PÁJARO DE CHINA

martes, 30 de junio de 2009

AL OÍDO


Artículos, ensayos y estadísticas. Bibliotecas pesquisadas, languidecientes o consumidas, por el uso, la desidia o el fuego. Historias clínicas, agendas personales y cuadernos de apuntes. Fotocopias. Expedientes judiciales, prontuarios policiales y archivos. Diarios y revistas. Enciclopedias, manuales y guías de turismo. Pizarras y carteles. Invitaciones a bodas y bautismos. Obituarios. Pilas y pilas de palabras para alfombrar las calles, tapizar las paredes y vendarse los ojos. Incontables palabras para anudar y convertir en soga, de trapecio o de ahorque. Toneladas de palabras vaciadas y vacías. Remolinos de palabras enloquecedoras y sordas, aplanadas y rígidas. Indiscernibles. Run-run de palabras. Música de fondo, radio descompuesta o tecla trabada en la pista de un disco. Quiero que avances hacia mí, entre la multitud, te acerques hasta mí, te aprietes contra mí y me tomes fuertemente de la nuca, apoyando tu palma en mi pelo. Quiero escuchar el aire tibio de tu respiración y sentir tu pecho contra el mío. No se lo digas a nadie. Lo quiero para mí. Sale de tu garganta para treparse a mi oído. Me pongo en puntas de pie para escucharlo. Para que no se me escape ni una letra. Es como si escalara la aguja más alta de una catedral y me inclinara para recibirlo. Es la ley del secreto. Se entrega y no se suelta, se custodia como un tesoro naufragado en el fondo del mar.


El resto es silencio. Herrumbre de palabras oxidadas. Alfabetos burocráticos y olvido. Recojo el secreto como un pájaro y me lo guardo dentro del corazón. No hay nadie. No podría haber alguien. La multitud es la definición perfecta de la soledad. Afuera todo se torna incomprensible. Calculado y confuso, planificado y desprovisto de sentido. Es la clave del secreto. Reinar sobre el entorno y reducir a cenizas su croquis y su código. Liquidar su potencia y erguirse como una torre de plata en el desierto. Ignorar cualquier ruta que no sea la suya. De tu boca a mi oído. No tiene traducción. El resto es nieve. Mapas en otras lenguas, ajenas e impasibles, súbitamente sometidas a su dominio.


Nadie sabrá lo que me dijiste. Resbalarán en hipótesis y se enredarán en conjeturas. Perderán el tiempo intentando decodificar el movimiento de tus labios y clavar con un alfiler en un papel estéril el mensaje que me pasó tu boca. Pero es mío. Aunque crean haberlo descubierto, no lo descubrirán. Si les digo que lo adivinaron, les estaré mintiendo. Es el don del secreto. Entregarme una llave que no pueden quitarme contra mi voluntad. Convertirse en pañuelo para mis lágrimas y desafiar la meteorología. Hacer que brille, que yo brille como si hubiera sido bendecida por tu roce profano y exquisito, de pie en el centro de una ciudad que gira y se enciende conmigo. Y para mí.


NO SABEMOS ENCONTRAR NUESTRAS MANOS

Del otro lado
(Paco Urondo, Del otro lado, 1967)

Cuando estuvimos desesperados, alguien
contó la historia. No se la puede escuchar serenamente, tiemblan
las manos, el corazón se encoge de dolor;
da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse.

Ocurre lo de siempre.

Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada
tenía que ver con la certeza, ni
con el muslo de la bataclana. No intervinieron traiciones; no
es una vulgar historia de fervores o de mantenidas.

Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También
aquella vez (siempre aquella vez) apagaron
las luces y fue necesaria la presencia de tu mano.

Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos
ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca
llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino
de otra manera. Nuestras manos
procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico;
y todo porque Humphrey Bogart había resucitado.

Estábamos perdidos en aquel
cine y él no era como el redentor; su cruz
no era un mandato, era
la inteligencia del hombre, era la resurrección
de la ciencia y de nuestros queridos finados.

Hace mucho que nos pasó esto; la mano
fría del cadáver impenitente
rozaba los sueños,
acariciaba nuestros tiernos rostros despavoridos.

Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias,
con los muertos que no
aceptan su desdichada condición, no sabemos
qué hacer con el miedo; no sabemos encontrar nuestras manos, nuestra
tristeza. El mundo inconsistente.

Hubo muchas anécdotas como ésta. ¿Quién
no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene
su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo
qué hacer, cuando alguien contó la historia.

Seguramente al escucharla buscarás una mano; será
como antes, pero enseguida
intentará olvidar que estuvimos tristes o asustados.

Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre:
tendrás ganas de llorar, y nada más.

Nadie esperaba una historia como ésta, tan lamentable. ¿Por qué
no llorar entonces? ¿Por qué no perderse en la
espesura de la sala?

Se derramará sobre tu memoria,
como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada;
la historia sobrevolará tu linda cabecita,
será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas,
que despeinará cariñosamente tu pelo.

lunes, 29 de junio de 2009

DIRÁ LA AUTOPSIA


Dirá la autopsia, probablemente, que Sister Morphine se lo llevó a la tumba. Y será verdad. La morfina calma todos los dolores. Mientras los hermanitos Jackson empuñaban el micrófono, papá Joe empuñaba el cinturón. Michael vomitaba cuando papá Joe aparecía. Papá Joe quería que sus chicos sacaran a la familia de la pobreza empujándolos a patadas al estrellato. Michael pasó sin escalas del despotismo paterno a la tiranía de la sociedad de consumo, que te muerde, te mastica y te escupe. En Motown fabricaban hits como en Detroit fabricaban automóviles. A Michael nunca lo bajaron de la cadena de producción. De nada sirve que te compres los derechos de autor de las canciones de los Beatles, que te cases con la hija de Elvis y que una estatua gigante con tu imagen flote en las aguas del Támesis. Siendo sujeto en perpetua dictadura, querrás borrarte hasta desaparecer. Borrarse, eso fue lo que Michael intentó hacer con su cara. Travestirse hasta desaparecer. Montarse a destiempo una infancia que no tuvo, a sabiendas de que las infancias no se compran como los ranchos Neverland. Simplemente se tienen y se padecen o se gozan. En los pies que trazaban pasos mágicos, llevaba pegadas como un estigma las alas invisibles de Peter Pan. Quería dormir con niños para protegerlos y, reproduciendo la lógica paterna, debe de haber sumido a sus hijos en un carrousel de infierno, hasta casi arrojar a uno de ellos, recién nacido y exhibido a sus fans desde una ventana, a una calle estrepitosa de Berlín. Sister Morphine habrá sacado de escena, al fin, un cinturón que nunca, bajo múltiples y perversas formas, dejó de golpear esa cara que ya no sabía qué rasgos asumir para esquivarlo.

sábado, 27 de junio de 2009

DESDE EL SUR MÁS AL SUR

Pensando en Laura Giordani y Arturo Borra, tejedora de nidos y cazador de palabras que esfuman el desencanto, poetas argentinos de la resistencia que arman en España con sus manos, como si fueran hijos, sus propios libros.

Viendo esta película, hace casi veinte años (yo tenía esa edad y Grandinetti todavía tenía pelo), lloré a mares, a chorros, girondianamente, en el cine. Esta madrugada volví a llorar, con la misma intensidad. Un río de emociones mezcladas y revueltas. No pasaron en vano todos estos años, ni sus dolores ni sus pérdidas. No sé hacia dónde voy yo (en este barco que es mi casa, con mi incondicional compañero de ruta y mis tres entrañables perros, con libros y películas y discos hasta en el baño) ni el país en el que vivimos (con sus ausentes, invisibles y negados) pero sé que algo luminoso somos y no habría traducción posible (poetry is what gets lost in translation ...). ¿Será parecido a estas imágenes? ¿Tendrá algo que ver con la última canción? Porque los reconozco compañeros de ruta, sé que sabrán de qué estoy hablando y por qué no lo puedo poner en palabras. Si estuvieran presentes, la última canción se las cantaría yo.



Y vendrá la muerte. Y no podrá llevarse a algunos.



A veces, la poesía te da de comer, una noche fría, frente al río, en la Costanera (¡tres bifes de chorizo por un Gelman!).



Imagínense que hago esto. Me pongo en bolas y les entrego en un platito, con un bolero de fondo, el corazón.



