujar
las cosas.
Y el sentido está depositado
en un único lugar,
precario.
Un lugar que se mueve
sin mí.
Si tu boca pudiera detener
el agua.
Si pudieran sujetarme
tus ojos.
Si las palabras pudieran tocarse,
aunque dolieran.
Quisiera tener una tarea.
Un pliegue donde recostar
mi espalda.
Una casa donde caer
para vivir.

jueves, 1 de octubre de 2009

LA PERSISTENCIA DE TU CALIGRAFÍA

Pierre Soulages, Peinture 23 mai 1969 (1969)

Lo que no tiene razón de existir es lo que queda. Porque no lucha contra el tiempo. No le ofrece combate. No opone resistencia y por eso resiste. No batalla desde un tiempo diverso. Está fuera del tiempo y el tiempo jamás podrá tocarlo y arrancármelo.

Es el soporte y el signo. No es el amor declarado y ofrecido en la carta de amor. Es tu caligrafía en la carta. Tu caligrafía no es el vehículo de tu mensaje, no es su medio. Es el núcleo refulgente y autónomo de un orden cuyas reglas intento descifrar, lo que queda después de haber renunciado a todo. Las piedras de Stonehenge. Un menhir.

"¿Qué es envejecer?", me preguntó Stalker hace varios días. "Es empezar a contar muertos", pensé. "Es darse cuenta de que el cuerpo puede sublevarse contra mí y hacerse evidente en sus trastornos". Cuando uno es joven no piensa en el interior alterado del cuerpo: modela y tonifica su superficie, broncea su piel y elonga y ejercita sus articulaciones. Pero no imagina el itinerario implacable de sus venas ni la textura y el pulso de sus órganos. No los piensa ni piensa que el tiempo los degradará hasta extinguirlos por completo.

Envejecer es abrir el cuaderno de pérdidas y es, en el mejor de los casos, aprender a mirar. Convivir con la sombra de lo perdido y depurar la mirada. Acercarse, sumergirse, ir hacia abajo deshaciéndose del equipaje, a la búsqueda del fondo del mar. En el fondo del mar está lo que no cesa, lo que no se pudre ni se esfuma ni se aquieta. Los menhires. Una piedra de Stonehenge. Lo que brilla.

El fuego no consume los huesos. Los huesos hablan pero no atino a explicarte lo que quieren decir. Son como tu caligrafía. Podría reconocerla entre todas las caligrafías de este mundo pero no pidas que te explique lo que me cuenta. Lo que me dicen los huecos y las curvas, la velocidad intuida de su trazo, el temblor entrañable de una línea. Porque no tengo respuesta.

Tu caligrafía evoca algo que no está aquí y es un secreto. Tu caligrafía es un enigma cuyas pistas no me cansaré de perseguir, maravillada. En tu caligrafía se interrumpe y se inmoviliza el tiempo. Recién a esta hora alta y violenta de la madrugada puedo responderle a Stalker. Y atreverme a decir que tu caligrafía no envejecerá. Porque no quise hablar solo de lo que se pierde sino también de la perseverancia infalible y prodigiosa de ciertos signos.

Es como un cuadro de Soulages, ¿lo ves?. El negro activa la luz y la imagen me interpela por contraste. Puedo decir "es un cuadro de Soulages" pero no puedo definir lo que hay adentro.

El cuerpo se acaba, como la música.

El misterio de los huesos y de las piedras, no. Tus manos podrán acabarse un día. Pero los signos nacidos de esas manos persistirán, como pájaros, agitándose en mí.