Sí, esta canción se las cantaría yo, desafinando, en pijamas como el pelado Cordera, con mis cortos pelos revueltos como Vicentico, pero poniendo el cuerpo. Y el alma.

YUMEJI'S THEME

Mañana la ciudad puede quedar sepultada bajo la nieve.
La ira de un huracán puede arrancar los árboles de cuajo
y convertir los automóviles en insólitos pájaros metálicos.
Los parques pueden incendiarse
y entrar en combustión hasta consumirse.
Mañana pueden extinguirse definitivamente las ballenas
y derrumbarse las últimas catedrales.
Puede temblar la tierra hasta perder la razón,
abriendo grietas que atraviesen las zonas abisales.
Mañana puede comenzar una intensa lluvia que no cese jamás.
Hubo una vez un imperio romano. Hubo una vez Constantinopla.
Hubo una edad en que los monjes custodiaban los libros sagrados
y se escribían exquisitos manuscritos, iluminados.
Hubo un asedio de Antioquía, durante la primera Cruzada,
y nueve caballeros franceses que crearon la Orden de los Templarios.
Hubo una tarde en que Van Gogh decidió
internarse voluntariamente en el asilo de Saint-Rémy
y tardes en las que pintó cipreses y noches estrelladas.
Hubo cipreses y noches estrelladas que nacieron, probablemente,
para entregarse y confundirse con su imagen pintada.
No seré yo quien recuerde
todo lo que una vez hubo para que alguien lo mirara.
Un perfil adolescente adorado por el emperador Adriano,
grabado en la cara de una medalla perdida
e imaginado siglos después por una joven mujer
que no sabía muy bien si lo escribía en París. O lo soñaba.
Dáselo ya, antes de que te lo quiten.
Dáselo ya, antes de que lo pierdas o lo alejes.
Porque mañana puede despertarse el volcán
y lamer tus talones con su lava.
Hubo una vez un mediodía en Pompeya
que de pronto se convirtió en una noche eterna de cenizas.
Plinio el Joven lo vio, desconcertado,
y se lo contó al historiador Tácito en una carta.
Plinio vio cómo Pompeya entera desaparecía,
a treinta kilómetros de distancia.
Dale esa carta ya, antes de que anochezca.
Dásela ya, antes de no tener el valor de enviarla.
A ella la vi con un vestido blanco y ese pelo rotundamente rubio,
La imaginé con las runas talladas por sus manos
y sus austeros cuencos de oraciones,
su música y su singular astrología,
que de nada servirían, que no serían nada, sin ella.
Dale ya lo que tengas, antes de que se vaya
(de que se vaya ella o lo que tengas). Dáselo.
A veces veo pasar los trenes lentamente,
veo la cara de la gente que se va con los trenes que pasan.
Gente con una historia que jamás conoceré,
yéndose frente a mí, que estoy mirándola.
Alguno de ellos hubiera podido ser mi amante,
mi enemigo, mi cómplice, mi confesor, mi asesino,
o simplemente nada.
Sin mí, sin ellos,
que nos cruzamos en un instante que también se va.
Hubo una vez un instante y un tren con algunas caras.
Suena en mi cabeza la música de una película de Wong Kar Wai,
me pongo un poco triste por todo eso que dijiste alguna vez,
sin que yo lo escuchara.
¿Alguna vez escuchaste Yumeji’s Theme?
Nos rozábamos en una escalera, en direcciones contrarias,
no se sabía bien quién subía y quién bajaba,
y ese roce hubiera podido ser … no sé, algo que aún estuviera
y no algo que ya se fue, como Pompeya,
como los monasterios medievales,
como la carta que Plinio alguna vez escribió
y los cipreses y las estrellas
que un hombre poseído pintó para que no escaparan.
A ella la imaginé conmovida en la India,
simple como los versos cual haikus de los lamas.
Dale esa palabra que te oprime el pecho. Ella es real.
Dásela antes de que sea una cara en un tren
y no puedas soportar Yumeji’s Theme
porque Yumeji’s Theme sea el equivalente musical de recordarla.
Y puede ser más grave todavía. Dásela antes de olvidarla
(a esa palabra o a ella). Dásela.
Si estás seguro de que no va a dañarla,
aunque no estés seguro todavía de si ella será tu salvación
o una prueba, un ensayo, una estación temporaria de tu mapa.
Ella está ahí, afuera. No es tu obsesión ni es la histeria
ni la hija de tu necesidad de amar.
Ella puede convertirse en tu paz necesaria,
esa con la que se sobreviven las catástrofes,
naturales y humanas.
Suena Yumeji’s Theme y pronto va a amanecer
y el mundo va a ponerse en movimiento, otra vez,
para mí, que estoy acá sentada.
Viendo a mis perros dormir y a mis plantas crecer
en estricto silencio
para que yo las vea florecer. Mañana.
No habrá un imperio romano ni otro pintor igual en Arlès
ni otro adorado Antinoo ni otra ciudad idéntica y borrada.
Pero está esto que está, para nosotros,
en el espacio y el tiempo que nos fue concedido.
No esperes, no lo dudes, si ya no te cabe en la garganta.
Dáselo ya. Suena Yumeji’s Theme. Todo parece en calma.

PROMETO SER BUENA. Y TODO LO CONTRARIO.

Diane Arbus, Identical Twins, 1967
Prometo ser una chica respetuosa de los mandatos explícitos y tácitos de mi reconocida familia acomodada. Caminar erguida por la Quinta Avenida sin que el viento me alce la pollera y mostrando las piernas lo suficiente como para seducir, sin agitar. Prometo no defraudar las expectativas depositadas en mí, mantener un matrimonio armónico y estético y ser una profesional respetada. Pero no sé. Puedo dudar. Astillar los mandatos y echar llave a la puerta de mi casa de origen. Subirme al metro y bajarme en la última estación. No bañarme. Oler mal. Dar un poco de pena y bastante vergüenza. Perdón. Prometo fotografiar estrellas en ascenso y auténticas celebridades. Que mis fotos alcancen la sedosa portada de las revistas de moda. Qué me pasa. No estoy muy segura. Me puedo arrepentir y salir a la caza del desvío, áspero como el papel de lija. Mezclarme con enanos, pordioseros y nudistas. Rendirme ante gigantes, borrachos y exhibicionistas. Hacer todo lo que no me dejaron hacer. Masturbarme con la ventana abierta. Besar al monstruo a puertas cerradas. No está bien, no puedo seguir así. Prometo acomodarme el vestido y limpiarme los zapatos. Cepillarme el pelo. Visitar regularmente a papá y mamá. Buscar un punto de equilibrio en el que la infancia no me asfixie y pueda respirar en una patria feliz. Pero tiemblo ante los minusválidos y quiero visitar a los esquizofrénicos. A los niños de cromosomas alterados y las bestias bípedas del circo. Me atrae el borde y lo que se exilió del centro. No te fíes de mí. No creas en lo que te digo. Cuanto más te diga, menos sabrás. Como afirmó San Agustín hablando de su amor hacia Dios, yo soy dos y estoy en cada una de las dos por completo. Pero no tengo Dios. Estoy sola. Voy hacia donde están los que están más solos que todos los demás y dejo que me miren a los ojos y pulso el disparador cuando siento el golpe en la boca del estómago. No tengo paz. Yo soy dos, ya te lo dije. En consecuencia, ellas dos, las que estás viendo, posiblemente no sean dos, sino cuatro.

viernes, 26 de junio de 2009

TODAS QUERÍAMOS SER FARRAH


Con mis mejores amigas de la escuela primaria jugábamos a ser Los Angeles de Charlie en la terraza de mi casa de la infancia. Todas queríamos ser Farrah. A ninguna le daba la estatura ni el color de pelo ni la cara. Entonces una, la líder ocasional del grupo, decidía que de todas formas ella sería Farrah, que era como decir: seré la reina. Farrah parecía tener el doble de dientes y el doble de pelo que los comunes mortales. Tenía también unos ojos azules como el mar y parecía haberse tragado todo el sol de California. El sol no la iluminaba. Farrah destilaba sol. Buscábamos las revistas con su cara y guardábamos los pósters que la eternizaban, aunque nosotras fuéramos niñas y ella, una mujer. Nos seducía más que los galanes, porque secretamente hubiéramos deseado contagiarnos por ósmosis su belleza radiante, apretando sus fotografías contra el pecho. Era la década del '70 y las mujeres habían participado por primera vez activamente en una revuelta, en París, hacía dos años. Era la época dorada de las series con heroínas. Ahora ya no queda ninguna. Como me dijo hoy Alice, Lara Croft no le llega ni a los talones a Los Angeles de Charlie. La saga cinematográfica que intentó revivirlas fue un intento patético y fallido, porque las místicas nacen y mueren una sola vez. En aquellos tiempos no existían las prótesis ni el colágeno y los ángeles empuñaban la pistola. Como si fueran cowboys, pero en bikini o pantalones oxford y camisas anudadas a la cintura. Es posible que sienta a Farrah muy cercana porque jugué a ser ella y crecí viéndola transmutarse y, últimamente, sufrir. Así como otros habían filmado su esplendor, ella decidió filmar su agonía. Que la enfermedad se ensañara con Farrah y le arrancara a mechones su cabello, el mismo con el que creara un peinado icónico que tantas copiaron y osaron repetir, sin éxito, no hace la vida más democrática, sino más impiadosa. "No quiero morirme de esto", dijo Farrah en voz alta. Y yo tampoco lo hubiera querido. Hay ciertos sueños y juegos del pasado que la vida no debiera atreverse a tocar. Debería retroceder impotente y espantada ante la hermosura, como el conde Drácula ante la luz del día. No debería invadir con su horror la terraza mágica de aquellos días en los que bastaba con declararse Farrah por decreto infantil. Allí, donde jamás nos pasaría nada, teníamos una patineta trajinada de rueditas rojas. No sé, ni quiero saber, dónde está ahora. Lo que sí quisiera es volver a tenerla, correr con ella bajo el brazo escaleras abajo, treparme resueltamente a su base firme, inclinar el cuerpo, extender los brazos y empezar a tomar velocidad. Correr y correr sorteando los obstáculos con el pelo al viento y que la patineta me lleve adonde quiera, porque seguramente será un lugar lejos de la intemperie que sin pedirlo conocí después de haberla perdido.

jueves, 25 de junio de 2009

BOCCA DELLA VERITÀ


Soy la última boca, la que cierra el desfile. Asisto cada día a la cola interminable de idiotas que vienen a meter su mano dentro de mí. Si por cumplir la leyenda fuera, la humanidad que ha probado mis dotes adivinatorias y mi función de impartir justicia sería, desde hace cuatro siglos y medio, una corte de mancos. Dije que soy una boca pero en verdad no sé qué soy. Un inmenso medallón de mármol con la cara de un hombre de rasgos perforados, colgado en el pórtico de una iglesia. Un hombre que pudo ser un fauno, un oráculo o un dios pagano. Un medallón que puede ser los restos de una fuente o de una cloaca. Pero he sido reducida a una boca que arranca la mano que la invade o la perdona, dependiendo del apego del dueño de esa mano a la mentira. Perdono siempre y debo ser como la boca que los creyentes esperan al final del camino: una boca piadosa que comprenda sus pecados y no los mutile por haberlos cometido. Me perdieron el miedo y vienen para sacarse fotos. Creo que a la única que asusté de verdad fue a Audrey Hepburn, pero solo porque Gregory Peck hizo muy bien el truco. No se engañen. Son todos unos mentirosos. Mienten a los demás y se mienten a sí mismos. Fue así en mi época dorada y así será en la de sus hijos. Han convertido mi época mitológica en un carnaval desangelado y a esta iglesia en un vulgar parque de diversiones, aunque en el fondo no hay tanta diferencia. A cada época la sostiene su mentira. Quizá esta noche vuelvas a tu cuarto de hotel, agotado por los imperativos del turismo, y caigas rendido sobre una cama que no te pertenece. Quizá sueñes y en tu sueño se filtre la peor mentira que hayas dicho. La que costó a su víctima la pérdida de un puesto, la confianza en el amor o, lisa y llanamente, su módica capacidad para sobrevivir. En el sueño verás nítidamente el efecto de tu mentira. En el sueño aullarás y te morderás desesperadamente la mano para soportar los latigazos de la culpa. Y cuando te despiertes, relajado y dispuesto a emprender el nuevo día, irás al baño y al lavarte la cara aullarás como aullaste en el sueño y verás espantado, nítidamente recortado en el espejo, tu muñón.

GRACIAS, YA TOMÉ

Ya sabemos que hay gente que dice "Pepsi" y otra, "Pecsi". La marca viene a afinar nuestro conocimiento informándonos el porcentaje del mundo "Pecsi" (los "ellos", que también tienen derecho a ahorrar comprando esta bebida): 24,33%. Ya sabemos cómo se define vulgarmente a ese 24.33%: analfabeto, negro, grasa (o todo eso junto). Ya sabemos dónde trabaja ese 24.33%: limpiando baños o casas, arreglando autos o sirviendo mesas (como mozos de barrio, no como camareros de Palermo Hollywood). La marca es plenamente consciente de esta doble realidad y está dispuesta no solo a mostrarla sino a celebrarla, pronunciándose por un libre albedrío lingüístico coronado por un festival gaseoso donde ambas realidades se confunden y se funden en un abrazo. Me recuerda a los que bailan cumbia en los casamientos aristocráticos pero no se juntan con los que escuchan cumbia todos los días, mientras revocan una pared o enjuagan un piso. A la apropiación del "otro" para diversión propia y falsa integración. La publicidad no tiende ningún puente. Profundiza la fosa. No reivindica el derecho a la existencia digna del mundo "Pecsi" (eligiendo como su ícono a Mostaza Merlo, paradigma del "grasa" simpático que se tiñe el pelo, se traga las eses y te alegra la fiesta), porque ese mundo ya existe y seguiría existiendo aunque las publicidades del mundo "Pepsi" lo ignoraran, sino que nos propone celebrarlo decretando una "democracia pronunciatoria" (sic) y una imposible comunión con el 24.33% al que se le fue el tren. La hostia de esa comunión está, ciertamente, envenenada. Porque la "democracia pronunciatoria" es un caramelo cínico y burlón y la fiesta dura los 0:32 segundos del aviso. Después, el mundo "Pepsi" vuelve a su comodidad y el mundo "Pecsi", a sus desventuras.



Me imagino la justificación y la respuesta de los responsables del aviso. La dejo en boca de Micky Vainilla.

LA INVENCIÓN DE UN LENGUAJE ES CONDICIÓN NECESARIA DE LA VANGUARDIA

Devenir Marta
(Néstor Perlongher, Hule, 1989, © herederos de Néstor Perlongher)

A lacios oropeles enyedrada
la toga que flaneando las ligas, las ampula
para que flote en el deambuleo la ceniza, impregnando
de lanas la atmósfera cerrada y fría del boudoir.

A través de los años, esa lívida
mujereidad enroscándose, bizca,
en laberintos de maquillaje, el velador de los aduares
incendiaba al volcarse la arena, vacilar

en un trazo que sutil cubriese
las hendiduras del revoque
y, más abajo, ligas, lilas, revuelo
de la mampostería por la presión ceñida y fina que al ajustar

los valles microscópicos del tul
sofocase las riendas del calambre, irguiendo
levemente el pezcuello que tornando
mujer se echa al diván.

miércoles, 24 de junio de 2009

EL ACTO QUE NO CESA

El niño proletario

(Osvaldo Lamborghini, Sebregondi retrocede, 1973, © herederos de Osvaldo Lamborghini)


Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.

En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.

Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado!. A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.

Evidentemente, la sociedad burguesa se complace en torturar al nino proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.

Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo. La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.

Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror, oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.

A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro y nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado! y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.

No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.

Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.

Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.

Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.

Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpito de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.

Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmemente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.

A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.

Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.

Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.

-Yo quiero succión- crují. Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulos falanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza. Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.

Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí. Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado!. Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:

-Habrás de lamerlo. Succión.

¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer. A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación.

Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Era un espacio en blanco.

Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria. Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he con- templado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra. Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto. Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes, Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal. -Ahora hay que ahorcarlo rápido- dijo Gustavo. -Con un alambre- dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados. -Y adiós Stroppani ¡vamos!- dije yo. Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

TODOS EN FILA Y A TOMAR DISTANCIA


Esta "H" rígida y omnipotente me golpea. Los sentidos. No me invita a sentarme, a descansar y a gozar. Me conmina a obedecer y bajar la cabeza. El ángulo recto no es acogedor. El verbo que encabeza no amortigua sino que agudiza el golpe. Alguien está "haciendo" algo, aquí y ahora, supongo que por mí. Dado que el verbo está destacado, importa más quién está haciendo lo que hace que lo que está haciendo, que es ni más ni menos que esta ciudad, perdida en un gris que se licúa y se deshace en un afiche rotundamente bicolor. Los dos colores dominantes evocan, por su parte, a los taxis de Buenos Aires, usinas psicológicas del "sentido común", el más espeluznante de todos los sentidos. Si alguien está "haciendo" Buenos Aires, es porque no la encontró o la encontró deshecha. Tengo más años que este gobierno municipal y Buenos Aires ya existía y era bella antes de que ellos llegaran con su vocación por la lógica binaria y la línea recta. Si no es negro, entonces es amarillo y todo va en la misma dirección. La dirección es el triángulo (equilátero, obviamente) rotado y convertido en una flecha hacia la derecha. El símbolo del PRO.


El modo imperativo me recuerda las admoniciones paternas y las amenazas pedagógicas de la escuela primaria. Ya estoy grande. Además, va de suyo que no voy a respetar la orden por miedo a la consecuencia del desacato. Y, dado que estoy grande, tengo derecho a morirme como se me de la gana, en tanto no haga daño al prójimo. Por ejemplo: con la sesera estruendosamente estrellada contra el asfalto.


Por último, no me gusta que me espíen y menos que me avisen que me están espiando. Este "nuevo" centro de monitoreo urbano que me pide cínicamente que sonría me recuerda, mientras un escalofrío recorre mi médula espinal, al implacable panóptico de Bentham, esa especie de Cristo capitalista que te sigue con la mirada. Me bastan estos tres afiches para apartarme y rechazar a sus promulgadores. Para leer la ideología subyacente, aunque esos promulgadores afirmen que se acabó la ideología y la sustituyan por la "gestión" y el "gerenciamiento" (que es lo mismo, pero con otro nombre).

El gobierno municipal se ha lanzado en estos días a hacer campaña con otros dos afiches cuya imagen no incluiré, porque son puro texto destilado de los incluidos: "Yo (triángulo rotado como flecha) Trabajo" y "Yo (triángulo rotado como flecha) Seguridad".

Bueno, Yo no. En principio, supongo que mi corazón aun no se ha convertido en un triángulo convertido en una flecha frígida que apunta a la derecha. Además, el trabajo suele ser un placer cuando el trabajador ama lo que hace y un auténtico instrumento de tortura si eso no sucede; o sea, en la inmensa mayoría de los casos, un instrumento burgués de explotación y domesticación social. El recurso al "trabajo" me recuerda, además, a la letanía de campaña de Sarkozy, según la cual a Francia le iba mal porque no madrugaba para ir a laburar. Un espanto. Y la vinculación del trabajo a la seguridad me recuerda la figura del "vago y malentretenido", es decir, la consideración de quien no labura como un peligro para la sociedad. No se trata en este caso del trabajo como mecanismo de inclusión social en una sociedad atrozmente fracturada, sino como antídoto como el rufianismo. Otro espanto.

Que la "seguridad" encabece la lista de preocupaciones y la "pobreza" la cierre, según las encuestas al paso y los sondeos de opinión cuyo resultado el gobierno de la ciudad ha tenido la gentileza de informarme esta semana telefónicamente con un mensaje grabado, es el tercer espanto inevitable resultante de los anteriores. Si el orden de las preocupaciones se invirtiera, viviríamos en una sociedad no solo mucho más justa, sino con muchas menos posibilidades de que alguien sin espacio y sin futuro nos ponga una pistola en la cabeza.

BOCA SILENCIADA

La mayoría de las bocas fueron cosidas antes de nacer. Muchas no lo saben y murmuran, mansas y resignadas. Llevan puntos en cruz ajustados con hilo de metal con mano experta. Hablan pero no golpean. Como la lluvia que no moja o el sol que no puede arder. Hay bocas desfiguradas a martillazos, sumergidas en agua hasta la asfixia, secuestradas y enterradas sin nombre. Hay bocas idiotizadas por la repetición y la regla, la ortodoxia y el principio de conservación. Hay bocas útiles y funcionales, ávidas integrantes de la segunda línea de bocas que asiente y ejecuta. A muchas bocas les pagan por callar y no lo notan. Otras lo notan y callan, de todas formas. Hay bocas que cobran para no abrir la boca y mantenerse al margen. Bocas al margen que temen hablar. El dinero es un gran sepulturero de bocas. Hay bocas deliberadamente conducidas al grito inconducente. Bocas que ni siquiera se han dado cuenta de que son bocas: bocas bancarias, bocas oficinistas, bocas de hombre o mujer que debe alimentar otras bocas. Forman una gran boca, silenciada. En nombre de la cual yo debería decir o quemar. Algo.

MANUAL DE GEOLOGÍA

Candida Höfer - Deutsche Bucherei, Leipzig (1997)

La biblioteca acaba de cerrar o está a punto de abrir. O está abierta y nadie ha llegado todavía o cerró hace algunas horas y descansa. No lo sé. La fotografía no la dignifica ni la ultraja; solo la muestra ordenada y simétrica, acariciada por la luz natural, inmóvil. La presencia de la gente se potencia en la ausencia, la ausencia permite una circunnavegación y una lectura lenta del espacio y el espacio es solo una caja iluminada por una determinada luz, en un momento preciso. Dentro de la caja transcurre esa sustancia denominada tiempo. ¿Cuántas capas de tiempo conviven en la biblioteca vacía? ¿Cuántas huellas impresas en el espacio y ancladas en el tiempo? La fotografía de Höfer es tan brutal como la vida, porque todo está a punto de comenzar, o como la muerte, porque todo se ha acabado. Es brutal en la frontal desnudez que impide al ojo la distracción y en la exhibición del interior del cuerpo de la institución como una acumulación de objetos sometidos a ciertas reglas establecidas, es decir, un artefacto cultural. El cielo es un techo inmaculado y estable y la tierra, libros, pupitres y lámparas cuidadosamente distribuidos. El ojo sabe que esta tranquilidad es engañosa. Una institución puede corromperse gradualmente o estallar en pedazos, literal y simbólicamente, en el instante exacto en el que debe estallar. Ni un minuto antes. Ni un minuto después.

lunes, 22 de junio de 2009

TU ELECTRICIDAD ALIVIA MI COMA


(Dedos de Pólvora, esto estaba pensado, o soñado, antes de que nos cruzáramos y supiera que Iggy vive en tu casa virtual)

Si me ven caer haciendo stage-diving sobre el asfalto, no llamen a la ambulancia ni despejen al círculo de morbosos que ciertamente se congregará para presenciar el patético espectáculo. Para darme aire, conéctenme a Iggy Pop y déjenlos asistir al milagro de la electricidad. No aquélla que explorara Alva Edison, sino ésta en la que se consume y se consuma esta criatura anfibia de cuerpo cincelado, que anda por la vida con el torso desnudo, para evitar intermediarios entre los fogonazos vitales y su cuerpo irredento. Son esos fogonazos los que han tallado su vientre como golpes de látigo y le han dejado el poco pelo lacio como un trapo permeable, curtido y aplanado por el viento. No me pongan los peregrinajes de Liszt ni los evangelios de Bach, ni el N° 2 de Rachmaninoff para piano y orquesta, con los que suelo levitar en horas apacibles. Si necesito levitar porque el asunto se puso pesado, inyéctenme The Stooges. Que el desenfreno sacuda y despierte mis vísceras y el vértigo del borde lance a mis órganos a cumplir su deber. Pásenme In the death car, para que recuerde que debo huir de ese automóvil. Y Lust for Life, para que me acose la sed sexual y la urgencia de beberme hasta la sangre con la que el Conde Vlad se alimentaba. No me traigan ninguna enfermera, excepto a una China Girl, una lolita gótica que me haga pases de geisha. Si no reacciono hidrátenme como si fuera suero con el aullido interminable de The Weird (no estaría mal alternarlo con el Howl de Allen Gingsberg), sin saltar una sola pista, como si se tratase de un tratamiento prolongado. No me den paz, Gimme Danger. Y recuérdenme que no debo apenarme, porque al final soy una pasajera en tránsito, The Passenger, en módico honor a lo que sea que fuera mi singularidad. Dejen que Iggy se tense y se desboque, déjenlo Search and Destroy, esto es, que busque y destruya lo que me esté destruyendo. Que grite Bang, Bang y dispare su furia. Que yo no empiece a balbucear tiernas e inútiles palabras de despedida, sino un reclamo en modo imperativo: I wanna be your dog. Si muevo una mano imperceptiblemente, no es que quiera comunicarme con alguien. Estoy pidiéndole un Candy. Si tiene la delicadeza de ponérmelo en la boca y decirme, además, I wanna be beside you, córranse y háganle lugar. Que se tome un whisky y me cante One for my Baby, con las venas batiéndole en las sienes. Porque todo lo demás es Blah, Blah, Blah. Ha salido del pantano para inclinarse y acunarme como si fuera una niña. Déjenlo hacer si ya no me levanto. Que me cubra y en un último acto de prestidigitación, se multiplique para recuperar y unir todos mis amores y me susurre al oído Les feuilles mortes. Así.

sábado, 20 de junio de 2009

ON THE ROAD

Cindy Sherman, Untitled Film Stills

Lo inquietante, verdaderamente, es el fuera de campo. La información sobre el fuera de campo no está en la foto sino en nuestra cabeza. Esa información es en realidad un repertorio de conjeturas. En consecuencia, la historia es inevitablemente una especulación inestable.

LET ME SING YOU A WALTZ

Si yo fuera hombre y me cantaran este vals, con cara de recién levantada y empuñando una guitarra doméstica, se me caerían los pantalones. Soy mujer y se me aflojan las babuchas de la ternura. Pocas parejas cinematográficas han tenido la carnadura amorosa de Jesse & Céline en Antes del Amanecer (1995) y Antes del Atardecer (2004), ambas de Richard Linklater, iluminada por la piel translúcida de Céline y su aparente capacidad de atravesar las paredes y vivir al borde de la disolución material. Pareciera que en cualquier momento Julie Delpy se evapora. Pero no. Cuando viaja en avión debieran arroparla y colocarle un cartelito que indique "frágil", aunque uno sepa que de frágil tiene solo ese aspecto de chica a la que le tocaron el timbre y salió como estaba. En Jesse y Céline la vida y el arte eran inescindibles y profanos y en esa alquimia espontánea residía la clave de su conexión. Jesse y Céline vivían atravesados por citas musicales, literarias y cinematográficas, que irremisiblemente vinculaban a sus propias experiencias personales, confirmando la esterilidad del arte cuando va divorciado de los acontecimientos mínimos de la existencia. Ninguno de los dos entraba a una biblioteca, un cine o un museo, esos espacios institucionales de divulgación de un saber específico, dotado de un lenguaje, una tradición y un repertorio. Lo artístico vivía dentro de ellos, mezclado con sus vidas, constituido en material fundante de las mismas y transmutado con una simplicidad absoluta por la sensibilidad con la que podían anudar una imagen célebre con una anécdota privada.
La naturalidad de Julie Delpy es la misma con la que las chicas parisinas trepan al subte luciendo intrépidas bufandas y turbantes sin que a nadie le importe, ni siquiera a ellas mismas. Julie no se ha conformado con ser filmada por Godard, Carax, Jarmusch o Kieslowski: ha empuñado la cámara como Céline la guitarra, ha escrito y ha cantado. En mi cuarto, tendida en el piso boca arriba, gasté su álbum Julie Delpy, imaginando el reverso enigmático de esta chica plural. Porque, en cierto modo, Julie es un ángel cuyas alas pueden tornarse negras. Por eso no me sorprendió nada, nada, que eligiera filmarse como la desquiciada húngara Erszébet Báthory, aquella condesa sangrienta narrada por Valentine Penrose y Pizarnik, obsesionada con la eterna juventud y fascinada con el reclutamiento de jóvenes doncellas vírgenes, brutalmente martirizadas en la sala de tortura subterránea del castillo, para su regocijo desde el trono y la renovación puntual de su stock de copas de sangre.

La mirada de Julie puede convertirse sutilmente en la de Erzsébet, resuelta y extraviada. La viajera angelical se transforma en aristócrata homicida y no hay vals que valga.
Le falta el hilo de sangre escapando de la comisura de los labios.
Julie es un pájaro transparente que transmite colores y altera delicadamente mis estados mentales. Buscaría inmediatamente mi guitarra para sentarme en el andén de una estación y cantarle el vals que la retenga, mientras se aleja el último tren y ya no sé mi nombre.

viernes, 19 de junio de 2009

BOCA SELLADA

Es fácil: si uno se calla y sigue la corriente, no le pasa nada malo y hasta puede llegar a Presidente. Te invitan a todas partes y no te declaran la guerra. Vas por la vida como quien se desliza sobre las cintas eléctricas que transportan los equipajes. Sin fricciones ni sobresaltos. Sin situaciones imprevistas ni complicaciones. Imaginate una valija que salta y se abre y muestra su contenido, con la gente mirando hasta tus calzones. Te calzás el traje y los zapatos y salís a la calle sin temor. Te confundís entre la multitud y nadie te molesta. Pertenecés a la franja que responde "no sabe/no contesta" y no revelás tus intenciones. Porque si arriesgás, cualquiera sea el terreno, empiezan los problemas. Das la mano y te toman el codo, abrís el corazón y te lo desgarran sin anestesia y si te anestesian te despertás y duele. Digamos que soy de centro, centro-moderado. Le digo que la quiero pero no me desespero si se va. Me dice que me quiere pero me reservo la sospecha. No voto a partidos políticos, voto a personas, digo. Pero el voto es secreto y de ciertas cosas no se habla. Política, religión y sexo son temas de maleducados en la mesa. Cumplo con el protocolo y no violo el ceremonial. Es como si no envejeciera. Me acomodo sin quejas en el lugar que me quieran asignar y sé que si hago las cosas bien tengo mi puesto asegurado. Y si pierdo el puesto por culpa de una crisis global, por ejemplo, seré de los primeros en conseguir otro. Hay ciertos verbos que no pronuncio porque son peligrosos. Ciertas zonas por las que no transito porque me puedo resbalar. Nunca un grito, nunca una palabra arrojada en esa parte honda donde no se hace pie. No sé por qué entonces esta molestia en la boca. Es como si le hubieran colgado un candado. Como si me hubieran sellado los labios con pegamento. Eso hacen con los muertos, dicen.

ANTICIPARSE

Uno va a tientas por el corredor a oscuras, con la vela en la mano. Hace, ni más ni menos, lo que puede. Tiene miedo, mucho miedo. Más miedo a la incertidumbre que a la muerte. Le pregunta al doctor, frágil como un hombre que vuelve a ser niño, si alguna vez ha visto salvación en este caso. ¿Qué puede decir el doctor? Hay tardes en que uno se toma dos Valium y se mete en la cama y no sale hasta el próximo día, cuando se levanta para volver al trabajo. Cuando uno ama lo que hace, lo hace hasta el final, con la cabeza tatuada de flores, corazones y estrellas, como una encarnación de la esperanza y una declaración de principios. Una persona alcanza dimensiones sobrenaturales en esos instantes en los que opone la alegría al terror, de pie en el centro de un escenario terminal, y tiene la irreverencia de agendar alegría aun para cuando ya no esté. Y dice: "cuando esté muerto cuelguen en la puerta un cartel que diga: 'pasen a saludar al puto lindo' y pónganme collares de colores y píntenme las uñas. Por favor, no me lloren: muéranse de risa y hagan una fiesta. Les dejo los vinos y la música preparados en casa". Es decir, de los cinco sentidos existentes elige sin dudar el sexto (el del humor), que es realmente el que te coloca en las alturas celestiales. Ningún santo deliberará acerca de su destino. Fernando, por instinto vital y vocación lúdica, se anticipó y llegó al cielo antes de morirse.

miércoles, 17 de junio de 2009

INVOCACIÓN

Aprender tu lengua para encontrarte.
Apresar tu lengua y no poder.
Encontrar tu lengua.
Poder apresar y besar tu corazón.
Ahuecar la palma de mi mano.
Protegerlo en el hueco de tu sombrero.




Acto de Resurreción: María Bethania

BOCA GASTADA

La pegué contra el cristal de todas las peceras para que los peces vinieran hacia mí y se apretaran absortos, con los ojos abiertos, contra ella. También contra el exterior de los cristales de los bares donde había niños, para que se rieran, absortos, de mis muecas. Los peces y los niños suelen quedarse absortos. Los adultos, no. La hundí en la arena y en el barro y esto no es una metáfora. La froté contra la trompa de mis perros y contra cada clítoris que me dio sus sortilegios. Los succioné, los absorbí y volaron las horas mordisqueándolos hasta arrancarles contracciones y espasmos, temblores devotos y órdenes estremecidas de repetición. Repetí hasta el cansancio, que se hizo esperar. Entré en combustión contra otros labios. Me lamí las heridas, que son como costuras, y me las besé, para cicatrizar. Comí sin culpa las frutas prohibidas, hincándoles los dientes como dagas para arrebatar la pulpa. Rocé con besos como flores las frentes de los moribundos y también con besos como flores los cuellos que no necesitan perfumarse para conducirte a la locura. Grité hasta quedarme sin aliento y canté equivocándome de tono pero no de letra. Pronuncié las letras de cada palabra con la fe de quien cuenta las cuentas de un rosario. Me prometí en voz alta sobrevivir a la catástrofe y recé de pie mi credo, que enumera como bengalas en la noche las buenas razones de la supervivencia. Me tembló la mandíbula ante la inminencia de cada diagnóstico y me dije: "es así, es esto el terror". Escondí la cara contra la almohada para llorar a mares y le abrí la jaula a los pájaros muertos que llevaba atragantados. Bebí hasta el fondo de tazones humeantes y me quedaron dibujados tibios bigotes de leche y chocolate. Dejé que la golpeara el viento y se llenara de sal y de sustancias tóxicas. Al fin y al cabo el envenenamiento es un efecto colateral de lo que no se prueba, sobre todo. Solté los insultos y disolví en la lengua los rencores. No soy perfecto pero probablemente lo más importante, sea lo que sea, lo hice bien. Porque esta tarde me pasé la mano por la boca, se soltó, se cayó y alcanzó a decirme desde el piso: "estoy exhausta, vos y yo nos vamos, la fiesta se acabó". Me velan esta noche. No se molesten en venir a despedirme, es a cajón cerrado, quedé desfigurado por obra de este coma emocional.

BOCA VENTRÍLOCUA

Me dijiste que era esto lo que necesitaba. Te creo. Se parece a lo que me recomendaron nuestros amigos. Había leído en algunas revistas especializadas que hacía un efecto notable a corto plazo y lo confirmó mi terapeuta. Mi madre estuvo de acuerdo. Mi hermano al principio no lo estaba pero mi madre lo convenció. Mientras te escuchaba miraba las fotografías de nuestras últimas vacaciones. Adoro este vestido que elegiste para mí y esta playa de la que jamás había oído hablar. Todos volvían fascinados, ¿te acordás?, y las fotos retratan cada lugar donde nos sugirieron ir. Me alegra que estés tan contento con mi nuevo trabajo. Mis compañeros de oficina ya me avisaron cómo comportarme con el jefe, así que estoy tranquila. Qué estilo de redacción prefiere y cuáles son los adjetivos que lo ponen nervioso. Ayer le comenté la situación a mi mejor amiga, que sabe contenerme. Me dio buenos consejos. La sorprende que en la clase de canto yo tenga tan relajada la mandíbula. Al profesor también, aunque insiste con el tema de la interpretación. Sí, pido un radio-taxi para volver. Ni loca me subo a un taxi cualquiera que pase por la calle. Están todos los vecinos alterados con el tema de la inseguridad. Es tapa de los diarios y la noticia principal en los informativos. Retiré la lámina que quería enmarcar. Papá decía que no existía un amarillo como el de Gauguin. Mirá, también la placa de la cabeza que me hicieron salió un poco amarillenta. Los médicos estaban asombrados. Dijeron que en cada pequeña zona cerebral aparece un nombre que no es el mío y que mi cerebro completo es como una guía telefónica donde solamente falto yo. Así que cuando volví me miré al espejo. Yo me veo igual. Por suerte.

COMPAÑÍA NOCTURNA

Esta chica me hace compañía todas las noches. Y las noches son largas. Susurra, reclama, murmura como si escribiera una carta, corta sus palabras con una sensualidad de gata bengal, hace equilibrio sobre un par de acordes elementales de una manera tan dulce que su pedido es una orden. No hace falta más que ella misma y su guitarra para dejarse llevar y sentir que te acaricia el pelo hasta que te quedás dormida.

martes, 16 de junio de 2009

AMÁBAMOS A FEDERICO

Si pudiera escribir un libro sobre 31 canciones como lo hizo Nick Hornby, seguramente una de ellas sería "Tomo lo que encuentro", cantada por Federico Moura. Una canción no vale por lo que dice sino por lo que provoca. Funciona sobre la base de la reminiscencia y de la evocación. Se incorpora a nuestro ADN y adopta caras, texturas o paisajes que han cambiado, que perdimos o que no tuvimos jamás. Nuestra vida tiene un soundtrack que rara vez podemos elegir. En la década de los '80, muchos amábamos a Federico. Veníamos del horror de una dictadura que devoró a una generación y de una guerra que dejó más suicidas que muertos en combate. Veníamos de la literalidad grosera y el maniqueísmo. Habíamos crecido escondiendo la basura debajo de la alfombra y los muertos en los armarios, sin sexo a la vista y con una infancia en blanco y negro. Llegaba la primavera alfonsinista y éramos adolescentes que por primera vez asistían a la recuperación de ese artefacto llamado "democracia". La vida estaba por delante y la noche, por atrás.
Federico tenía una banda que se llamaba "Virus", un hermano desaparecido y otros dos hermanos sobrevivientes que lo acompañaban en la banda. Era culto, refinado y sutil. Se había subido a los aviones acerca de los que cantaba y cantaba sobre aquello de lo que nadie se hubiera animado a hablar. Se inspiraba en Stephen Dedalus para armar una oda a la masturbación con su "Luna de Miel en la Mano" y desplegaba con una naturalidad irresistible su ambivalencia sexual. Para mí, Federico pertenecía a la estirpe de Tadzio, ese ser de belleza hipnótica y andrógina por el que Dick Bogarde se muere de calor y de sed y de necesidad en "Muerte en Venecia". Federico me parecía salido de una película de Visconti. Aunque hiciera un pop superficial y ligero, que algunos hasta calificarían de gélido y liviano por demás, todo en ese pop destilaba elegancia. Levitaba sobre el escenario y no necesitaba más arquitectura que los ángulos cincelados de su cara.
Era lánguido y nombraba con doble sentido. Tenía puntos suspensivos que uno podía llenar como se le antojara. Fue distinto de los otros dos dolorosos muertos de esa década. No tenía la irascibilidad de Luca Prodan ni el histrionismo desbordante de Miguel Abuelo. Federico flotaba y te relajaba los sentidos. No le importaba nada en cuestión de amor (como no debería importarnos) y, sencillamente, tomaba lo que encontraba (del mismo modo en que deberíamos gozar lo que nos sale al paso).
Su belleza provenía de la ambigüedad y de la elección de la insinuación como un estilo. No era una puerta abierta ni un golpe de puño en la puerta cerrada; era más bien una puerta entreabierta, que te invitaba a iniciarte en el voyeurismo. Cuando el mundo pesa, pongo sus discos y nada me queda totalmente claro, excepto la delicia de hundirme en su levedad y sus preguntas, hastiada como estoy de la densidad de cada instante y de los portadores permanentes de respuestas.

PARA MARINA Y ESTEBAN

Esteban, vos lo pediste fervientemente, acá está. El violero, un capo. La pianista, una reina. La que canta ... o dice ... o actúa ... mmmmm .... lo que no tiene es vergüenza. Pero era una medianoche hermosa, a último momento se nos ocurrió llevar la viola distorsionada y el teclado a la librería, había buenos vinos, altísima vibración y ... FIAT VD improvisó.

SANTÍSIMA TRINIDAD

Padre, hijo y espíritu santo, todo en minúsculas y distribuido en dosis proporcionales e inefables. Uno se apoya en el otro y el negrito invariablemente queda en el medio. ¿Será porque es el más cachorro, el radicalmente diferente en su color, el que necesita la protección de sus mayores? No hablan, porque pueden prescindir del lenguaje. Juegan, besan y descansan. No necesitarán ese boomerang de colores para asistirlos en su ascenso a las alturas. Ascienden cada día, cuando lo ven todo. Son una torre anudada de amor. Una escalera al cielo de los días transcurridos en la casa, donde bastan un par de mantas y un lazo de cuerpos tibios para estar en paz.

CATORCE PERRITOS

Cuando su papá judío y millonario vio que el Titanic se iba a pique sin remedio, se puso el traje de etiqueta. No viajaba con su mamá, sino con una joven amante que cantaba. Su tía también cantaba, en lugar de hablar. Dicen que una de sus hermanas arrojó a sus dos hijos pequeños de un rascacielos. Peggy, en el fondo, no tenía la culpa si estaba loca de atar. No quería ir a las salas de té ni buscarse un adecuado marido neoyorquino. Era fea, muy fea, y se la pasaba comparando su nariz con la de sus hermanas. Salió del quirófano del cirujano plástico al que había recurrido con una nariz más grande de la nariz con la que había entrado: el cirujano, derrotado, había abandonado la tarea a mitad de camino, dejándola inconclusa. Peggy se fue a París por decisión propia y se unió a los exiliados de la posguerra.

Se casó con un dadaísta alcohólico con quien tuvo a Pegeen y a Sinbad. Peggy (ay, vicisitudes de la nariz) tenía buen olfato y una cualidad extraordinaria: agenciarse buenos consejeros y seguir obedientemente sus consejos. Se agenció a Duchamp. Abrió en Londres una galería de arte y se peleó con los funcionarios de la aduana que consideraban productos manufacturados lo que ella juzgaba obras maestras. Jamás le interesó el arte figurativo. La galería fue un fracaso económico, del que se consoló en brazos de Samuel Beckett, y un triunfo visionario: Peggy financiaba y adoraba la vanguardia. Cuando los nazis avanzaban sobre Europa hizo las valijas, enrolló las telas y se llevó con ella, hasta Nueva York, a su segundo marido. Era Max Ernst. Peggy afirmaba haberse acostado con todos los hombre que había conocido y cuando le preguntaban cuántos maridos había tenido, pedía que le aclararan si hablaban de los propios o de los ajenos. Se fascinó con las turbulencias pictóricas de un Pollock debutante y le compró un establo para que pudiera pintar tirándose en el piso y arrastrando su cuerpo sobre la pintura. Ella ya usaba aros diseñados por fabricantes de móviles y maquinarias lúdicas. Se puso uno de Tanguy y otro de Calder para la inauguración de su segunda galería, en la que exhibiría todas esas obras que tanto molestan a los aduaneros burocráticos. Peggy no se quedaba quieta. Tuvo que llegar a Venecia para vivir allí sus últimas tres décadas de vida. Antes, compitió con Pegeen por el mismo hombre y se concentró tanto en sus cuadros que se olvidó de sus hijos. En su quinto intento de suicidio, Pegeen se tragó una caja de somníferos y no falló. Pero Peggy no podía parar. Montó su museo en un palacio "non finito", como su nariz, que había alojado leones traídos de Oriente y una marquesa con un leopardo. En un salón colgó los dibujos de Pegeen, una frágil criatura rubia haciendo equilibrio junto al borde de la laguna.
En el patio del palacio que mira al Gran Canal colocó una escultura ecuestre con un jinete impúdico de falo rotundamente erecto. Peggy atornillaba o desatornillaba el falo según la sensibilidad de sus invitados. Si algún invitado le gustaba mucho, se lo llevaba al patio y empezaba a acariciar el falo de la escultura como al descuido, hablando de trivialidades. Peggy era tremenda. Pintó su habitación de color turquesa y le encargó a Calder un cabezal de plata. En los cinco libros de huéspedes de su palacio dejaron notas, dibujos y poemas desde Capote a Cale. Usaba unas demenciales gafas de sol, cuya réplica por supuesto te venden ahora en la tienda de su museo. Había instalado su propio trono de mármol en el jardín de las esculturas. Cada noche, volvía a casa en góndola con alguno de sus entrañables perros.

En vísperas de su muerte, el agua de la laguna subió y subió y Sinbad (que no era marino pese a su nombre) corrió a salvar las obras y los libros de huéspedes de su madre moribunda. Desde el principio hasta el final, el agua amenazó con llevárselo todo, empezando por su padre y terminando por sus tesoros. Los de Peggy, que invariablemente tenía una sed que nada parecía calmar. Sus huesos descansan en el jardín y no los acompaña ningún hombre o mujer de los que se enredaron en sus sábanas. Les hacen compañía sus beloved babies. Catorce perritos que jamás le hicieron preguntas, jamás le pidieron dinero y jamás saltaron de su góndola. El último, con un timing perfecto, la estaba esperando desde hacía dos días, en ese lugar adonde Peggy viajó por última vez y no sabemos dónde queda.

Foto: Hernán Marturet

domingo, 14 de junio de 2009

MIENTRAS PREPARÁS LA MERIENDA

Hace mucho frío en Buenos Aires. Y ella canta y encanta Amapola. Es muy simple: estoy enamorada de ella y de su gabinete de curiosidades (mi adorado concepto de Wunderkammer, ese ecléctico repertorio de maravillas dispares no catalogadas). De su cortecito de pelo a la Louise Brooks y su cara angulosa y rotunda de esfinge egipcia, que gira sobre un cuerpo de bailarina mecánica de caja musical. De la manera en la que se pasea con un sol de noche envuelta en una capa medieval por bosques de E.T.A. Hoffman y se interna en un museo de especies embalsamadas que volverían a la vida nada más que para rozarle la boca. Su flequillo resuelto y sus cejas en perfecta simetría. Su manera de recuperar el ojo de El Perro Andaluz y los engranajes de Metrópolis. Me gusta desde sus épocas en Man Ray, cuando cantaba a las que se pasean solitas por los bares. Es precioso escucharla mientras uno prepara un chocolate caliente y riega las plantas refugiadas del invierno dentro de la cocina. Trae la Amapola que faltaba.

BOCA ABIERTA

Tengo la boca llena de sapos y flores y peces. Se me superpobló con el paso del tiempo. Los sapos intentan saltar de maxilar a maxilar y los peces deslizarse hasta la laringe. Las flores se pudrieron, obviamente. Tengo paisajes petrificados y deshechos debajo de la lengua y fotografías amarillentas adheridas implacablemente al paladar. Un ejército de orgasmos duerme congelado entre mis dientes. Las papilas acogen los resabios de funerales, furias y sismos de alta escala. De luchas cuerpo a cuerpo, de las malas y también de las buenas. Iras y sexo. Por mi saliva navegan signos de admiración y de interrogaciones sucesivas. Ni un solo punto suspensivo que alivie el amontonamiento de ocupantes. Debo necesariamente respirar por la nariz, porque la boca se me ha convertido en un depósito. Algunos vestidos no eran tan adorables. Algunas fiestas no eran tan divertidas. Lo que me pareció creatividad pudo ser simple repetición y lo que me pareció repetición insoportable, un destello excepcional capaz de vulnerar la regla. Aquel compañero de viaje no era formidable ni ese viaje merecía suspiros. Hubo travesías de las que abominé anticipando erradamente su inutilidad y otras que celebré hasta quedarme sin aire, que solo me sirvieron para arrepentirme. Ella no era bella y él no era nefasto. Los niños no necesitaban mis consejos ni sus padres mis amonestaciones. Los secretos debían ser guardados. Varios cuadros no merecían mi éxtasis y muchos que censuré hubieran debido entusiasmarme. O no. O sí. En realidad probablemente no sabía pero ni siquiera se me ocurrió la posibilidad de la ignorancia o de la indiferencia. La apertura permanente de mi boca me molesta mucho. No es digna de un Munch, no salió de un Bacon. También en ese caso sería incómoda pero tendría otro vuelo. Van a tener que alimentarme con una sonda, porque ya no cabe ni una miga de pan. Escupir no soluciona la situación. Ya escupí todo lo que pude pero evidentemente algunas cosas están atoradas. Enredadas y pegoteadas a mi mucosa oral. Los residuos que habitan mi boca forman una especie de collage desbordado e inmóvil, pesado y duro como un bloque de cemento. Ahora está claro a quienes no debí insultar y quienes se llevaron gratis mis felicitaciones. Que cuando dije que sí debí decir que no. O viceversa. O nada. Aprendí, tarde, que a veces la única opción posible es el silencio. Y que el asombro no debe ser dilapidado.

EL CAPITALISMO TIENE CARA DE DON CARLOS

Si no fuera para llorar, sería para partirse de risa. Antes de que yo naciera (es decir, hace muchísimo tiempo), había una telenovela llamada "El amor tiene cara de mujer". Bueno, acá llegó Don Carlos para mostrarle a su pequeña tribu de desharrapados la cara humana del capitalismo, es decir, la suya. Adviértase la primera toma de esta esperpéntica pero reveladora publicidad: el cálculo a puertas cerradas entre los "blancos" de camisa impoluta recién bañados, que lapicera y planillas en mano y computadora a la vista, deciden "blanquear" a ocho morochos apretando una tecla. Dos de los "blancos" son lacayos a sueldo de Don Carlos y harán, a no dudarlo, lo que Don Carlos les pida. Son la imprescindible segunda línea que lava la ropa rucia y permite que la institución funcione. Al "Tito" hace seis años que no le hacen los aportes. A los otros (que no tienen nombre ni cuerpo ni historia, porque son meros números y están englobados y desaparecidos en el aséptico "¿cuántos son?") no sabemos cuánto tiempo hace que Don Carlos los tiene laburando de invisibles. Adviértase el perverso suspenso hitchcockiano de Don Carlos, que convoca a la tribu para darle, demorándose, el anuncio. Adviértanse los rostros curtidos, desdentados y prematuramente envejecidos de los congregados, que bien podrían integrar un casting lombrosiano, y sus miradas azoradas y anhelantes. Están temblando. Falta que la cámara nos muestre los charcos de pis en el piso de la fábrica. Piensan que los despiden o les bajan el sueldo. Es como si Don Carlos hubiera aparecido con una guillotina, listo para sortear penas de muerte. Por supuesto no esperan un aumento de sueldo, es decir, un milagro. Están preparados, aunque uno nunca está del todo preparado, para lo peor. Pero no. Don Carlos ha venido a anunciarles, cual Mesías de reloj y alianza reluciente y dentadura completa, que hace minutos están "en blanco". Ya estaban en blanco cuando Don Carlos entró, pero de espanto. Una gema del comercial: la canchereada del patrón que, cual émulo de Pepe Argento y ¿en un homenaje al Mercosur?, afirma con una sonrisita de coté que, desde ahora, "tudo bom, tudo legal" (¿?). Ay, además habla portugués. ¿Veraneará en Florianópolis? No alcanzo a distinguir si debajo de la camisa Don Carlos lleva un rosario o una cadena de oro. No importa; a estos efectos, ambos abalorios son equivalentes. Pero sí distingo perfectamente, y hasta creo oír, los suspiros de alivio de los congregados, como quien escucha una sentencia favorable o abre aterrorizado un sobre y lee: "es benigno". Los congregados estallan en aplausos (estallar de furia no es una alternativa) y algunos hasta aprietan los puños y festejan como si su equipo hubiera ganado el campeonato. Especialmente uno que lo pasa a Don Carlos largamente en edad y a quién vaya a saber cuántos años Don Carlos lo tuvo en morocho. Claro, todo fue "para salvar el boliche". Una epopeya la de Don Carlos, mire. Un gesto heroico. Tener a ocho (sí, ocho) trabajadores en negro para no cerrar la fábrica. Solo ocho. O sea, flor de rata, Don Carlos, o flor de verso les está contando, porque dudo que guardándose los aportes de ocho miembros de lo que se aprecia como una numerosa tribu, Don Carlos haya contribuido a poner a salvo su emprendimiento. Todos celebran que Don Carlos finalmente cumpla con sus obligaciones y falta que se arrodillen y le besen la punta de los zapatos. Así estamos. Agradeciendo pertenecer a un sistema que en el mejor de los casos nos lima la cabeza y en el peor nos martiriza el cuerpo. Dice Don Carlos: "Estamos contentos". Que Don Carlos se prepare para el día en que dejemos de estarlo. Quiero vivir para ver ese día.

sábado, 13 de junio de 2009

LA MITAD DE LA CUERDA

De su consuetudinario rival dijo una vez que eran "como dos montañistas atados a la misma cuerda". La cuerda se balanceaba en las alturas sublimes y los horrorosos descensos del S. XX. El elegía los espacios en calma. Por supuesto, era más fácil rendirse ante la hiperquinesis violentamente desenfrenada del rival. Pulverizaba la realidad en múltiples ángulos imprevisibles, manipulaba como un demiurgo el efecto de choque, pegaba los restos del buque naufragado en bestiales collages y desencajaba el rostro de sus amantes, exiliándolas al suicidio o al loquero. Tenía la capa roja invariablemente a mano para desafiar la embestida del toro y te decía, desde el minuto cero, que lo que tenías que ver no era realmente lo que estabas viendo, que lo que estabas viendo era una máscara o un disfraz, una mentira. Básicamente, te decía que habías vivido engañado. Ante su rival te sentías, realmente, un analfabeto visual. Pero el morbo te atraía hacia él, como te atrae hacia lo prohibido y lo que te lastima, que usualmente suelen coincidir. Ante su rival pedías a gritos un psiquiatra y un hilo de nylon inflexible que suturara la herida. Y la herida no paraba de sangrar. Salías a buscar vendas y las farmacias estaban de duelo. Ibas a la guardia de los hospitales y se habían acabado los números en el talonario. Su rival persistía en hacer pedazos el paisaje y, transitivamente, te partía en el aire con la delicadeza perversa de dejarte un mínimo de capacidad motriz para juntar tus partes. Era una máquina de triturar carne, desgarrada en el descenso de la cuerda. Hundía sus manos en cualquier material que tuviera a tiro, para pegarle sin reservas el tiro de gracia. Y sí, los sustantivos me quedaron servidos, como sus balas. Del otro montañista se burlaba, seguramente porque vivía rodeado de pájaros, como él (secretamente) hubiera querido. Uno suele burlarse de lo que desea. A los pájaros, el otro montañista les abría la jaula, para que flotaran en el aire apacible de su habitación. Pintaba bailarinas gigantescas e interiores domésticos que estallaban de luz. Su rival estallaba de furia, mientras él se balanceaba de la cuerda, de un lado al otro en línea horizontal, como si fuera un juego. El otro se afiliaba y se desafiliaba de los partidos, rompía los carnets y visitaba ocasionalmente a sus hijos secretos. Tajeaba vaginas y se regodeaba ultrajando cerraduras. El se sentaba a mirar.

Un día apareció en su casa la Gestapo y se llevó a la fuerza a sus dos pájaros mejores. El mayor le había cedido su anillo de esmeralda, para que él pudiera pagar el cuadro que más amaba y que años más tarde regaló. Se mudó y se recluyó en una ciudad pequeña, cambiando de habitaciones de hotel. La enfermedad le golpeaba las puertas. Colocaba un bloc sobre sus rodillas y comenzaba a dibujar. Bailarinas de las compañías rusas a una distancia mínima de sus pulgares. Pensaba en el imperio musulmán y pintaba rejas y telas en el fondo y cuerpos desnudos que casi se podían tocar. Era un viejo, iba a morirse y lo sabía. Lo suyo no era delectación tardía en la falsa odalisca sino la continuidad, en otro plano, de un asombro elemental semejante al de un niño. Seguía descubriéndolo todo mientras el otro, a todo, le prendía fuego. El se consumía en el color. No era puro ni era simple ni era lineal. Asistía temblando al espectáculo inmundo de las ruinas y empezaba de nuevo. Vamos como mariposas a la luz eléctrica, al caos que nos destroza como pasajeros expulsados de un avión y a la tormenta que azota nuestros huesos. Pero como criaturas que despiertan en mitad de la noche, necesitamos la mano que nos acaricie y nos permita recostar la cabeza en la almohada de plumas de la serenidad. Cuando el se fue y se cortó la mitad templada de la cuerda, al otro, gigantesco e intrépido, la muerte ya lo rozaba con el ala. Miró seguramente por una de las ventanas que el montañista ausente había pintado y murmuró: "Al final, todo es Matisse".